Al amor de la mañana, o cuando comienza la tarde, he aquí lo que suele
verse en los jardines de París, especialmente en las Tullerías y en el
Luxemburgo. Mientras al amparo de las alamedas saltan los niños o juegan
con sus aros y las nodrizas cuidan de sus bebés, y en los bancos hay
lectores de diarios, y más allá jugadores de «foot-ball», y paseantes
que flirtean, o estudiantes que estudian, o pintores que cazan paisajes,
y en las anchas filas de las fuentes, al ruido del chorro de agua,
minúsculos marinos echan sus barquitos de velas blancas y rojas, unas
cuantas personas cumplen con una obligación sentimental y graciosa que
se han impuesto: dar de comer a los pajaritos. Generalmente, los únicos
que aprovechan son los gorriones, los ágiles y libres gorriones de
París. Hay también las palomas, pero las palomas no son las que más
gozan de la prebenda. Parecen estar fuera de su centro, de lugares en
donde reinan solas, sin competencia ni reparto: la plaza de San Marcos
de Venecia, o las cercanías del palacio Pitti, en Florencia. Aquí, pues,
son los gorriones, pequeños e interesantes vagabundos, opuestos a la
vida normal de las abejas, por ejemplo, y que esperan por estudioso
biógrafo un Maeterlinck alegre.
No lejos del Arco del Carrousel, en que la guerra y la Ley están
representadas, un grupo de gente de diversas condiciones y edades, forma
valla, mira en silencio. Un hombre de aspecto tranquilo y serio, cerca
del césped, sobre el que salta y vuela una inmensa bandada de gorriones,
saca de su bolsillo un pan y lo desmenuza. Luego, comienza a llamar:
¡Juliette!... Y una fina gorrioncita se desprende de la bandada
chilladora y saltante, y se va a colocar en la cabeza, en los hombros,
en la mano del hombre. «Louise, Jean, Friederic, Mimi, Toto, Mussette».
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