Textos más cortos | pág. 156

Mostrando 1551 a 1560 de 8.910 textos.


Buscador de títulos

154155156157158

El Subprefecto en el Campo

Alphonse Daudet


Cuento


El señor subprefecto ha salido de expedición. Con el cochero delante y el lacayo detrás, el coche de la subprefectura le conduce majestuosamente a la Exposición regional de La—Combe—aux—Fées. El señor subprefecto se puso en ese día memorable la hermosa casaca bordada, el sombrerito apuntado, el pantalón estrecho galoneado de plata y la espada de gala con empuñadura de nácar. Descansa sobre sus rodillas una gran cartera de piel de zapa con relieves, y la contempla entristecido.

El señor subprefecto contempla entristecido su cartera de zapa estampada en hueco; piensa en el famoso discurso que en breve ha de pronunciar delante del vecindario de La—Combe—aux—Fées.

—Señores y queridos administrados.

Pero, aunque se atusa con insistencia las rubias y sedosas patillas, y repite veinte veces consecutivas: Señores y queridos administrados, no acierta a continuar el discurso.

No acierta a continuar el discurso… ¡Es tanto el calor que hace dentro de aquel coche!… Hasta que se pierde en lontananza, el camino de La—Combe—aux—Fées está lleno de polvo, bajo el sol de mediodía. El aire abrasa… y especialmente los olmos de orillas del camino, cubiertos por completo de blanco polvo, millares de cigarras pasan de uno a otro árbol. El señor subprefecto se estremece repentinamente. Allá abajo, junto a una ladera, divisa un verde robledal que parece hacerle señas.

El bosquecillo de carrascas parece hacerle señas:

—Venga usted aquí, subprefecto; al pie de mis árboles estará usted perfectamente y podrá componer su discurso.

El señor subprefecto queda seducido, apéase del coche y dice a sus gentes que le esperen mientras él va a componer su discurso en el pequeño robledal.


Información texto

Protegido por copyright
2 págs. / 5 minutos / 66 visitas.

Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

La Endemoniada

Marcel Schwob


Cuento


Habíamos montado la mesa bajo los árboles, y el mantel bordado estaba cubierto de hojas muertas. Algunas de ellas flotaban en el champagne, dentro de las finas copas. Tan sólo quedaba una vela, alrededor de la cual se escuchaba un chisporroteo de insectos. Los invitados se habían ido alejando. El sonido de sus voces llegaba de tanto en tanto al bosquecillo en el que me hallaba. Mi inquietud vagabundeaba entre los sueños provocados por una misteriosa persona, cuando de repente me sobresalté, al verla ahí mismo, sentada entre los cubos de hielo y los tazones de plata. Una risa interior la estremecía entera. Una larga linterna anaranjada que colgaba de una rama iluminaba su rostro. Podía ver cómo sacudía sus tobillos, cubiertos con un entramado de oro. Su ropa bailaba en sus caderas y ondulaba en sus senos como los pálidos reflejos de un estanque, y el tul tenía el delicado color de las mantis viajeras. Entonces vi sus manos, juntas una sobre la otra, como una grapa. Y de repente, los músculos de su cuello comenzaron a agitarse. Su melena se torció, sus ojos se dilataron y se fijaron, su boca se abrió, larga y roja. Repitió tres veces ese estremecimiento, como si quisiera hablar. Pero no podía, pues sus labios palpitantes nunca se encontraban y su garganta parecía estrangulada. En la tercera ocasión lanzó una carcajada ronca, mientras sacudía la cabeza, se retorció las manos, jugó a las tabas con trozos de hielo y rompió una copa de champagne con los dientes. Se levantó bruscamente la falda, lanzando una pierna singularmente cubierta de hilos de oro hacia la vela, que tiró; arrancó después la linterna, triturándola. La luz anaranjada se extinguió. Fue entonces cuando la oí suspirar de placer.


Información texto

Protegido por copyright
2 págs. / 5 minutos / 62 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

La Lengua

Horacio Quiroga


Cuento


Hospicio de las Mercedes…

No sé cuándo acabará este infierno. Esto sí, es muy posible que consigan lo que desean. ¡Loco perseguido! ¡Tendría que ver…! Yo propongo esto: ¡A todo el que es lengualarga, que se pasa la vida mintiendo y calumniando, arránquesele la lengua, y se verá lo que pasa!

¡Maldito sea el día que yo también caí! El individuo no tuvo la más elemental misericordia. Sabía como el que más que un dentista sujeto a impulsividades de sangre podrá tener todo, menos clientela. Y me atribuyó estos y aquellos arrebatos; que en el hospital había estado a punto de degollar a un dependiente de fiambrería; que una sola gota de sangre me enloquecía…

¡Arrancarle la lengua…! Quiero que alguien me diga qué había hecho yo a Felippone para que se ensañara de ese modo conmigo. ¿Por hacer un chiste…? Con esas cosas no se juega, bien lo sabía él. Y éramos amigos.

¡Su lengua…! Cualquier persona tiene derecho a vengarse cuando lo han herido. Supóngase ahora lo que me pasaría a mí, con mi carrera rota a su principio, condenado a pasarme todo el día por el estudio sin clientes, y con la pobreza que yo solo sé…

Todo el mundo lo creyó. ¿Por qué no lo iban a creer? De modo que cuando me convencí claramente de que su lengua había quebrado para siempre mi porvenir, resolví una cosa muy sencilla: arrancársela.

Nadie con más facilidades que yo para atraerlo a casa. Lo encontré una tarde y lo cogí riendo de la cintura, mientras lo felicitaba por su broma que me atribuía no sé qué impulsos…

El hombre, un poco desconfiado al principio, se tranquilizó al ver mi falta de rencor de pobre diablo. Seguimos charlando una infinidad de cuadras, y de vez en cuando festejábamos alegremente la ocurrencia.

—Pero de veras —me detenía a ratos—. ¿Sabías que era yo el que había inventado la cosa?

—¡Claro que lo sabía! —le respondía riéndome.


Leer / Descargar texto

Dominio público
2 págs. / 5 minutos / 453 visitas.

Publicado el 24 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Un Santo Varón

Javier de Viana


Cuento


Don Cupertino Denis y don Braulio Salaverry no eran personas estimadas en el pago.

Y sin embargo eran dos viejos vecinos—pisaban los setenta—estancieros ricos, jefes de numerosa y respetable familia.

Muy trabajadores, muy económicos, quizá demasiado económicos, eran además excelentes cristianos: jamás dejaban pasar un domingo, aunque tronase, aunque lloviera, aunque amenazara desplomarse el cielo, sin levantarse al alba y trotar las doce leguas que mediaban entre sus estancias y el pueblo, para concurrir a la iglesia para escuchar una o dos misas.

Es verdad que en la casa de don Cupertino, como en la de don Braulio, las perradas daban lástima, de lo flacas que estaban.

Pero, vamos a ver. ¿Para qué son los perros?

Para defensa de la casa.

Para que esa defensa sea efectiva es necesario que los perros sean malos.

Ahora bien: el psicólogo menos perspicaz sabe que los perros, lo mismo que los hombres, no son nunca malos cuando tienen la barriga llena. Es decir, pueden seguir siendo malos pero tienen pereza de hacer daño.

Tanto don Cupertino como don Braulio habían tenido oportunidad de constatar que todos los curas son mansos.

También se acusa al primero—y al segundo—de estos honrados estancieros, de dar a los peones comida escasa y mala. Era cierto; pero no lo hacían por tacañería, sino porque la experiencia les había demostrado que lo que se gana en alimentación se pierde en tiempo, y como es axioma que el trabajo dignifica al hombre, el corolario es que será más digno el que trabaje más. Y era a impulsos de ese piadoso concepto que don Cupertino y su colega mezquinaban la comida a sus peones y les hacían echar los bofes trabajando... ¿Qué importan las penas corporales cuando con ellas se hacen méritos ante el Señor?


Leer / Descargar texto

Dominio público
2 págs. / 5 minutos / 64 visitas.

Publicado el 5 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

El Cine En La Escuela

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Por raro que parezca, la semana última no ha registrado un solo estreno. Las casas exhibidoras retienen para el próximo otoño las cintas de última data, lo que nos promete una temporada feliz. Por otro lado, parece ser que existen dificultades entre las casas alquiladoras y los salones, tirantez de relaciones a que no sería ajena la escasez actual de estrenos. Pero no siendo de nuestra incumbencia estos conflictos de pantalla adentro, constatamos el lamentable periodo cinematográfico por que estamos pasando, que es lo que nos interesa en verdad.

El Cine en la Escuela. Sus Apologistas. —Cuando Pablo Deschanel, presidente actual de Francia, presidió en 1914 el banquete de la Cámara Sindical del Cine, dijo entre otras cosas:


Leer / Descargar texto

Dominio público
2 págs. / 5 minutos / 3 visitas.

Publicado el 22 de septiembre de 2026 por Brian.

El Campesino, el Oso y la Zorra

Aleksandr Afanásiev


Cuento infantil


Un día un campesino estaba labrando su campo, cuando se acercó a él un Oso y le gritó:

—¡Campesino, te voy a matar!

—¡No me mates! —suplicó éste—. Yo sembraré los nabos y luego los repartiremos entre los dos; yo me quedaré con las raíces y te daré a ti las hojas.

Consintió el Oso y se marchó al bosque.

Llegó el tiempo de la recolección. El campesino empezó a escarbar la tierra y a sacar los nabos, y el Oso salió del bosque para recibir su parte.

—¡Hola, campesino! Ha llegado el tiempo de recoger la cosecha y cumplir tu promesa —le dijo el Oso.

—Con mucho gusto, amigo. Si quieres, yo mismo te llevaré tu parte —le contestó el campesino.

Y después de haber recogido todo, le llevó al bosque un carro cargado de hojas de nabo. El Oso quedó muy satisfecho de lo que él creía un honrado reparto.

Un día el aldeano cargó su carro con los nabos y se dirigió a la ciudad para venderlos; pero en el camino tropezó con el Oso, que le dijo:

—¡Hola, campesino! ¿Adónde vas?

—Pues, amigo —le contestó el aldeano—, voy a la ciudad a vender las raíces de los nabos.

—Muy bien, pero déjame probar qué tal saben.

No hubo más remedio que darle un nabo para que lo probase. Apenas el Oso acabó de comerlo, rugió furioso:

—¡Ah, miserable! ¡Cómo me has engañado! ¡Las raíces saben mucho mejor que las hojas! Cuando siembres otra vez, me darás las raíces y tú te quedarás con las hojas.

—Bien —contestó el campesino, y en vez de sembrar nabos sembró trigo.

Llegó el tiempo de la recolección y tomó para sí las espigas, las desgranó, las molió y de la harina amasó y coció ricos panes, mientras que al Oso le dio las raíces del trigo.

Viendo el Oso que otra vez el campesino se había burlado de él, rugió:

—¡Campesino! ¡Estoy muy enfadado contigo! ¡No te atrevas a ir al bosque por leña, porque te mataré en cuanto te vea!


Leer / Descargar texto


2 págs. / 5 minutos / 252 visitas.

Publicado el 12 de agosto de 2016 por Edu Robsy.

Gárcia, Mártir de la Ortografía Fonética

Miguel de Unamuno


Cuento


Gárcia —con acento en la primera a y bisílabo, y no García— era maestro de escuela y decidido partidario de la ortografía fonética. Para cada sonido, un solo signe, y para cada signo, un solo sonido. Suprimía la c y la qu, escribiendo ka, ke, ki, ko, ku y za, ze, zi, zo, zu. Así, kerer, kinto y zera, zinturón. Su grito de guerra—que él escribía gerra—era: «¡Muera la qu!»

García—no García—sostenía que las más hondas revoluciones vienen de lo que creemos más accesorio; que en cuanto se forme una generación que escriba su lengua con ortografía fonética, esto solo le cambiará todo el resto de la manera de pensar. Aunque Gárcia no había leído a Spengler, el último gran paradojista germánico, presentía que lo sustancial es el estilo, y que lo que llamamos forma es lo más fundamental. Y por eso no se conformaba con la ortografía académica u oficial.


Leer / Descargar texto

Dominio público
2 págs. / 5 minutos / 106 visitas.

Publicado el 22 de mayo de 2021 por Edu Robsy.

Las Tijeras

Nilo Fabra


Cuento


A fines del siglo XIX eran inquilinos de una misma casa en Madrid dos jóvenes de veinte años: Pedro y Fortunato.

Vivía aquel en la buhardilla, sin más bienes de fortuna que el oficio de sastre, y este en el cuarto principal, disfrutando de una renta de cuarenta mil pesetas anuales que le legó un tío suyo; pero solo en usufructo, en títulos del cuatro por ciento interior perpetuo, o sea un capital nominal de un millón de pesetas.

La necesidad, eterno acicate del pobre, el temor de los azares y contingencia de lo porvenir y la propia satisfacción de la recompensa, eran poderosa parte para que Pedro, sin desfallecer un punto no se lo diese de reposo en su honrado oficio: mientras que Fortunato, sin el apremio de la lucha por la existencia, seguro de su renta, con ciega fe en la solvencia del Estado, ajeno a toda inquietud y zozobra, se entregaba a los frívolos placeres de una vida regalada y elegante, mirando con menosprecio al trabajo en sus múltiples manifestaciones.


* * *


Y pasaron cinco años y no estalló ninguna revolución, ni siquiera un pronunciamiento; las cosechas fueron abundantísimas; la exportación adquirió considerable incremento, se nivelaron los cambios, la circulación fiduciaria quedó reducida a sus naturales límites, y por primera vez gozó la nación de un buen gobierno.

El 4 por 100 interior subió sobre la par, y el Estado, siguiendo el ejemplo de Inglaterra, Francia y otros países prósperos, ofreció a sus acreedores el reintegro del capital o reducir la deuda del 4 a 3 por 100, y se llevó a cabo la conversión, dentro del derecho perfecto y con beneplácito general.

La renta de que Fortunato disponía en usufructo, quedó reducida a treinta mil pesetas. Cuando todo prosperaba, él, acreedor del Estado, venía a menos y veíase obligado a suprimir el coche.


Leer / Descargar texto

Dominio público
2 págs. / 5 minutos / 29 visitas.

Publicado el 20 de febrero de 2023 por Edu Robsy.

La Bienaventuranza de Don Quijote

Miguel de Unamuno


Cuento


«Hallose el escribano presente, y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu; quiero decir que murió». Así nos lo cuenta Miguel de Cervantes Saavedra al fin del libro. Dio don Quijote su espíritu a la eternidad, y a la vez al mundo, al morirse. Y su espíritu vive y revive.

No bien muerto don Quijote, sintió como si se despeñara, empozara y hundiera en un nuevo abismo como el de la cueva de Montesinos y aunque curado de su locura por la muerte figurósele que volvía a una de sus caballerescas aventuras. Y se dijo: «¿Me habré de verdad curado?». Sentíase bajar en las tinieblas y bajaba y más bajaba. Y así como al bajar a la cueva de Montesinos se había dormido, pareciole que se dormía de nuevo, pero con un sueño dulcísimo. Algo así como el sueño en que vivió en el seno de su santa madre —¡la madre de don Quijote!— antes de salir a la luz del mundo.

La oscuridad era espesísima y olía a tierra mojada; a tierra mojada en lágrimas y en sangre. El pobre caballero iba haciendo examen de conciencia. Y de lo que más se dolía era de aquellas pobres ovejas que alanceó tomándolas por ejército de bravos enemigos.

De pronto sintió que la sima en que iba cayendo, la sima de la muerte, empezaba a iluminarse pero con una luz que no hacía sombras. Era una luz difusa que parecía brotar de todas partes y como si su manantial estuviese en donde quiera y en redondo. Era como si todas las cosas se hiciesen luminosas y como si las entrañas mismas de la tierra se convirtiesen en luz. O era como si la luz viniese de un cielo cuajado de estrellas. Y era una luz humana a la vez que divina; era una luz de divina humanidad.


Leer / Descargar texto

Dominio público
2 págs. / 5 minutos / 168 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Provocador Discreto

Arturo Robsy


Cuento


Ejercicio número uno.


Material:

Provéase de una máquina fotográfica o grabadora de vídeo, de un bañador y de un mes de agosto. Busque una de las cientos de playas donde nacionales y extranjeros se desnudan con la esperanza de que el calor solar vivifique sus partes nobles o, si se prefiere, el soporte mortal de sus pecados.


En el fondo los nudistas no son tontos. Saben que es legal porque Múgica tiene ideas, pero dificilmente se pasearían así por la plaza mayor de su ciudad o acudirían despelotados al cine de su barrio. Se reúnen para darse valor. Es el instinto gregario.

Al principio de la temporada se ven las playas llenas de gente vestida que vigila. Un día una mujer se toma una copa para confortar su espíritu y corre a la orilla a sacarse una teta: reflejos condicionados. Pero es la señal y cientos de bañistas tiran sus prendas de vestir. Días después la multitud frunce el cejo cuando aparece un ciudadano en bañador: un provocador, sin duda; un tipejo que tanto puede ser un fascista como una víctima de la educación represiva de la clerigalla.

Pero pasearse desnudo entre los nudistas es una provocación demasiado sutil. Ellos se defenderán de usted con pensamientos progresistas o con brincos exhibicionistas dedicados a escandalizarle.

Un paso en el camino de la provocación es efectuar el paseo con perro. Los canes, en su amistosa simplicidad, se acercan a oler, porque apenas pasan de ser una nariz con sentimientos. El por qué se obstinan en oler determinadas zonas del nudista es algo que tiene que ver con su filosofía de la vida. Su máxima es dime cómo hueles y te diré quién eres.


Leer / Descargar texto

Dominio público
2 págs. / 5 minutos / 50 visitas.

Publicado el 1 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

154155156157158