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El Camaleón

Antón Chéjov


Cuento


Por la plaza del mercado pasa el inspector de Policía Ochumelof, vistiendo su gabán nuevo y llevando un paquete en la mano. Detrás de él viene el guarda municipal, rojo, de pelo hirsuto, con un cedazo repleto de grosellas confiscadas.

Reina un silencio completo... En la plaza no hay un alma. Las puertas abiertas de las tiendas y de las tabernas parecen bocas de lobos hambrientos. Junto a ellas no se ven ni siquiera mendigos.

—¡Me muerdes, maldito! ¡Chicos, a cogerlo! ¡Está prohibido morder! ¡Cógelo! ¡Por aquí...!

Óyense aullidos de perro. Ochumelof mira en derredor suyo y ve que del depósito de maderas del comerciante Pichaguin se escapa un perro, con una pata encogida. Persíguelo un hombre en mangas de camisa y chaleco desabrochado. Este hombre corre a todo correr y cae, pero logra agarrar al perro por las patas de atrás. Resuenan un segundo aullido y gritos: «¡No le sueltes!» Por las puertas asoman caras somnolientas, y al cabo de pocos minutos, una gran cantidad de gente aglomérase delante del almacén.

—Es un escándalo público—exclama el guardia municipal.

Ochumelof da una vuelta y se acerca al gentío. En el dintel de la puerta está un hombre en mangas de camisa, el cual, levantando el brazo, muestra su dedo ensangrentado a la muchedumbre. Su voz y su gesto aparecen triunfantes. Su dedo semeja una enseña victoriosa. Diríase que todo su rostro, y aun él mismo, quieren expresar «Ya me las pagaréis todas». Ochumelof reconoce al hombre. Es el joyero Hrinkin: En medio del círculo, temblando con todo su cuerpo, está sentado el culpable: un cachorro lebrel, con el hocico en punta y manchas rubias en el lomo. Sus ojos revelan su terror.

—¿Qué ocurre?—interroga Ochumelof, introduciéndose entre la gente—. ¿Qué pasa? ¿Quién grita? ¿Qué ocurre con el dedo?


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3 págs. / 6 minutos / 477 visitas.

Publicado el 20 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

Allí donde se reúnen las Almas

Luis de los Reyes Mihalic Valdivia


Filosofía


.- ¡No puede ser! ¡No puede ser!, no puede ser -Es Platón que se lamenta amargamente a Aristóteles.

.- ¿Qué te sucede amigo, que causa tal zozobra en ti?

.- Un perro Aristóteles, un perro, ¡no lo entiendo!, no lo puedo comprender. Los reconozco, vi alguno vagar por Atenas, y eran utilizados por algunas tribus para cuidar y guiar al ganado. Pero esto no lo entiendo Aristóteles, no lo entiendo.

.- ¿Qué? ¿Cómo? ¿Un Perro? ¿Estás seguro?, si se alimentaban con las sobras de las polis.

.- ¡Se me ha meado encima! No voy a estar seguro. Maldito perro. Querido amigo, el mundo de las ideas, fin último del alma racional, del alma del hombre. ¿Y qué pasa ahora ahí abajo? ¿Tanto han avanzado los perros? Tendrá razón  Heráclito en que todo fluye incesantemente y los perros han alcanzado al hombre en esto de pensar.

.- El principio de la vida, aquello por lo que,  lo viviente, vive. Ya lo decía yo. Forma y acto. ¿Pero por qué ahora? Y el resto de vivientes. Ya sabía yo, que había pensado en la mortalidad del alma, que el simple hecho de estar aquí, tiraba por tierra mi pensamiento; no tiene sentido un alma inmortal ya que su única misión es la de dar vida al cuerpo. Y una vez realizado su cometido qué sentido tiene un alma separada de su cuerpo. Pero aquí estoy. O no, ¡oh, no! ¡un perro!

.- He oído el revuelo que formáis amigos. Mayéutica e ironía, ¿no? ¡Jajajaja! ¿Cuál es el tema de debate que os tiene tan entretenidos en este sin tiempo en el que moramos? -Es Sócrates que al sentir la presencia de sus amigos no se pudo resistir. -¿Que nueva definición se os ha pasado por la cabeza para “eso”? ¿Qué estáis pariendo amigos? -Sócrates se ríe airadamente y jovialmente, él siempre está feliz. Él, que sólo sabe, que no sabe nada, es el más feliz de los hombres.


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Dominio público
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Publicado el 29 de agosto de 2020 por usuario no registrado.

Como un Tiento á Otro Tiento

Javier de Viana


Cuento


A Carlos M. Pacheco.


Ladislao Melgarejo, fué uno de esos hombres-cosas, cuya existencia transcurre á merced del mundo exterior: un tronco que la corriente del arroyo arrastra y deposita en cualquier parte, una hoja seca que el viento levanta y transporta á su capricho.

No se crea por eso que Ladislao fuese un insensible, deprovisto de anhelos, obedeciendo indiferente á fuerzas extrañas, á la manera del perro que sigue al amo á donde va el amo, porque para él, tanto da ir á un lado ó á otro. Al contrario, pecaba más bien de impresionable y si de continuo sacrificaba sus preferencias, era por causa de una anemia volutiva innata.

De carácter pacífico al extremo, le obligaron á ser soldado y como tal, hizo toda la campaña del Paraguay donde cumplió con su deber, exponiendo diariamente la vida, sin un desfallecimiento, sin una rebelión y también sin una jactancia. Su comportamiento heroico no le enorgullecía; no le encontraba mérito porque no era obra suya, ni le interesaba: iba porque lo obligaban á ir y cumplía á conciencia su trabajo, obedeciendo al jefe, su Patrón en aquel momento, como había obedecido á sus patrones anteriores, como obedecería á sus patrones futuros, acatando las órdenes con la sumisión impuesta por su alma de peón. Cuando pasaba de sol á sombra hachando ñandubays, en las selvas de Montiel y cuando hacía fuego en los esteros paraguayos, el caso era el mismo. Así como volteaba árboles, sin preocuparse de lo que con ellos haría el patrón, así volteaba hombres después con igual indiferencia: siempre trabajaba por cuenta ajena.

Cuando terminó la guerra y lo licenciaron, sin ofrecerle recompensa alguna, encontró aquello muy natural, tan natural como marcharse de una estancia después de concluida la esquila ó abandonar el bosque una vez cortados los postes convenidos.


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3 págs. / 6 minutos / 45 visitas.

Publicado el 20 de agosto de 2022 por Edu Robsy.

Estampas Primaverales

Katherine Mansfield


Cuento


1

Llueve. Grandes gotas que salpican blandamente las manos y las mejillas. Goterones cálidos como estrellas derretidas. «¡Rosas! ¡Lirios! ¡Violetas!», grazna la vieja bruja en el arroyo. Pero los manojos de lirios, entre verdores escarolados, se asemejan a coliflores mustias, y de ellos se desprende un olor desagradable y enfermizo. Va y viene arrastrando el rechinante carretillo. Nadie quiere comprar aquello. Es necesario andar por en medio de la calle; no hay sitio en las aceras. Todas las tiendas están de bote en bote. Todas exhiben volantes andrajosos, encajes manchados, cintajos sucios; algo con que atraerle a uno. Han instalado fuera mesas con cañones de juguete, soldados y Zeppelines, o marcos para fotografías completados con bellezas que miran de soslayo. Hay enormes montones de amarillentos sombreros de paja, formando en pirámides de confitería, y ristras de botas de color y de zapatos, tan pequeños, que no le sirven a nadie. Hay una tienda repleta de saldos de pequeños impermeables, con un letrero —«Bebé»— en medio de ellos. Los azules para las niñas, los rosas para los chicos.

—¡Lirios, rosas, bonitas violetas! —gorjeaba la vieja bruja en el momento de tropezar con otro carretillo.

Pero éste no se mueve. Está abarrotado de lechugas, y su propietaria, una vieja gorda, duerme profundamente, tirada en él, todo a lo largo, con la nariz en las raíces de las hortalizas.

¿Quién va a comprar aquí nada? Las vendedoras son mujeres. Están sentadas en sus banquillos de tijera, pensativas, con la mirada perdida. De vez en cuando una de ellas se levanta, coge un plumero, como una antorcha humeante, y sacude esto o aquello. Luego vuelve a sentarse. Hasta el viejo con gafas color naranja, que tiene un balón por barriga y está dando vueltas al soporte de las postales cómicas, lo hace girar y girar sin decidirse.


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Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Sueño Profético

Henryk Sienkiewicz


Cuento


Mucho se habló aquella noche en la tertulia de presentimientos, apariciones de difuntos, fenómenos telepáticos y otros sucesos maravillosos y milagrosos de esos que tanto empiezan a preocupar hoy en día a las gentes, así idóneas como profanas.

Hallábase entre los allí congregados el médico de cabecera de los dueños de la casa donde se celebraba la tertulia, hombre conocido por su escepticismo, del que solía hacer gala con la mayor ostentación.

En un momento de pausa, después que hubieron terminado otro relato, una de las señoras preguntó al escéptico doctor si jamás en su vida le había acaecido algo extraordinario, cuya explicación había sido siempre un misterio para él.

—En mis mocedades —contestó el doctor— tuve un sueño o, por hablar con mayor exactitud, una serie de sueños tan singulares, que superan en portento y maravilla cuanto acabamos de oír. Si tienen ustedes interés en ello, con mucho gusto se lo puedo contar.

Y como sintieran todos grandes deseos de saber lo que al escéptico doctor había ocurrido, éste empezó en seguida a hablar con estas o parecidas palabras:

—Hará próximamente unos doce años hallábame yo en Biarritz tomando baños de mar. Pero no era ésta mi única ocupación; también estaba yo enamorado de una bella inglesa. Era una miss extremadamente original y sujeta a los más singulares caprichos.

Una vez nos tuvo hasta las tres de la madrugada —a mí y a otros de sus adoradores— en un balandro contemplando las estrellas y hablando de la posible transmigración de las almas de uno a otro planeta.

Al regresar a casa sentíame rendido de cansancio, y ni siquiera pude terminar la lectura de una carta que encontré sobre el buró, pues me quedé dormido en mi butaca.

En cuanto hube entornado los párpados, parecióme hallarme en una gran ciudad y a punto de salir de una casa desconocida, ante cuyo portal estacionaba un coche fúnebre.


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Publicado el 8 de febrero de 2025 por Edu Robsy.

La Ausencia de Mercedes

Horacio Quiroga


Cuento


Hipólito Mercedes, del Ministerio de Hacienda, tenía veintisiete años cuando le aconteció su extraordinaria aventura. Era un muchacho grueso, muy rubio, de ojos irritados y parpadeantes, que usaba lentes porque era miope. Era bastante tímido, sus muslos rechonchos se rozaban hasta la rodilla, como los de las mujeres. Tenía la inteligencia circunscrita, a semejanza de las personas adictas a filosofar, y para colmo se llamaba Mercedes, como una hermana mía.

Era extremadamente pulcro. De modo que no pudo ser más grande la estupefacción de sus compañeros la tarde en que le vieron levantarse de la mesa con un tintero en la mano, vaciarlo en el piso y arrodillarse, frotando concienzudamente las rodillas sobre la tinta. Después volvió a escribir plácidamente. Los oficinistas, sin saber qué pensar, dispusiéronse a gozar el resultado. Indudablemente el pobre Mercedes no se había dado cuenta de lo que había hecho, porque salió en paz, como si en realidad no llevara dos grandes manchas en las rodillas. Al día siguiente hubo quejas, protestas, que agitaron la oficina hasta las dos. Mercedes llegó a proferir palabras bastante groseras, a las que sus compañeros replicaron que cuando se sufre distracciones más bien estúpidas, es inútil acusar a nadie y mucho menos levantar la voz.


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Dominio público
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Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Vuelta

Juan José Morosoli


Cuento


El viejo Hernández le llevó el pedido de "la patrona" —su tía— de que volviera. Y él volvía, pues "no tenía nada que agradecerle" a la ciudad.

Al llegar se encontró con el velorio del tío. Llegó pues a acompañarlo por última vez. A su tía —la viuda— no entró a verla.

Cuando se fue tenía diez y seis años. Era menor de edad, pues. Y podían haberlo detenido si él —o ella— lo hubieran ordenado. Porque el tío era el tutor.

Pero no. No pasó nada. Es decir "pasó" que se encontró con veinte pesos en el bolsillo.

—Estuve por darme vuelta —le contaba a Hernández— porque a lo mejor mi tía me los había puesto para hacerme prender por ladrón...

Pero las cosas pasaron de otro modo según Hernández se lo aclaró. Ella misma le había informado de esto, cuando le pidió que lo fuera a buscar.

—Ella vio cuando escondiste la muda de ropa y los botines ... Te puso la plata para que no pasaras hambre.

Era un niño cuando lo llevaron allí. Fue cuando murió su madre. Y fue la primera noche que le oyó decir a la mujer:

—Acostalo en el rancho largo... Aquí puede ver cosas que no le convienen...

Y se quedó solo —solito— en aquel rancho ladero del de la pareja, mitad granero y mitad cocina, llorando hasta que se durmió, acunado por el ruido que hacían los chanchos, rascándose en los palos del chiquero que estaba tras la pared.

Después, mañanas con heladas. Y veranos con los pies ardiendo, entamangado hasta el mediodía, cuidando que los bueyes no se fueran a los sembrados, o días y días de otoño desgranando maíz, marlo con marlo. O cosechando porotos de manteca, caminando sobre las rodillas de no poderse parar luego del trabajo.

El tío, como un buey, obedeciendo. Era hombre porque tenía pantalones y bigotes. Siempre mirando el suelo. Flaco, que parecía estarse secando por dentro.


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Publicado el 2 de marzo de 2025 por Edu Robsy.

Ramón Gallegos y la didáctica holista

Fundación Ramón Gallegos


ramón gallegos, educación holista, inteligencia espiritual


Tomando en cuenta los cambios socio-culturales tan significativos que han ocurrido durante las últimas décadas en nuestro entorno, queda claro que las necesidades psicológicas y pedagógicos de los niños en la actualidad no pueden ser satisfechas basándose en un sistema educativo que data de hace más de 50 años.

Día a día es común encontrar en la población escolar problemas psicológicos tales como ansiedad, baja autoestima, somatizaciones y dificultades de integración social. Todo ello sugiere que nuestros niños distan mucho de disfrutar su proceso de aprendizaje.

La educación holista fue creada por el Dr. Ramon Gallegos, quien es el autor que mas ha escrito y publicado sobre el tema, 25 libros. La educacion holista viene a revolucionar conceptos sumamente arraigados respecto a lo que se espera que los niños vivan dentro del ámbito académico, pues su postulado fundamental es que tanto padres como maestros olvidamos enseñarles el conocimiento más importante: Aprender a ser felices.

Desde esta perspectiva, el modelo de educación Holista nos motiva a desarrollar nuestra conciencia, pues es cierto que los adultos enseñamos a partir de los que somos. Por lo tanto, si queremos  tener niños felices, debemos aprender a ser adultos felices.

El Dr. Ramón Gallegos es considerado un pionero en este rubro, y nos enseña de manera práctica y sencilla que la principal prioridad que tenemos como educadores es aprender y enseñar la triada Conocimiento-Consciencia-Felicidad.

La educación holista proviene del término griego Holos, que significa  totalidad.

El modelo de educación holista está basado en la teoría de Ken Wilber, quien propone que la realidad está compuesta por holones; es decir, totalidades que van integrándose de manera inclusiva y cada vez más compleja.

 


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3 págs. / 6 minutos / 41 visitas.

Publicado el 15 de mayo de 2018 por Fundación Ramón Gallegos.

Campos de Tarragona

Gabriel Miró


Cuento


Viajaba Sigüenza en un humilde y cansado tren. Era por los campos de Tarragona, campos exultantes, jugosos y embebidos de azul. Está el azul en las frondas que parecen siempre mojadas, en los troncos, que aun los robustos y viejos son tan tiernos que Sigüenza creía que pudieran abrirse y zumar un verdor hecho luz; está el azul en la encendida tierra que tiene la color gloriosa de las ruinas. Está el cielo, el mismo cielo de la comarca de Sigüenza, redundando el paisaje, como la miel caliente que penetra en el pan. Se derrama la lumbre azul dentro de los colores, avivándolos, estremeciéndolos en sí mismos... Campos de Tarragona, todavía lejos de la costa, y a través de la pompa de oro pálido Y fresco de la retama, y en todo el aire, palpita la claridad del Mediterráneo. Y ese aire de gracia de antiguos horizontes deja en el sol de la mies y en la umbría del pinar la emoción y la blancura rubia del mármol hecho carne. Vemos nuestra angosta vida iluminada y agrandada por un antaño que sonríe con todas las sonrisas de las diosas desnudas. Tierra encamada, inagotable, alma tierra que nutre la olivera, ancha y solemne como un ara, y al lado está el cerezo, oloroso y herido de fruto; tierra milagrosa que da ardor al nopal y el delicioso frío al avellano. En los ribazos se abren las ascuas de los granados; sobre los panes se doblan de abundancia los almendros; de los huertos cerrados suben las palmas; la viña invade la llanura y la mansa cuesta de los alcores; los pámpanos velludos y lustrosos de las higueras se ayuntan con la rigidez de las encinas; los pinares bajan torrencialmente por la montaña, y los algarrobos, sacando sus garras de raíces de la besana, de los barbechos, de las laderas, caminan tercos y fuertes hasta el mar, y entre los peñascales se tienden rendidos calándose sobre los eternos confines azules.


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Publicado el 27 de enero de 2021 por Edu Robsy.

Aura

Javier de Viana


Cuento


Al amigo e ingeniero José Serrate.


En medio del bosquecillo de paraísos, que crecía en el ángulo formado por el cerco de la chacra y al que daba entrada al potrerito del lavadero, Serapio, después de haber abierto cuatro hoyos á punta de pala, ensayaba plantar el primer horcón

No se daba prisa; nunca tenía prisa Serapio. Tranquilamente colocó el palo en el hoyo, y comenzó á mirarlo, á moverlo, «buscándole la vuelta». Cuando estuvo conforme, lo sujetó con ambas manos y empezó á voltear con el pie la tierra extraída.

—Así va güeno—dijo.

Largó el coronilla, ya firme, y cogiendo la pala, echó sobre el agujero la tierra que restaba. Apisonó. Ratificó la posición del horcón.

—Ta güeno—tornó á decir.

Sacó los avíos, armó un cigarrillo, encendió y tomó otro horcón para plantarlo en el hoyó vecino.

En ese instante apareció Eufrasia, que venía del lavadero con un gran atado de ropas sobre la cabeza. Lo dejó caer, se arregló las mechas, se puso en jarras, y, observando la construcción de Serapio, que no existía á medio día, cuando salió para el arroyo—dijo:

—¡Hué!..¿Estás poblando?

—Así parece, che—respondió el mozo sin mirarla preocupado con su labor.

—Casa chica, parece.

—Es pa los chanchos.

Y ella, riendo:

—Vas á estar bien ahí adentro.

—Sí; en tu compaña.

La china hizo un gesto despreciativo, recogió el atado de ropas, y exclamó con desprecio:

—¡Andá que te lamban!...

Y á pasos menudos y rápidos se encaminó á las casas, zarandeándose y sin dignarse mirar atrás.

El mozo continuó su tarea y sóio cuando ya ella estaba lejos, entrando al guardapatio, levantó la cabeza y se puso á contemplarla.

—Tuavía, no—exclamó, volviendo tranquilamente á su trabajo.


* * *


Cuatro meses después daba principio la esquila


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 70 visitas.

Publicado el 24 de agosto de 2022 por Edu Robsy.

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