Textos más cortos | pág. 183

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Teatro Y Cine II

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


El cine, pues, ha aportado a la representación un elemento, tras cuya simulación el teatro se ha debatido desesperadamente hasta hoy. Este elemento es la verdad del escenario. La presentación de una casa de sólidas y reales paredes, cuando de un interior se trata; de un jardín o una perspectiva de montaña, si así lo exige el drama, de un barco, de una fábrica, de un cementerio o una tempestad, si en tal ambiente deben moverse los personajes; todas estas cosas y fenómenos reales, vistos, tocados, habitados y sentidos con una dosis mínima de ilusión, constituyen la fuerza exclusiva que ha llevado al cine al primer plan entre los espectadores de arte.

Ni la modicidad de los precios ni la tremenda mediocridad de las cintas explican el afán febril con que se vive a las puertas de las salas. La razón exclusiva radica en la impresión de realidad sin engaño, de vida conocida y tal cual, que halaga igualmente a los niños, a los adultos y a los ancianos.


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Publicado el 27 de julio de 2026 por Brian.

Clovis y las Responsabilidades de los Padres

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Marión Eggelby estaba sentada junto a Clovis hablando del único tema del que le gustaba conversar: sus hijos y sus diversas perfecciones y logros. El estado de ánimo en el que se encontraba Clovis no podría describirse como receptivo; la generación juvenil de Eggelby, representada con los improbables colores brillantes del impresionismo maternal, no despertaba en él entusiasmo alguno. Pero la señora Eggelby tenía entusiasmo suficiente para los dos.

—Le gustaría Eric —dijo en un tono que, más que la esperanza, expresaba su disponibilidad a la discusión. Clovis ya le había dado a entender de manera absolutamente inequívoca que era muy improbable que se interesara demasiado por Amy o por Willie—. Sí, estoy convencida de que Eric le gustaría. Le cae bien a todo el mundo enseguida. ¿Sabe?, siempre me recuerda ese famoso cuadro del joven David... he olvidado quién lo pintó, pero es muy conocido.

—Eso bastaría para ponerme en su contra, si le veo demasiado —intervino Clovis—. Imagínenos, por ejemplo, en un bridge subastado, cuando uno trata de concentrarse en cuál ha sido la afirmación primera de su compañero, y recodar qué palos rechazaron en principio sus oponentes... piense lo que sería tener a alguien que persistentemente te recuerda un cuadro del joven David. Sería simplemente enloquecedor. Si me pasara eso con Eric, le detestaría.

—Eric no juega al bridge —afirmó con dignidad la señora Eggelby.

—¿Que no juega? —preguntó Clovis—. ¿Por qué no?

—He educado a mis hijos para que no jueguen a las cartas. Les estimulo para que jueguen a las damas, al salto de fichas, a ese tipo de cosas. A Eric se le considera como un jugador de damas maravilloso.


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3 págs. / 5 minutos / 103 visitas.

Publicado el 13 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

Flor de Basurero

Javier de Viana


Cuento


Ana y el viejo cuzco «Cachila» hallábanse de tal modo habituados a insultos y aporreos, que cuando éstos escaseaban sentíanse inquietos temiendo alguna crueldad extraordinaria.

Ana, hija de una de esas almas de fango del suburbio aldeano, había sido recogida por la familia del estanciero don Andrés Aldama y fué a aumentar el número de los numerosos «güachos» criados en el establecimiento.

Como los durazneros, producto de carozos que germinan en los basureros donde fueron arrojados junto con los demás desperdicios de cosas que causaron placer, como esos hijos del desprecio engendrados al azar, Ana hubiera crecido en medio de la indiferencia de todos.

Y así fué durante ocho o diez años. Baja, flacucha, de cara menuda y siempre pálida, crecía igual que las plantas aludidas, sufriendo la ausencia de todo cultivo, nutriéndose con los escasos jugos que les deja la voracidad de los yuyos.

Esa carencia de encantos, unida a la constante adustez de su fisonomía, su parquedad de palabra, su actitud siempre huraña y recelosa, justificaban el menosprecio general de la población de la estancia.

—A más de flaca y fiera, en tuavía es más arisca que aguará,—decían de ella los peones; y en injusto castigo por defectos de que no era culpable, la acosaban con sátiras mordaces y con bromas de una grosería brutal casi siempre.

Pero ocurrió que con la llegada de una precoz pubertad se operó en su físico una repentina y radical transformación.

Las piernas de tero y los brazos de alfeñique y el pecho plano adquirieron en pocos tiempos redondeces impresentidas. Y el rostro, aun cuando se conservó flacucho y menudo, se embelleció extraordinariamente, sin perder, al contrario, acentuándose, la expresión, huraña y agresiva.

—Con la pelechada de primavera, la guacha se ha puesto cuasi linda,—expresó un peón.

—Pero sigue siendo dura de boca,—dijo otro.


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Publicado el 5 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

La Toma del Huáscar en Panamá

Daniel Riquelme


Cuento


«En tanto que Mardonius sucumbía en Platea, los restos de la flota de los persas eran incendiados el mismo día en Mycale, después de una batalla ganada en la costa por los griegos desembarcados.

Durante este combate, el rumor de la victoria de la Platea habíase esparcido en las filas de los griegos como por una revelación de los dioses y había contribuido al suceso de la jornada».

Prevost Paradol.

El día 8 de octubre de 1880, a eso de las diez de la mañana, el comandante don Manuel Thomson, del crucero Amazonas, fondeado entonces en la rada de Panamá, se dirigía a tierra en la falúa capitana de su barco.

Ocho robustos marineros, especialmente escogidos para tales viajes, no exentos a la sazón de cuidados, hacíanla volar sobre las aguas a impulso de sus puños de acero.

Minutos después, Thomson subía la escalerilla del muelle con la agilidad de un guardiamarina, sin cuidarse ni poco ni mucho de la gente que a su paso lo miraba de reojo, no atreviéndose a más ante esta talla corpulenta y varonil, que a la legua revelaba un hombre.

Durante la guerra, Panamá estuvo, como se recordará, a una y a uña con los peruanos.

Y siga el cuento.

Quedó la falúa al resguardo de uno de los bogadores y los otros, teniendo por delante un horizonte de tres o cuatro horas de huelga, se largaron a toda vela por las callejas de la vecindad, vía de refrescar.

El marinero N., un bravo y sólido chilote, apartándose de los suyos, puso la proa al tabuco de un italiano, su casero; allí largó el ancla, cerca de una mesa, enfrente de una botella y a orillas de las faldas de una moza que al parecer lo aguardaba; porque era de esas navegantes, cual las gaviotas del mar, que pululan en las tabernas playeras.

Aquí es caso de decir, siquiera sea en dos palabras, quién era el marinero que designo con sólo una N., porque ahora duerme bajo las aguas del Pacífico.


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3 págs. / 5 minutos / 80 visitas.

Publicado el 30 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Neverending Story: Historia sin fin

TaeyBle


historia corta, relato corto


Recuerdo el primer día que nos conocimos: las hojas cayendo, la brisa sacudiendo nuestro cabello, el color rojo anaranjado del cielo, nuestra vestimenta nada apta para el momento y el agradable sonido de tu risa. 
Te recuerdo perfectamente a tí; tus ojitos haciéndose pequeñitos mientras tu hermosa sonrisa iluminaba todo el lugar, tus pestañas moviéndose al ritmo del viento, tu naricita arrugándose, tus mejillas sonrojadas y tus orejas rojas. Los dos éramos muy tímidos, nos costaba mantener una conversación sin ponernos nerviosos y sin estar sonrojados. 
Recuerdo que pensé que iba a ser un día soleado, estaba vestido de shorts y playera sin mangas. Quien diría que terminaría lloviendo. Debí haber visto el pronóstico del tiempo, ¿no? 
Pero tú estabas ahí. Te acercaste cuando me viste temblando frente a la cafetería, me salvaste del gran frío que estaba teniendo. Recuerdo haber agradecido a los cuatro vientos por haberte puesto en mi camino. Me invitaste a pasar y yo con mucho gusto acepté. 
Era un lugar cálido y agradable. Recuerdo que me habías hecho una plática, era una pequeña conversación de sonrisas tímidas y palabras torpes. Ahí fue cuando sucedió. Tuve la oportunidad de mirarte a los ojos, tus grandes ojos cafés, estos brillaban de una manera tan única que pude contemplar mi reflejo en ellos. 
Escuchaba tu voz de fondo y podía visualizar un poco de tus labios moviéndose pero mi concentración iba directo a tus ojos, solo a tus ojos. En ellos pude apreciar la más hermosa galaxia. Me perdí tanto en esas bellas esferas que había olvidado en donde me encontraba y que estaba haciendo, en mi cabeza solo estabas tú. 
Pasaron las horas, los días y semanas, a veces iba a la cafetería solo a contemplar tus brillantes ojos y tu hermosa sonrisa.


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3 págs. / 5 minutos / 1 visita.

Publicado el 14 de octubre de 2024 por TaeyBle.

"Luchar Hasta Vencer"

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


La persona que lucha en este film es una muchachita obrera que, torturada por las necesidades de la gran industria que exige criaturas baratas al servicio de las máquinas, las que asimismo se indemnizan cada diez o quince días con una u otra mano aplastada bajo el estampador, logra luchar hasta llevar ante el Senado de su país un proyecto de ley prohibiendo el trabajo infantil en las usinas. La muchacha en cuestión está perfectamente encarnada en Zena Keefe, y las incidencias del filme se desenvuelven sin mayores éxitos de arte. 

Pero lo que en esta obra vale es el tema, desprovisto de las hipocresías artísticas que echan a perder no pocas ideas de corazón. No hay en nuestro filme más tesis, base y asunto que este, encarado con absoluta franqueza. 


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3 págs. / 5 minutos / 3 visitas.

Publicado el 20 de septiembre de 2026 por Brian.

Grischa

Antón Chéjov


Cuento


Grischa, chiquitín de dos años y medio, rollizo y sonrosado, paséase con su niñera por la alameda. Lleva abriguito, gorra de pieles y bufanda; calza unas botas de goma que le llegan hasta las rodillas. Siente calor; los rayos calurosos del sol de abril le molestan los ojos.

Toda su pequeña y torpe figurita, andando tímidamente junto a su niñera, revela indecisión.

Hasta ahora Grischa no conocía más mundo que la habitación cuadrada en uno de cuyos rincones está su camita, mientras en el otro yace el baúl de la niñera; en el tercero, una silla, y en el cuarto cuelga una lámpara de aceite, donde flota una mariposa. Debajo de la cama se encuentran una muñeca sin brazos y un tambor.

Detrás del baúl hay gran variedad de objetos: carretes sin hilos, papeles, cajas rotas y un payaso. En este mundo, además de Grischa y de la niñera, aparecen frecuentemente mamá y la gata. Mamá se parece a una muñeca, y la gata, a la pelliza de papá, sólo que a la pelliza le faltan los ojos y el rabo. Del mundo que lleva el nombre de «cuarto del niño» ábrese una puerta que comunica con el espacio donde se come y se toma el te. Allí está la silla alta de Grischa y un reloj, el cual sirve para mover la péndola y hacer sonar una campanilla. Contiguo al comedor hay un aposento amueblado con butacas encarnadas. La alfombra ostenta una mancha sospechosa, por la cual le amenazan a Grischa con el dedo. Detrás de esta habitación hay todavía otra, cuyo ingreso es vedado a Grischa, en la que habita papá, personalidad harto vaga. La presencia de la niñera y de mamá se explica; ellas le visten, le dan de comer, le acuestan; pero la utilidad de papá nadie la comprende. No olvidemos a otra persona enigmática, la tía, la que regaló a Grischa el tambor. Ella aparece y desaparece a voluntad.

¿Dónde se oculta? Grischa miró más de una vez debajo de la cama, detrás del baúl y del diván, pero en ninguna parte puede hallarla...


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Dominio público
3 págs. / 5 minutos / 127 visitas.

Publicado el 27 de septiembre de 2020 por Edu Robsy.

Máscaras

Ricardo Güiraldes


Cuento


Nos paseábamos hacía rato, secándonos del zambullón reciente, recreados por toda aquella grotesca humanidad, bulliciosa e hirviente, en la orilla espumosa del infinito letargo azul.

El sol ardía al través de la irritante ordinariez de los trajes de baño.

—Verdad —decía Carlos—, tendría razón el refrán si dijera: «el hábito hace al monje». ¡Qué pudor ni que ocho cuartos, aquí hay coquetería y una anca se luce como un collar en un baile! Pero ahí viene Alejandro y le vamos a hacer contar aventuras extraordinarias.

Saludos. Carlos hace alusiones al ambiente singularmente afrodisiaco del lugar; Alejandro sonríe de arriba y toca con los ojos indiscretos los retazos de formas mujeriles que se acusan en la negra adherencia de los trapos mojados.

Nos mira con pupilas crispadas de visiones libidinosas y arguye convencido:

—Se vive en un tarro de mostaza. El sueño es una incubación de energías, el aire matinal un «pick me up» y este espectáculo diario es tan extraordinario para la «taparrabería» de nuestra vida cotidiana, que uno anda vago de mil promesas incumplidas, como las pensionistas de convento privadas del mundo ansiado que les desfila en desafío bajo las narices.

Por suerte, hay una que otra rabona posible...

—Así que vos, a pesar de tu renombre donjuanesco... ¿se te acabaría la racha?

—¿Racha?... El mío es un oficio como cualquier otro. Lógico es que algo me resulte.

—Y ¿nada para contarnos?

—¡Algo siempre hay!

—¿De carnaval?... ¿La eterna mascarita?

—¡Sí, la eterna mascarita!...

Y eso es natural en un día anónimo.

—¿Nos contarás tu aventura?

—Si quieren; es bastante curiosa... Vamos a vestirnos y, tomando los copetines, charlaremos.


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Publicado el 3 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

Díptico

Emilia Pardo Bazán


Cuento


La sordica

Las cuatro de la tarde ya y aún no se ha levantado un soplo de brisa. El calor solar, que agrieta la tierra, derrite y liquida a los negruzcos segadores encorvados sobre el mar de oro de la mies sazonada. Uno sobre todo, Selmo, que por primera vez se dedica a tan ruda faena, siéntese desfallecer: el sudor se enfría en sus sienes y un vértigo paraliza su corazón.

¡Ay, si no fuese la vergüenza! ¡Qué dirán los compañeros si tira la hoz y se echa al surco!

Ya se han reído de él a carcajadas porque se abalanzó al botijón vacío que los demás habían apurado…

Maquinalmente, el brazo derecho de Anselmo baja y sube; reluce la hoz, aplomando mies, descubriendo la tierra negra y requemada, sobre la cual, al desaparecer el trigo que las amparaba, languidecen y se agostan aprisa las amapolas sangrientas y la manzanilla de acre perfume. La terca voluntad del segadorcillo mueve el brazo; pero un sufrimiento cada vez mayor hace doloroso el esfuerzo.

Se asfixia; lo que respira es fuego, lluvia de brasas que le calcina la boca y le retuesta los pulmones. ¿A que se deja caer? ¿A que rompe a llorar?

Tímidamente, a hurtadas, como el que comete un delito, se dirige al segador más próximo:

—¿No trairán agua? Tú, di, ¿no trairán?

—¡Suerte has tenido, borrego! Ahí viene justo con ella La Sordica…

Anselmo alza la cabeza, y, a lo lejos sobre un horizonte de un amarillo anaranjado, cegador, ve recortarse la figura airosa de la mozuela, portadora del odre, cuya sola vista le refrigera el alma.

De la fuente de los Almendrucos es el agua cristalina que La Sordica trae; agua más helada cuanto más ardorosa es la temperatura; sorbete que la Naturaleza preparó allá en sus misteriosos laboratorios, para consolar al trabajador en los crueles días caniculares.


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3 págs. / 5 minutos / 70 visitas.

Publicado el 27 de febrero de 2021 por Edu Robsy.

Neverending Story: Historia Sin Fin

TaeyBle


relato corto, historia corta, romance


Recuerdo el primer día que nos conocimos: las hojas cayendo, la brisa sacudiendo nuestro cabello, el color rojo anaranjado del cielo, nuestra vestimenta nada apta para el momento y el agradable sonido de tu risa. 
Te recuerdo perfectamente a tí; tus ojitos haciéndose pequeñitos mientras tu hermosa sonrisa iluminaba todo el lugar, tus pestañas moviéndose al ritmo del viento, tu naricita arrugándose, tus mejillas sonrojadas y tus orejas rojas. Los dos éramos muy tímidos, nos costaba mantener una conversación sin ponernos nerviosos y sin estar sonrojados. 
Recuerdo que pensé que iba a ser un día soleado, había ido vestido de shorts y playera sin mangas. Quien diría que terminaría lloviendo. Debí haber visto el pronóstico del tiempo, ¿no? 
Pero tú estabas ahí. Te acercaste cuando me viste temblando frente a la cafetería, me salvaste del gran frío que estaba teniendo. Recuerdo haber agradecido a los cuatro vientos por haberte puesto en mi camino. Me invitaste a pasar y yo con mucho gusto acepté. 
Era un lugar cálido y agradable. Recuerdo que me habías hecho una plática, era una pequeña conversación de sonrisas tímidas y palabras torpes. Ahí fue cuando sucedió. Tuve la oportunidad de mirarte a los ojos, tus grandes ojos cafés, estos brillaban de una manera tan única que pude contemplar mi reflejo en ellos. 
Escuchaba tu voz de fondo y podía visualizar un poco de tus labios moviéndose pero mi concentración iba directo a tus ojos, solo a tus ojos. En ellos pude apreciar la más hermosa galaxia. Me perdí tanto en esas bellas esferas que había olvidado en donde me encontraba y que estaba haciendo, en mi cabeza solo estabas tú. 
Pasaron las horas, los días y semanas, a veces iba a la cafetería solo a contemplar tus brillantes ojos y tu hermosa sonrisa. En todo ese tiempo me dí cuenta de lo mucho que quería protegerte, no quería separarme ni un segundo de tu lado y con cada sonrisa tuya más confirmaba mis sentimientos.


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3 págs. / 5 minutos / 235 visitas.

Publicado el 14 de octubre de 2024 por TaeyBle.

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