Era un caballero fino, distinguido, de fisonomía
ingenua y simpática. No tenía motivo para negarme a recibirle en mi
habitación algunos días. El dueño de la fonda me lo presentó como un
antiguo huésped a quien debía muchas atenciones: si me negaba a
compartir con él mi cuarto, se vería en la precisión de despedirle por
tener toda la casa ocupada, lo cual sentía extremadamente.
—Pues si no ha de estar en Madrid más que unos cuantos días, y no
tiene horas extraordinarias de acostarse y levantarse, no hay
inconveniente en que V. le ponga una cama en el gabinete… Pero cuidado…
¡sin ejemplar!…
—Descuide V., señorito, no volveré a molestarle con estas embajadas.
Lo hago únicamente porque D. Ramón no vaya a parar a otra casa. Crea V.
que es una buena persona, un santo, y que no le incomodará poco ni
mucho.
Y así fue la verdad. En los quince días que D. Ramón estuvo en Madrid
no tuve razón para arrepentirme de mi condescendencia. Era el fénix de
los compañeros de cuarto. Si volvía a casa más tarde que yo, entraba y
se acostaba con tal cautela, que nunca me despertó; si se retiraba más
temprano, me aguardaba leyendo para que pudiese acostarme sin temor de
hacer ruido. Por las mañanas nunca se despertaba hasta que me oía toser o
moverme en la cama. Vivía cerca de Valencia, en una casa de campo, y
sólo venía a Madrid cuando algún asunto lo exigía: en esta ocasión era
para gestionar el ascenso de un hijo, registrador de la propiedad. A
pesar de que este hijo tenía la misma edad que yo, D. Ramón no pasaba de
los cincuenta años, lo cual hacía presumir, como así era en efecto, que
se había casado bastante joven.
Y no debía de ser feo, ni mucho menos, en aquella época. Aún ahora
con su elevada estatura, la barba gris rizosa y bien cortada, los ojos
animados y brillantes y el cutis sin arrugas, sería aceptado por muchas
mujeres con preferencia a otros galanes sietemesinos.
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