Textos más populares este mes publicados el 21 de octubre de 2016 | pág. 5

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fecha: 21-10-2016


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El Canario

Katherine Mansfield


Cuento


¿Ves aquel clavo grande a la derecha de la puerta de entrada? Todavía me da tristeza mirarlo, y, sin embargo, por nada del mundo lo quitaría. Me complazco en pensar que allí estará siempre, aun después de mi muerte. A veces oigo a los vecinos que dicen: «Antes allí debía de colgar una jaula». Y eso me consuela: así siento que no se le olvida del todo.

…No te puedes figurar cómo cantaba. Su canto no era como el de los otros canarios, y lo que te cuento no es sólo imaginación mía. A menudo, desde la ventana, acostumbraba observar a la gente que se detenía en el portal a escuchar, se quedaban absortos, apoyados largo rato en la verja, junto a la planta de celinda. Supongo que eso te parecerá absurdo, pero si lo hubieses oído no te lo parecería. A mí me hacía el efecto que cantaba canciones enteras que tenían un principio y un final. Por ejemplo, cuando por la tarde había terminado el trabajo de la casa, y después de haberme cambiado la blusa, me sentaba aquí en la varanda a coser: él solía saltar de una percha a otra, dar golpecitos en los barrotes para llamarme la atención, beber un sorbo de agua como suelen hacer los cantantes profesionales, y luego, de repente, se ponía a cantar de un modo tan extraordinario, que yo tenía que dejar la aguja y escucharlo. No puedo darte idea de su canto, y a fe que me gustaría poderlo describir. Todas las tardes pasaba lo mismo, y yo sentía que comprendía cada nota de sus modulaciones.


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Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

El Canto del Gallo

Villiers de L'Isle Adam


Cuento


Al doctor Albert Robin

Et continuo, cantavit gallus.
—Evangelios

El castillo fortificado del prefecto romano Poncio Pilatos estaba situado en la ladera del Mona; el del tetrarca Herodes se elevaba, resplandeciente, en medio de los surtidores vivos y de los pórticos, en el monte Sión, no lejos de los jardines del antiguo Sumo Sacerdote Anás, suegro de aquel “José”, llamado Caifás, sexagésimo octavo sucesor de Aarón, cuyo pesado palacio sacerdotal se levantaba igualmente en la cumbre de la ciudad de David.

El 13 del mes de Nisán (14 de abril) del año 782 de Roma (año 33 de Jesucristo, después), un destacamento de la cohorte de ocupación —quinientos cincuenta y cinco hombres prestados por el prefecto al Sumo Sacerdote, para el caso de una sedición popular— rodeó silenciosamente, hacia las diez y media de la noche, los accesos abruptos del Monte de los Olivos.

A la entrada de aquel sendero que cortaba más arriba el desigual riachuelo del Cedrón, el jefe de los piqueros del Templo, Hannalos, hablaba sin duda con los centuriones, mientras esperaba a los agentes de Israel que debía dejar pasar, a fin de que se procediera al arresto de un conocido faccioso, un mago de Nazaret, el famoso Jesús, que se había “refugiado” allí aquella noche.

Pronto, bajo el claro de luna pascual, apareció, descendiendo del suburbio de Ofel, un grupo provisto de bastones, espadas y cuerdas, mandado por los dos emisarios del Gran Consejo, Achazías y Ananías, a los que acompañaba un portalinterna, Malcos, hombre de confianza de Caifás. La tropa era guiada por el más reciente discípulo de Jesús, un hombre originario de la aldea de Karioth, perteneciente a la tribu de Judá, a orillas del Mar Muerto, en el límite occidental de la sepultada Gomorra, aun cuando hubiese también, en las fronteras, cierto burgo moabita llamado Kerioth que encendía sus hogares no lejos del estanque del Dragón.


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Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

El Convidado de las Últimas Fiestas

Villiers de L'Isle Adam


Cuento


A la señora Nina de Villard

Lo desconocido es la parte del león.
—François Arago

La Estatua del Comendador puede venir a cenar con nosotros; ¡puede tendernos la mano! Se la estrecharemos. Quizás sea él quien tenga frío.

Una noche de carnaval del año 186…, C…, uno de mis amigos, y yo, por una circunstancia absolutamente debida a los azares del tedio «ardiente y vagos», estábamos solos en un palco, en el baile de la Ópera.

Desde hacía algunos instantes admirábamos, entre el polvo, el tumultuoso mosaico de máscaras que aullaban bajo las arañas y se agitaban bajo la sabática batuta de Strauss.

De golpe, se abrió la puerta del palco: tres damas, con un rumor de seda, se aproximaron por entre las pesadas sillas y, tras haberse despojado de sus máscaras, nos dijeron:

—¡Buenas noches!

Eran tres jóvenes de un encanto y una belleza excepcionales. Algunas veces las habíamos encontrado en el mundillo artístico de París. Se llamaban: Clío la Cendrée, Antonie Chantilly y Annah Jackson.

—¿Vienen ustedes aquí para esconderse, señoras? —preguntó C… rogándoles que se sentasen.

—¡Oh! Pensábamos cenar solas, porque la gente de esta fiesta, tan horrible y aburrida, ha entristecido nuestra imaginación —dijo Clío la Cendrée.

—¡Sí, ya nos íbamos cuando los hemos visto! —dijo Antonie Chantilly.

—Así pues, vengan con nosotras, si no tienen nada mejor que hacer —concluyó Annah Jackson.

—¡Luz y alegría!, ¡viva! —respondió tranquilamente C…— ¿Tienen algo en contra de la Maison Dorée?

—¡En absoluto! —dijo la deslumbrante Annah Jackson desplegando su abanico.


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El Cristo Amonestado

Jules Renard


Cuento


Al pasar junto a la cruz situada en las afueras del pueblo al que parece proteger de alguna sorpresa desagradable, Tiennette, la loca, vio que el Cristo se había caído.

Durante la noche el viento lo había desclavado y arrojado al suelo, sin duda.

Tiennette se santigua y levanta el Cristo con todas las precauciones, como si se tratara de una persona aún viva.

No puede volver a colocarlo en la cruz que está demasiado alta; pero tampoco puede dejarlo solo, al borde de la carretera.

Además, se ha estropeado al caer y le faltan varios dedos.

—Voy a llevar el Cristo al carpintero para que lo repare —se dice.

Lo agarra piadosamente por la cintura y se lo lleva, sin correr. Pero es tan pesado que se desliza entre sus brazos y, con frecuencia, se ve obligada a subirlo con una violenta sacudida.

Y cada vez, les clavos que antes sujetaban los pies del Cristo agarran la falta de Tiennette, la levantan un poco y dejan ver sus piernas.

—¡Quiere estarse quieto, Señor! —le dice.

Y con toda sencillez, Tiennette da unos suaves cachetes en las mejillas del Cristo, con delicadeza, con respeto.


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Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

El Derecho del Pasado

Villiers de L'Isle Adam


Cuento


El 21 de enero de 1871, reducido por elinvierno, por el hambre, por el retroceso de las expediciones insensatas, París, visto desde las posiciones inexpugnables desde las que, casi impunemente, el enemigo lo fulminaba, enarboló finalmente con brazo febril y ensangrentado la bandera que indica a los cañones que deben detenerse.

Desde un altozano lejano, el canciller de la Confederación germánica observaba la capital, y al ver de improviso aquella bandera en la bruma glacial y en la humareda, introdujo bruscamente uno dentro del otro, los tubos de su catalejo, diciéndole al príncipe de Mecklemburgo—Schwerin que se encontraba a su lado: «La bestia ha muerto.»

El enviado del Gobierno de la Defensa nacional, Jules Favre, había franqueado los puestos de avanzada prusianos y, escoltado en medio del estruendo a través de las líneas de cerco, había llegado al cuartel general del ejército alemán. No había olvidado la entrevista del Château de Ferrières donde, en una sala obstruida por los cascotes y los escombros, había intentado tiempo atrás las primeras negociaciones.

Hoy, era en una sala más sombría y completamente real, en la que silbaba el viento helado pese a las chimeneas encendidas, donde los dos mandatarios enemigos volvían a encontrarse.


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Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

El Deseo de Ser un Hombre

Villiers de L'Isle Adam


Cuento


Al señor Catulle Mendès

Uno de esos hombres ante quienes la Naturaleza
puede alzarse y decir: «¡He aquí un Hombre!»
—Shakespeare, Julio César

Daban las doce en el reloj de la Bolsa, bajo un cielo estrellado. En aquella época, aún pesaban sobre los ciudadanos las exigencias de una ley militar y, siguiendo las instrucciones relativas al toque de queda, los sirvientes de los establecimientos todavía iluminados se apresuraban a cerrar.

En los bulevares, en el interior de los cafés, los quemadores de gas de los candelabros desaparecían, uno a uno, en la oscuridad. Se oía desde fuera el ruido de las sillas puestas de cuatro en cuatro sobre las mesas de mármol; era el momento psicológico en que cada camarero juzgaba oportuno indicar, con un brazo que terminaba en un trapo, las horcas caudinas de la puerta trasera a los últimos consumidores.

Aquel domingo silbaba el triste viento de octubre. Escasas hojas amarillentas, polvorientas y ruidosas, llevadas por ráfagas de aire, chocaban con las piedras, rozaban el asfalto; luego, como murciélagos, desaparecían en la sombra, despertando la imagen de unos días banales vividos para siempre. Los teatros del bulevar del Crimen donde, durante la noche, se habían apuñalado a placer todos los Médicis, los Salviati, y los Montefeltre, se erguían, guaridas del Silencio, con las puertas cerradas guardadas por sus cariátides. Por momentos, coches y peatones se hacían más escasos; aquí y allá lucían ya los escépticos faroles de los traperos, fosforescencias liberadas por los montones de basura entre los que erraban.


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Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

El Disparo Memorable

Aleksandr Pushkin


Cuento


Estábamos acantonados en el pequeño pueblo de X. Todo el mundo sabe cómo es la vida de un oficial de tropa de guarnición. A la mañana, estudio y picadero; la comida en casa del comandante del regimiento o en una fonda judía; a la noche, ponche y naipes.

En X no había ningún lugar donde reunirse, ni una muchacha; íbamos unos a casa de otros, donde, aparte de nuestros uniformes, no veíamos nada más.

Un solo civil formaba parte de nuestro grupo. Tenía unos treinta y cinco años, lo que nos hacía considerarlo viejo. Su experiencia le daba superioridad sobre nosotros en varios puntos, y, además, su aspecto sombrío que mostraba habitualmente, sus rudas costumbres y su lengua mordaz ejercían una clara influencia en nuestras mentes juveniles.

Un cierto misterio parecía envolver su destino: se le hubiera tomado por ruso aunque llevaba apellido extranjero. En otros tiempos había servido en los húsares, y hasta con suerte; sin embargo, nadie sabía qué motivos le habían hecho retirarse del servicio para ir a radicarse en un mísero pueblucho, donde vivía en la estrechez, unida, no obstante, a cierto despilfarro. Iba siempre a pie, vestía una chaqueta negra, raída por el uso, y su mesa estaba siempre a disposición de todos los oficiales de nuestro regimiento. Sus cenas estaban compuestas por no más de dos o tres platos, preparados por un militar retirado, pero el champán solía correr a torrentes durante las comidas.

Nadie sabía si poseía o no fortuna ni cuáles eran sus rentas, ni nadie se atrevía a preguntárselo. Tenía muchos libros, la mayoría obras de milicia y novelas. Los prestaba de buen grado, sin exigir nunca su devolución, como tampoco, por su parte, devolvía nunca los que a él le prestaban.


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Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

El Duque de Portland

Villiers de L'Isle Adam


Cuento


En estos últimos años, a su vuelta de levante, Ricardo, duque de Portland, el joven lord célebre antaño en toda Inglaterra por sus fiestas nocturnas, sus victoriosos purasangre, su ciencia de boxeador, sus cacerías de zorros, sus castillos, su fabulosa fortuna, sus viajes de aventuras y sus amores, no se había dejado ver.

Una sola vez, al oscurecer, se había visto su secular carroza dorada atravesando Hyde—Park con las cortinillas cerradas, a plena carrera y rodeada de jinetes portando antorchas.

Después —reclusión tan brusca como extraña—, el Duque se había retirado a su casa solariega, haciéndose habitante solitario de aquel macizo castillo construido en viejas edades, en medio de sombríos jardines y campos con árboles, y situado en el cabo de Portland.

Por toda vecindad, un rojo fulgor que iluminaba día y noche, a través de la bruma, los pesados barcos que cabeceaban a lo lejos, cruzando sus penachos de humo en el horizonte.

Una especie de sendero en pendiente hacia el mar, una sinuosa galería excavada en las rocas y bordeada de pinos salvajes, que abre sus pesadas verjas doradas sobre la misma arena de la playa, sumergida a las horas de la marea alta.

Bajo el reinado de Enrique VI se forjaron leyendas de este castillo fortaleza, cuyo interior resplandecía de riquezas feudales.

En la plataforma que une las siete torres veían aún, esculpidos en piedra, entre las almenas, un grupo de arqueros y algunos caballeros del tiempo de las Cruzadas; todos en actitudes de combate.


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Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

El Marido Cura

Marqués de Sade


Cuento


Cuento provenzal

Entre la villa de Menerbe, en el condado de Aviñón, y la de Apt, en Provenza, existe un pequeño convento de carmelitas, muy apartado, que se llama Saint—Hilaire, asentado en la cima redondeada de una montaña en la que a las mismísimas cabras les resulta difícil pastar; esa pequeña residencia es, poco más o menos, como la cloaca de todas las comunidades cercanas del Carmelo, todas relegan allí cuanto las deshonra, por lo que fácil es juzgar lo refinada que debía de ser la sociedad de semejante casa: bebedores, mujeriegos, sodomitas, tahúres… tal es, poco más o menos, la noble composición de los recluidos que en ese escandaloso asilo ofrecen a Dios, como pueden, unos corazones que el mundo desecha. Uno o dos castillos cercanos y el burgo de Menerbe, que está a solo una legua de Saint—Hilaire, esa es toda la compañía de esos buenos religiosos, que, a pesar de su hábito y de su condición, distan mucho de encontrar abiertas todas las puertas de sus alrededores.


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Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

El Monje

Iván Turguéniev


Cuento


Conocí a un monje anacoreta, santo. Vivía con la sola dulzura de la plegaria y, embebido de esta, estuvo parado tanto tiempo sobre el suelo frío de la iglesia, que sus piernas, por debajo de las rodillas, se le hincharon y pusieron parecidas a columnas. Él no las sentía, se paraba y rezaba.

Yo lo entendía; yo, acaso, lo envidiaba, pero que él también me entienda y no me condene a mí; a mí, que no accedo a sus alegrías.

Él consiguió eliminarse a sí mismo, a su odiado yo; pero es que yo también no rezo no por amor propio.

Mi yo, acaso, me es aún más pesaroso y repulsivo que su él a él.

Él encontró en qué olvidarse de sí mismo… pero es que yo también encuentro, aunque no de modo tan constante.

Él no miente… pero es que yo también no miento.


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Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

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