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La Cruz de Piedra

José Pedro Bellán


Cuento


Después de la vida diaria, pensada o acostumbrada toda ella a partir de un mismo punto como una constante carrera de sentimientos, queda algo oculto en nuestro corazón algo adormecido en nuestro ser que despierta en muy raros casos. Tales manifestaciones en la generalidad de los caracteres no son más que segundos de vida desconocida, sensaciones fugaces, efímeras que cruzan por los jardines de nuestras almas, como fáciles golondrinas o que iluminan las tempestuosas nubes de nuestras ras, con la vertiginosidad del rayo. En cambio, en los caracteres donde la imaginación vive soberana, estos momentos persisten, hasta ahogarse por completo en lo voluptuo.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 38 visitas.

Publicado el 24 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

En el Prado

José Pedro Bellán


Cuento


Una tarde de agosto, fría y seca, paseaba por el Prado. Acababa de dejar el puente y me dirigía por la avenida, a paso lento, perdido, sintiendo una tranquilidad confortable que me hacía feliz.

Ya frente a los pabellones, me llamó la atención un transeúnte que venía por la misma acera. Era un hombre alto, fuerte, vestido con corrección. Un automóvil le seguía a corta distancia.

"¡Calla!... si es Fortuny, mi amigo, es decir, mi ex amigo, mi antiguo compañero de estudios", me dije.

Pareció reconocerme; pero dudaba. Nos contemplamos un instante y luego, Fortuny, levantando sus manoplas al cielo, exclamó:

—Pero... ¿y eres tú?...

Nos dimos un abrazo formidable.

—Nunca lo hubiera soñado,—decía movido por una reaparición espontánea de nuestra vida pasada.

Me soltó para mirarme. ¡Pero si estás lo mismo!... Mira que no haberte reconocido en seguid a... No has cambiado, no has cambiado...

—En cambio tú estás hecho un hércules.

—¿Un hércules?... ¡Ja... Ja!... Un hércules que tiene afectado un pulmón.

—¡Tú! ¡No creo...

—¡Eh!... ¿no crees?... Pero no hablemos de esto ahora... Vaya... acompáñame. Es un trayecto que hago cuatro veces en la semana... por prescripción de la ciencia. Míe bajo del coche a la entrada del Prado y sigo a pie hasta al casino. Allí siempre bebo algo.

Nos tomamos del brazo y empezamos a andar hacia el hotel. Pero él caminaba de prisa: me llevaba a remolque.

—¿Por qué te apuras tanto? —pregunté.—¿Tienes algún asunto?

—No, no... es que lo hago sin darme cuenta. Es una costumbre en mí, una costumbre que se traduce en el menor acto. Como de prisa, bebo de prisa, vivo de prisa. El tiempo me asedia de tal modo que, aun cuando no tenga nada que hacer, no puedo desprenderme de esta rara sensación de vencimiento o plazo fijo.

—Pero... ¿y qué haces, a qué te dedicas?

—Gano dinero.


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Publicado el 24 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

El Momento

José Pedro Bellán


Cuento


Un domingo, a las siete de la tarde, Teresa Mugnone subía la escalera que conducía a la azotea de su casa, una casa sencilla, de dos pisos, edificada en la Avenida Agraciada, a cien metros de la Iglesia y en la parte más alta de la colina.

Llevaba consigo un jarrón lleno de agua, con la cual bañó tres plantas, de claveles, robustas y florecientes, cuyos tallos y ramitos se aglomeraban en redor de las cañas clavadas en la tierra. Hizo esta operación con cariño, enderezando los guías, soplando sobre los pétalos cubiertos de polvo. Concluyó por hablarlas:

—¡Muertas de sed, pobrecitas, muertas de sed! ¡Si no fuera por mí! ¡Ave María... qué casa esta!...

Y enseguida, como notara que uno de los tallos principales se inclinaba demasiado, se acercó a él y prosiguió en un tono quejumbroso:

—¡Mire Vd... en qué estado!... Pero aguarda. Verás que pronto te pongo fuerte. Tomó una astilla de caña, removió la tierra, aporcó el pie y con una cinta, llagada ya, envolvió los tallos en un sólo haz. Cuando hubo terminado quedó abstraída, con su cara junto a las flores, cuyas tonalidades, de un rojo palpitante, se reflejaban en su carne. Luego, sin apresuramientos besó un clavel. Iba a retirarse, cuando, sorprendida por un sentimiento de justicia volvió hacia la planta y repitió la operación con los catorce individuos. Satisfecha, se acercó a la baranda y miró la ciudad.

Era una muchacha de veinte años, algo gruesa, pero conforme a su estatura que pasaba de mediana.


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Publicado el 24 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

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