Textos más cortos | pág. 195

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Un Idilio en una Jaula

Joaquín Dicenta


Cuento


Ella era una muchacha rubia, muy rubia, verdadero tipo de soñadora, con los ojos azules, el cutis pálido y los labios entreabiertos, como si tratasen de ofrecer salida a los suspiros de su pena. Porque sufría mucho aquella infeliz víctima de dieciocho años, que, soñando con un amor todo sensibilidad y delicadeza, se encontró unida, sin quererlo y sin saberlo casi, a un banquero materialote y soez, insolente como una onza y pletórico como las talegas de plata que almacenaba en la caja de sus caudales.

La boda fué uno de esos contratos brutales que se conciertan a espaldas de la ley, y que la ley sanciona luego tranquilamente. Dolores era hermosa, el banquero rico y los padres de la muchacha pobres y egoístas. El trato se hizo pronto.

—«Toma su belleza y abre tu bolsa» —dijeron los padres de la niña; y, previa la bendición de un clérigo, arrojaron a su hija en los brazos de el adinerado traficante.

Aquel abrazo tronchó la existencia de la joven, como troncha, la mano grosera del patán, una flor delicada, y Dolores se iba muriendo poco a poco, a semejanza de las flores que se marchitan, derramando perfumes que nadie se cuidaba de recoger.

Se iba muriendo y, avara de encontrar algo bello, armonioso y dulce en derredor suyo, tenía en su gabinete una pajarera, y se pasaba las horas muertas delante de ella, oyendo los trinos de sus canarios, única nota de poesía que vibraba en aquel hogar repleto de lujo y falto de ternura.

¡Cuánto quería a sus compañeros de esclavitud aquella mujer!


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 82 visitas.

Publicado el 21 de septiembre de 2019 por Edu Robsy.

La Vieja Losa Sepulcral

Hans Christian Andersen


Cuento infantil


En una pequeña ciudad, toda una familia se hallaba reunida, un atardecer de la estación en que se dice que «las veladas se hacen más largas», en casa del propietario de una granja. El tiempo era todavía templado y tibio; habían encendido la lámpara, las largas cortinas colgaban delante de las ventanas, donde se veían grandes macetas, y en el exterior brillaba la luna; pero no hablaban de ella, sino de una gran piedra situada en la era, al lado de la puerta de la cocina, y sobre la cual las sirvientas solían colocar la vajilla de cobre bruñida para que se secase al sol, y donde los niños gustaban de jugar. En realidad era una antigua losa sepulcral.

—Sí —decía el propietario—, creo que procede de la iglesia derruida del viejo convento. Vendieron el púlpito, las estatuas y las losas funerarias. Mi padre, que en gloria esté, compró varias, que fueron cortadas en dos para baldosas; pero ésta sobró, y ahí la dejaron en la era.

—Bien se ve que es una losa sepulcral —dijo el mayor de los niños—. Aún puede distinguirse en ella un reloj de arena y un pedazo de un ángel; pero la inscripción está casi borrada; sólo queda el nombre de Preben y una S mayúscula detrás; un poco más abajo se lee Marthe. Es cuanto puede sacarse, y aún todo eso sólo se ve cuando ha llovido y el agua ha lavado la piedra.


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3 págs. / 6 minutos / 110 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Tapiz

Emilia Pardo Bazán


Cuento


El viejo poeta dejó caer la fragante cartita de su desconocida admiradora lejana, indicando un gesto de melancolía. «Me pregunta si soy joven aún…». Y no sabiendo qué contestar a aquel fogoso himno, escribió con cansada mano, en estrofas, sin embargo, brillantes, la especie de apólogo que transformo en cuento.

* * *

Fue en una tienda de anticuario parisiense donde encontró Rafael el tapiz persa y dio por él cuanto le pidieron: el resto de sus ahorros. Al pronto, no le preocupó más el tapiz que otros objetos de arte que poseía. Poco a poco, sin embargo, el tapiz se destacaba. Cuando inteligentes lo veían, o se deshacían en elogios o —actitud más significativa— afectaban frialdad y secura y, previos circunloquios de chalán, preguntaban, como al descuido, si no pensaba Rafael «cambiar el tapicito». Ante la negativa, venían las proposiciones insinuantes:

—Vamos, hasta los dos mil me correría…

Una semana después, el de los dos mil llegaba con la cartera bien abultada de billetes.

—¿No le tientan a usted los cinco mil? Cójame la palabra, que soy un encaprichado…

Y Rafael rehusaba; pero el tapiz, actuando ya sobre su fantasía, empezaba a ser base de la inconsciente labor con que creamos lo maravilloso.

A fin de averiguar en qué consistía el mérito de su tapiz, pensó que lo viese un eminente orientalista, explorador de Persia y la Bactriana. Y el orientalista, después de minucioso examen, abrazó a Rafael y exclamó extáticamente:


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 50 visitas.

Publicado el 27 de febrero de 2021 por Edu Robsy.

Las Mujercitas

Horacio Quiroga


Cuento


Por ejemplo, mi chica mayor, de cinco años, se entretuvo toda la tarde de ayer en remover los cajones del fondo, martirizando a un sapo. Sí, señora, mi mujer dice igualmente que ése es un juego, y a ella también le parece mentira lo que digo. Está convencida de que yo calumnio a mis hijos, y de que pocas veces se habrá visto un hombre más injusto que yo. Recuerde, sin embargo, la mínima parte de sus cosas. Hasta podría hacerse en cuentitos. Vea, por ejemplo:

El nene recibe un paquete, y toda la gracia del regalo está en la sonrisita y la mirada que aquél deja caer sobre su hermano. ¡Pero qué sonrisa! Sobre todo, si la criatura desprovista expresa en gimoteos su desamparo. Por mi parte, no he visto en hombre alguno una expresión de más vil goce torturante que la de esa monadas de tres años.

Sigue el mismo caso. El nene se cansó del juguete; evidentemente no le interesa más. Pero la gracia está aquí en alejarse a la distraída del chiche, para detenerse a diez pasos y recuperar la feroz sonrisilla ante el otro pequeño, que creyendo llegado el momento de disfrutar de su parte de goce en esta vida, se encamina con paso inseguro al juguete abandonado. Nuestro héroe salta entonces hasta el chiche y pone sus manos encima.

─¡No, es mío! ─grita triunfal.

En estos dos lances, sobre todo, es preciso ver a las mujercitas.

Otro ejemplo. El nene está en cama, indispuesto, y su hermanita, recorriendo gozosa la pieza de un lado al otro, no se cansa de repetir:

─El nene no se va a levantar, ¿no, mamá?

Presenta otro aspecto. Esta vez es la nena quien recibe en su sombrerito un moño nuevo. Para que el moño ese sea un adorno de real mérito, es indispensable que el nene continúe con su moño viejo:

─El nene no tiene, ¿verdad, mamá?


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 18 visitas.

Publicado el 29 de enero de 2026 por Edu Robsy.

La Muerte Madrina

Hermanos Grimm


Cuento infantil


Un hombre muy pobre tenía doce hijos; y aunque trabajaba día y noche, no alcanzaba a darles más que pan. Cuando nació su hijo número trece, no sabía qué hacer; salió al camino y decidió que al primero que pasara le haría padrino de su hijito.

Y el primero que pasó fue Dios Nuestro Señor; él ya conocía los apuros del pobre y le dijo:

—Hijo mío, me das mucha pena. Quiero ser el padrino de tu último hijito y cuidaré de él para que sea feliz.

El hombre le preguntó:

—¿Quién eres?

—Soy tu Dios.

—Pues no quiero que seas padrino de mi hijo; no, Señor, porque tú das mucho a los ricos y dejas que los pobres pasemos hambre.

El hombre contestó así al Señor, porque no comprendía con qué sabiduría reparte Dios la riqueza y la pobreza; y el desgraciado se apartó de Dios y siguió su camino.

Se encontró luego con el diablo, que le preguntó:

—¿Qué buscas? Si me escoges para padrino de tu hijo, le daré muchísimo dinero y tendrá todo lo que quiera en este mundo.

El hombre preguntó:

—¿Quién eres tú?

—Soy el demonio.

—No, no quiero que seas el padrino de mi niño; eres malo y engañas siempre a los hombres y los pierdes.

Siguió andando, y se encontró con la Muerte, con la mismísima Muerte, que estaba flaca y en los huesos; y la Muerte le dijo:

—Quiero ser madrina de tu hijo.

—¿Quién eres?

—Soy la Muerte, que hace iguales a todos los hombres.

Y el hombre dijo:

—Me convienes; tú te llevas a los ricos igual que a los pobres, sin hacer diferencias. Serás la madrina.

La Muerte dijo entonces:

—Yo haré rico y famoso a tu hijo; a mis amigos no les falta nunca nada.

Y el hombre dijo:

—El domingo que bien será el bautizo; no dejes de ir a tiempo.


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3 págs. / 6 minutos / 720 visitas.

Publicado el 30 de agosto de 2016 por Edu Robsy.

Los Cascarudos

Horacio Quiroga


Cuento


Hasta el día fatal en que intervino el naturalista, la quinta de monsieur Robin era un prodigio de corrección. Había allí plantaciones de yerba mate que, si bien de edad temprana aún, admiraban al discreto visitante con la promesa de magníficas rentas. Luego, viveros de cafetos —costoso ensayo en la región—, de chirimoyas y heveas.

Pero lo admirable de la quinta era su bananal. Monsieur Robin, con arreglo al sistema de cultivo practicado en Cuba, no permitía más de tres vástagos a cada banano pues sabido es que esta planta, abandonada a sí misma se torna en un macizo de diez, quince y más pies. De ahí empobrecimiento de la tierra, exceso de sombra, y lógica degeneración del fruto. Mas los nativos del país jamás han aclarado sus macizos de bananos, considerando que si la planta tiende a rodearse de hijos, hay para ello causas muy superiores a las de su agronomía. Monsieur Robin entendía lo mismo y aún más sumisamente, puesto que apenas la planta original echaba de su pie dos vástagos, aprontaba pozos para los nuevos bananitos a venir que, tronchados del pie madre, crearían a su vez nueva familia.

De este modo, mientras el bananal de los indígenas, a semejanza de las madres muy fecundas cuya descendencia es al final raquítica, producía mezquinas vainas sin jugo, las cortas y bien nutridas familias de monsieur Robin se doblaban al peso de magníficos cachos.

Pero tal glorioso estado de cosas no se obtiene sino a expensas de mucho sudor y de muchas limas gastadas en afilar palas y azadas.

Monsieur Robin, habiendo llegado a inculcar a cinco peones del país la necesidad de todo esto, creyó haber hecho obra de bien, aparte de los tres o cuatro mil cachos que desde noviembre a mayo bajaban a Posadas.


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 164 visitas.

Publicado el 24 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Mono Ahorcado

Horacio Quiroga


Cuento


Estilicón, un mono mío de antes, tuvo un hijo, cuya vida amargué. Éste murió en 1904, y como escribí su historia —por lo menos la de la catástrofe— el mismo día de haberlo enterrado, la fecha de estas impresiones es, pues, anterior a diciembre de 1904.

Acabo de enterrar a Titán. He hecho abrir un agujero en el fondo del jardín, y allí lo hemos puesto con su soga. Confieso que ese desenlace me ha impresionado fuertemente. Después de una corta vida en paz, mis experiencias extravagantes lo han precipitado en un ensayo del que ya no saldrá.

En resumen, quise hacer hablar a mi mono. He aquí lo que yo pensaba entonces:


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 135 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Muy Caro: Dos Pesos

Horacio Quiroga


Cuento


Entonces Luis Alemandri, dibujante, fué llevado a pensar así;

Los comerciantes son seres extraordinarios, Estos tres son perfectamente honrados, de ello no hay duda. Pero su honradez está asentada sobre tales singulares conceptos de viveza que resulta, para el que como yo no es comerciante, absolutamente indescifrable, Son sobre todo extraordinarios… —Ahora es conmigo— se interrumpió espantado, viendo que uno de los comerciantes que desde media hora atrás ejercían de críticos literarios, se dirigía esta vez a él.

—¡Usted conoce a F.G.!— le preguntó,

—Algo—repuso el dibujante-—he hablado con él una sola vez.


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Publicado el 12 de julio de 2026 por Brian.

Lo Que No Puede Decirse

Horacio Quiroga


Artículo


Lo que no se puede decir ni hacer es la apología con vistas internas de un estado de cosas que atañe a cien millones de seres humanos, y que desde hace tres años está puesto en el Índice por los países de instituciones conocidas y probadas. Como tales instituciones rigen al mundo entero, el mundo entero es quien ha reprobado las nuevas instituciones rusas. La reprobación asume en casi todos los países carácter prohibitivo, y en algunos, de franca excomunión. Tal nuestra república.


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Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

Un Próximo...: "Su Majestad…"

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Un Próximo Agradable estreno: Su Majestad la Opinión Pública. —Cuando el cronista un poco desilusionado por el hundimiento de sus héroes, los ve resurgir, siente un vivo placer; y mucho más cuando, como en el caso presente, se trata de una joven, interesantísima y bella personita.


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 9 visitas.

Publicado el 22 de septiembre de 2026 por Brian.

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