¡Valiente susto les he dado a los conejos!
Acostumbrados a ver durante tanto tiempo cerrada la puerta del molino,
las paredes y la plataforma invadidas por la hierba, creían ya
extinguida la raza de los molineros, y encontrando buena la plaza,
habíanla convertido en una especie de cuartel general, un centro de
operaciones estratégicas, el molino de Jemmapes de los conejos. Sin
exageración, lo menos veinte vi sentados alrededor de la plataforma,
calentándose las patas delanteras en un rayo de luna, la noche en que
llegué al molino. Al abrir una ventana, ¡zas! todo el vivac sale de
estampía a esconderse en la espesura, enseñando las blancas posaderas y
rabo al aire. Supongo que volverán.
Otro que también se sorprende mucho al verme, es el vecino del piso
primero, un viejo búho, de siniestra catadura y rostro de pensador, el
cual reside en el molino hace ya más de veinte años. Lo encontré en la
cámara del sobradillo, inmóvil y erguido encima del árbol de cama, en
medio del cascote y las tejas que se han desprendido. Sus redondos ojos
me miraron un instante, asombrados, y, después, despavorido al no
conocerme, echó a correr chillando. ¡Hu, hu! y sacudió trabajosamente
las alas, grises de polvo; ¡qué diablo de pensadores, no se cepillan
jamás! No importa, tal como es, con su parpadeo de ojos y su cara
enfurruñada, ese inquilino silencioso me agrada más que cualquiera otro,
y no me corre prisa desahuciarlo. Conserva, como antes de habitarlo yo,
toda la parte alta del molino con una entrada por el tejado; yo me
reservo la planta baja, una piececita enjalbegada con cal, con la bóveda
rebajada como el refectorio de un convento.
* * *
Desde ella escribo con la puerta abierta de par en par, y un sol espléndido.
Información texto 'Instalación'