Textos más vistos publicados el 22 de octubre de 2016 | pág. 6

Mostrando 51 a 60 de 68 textos encontrados.


Buscador de títulos

fecha: 22-10-2016


34567

La Perla de Toledo

Prosper Mérimée


Cuento


¿Quién me dirá si el Sol es más bello en el amanecer que en el ocaso? ¿Quién me dirá del olivo y el almendro cuál es el más bello árbol? ¿Quién me dirá entre el valenciano y el andaluz cuál es el más bravo? ¿Quién me dirá cuál es la más bella de las mujeres?

—Yo le diré cuál es la más bella de las mujeres: es Aurora de Vargas, la Perla de Toledo.

El Negro Tuzani ha pedido su lanza, ha pedido su escudo: su lanza la coge con la mano derecha; su escudo pende de su codo. Desciende a su caballeriza y considera a sus cuarenta jumentos, uno detrás de otro. Dice:

—Berja es la más vigorosa: sobre su larga grupa traeré a la Perla de Toledo o, por Alá, Córdoba no volverá a verme jamás.

Parte, cabalga, llega a Toledo, y encuentra a un anciano cerca de Zacatín.

—Anciano de la barba blanca, lleva esta carta a don Guttiere, a don Guttiere de Saldaña. Si es hombre vendrá a combatir contra mí cerca de la fuente de Almami. La Perla de Toledo debe pertenecer a uno de nosotros.

Y el anciano ha tomado la carta, la ha tomado y la ha llevado al conde de Saldaña cuando jugaba al ajedrez con la Perla de Toledo. El Conde ha leído la carta, ha leído el desafío, y con su mano ha golpeado la mesa tan fuerte que todas las piezas se han tumbado. Y se levanta y pide su lanza y su buen caballo; y la Perla también se ha levantado toda temblorosa, pues ha comprendido que él iba a un duelo.

—Señor Guttiere, don Guttiere Saldaña, quédese, se lo ruego, y juegue otra vez conmigo.

—No jugaré más al ajedrez; quiero jugar el juego de las lanzas en la fuente de Almami.

Y los lloros de Aurora no pudieron pararlo, pues nada para a un caballero que acude a un duelo. Entonces la Perla de Toledo toma su manto, monta sobre su mula y se dirige a la fuente de Almami.


Información texto

Protegido por copyright
1 pág. / 2 minutos / 115 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

La Petición

Jules Renard


Cuento


En el gran patio de la Gouille, la señora Repin lanzaba a sus aves puñados de grano. Éstos volaban regularmente de la cesta, siguiendo el ritmo del gesto, y se dispersaban granizando sobre el duro suelo. La fina música de un manojo de llaves, que se entrechocaban, ascendía de uno de los bolsillos del mandil. Haciendo con los labios “¡Cht, Cht!” e incluso dando grandes zapatazos, la señora Repin alejaba a las voraces pavas. Sus crestas azuleaban de cólera y los semicírculos de sus colas se abría de inmediato como una especie de detonación y brusco desenvolvimiento de un abanico que se abre entre los dedos de una dama nerviosa. El señor Repin apareció por el camino con paso acelerado. El lanzamiento de grano se detuvo, las llaves se callaron y las inquietas gallinas se revolvieron un instante por el apresuramiento desacostumbrado del señor Repin.

—¿Qué ocurre? —preguntó la granjera.

El señor Repin respondió:

—¡Gaillardon quiere una!

—¿Una gallina?

—Hazte la graciosa: una de nuestras hijas. Viene a almorzar el domingo.

Tan pronto como las señoritas conocieron la noticia, Marie, la más joven, besó a su hermana mayor de forma turbulenta: «¡Me alegro mucho, Henriette, me alegro mucho!». Estaba feliz, en primer lugar por la felicidad de su primogénita, y también un poco por ella, pues el señor Repin había dicho siempre, casi canturreando: «Cuando hay dos hijas casaderas, la mayor va delante, la menor sigue detrás». Pero, Henriette no avanzaba muy rápido y Marie pensaba que si no se ponía por delante, tal vez no llegara nunca a casarse.


Información texto

Protegido por copyright
10 págs. / 18 minutos / 53 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

La Señorita Olympe

Jules Renard


Cuento


Con la vida de la señorita Olympe Bardeau, podría escribirse una novela de costumbres provincianas, pero sería muy monótona. Lo que hace no es nada variado: pasa su tiempo sacrificándose.

Siempre la conocí como una vieja solterona. Hace diez años no lo era menos; dentro de diez años no lo será más; no cambia; es una solterona precoz que se mantiene. Cada uno le calcula la edad que quiere.

Podría haberse casado tiempo atrás si su hermano no le hubiera quitado su dote para perderla en el comercio. Ha renunciado a casarse, pero quiere mucho a su hermano. A quienes pretenden que no se lo merece, ella responde que lo admira.

Ahora se sacrifica por su madre arruinada también por los malos negocios de su hijo. Las dos viven de lo que gana Olympe y la solterona se les apaña tan mal que siempre parece ganar lo menos posible.

Experta en trabajos de aguja de todo tipo, como bordadora de provincias, tiene un talento auténtico del que no sabe sacar partido.

Una señora de buenas intenciones le trae un babero para que lo borde.

—Elija el modelo que más le guste, —le dice Olympe.

La señora, que no entiende mucho de eso, elige para su babero sin valor, un bordado complicado y costoso. Olympe no hace ninguna observación; borda y pide un precio acorde con el precio del babero.

—¿Cómo quiere que pida quince francos por el festón de un babero que vale uno y medio? —dice—. La señora tendría derecho a sentirse sorprendida.

—Tendría que haberle explicado que había elegido un dibujo demasiado recargado.

—No tengo valor para atribular a una persona que se interesa por mí.

Se le ha ocurrido dar lecciones de costura a las niñas del pueblo por 0’25 francos la hora.

—No es caro —le digo.

—Es bastante caro, —dice Olympe— pero podrán quedarse dos horas si quieren.

—¿Por el mismo precio?


Información texto

Protegido por copyright
3 págs. / 6 minutos / 37 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

La Tema del Reducto

Prosper Mérimée


Cuento


Un militar amigo mío, muerto de fiebre en Grecia hace unos años, me narró un día la primera acción de guerra en que tomó parte. Su relato me interesó en grado tal que lo reproduje de memoria, en cuanto tuve oportunidad para ello. Helo aquí:

—Me incorporé a mi regimiento el 4 de septiembre por la tarde. Di con el coronel en el cuerpo de guardia: en el primer momento me recibió con cierta hosquedad; pero después de leer la carta de presentación que me había dado el general B., cambió de modales y me dirigió algunas palabras corteses.

Fui presentado por él a mi capitán en el mismo instante en que este último volvía de un reconocimiento. El capitán, a quien no tuve en verdad tiempo de conocer, era un hombre alto, moreno, de fisonomía dura y repulsiva. De soldado raso había ido ganando galones y la cruz en los diversos campos de batalla. La voz, ronca y débil, contrastaba singularmente con su estatura casi gigantesca. Me dijeron que le había quedado esa voz rara después de que un balazo lo atravesara de parte a parte en la batalla de Jena.

Al enterarse de que yo venía de la escuela de Fontainebleau, torció el gesto y dijo:

—Mi teniente murió ayer.

Comprendí que quería decir: «Usted es quien ha de reemplazarlo y no tiene capacidad para ello». Un comentario burlón asomó a mis labios; pero me contuve.

La luna se alzó por detrás del reducto de Cheverino, situado a dos tiros de cañón de nuestro vivac. Era una luna grande y roja, como se presenta siempre al levantarse. Pero esa tarde me pareció de dimensiones extraordinarias. Por un momento, el reducto se destacó, negro, en el disco brillante de la luna. Parecía el cono de un volcán en el instante en que se produce la erupción.

Un viejo soldado junto al que me encontraba advirtió el color de la luna.

—¡Está muy roja —dijo—, eso es señal que ha de costar mucho el famoso reducto!


Información texto

Protegido por copyright
6 págs. / 10 minutos / 55 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

La Venus de Ille

Prosper Mérimée


Cuento


Bajaba yo la última pendiente del Canigó, y, aunque el sol ya se había puesto, aun podía distinguir en la llanura las casas de la pequeña ciudad de Ille, hacia la cual me encaminaba.

—¿Sabe usted —le dije al catalán que me servía de guía desde la víspera—, sabe usted, indudablemente, dónde vive el señor De Peyrehorade?

—¡Si lo sabré! —exclamó—. Conozco su casa tanto como la mía, y de no ser ahora tan oscuro, se la mostraría desde aquí. Es la más hermosa de Ille. Tiene dinero, sí, el señor De Peyrehorade, y va a casar tan bien a su hijo, que éste será más rico aún que él.

—¿Se llevará a cabo pronto ese casamiento? —le pregunté.

—¿Pronto? Puede que ya estén encargados los violines para la boda. ¡Tal vez se celebre esta noche, mañana, pasado mañana, qué sé yo! Es en Puygarrig donde se realizará, puesto que es a la señorita de Puygarrig a quien desposa el hijo. ¡Será algo espléndido, sí!

Yo iba recomendado al señor De Peyrehorade por mi amigo, el señor De P… Me había dicho éste que se trataba de un anticuario muy instruido, de una gentileza a toda prueba, y que sería para él un placer enseñarme todas las ruinas que había en Ille en diez leguas a la redonda. Por lo tanto, contaba yo con él para visitar los alrededores de la ciudad, que sabía eran muy ricos en monumentos antiguos, principalmente de la Edad Media; pero este casamiento, del que oía hablar por vez primera, estropeaba todos mis planes.

«Voy a ser un aguafiestas» me dije. Pero como se me esperaba en casa del anticuario, a quien ya me había anunciado el señor De P…, era necesario que me presentase.

— Apostemos, señor —me dijo el guía—, ya que estamos en la llanura, apostemos un cigarro a que adivino lo que va a hacer usted en casa del señor De Peyrehorade.


Información texto

Protegido por copyright
35 págs. / 1 hora, 2 minutos / 106 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

Las Damiselas del Mar

Joaquim Ruyra


Cuento


Seis muchachos de camiseta azul, sórdidos, astrosos, quedaron sentados en el peñascal; sus piernas desnudas cuelgan sobre el mar que con frecuencia se ahueca y les baña los pies. Cada cual posee su caña y su montón de gusanillos roqueros, el manjar que los peces reputan más sabroso.

La pesca les ocupa trece horas, y unánimes levantan gritería de vencedores cada vez que uno arranca al mar algún serrano boquiabierto que esparrama en el aire el varillaje reluciente de sus membranas espinosas.

El crepúsculo vesperal amortigua lentamente el esplendor de sus humaredas violáceas. Unas estrellas empiezan a centellear en el aire azul. Una bandada de cuervos atraviesa el espacio y va a perderse en la montaña, entre las paredes tenebrosas y destartaladas de un viejo castillo.

Más de un muchacho, cansado de vigilar incesantemente los avíos de pescar que balancean al ritmo de las olas, se ha adormilado. Caen las cabezas sobre el pecho. Los dedos se aflojan y a duras penas sostienen las cañas, que abaten sus copetes al nivel del agua.

—Ya no pican —dice uno malhumorado.

—¡Concho, y está eso obscuro! —exclama otro, surcando el cielo con los ojos.

—¿Me van a creer? Lo mejor será echar un sueñecito hasta que la luna se levante.

Todo el mundo está conforme. Se ponen en hilera, muy prietos, pasan los brazos sobre las espaldas y los cogotes de los compañeros, y se adormecen tranquilamente al raso, repantigados en una roca.

La noche se obscurece más y más. La luna amarillea en su oriente; una faja de bruma cenicienta divide su esfera. El mar canta a los chicos una canción de cuna, atenuando su bronca voz.

De pronto, suena algo así como un galope sordo y espeso… tras, tras, tras… y van apareciendo las Damiselas del Mar, montando unos bermejos langostines, otras montando enormes cangrejos viejísimos, revestidos de musgo marino.


Leer / Descargar texto


2 págs. / 3 minutos / 114 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

Las Tres Carreras: Mimo XIII

Marcel Schwob


Cuento


Las higueras han dejado caer sus higos y los olivos sus aceitunas, porque algo extraño ha ocurrido en la isla de Scira. Una muchacha huía, perseguida por un muchacho. Se había levantado el bajo de la túnica y se veía el borde de sus pantalones de gasa. Mientras corría dejó caer un espejito de plata. El muchacho recogió el espejo y se miró en él. Contempló sus ojos llenos de sabiduría, amó el juicio de éstos, cesó su persecución y se sentó en la arena. Y la muchacha comenzó de nuevo a huir, perseguida por un hombre en la fuerza de su edad. Había levantado el bajo de su túnica y sus muslos eran semejantes a la carne de un fruto. En su carrera, una manzana de oro rodó de su regazo. Y el que la perseguía cogió la manzana de oro, la escondió bajo su túnica, la adoró, cesó su persecución y se sentó en la arena. Y la muchacha siguió huyendo, pero sus pasos eran menos rápidos. Porque era perseguida por un vacilante anciano. Se había bajado la túnica, y sus tobillos estaban envueltos en un tejido de muchos colores. Pero mientras corría, ocurrió algo extraño, porque uno después de otro se desprendieron sus senos, y cayeron al suelo como nísperos maduros. El anciano olió los dos, y la muchacha, antes de lanzarse al río que atraviesa la isla de Scira, lanzó dos gritos de horror y de pesar.


Información texto

Protegido por copyright
1 pág. / 1 minuto / 41 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

Laurette o el Sello Rojo

Alfred de Vigny


Cuento


I. Sobre el encuentro que tuve en el camino real

El camino real de Artois y de Flandre es largo y triste. Se extiende en línea recta, sin árboles ni cunetas, por campiñas planas y llenas de un barro amarillo en cualquier estación. En marzo de 1815, iba por aquel camino y tuve un encuentro que no he olvidado desde entonces.

Iba solo, a caballo, llevaba una buena capa, un casco negro, pistolas y un gran sable; llovía a cántaros desde hacía cuatro días y cuatro noches de marcha, y recuerdo que iba cantando la Joconde a voz en grito. ¡Era tan joven! La Casa del Rey en 1814 se había llenado de niños y de ancianos; el Imperio parecía haber tomado y matado a todos los hombres adultos.

Mis compañeros iban por delante, siguiendo al rey Luis XVIII; veía sus capas blancas y sus uniformes rojos en el horizonte, al norte; los lanceros de Bonaparte, que vigilaban y seguían nuestra retirada paso a paso, mostraban de vez en cuando el gallardete tricolor de sus lanzas, en el horizonte opuesto, al sur. Una herradura perdida había retrasado a mi caballo; era joven y fuerte, y como lo espoleaba para unirme a mi escuadrón, partió al trote; puse la mano en mi cinturón, suficientemente provisto de dinero, oí resonar la funda de hierro de mi sable sobre el estribo, y me sentí orgulloso y perfectamente feliz.

Seguía lloviendo y yo seguía cantando. Sin embargo, pronto me callé aburrido de no oír a nadie sino a mí, y a partir de entonces, sólo escuché la lluvia y los pies de mi caballo chapotear en el lodazal. Se acabó el pavimento de la carretera, y empezó a hundirse, por lo que hubo que ir al paso. Mis grandes botas estaban embadurnadas por fuera con una costra espesa de barro amarillo como el ocre, y por dentro se llenaban de agua. Miré mis entorchados dorados completamente nuevos, que eran mi felicidad y mi consuelo; estaban despeluznados por el agua, y aquello me afligió.


Información texto

Protegido por copyright
30 págs. / 53 minutos / 120 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

Lilit

Marcel Schwob


Cuento


Pienso que la amó tanto cuanto se puede amar a una mujer en este mundo; pero su historia fue más triste que ninguna. Él había estudiado durante mucho tiempo a Dante y a Petrarca; las formas de Beatriz y de Laura flotaban ante sus ojos y los divinos versos en los que resplandece el nombre de Francisca de Rímini cantaban en sus oídos.

En el primer ardor de su juventud había amado apasionadamente las vírgenes atormentadas de Correggio, cuyos cuerpos voluptuosamente prendados de cielo tienen ojos que desean, bocas que palpitan y llaman dolorosamente al amor. Más tarde, admiró el pálido esplendor humano de las figuras de Rafael, su sonrisa apacible y su gozo virginal. Pero cuando fue él mismo, eligió por maestro, como Dante, a Brunetto Latini, y vivió en su siglo en el que los rostros rígidos tienen la extraordinaria beatitud de los paraísos misteriosos.

Y, entre las mujeres, conoció primero a Jenny, que era nerviosa y apasionada, cuyos ojos estaban adorablemente rodeados de ojeras, bañados de humedad lánguida, con una mirada profunda. Fue un amante triste y soñador; buscaba la expresión de la voluptuosidad con una acritud entusiasta; y cuando Jenny, fatigada, se quedaba dormida con los primeros rayos del alba, él esparcía guineas brillantes entre sus cabellos soleados; luego, contemplando sus párpados cerrados y sus largas pestañas que reposaban, su frente cándida que parecía ignorar el pecado, se preguntaba amargamente, recostado sobre la almohada, si ella no prefería el oro amarillo a su amor y qué sueños desilusionantes estarían pasando bajo las paredes transparentes de su carne.


Información texto

Protegido por copyright
5 págs. / 9 minutos / 60 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

Los Bandidos

Villiers de L'Isle Adam


Cuento


Al señor Henri Roujon

¿Qué es el Tercer Estado? Nada.
¿Qué debe ser? Todo.
—Sully, después Sieyes

Pibrac, Nayrac, dos subprefecturas gemelas unidas por un camino vecinal construido bajo el régimen de los Orleáns, testimoniaban, bajo un cielo maravilloso, una perfecta unión de costumbres, negocios y maneras de ver.

Como en cualquier lugar, el pueblo se caracterizaba por sus pasiones; como en todas partes, la burguesía conciliaba el aprecio general con el suyo propio. Todos, pues, vivían en paz y alegría en estas afortunadas localidades, hasta que una tarde de octubre ocurrió que el viejo violinista de Nayrac, hallándose corto de fondos, abordó, en el camino real, al sacristán de Pibrac y, aprovechándose de la oscuridad, le pidió con tono perentorio algún dinero.

Asustado, el hombre de las Campanas, sin reconocer al violinista, accedió graciosamente; pero, de vuelta a Pibrac, contó su aventura de tal manera que, en las imaginaciones enfebrecidas por su relato, el viejo músico de Nayrac se convirtió en una banda de ávidos ladrones que infestaban el Midi y asolaban el camino real con sus crímenes, incendios y depredaciones.

Astutos, los burgueses de los dos pueblos habían exagerado los rumores, de la misma manera que cualquier buen propietario se ve obligado a aumentar los defectos de las personas que tienen aspecto de ansiar sus capitales. ¡No porque hubieran sido engañados! Ellos habían consultado las fuentes. Habían interrogado al sacristán tras haber bebido. Este se contradijo, y ahora ellos sabían la verdad del asunto mejor que nadie… Sin embargo, burlándose de la credulidad de las masas, nuestros dignos ciudadanos se guardaban el secreto para ellos solos, como les gusta guardar todo lo que tienen; tenacidad que, ante todo, es el signo distintivo de las gentes sensatas e instruidas.


Información texto

Protegido por copyright
5 págs. / 10 minutos / 44 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

34567