Cuando el cine alemán, el francés y el italiano comienzan apenas a reponerse de la desviación teatral sufrida en sus comienzos; mientras el cine ruso progresa a grandes pasos aún infantiles, y el español se halla todavía en pañales, no es de extrañar que el cine nacional, sin la vasta experiencia del norteamericano y sin la tradición escénica de los países europeos, se halle, menos aún que en pañales, en el limbo de las gestaciones que aún no han alumbrado.
Creemos que superan de algunos centenares los filmes dramáticos que el cine nacional ha pasado en la pantalla. De esta enorme cantidad, sólo una mitad de cintas se han estrenado en los grandes cines de la capital. De esta mitad ofrecida al público especialista del centro, apenas se recuerdan seis u ocho. De ninguna de estas seis u ocho ha quedado memoria de una cabal obra cinematográfica.
Y las razones por las cuales, a pesar de los cientos de cintas prematuras, el cine nacional no ha alumbrado aún, deben buscarse en el desdén sistemático con que entre nosotros se han considerado los dos factores capitales de la realización cinematográfica: el autor y el director.
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