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Inútil

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Ello ocurrió en una antes floreciente ciudad, cuyas casas se venían abajo, minadas por el embate de los proyectiles, y donde no quedaba ya, al parecer, un solo habitante.

Los deberes de mi profesión me habían llevado allí. Yo tenía que escribir la información para un gran periódico, y procuraba estar a la altura de mi cargo. Pasaba a través del incendio, no rehuía la metralla, pisaba alambradas, dormía al raso, con temperaturas de diez o doce grados bajo cero; comía poco, y detestable; por milagro alcanzaba un sorbo de coñac; pero todo esto era nada en comparación de la huella que iban marcando en mi ánimo tan terribles cuadros y tanto estrago y matanza incesantes.

Había llegado a serme indiferente el peligro personal. Porque mi vida, en tal odisea, pendió de un cabello tantas veces, que llegué a tener opinión ventajosa de mi valor. Mal o bien, los beligerantes se protegían mutuamente: eran la colectividad. Yo era el individuo aislado, tal vez sospechoso, a quien nadie atendía, y que vagaba, como entonces, solo, en medio de la desolación, la ruina y el incendio, en una noche rigurosa, por señas la última noche del año…

El cielo, alto y puro, claveteado de innumerables y límpidas estrellas, cubría como azul pabellón el espectáculo doloroso de la tierra despedazada por sus hijos, el gran parricidio del destrozo, consciente y calculado, de un foco de vida; una colmena ayer zumbadora y destilando mieles de riqueza.

Recorrí las calles; me asomé a las arrancadas puertas; empujé el cancel de las iglesias, cuyas torres se habían hundido; registré las casuchas… Ni una voz, ni un resuello, ni un gemido pude sorprender.


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 56 visitas.

Publicado el 27 de febrero de 2021 por Edu Robsy.

La Vergüenza

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Cuando se pasa una temporada en un pueblecillo de corto vecindario y se adquieren en él —a los dos días— esos amigos cordialotes y pegajosos, empeñados en identificar su vida con la nuestra, lo primero que averiguáis son las historias íntimas de las mujeres y los fregados y guisados políticos de los hombres. Cada amigote nuevo quisiera mostrarse mejor informado que los restantes, y vienen la exageración a recargar el relato… La exageración de lo conocido, porque, en el terreno de lo desconocido, la realidad suele dejarse atrás a los más fantásticos novelistas.

He notado también que si un pueblo no posee ni iglesias góticas, ni cuadros del Greco, ni escuelas fundadas por un filántropo, ni batalla dada en las cercanías, como en algo se ha de fundar el amor propio, el pueblo lo funda donde puede, y se jacta de poseer la vieja nonagenaria más carcomida, el bandido más jaque, el cura más integrista o el boticario más librepensador de la provincia entera. A menudo alábase un pueblo de encerrar en su recinto a la hembra más alegre de cascos, o a la más honesta y recatada; dijérase que ambos extremos envanecen por igual: es cuestión cuantitativa. Así, en el pueblecillo de Vilasanta del Maestre, donde me confinaron algún tiempo vicisitudes del Destino, preciábanse del pudor exaltado de cierta mujer a quien nadie veía sino en misa, y a quien me propuse conocer y tratar. El pueblo la llamaba Carmela la Vergonzosa, y atribuía a su vergüenza todas las desdichas de su vida frustrada.


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 65 visitas.

Publicado el 10 de mayo de 2021 por Edu Robsy.

Compadres

Javier de Viana


Cuento


Al doctor Pedro E. Pico.


Después de escarbarse los dientes con la punta del cuchillo, y de limpiar la grasa de éste refregándolo en la bota, y después de envainar, Aquilino sacó la «guayaca», armó un cigarrillo, encendió, escupió, echó una mirada al contorno para ver si estaba solo, y entonces, dijo:

—Esto va’ tener que quebrarse!... A la larga ó á la corta no hay lazo que no se reviente...

Pitó con rabia; tragó mucho humo; casi se ahogó; tosió, carraspeó, escupió y volvió á decir:

—Las tarariras grandotas, mañeras, con más artes que un procurador, concluyen por tragar un anzuelo!... Y élla...

—¿Quién es élla, compadre?—preguntóle Etelbino, que había entrado silenciosamente al galpón.

Aquilino volvió rápidamente la cabeza; por instinto echó mano á la daga y respondió con voz áspera como lengüetazo de gato:

—¿Yo he preguntao?

—No; pero como vide que hablaba, supuse que sería con alguno.

—Era conmigo—replicó el gaucho cuadrándose en actitud provocativa y tan visiblemente decidida,—que el otro, guapo de faina, tragó saliva dió media vuelta y se fué murmurando un:

—Dispense....

Solo de nuevo, en las sombras y en el silencio del galpón vacío, sin cueros, sin lanas, sin nada más que el olor acre que venía de los bretes linderos, quedóse meditando el mozo.

Recostado á un horcón, pitó de nuevo con fuerza y á la luz roja de la brasa del cigarrillo se le antojaron extrañas y fascinantes visiones.


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 62 visitas.

Publicado el 22 de agosto de 2022 por Edu Robsy.

La Pocita de la Rosa

José Zahonero


Cuento


I

Tan limpio como podéis dejar un espejo echándole vuestro aliento y pasando luego por el empañado cristal un lienzo, quedó una mañana el cielo al soplo de la brisa. El sol alumbraba con luz intensa, y á ella debían los erguidos árboles su tono de vivo colorido, y por ella lucía su hermosura una rosa, Rosa fuego, colocada en lo más alto de un espléndido rosal.

Que no me vengan á mí con razones que nieguen cosas, que aunque no las sé me las sospecho desde hace mucho tiempo. ¡Cómo que había de estarse aquella rosa sin su coquetería correspondiente siendo bella á no pedir más! Y mucho que presumía dejándose mecer suavemente por la brisa como una linda criolla en su hamaca, en tanto le hacían el rorro dos importunos moscardones y andábale á las vueltas, para plantarle un beso al descuido, una blanca y aturdida mariposa.

¿Quién sabe lo que la flor soñaría?

Tal vez le pareciera poco elevado el puesto en que se hallaba, que es propio y natural en los afortunados no estar jamás satisfechos con la suerte y aún es más insaciable el deseo de ostentación en los vanidosos.

Pues ni más ni menos; lo que os digo. Rosa fuego soñaba para sí en mayor fortuna. «¡No puede menos, se decía; he de estar yo destinada á grandes cosas; segura estoy en que he de coronar la cabeza de alguna dama menos bella que yo, pero á quien yo haré más bella que todas las otras damas; tal vez me arrebate un príncipe para hacer conmigo un delicado obsequio á alguna reina; tal vez me cante algún poeta; pero no he de estar mucho tiempo prendida á este rosal insociable que hiere con sus espinas á cuantos se acercan á admirar mis colores y aspirar mi fragancia; no he de vivir yo como mis hermanas enorgullecidas con lo que son! Ya me canso de ver siempre lo mismo. ¡Oh, qué desgraciada soy aquí presa; qué feliz he de ser en un solo día, pasando de mano en mano haciendo abrirse todos los ojos de admiración!»


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Publicado el 17 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

¡Se me Jué la Mano!

Javier de Viana


Cuento


Valentina había sido la muchacha más linda del pago. Blanca y rubia, alta y airosa, —aunque delgaducha, eso sí,— pero admirablemente conformada.

¿Qué causas habían motivado la completa destrucción de su hermosura en el transcurso de diez años y cuando sólo contaba treinta y dos de edad?

Unos decían:

—De perversa.

—La yel, desparramándosete pu’el cuerpo, la jué secando de a piacitos, —explicaba una curandera; en tanto un mozo simple y crédulo, se expresaba así:

—A mi me contaron que una vez, tomando agua en el arroyo, se tragó una nidada ’e víbora y los viborones han quedao adentro, creciendo, mordiendo y golviándola asina, mala, fea y asquerienta como perro sarnoso. Yo no sé... a mi me lo contaron de esa laya...

Alta, flaca, lisa, Valentina tenía efectivamente una fealdad repulsiva. El rostro mentido, pecoso, estaba surcado en todo sentido por una inmensidad de pequeñas arrugas; los ojos, que debieron ser bellos, tenían una permanente expresíón de fiereza; los labios, finos y secos, agitábanse en un temblor continuo: nadie podía imaginar la sonrisa ni el beso en aquellos labios convertidos en cuerdas, duras y ásperas, por el hábito de gritar, de reñir, de proferir palabras groseras y frases agrias. Aquella mujer era una espina humana.

Como hacendosa no tenía rival: cuando el gallo lanzaba el primer canto, lanzaba ella el primer grito y desde entonces hasta la noche, hasta que el sueño y la fatiga no la rindiesen, sus manos y su lengua no paraban un momento.

Los improperios, los insultos, los rezongos salían de su boca como acompañamiento indispensable a la labor de sus brazos; parecía una máquina infatigable y barullenta.


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3 págs. / 6 minutos / 41 visitas.

Publicado el 6 de noviembre de 2022 por Edu Robsy.

Un Poeta De La Selva: José Eustasio Rivera

Horacio Quiroga


Artículo


Hace año y medio nos llegó a casa desde Colombia un libro del cual tenía yo alguna vaga noticia por las notas bibliográficas pellizcadas aquí y allá sobre el tomo en cuestión. Acompañaba a la novela —pues de ello se trataba— una carta muy cariñosa, que contesté en igual tono, dado el evidente desinterés, la lealtad y la recta estimación que campeaban en aquella.

Cambié con el autor algunas cartas más. La simpatía del escritor no alcanzaba exclusivamente al colega distante. En casa se recibieron folletos del Museo de Historia Natural de los Estados Unidos (el autor se hallaba entonces en aquel país), suscripción por no sé cuántos años a magazines de viajes y aventuras y últimamente una primicia literaria, El Puente De San Luis Rey, que constituía en esos momentos un éxito de librería.


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3 págs. / 6 minutos / 12 visitas.

Publicado el 27 de octubre de 2026 por Brian.

Sueños

Guy de Maupassant


Cuento


Fue después de una cena de amigos, de viejos amigos. Eran cinco: un escritor, un médico, y tres solteros ricos sin profesión.

Se había hablado de todo, y se había llegado a una lasitud, esa lasitud que precede y decide la partida después de una fiesta. Uno de los comensales, que miraba desde hacía cinco minutos, sin hablar, el agitado bulevar, constelado por las boquillas del gas y lleno de zumbidos, dijo de pronto:

—Cuando no se hace nada de la mañana a la noche, los días son largos.

—Y las noches también —añadió su vecino.

Yo apenas duermo, los placeres me cansan, las conversaciones no varían; jamás encuentro una idea nueva, y experimento, antes de hablar con no importa quién, un furioso deseo de no decir nada y no oír nada. No sé qué hacer con mis veladas.

Y el tercer desocupado proclamó:

—Estaría dispuesto a pagar bien una forma de pasar, cada día, sólo dos horas agradables.

Entonces el escritor, que acababa de echarse el abrigo al brazo, se acercó.

—El hombre —dijo— que descubriera un vicio nuevo, y lo ofreciera a sus semejantes, aunque eso redujera su vida a la mitad, haría un servicio más grande a la humanidad que aquél que encontrara el medio de asegurar la salud y la juventud eternas.

El médico se echó a reír, y mientras mordisqueaba un cigarro dijo:

—Sí, pero las cosas no se descubren de este modo. Aunque se ha buscado encarecidamente y trabajado el asunto desde que el mundo existe. Los primeros hombres llegaron de golpe a la perfección en esto. Nosotros apenas los igualamos...

Uno de los tres desocupados suspiró.

—¡Es una lástima!

Luego, al cabo de un minuto, añadió:

—Si tan sólo pudiéramos dormir, dormir bien sin tener ni frío ni calor, dormir con ese anonadamiento de las noches de gran cansancio, dormir sin sueños.


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Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Vencedor

César Vallejo


Cuento


Un incidente de manos en el recreo llevó a dos niños a romperse los dientes a la salida de la escuela. A la puerta del plantel se hizo un tumulto. Gran número de muchachos, con los libros al brazo, discutían acaloradamente, haciendo un redondel en cuyo centro estaban, en extremos opuestos, los contrincantes: dos niños poco más o menos de la misma edad, uno de ellos descalzo y pobremente vestido. Ambos sonreían, y de la rueda surgían rutilantes diptongos, coreándolos y enfrentándolos en fragorosa rivalidad. Ellos se miraban echándose los convexos pechos, con aire de recíproco desprecio. Alguien lanzó un alerta:

—¡El profesor! ¡El profesor!

La bandada se dispersó.

—Mentira. Mentira. No viene nadie. Mentira…

La pasión infantil abría y cerraba calles en el tumulto. Se formaron partidos por uno y otro de los contrincantes. Estallaban grandes clamores. Hubo puntapiés, llantos, risotadas.

—¡Al cerrillo! ¡Al cerrillo! ¡Hip!… ¡Hip!… ¡Hip!… ¡Hurra!…

Un estruendoso y confuso vocerío se produjo y la muchedumbre se puso en marcha. A la cabeza iban los dos rivales.

A lo largo de las calles y rúas, los muchachos hacían una algazara ensordecedora. Una anciana salió a la puerta de su casa y gruñó muy en cólera:

—¡Juan! ¡Juan! ¡A dónde vas, mocito! Vas a ver…

Las carcajadas redoblaron.

Leonidas y yo íbamos muy atrás. Leonidas estaba demudado y le castañeteaban los dientes.

—¿Vamos quedándonos? —le dije.

—Bueno —me respondió—. ¿Pero si le pegan a Juncos?…

Llegados a una pequeña explanada, al pie de un cerro de la campiña, se detuvo el tropel. Alguien estaba llorando. Los otros reían estentóreamente. Se vivaba a contrapunteo:

—¡Viva Cancio! ¡Hip!… ¡Hip!… ¡Hip!… ¡Hurraaaaa!…


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Publicado el 13 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

La Oreja de Juan Soldado

Emilia Pardo Bazán


Cuento


(Cuento futuro).


Cuando llamamos a ganar jornal a Juan, el de la tía Manuela, yo ni sabía de qué color tenía los ojos, pues sólo le había visto de lejos, los domingos, a la salida de misa. Al inspeccionar el trabajo de zanjeo que le confiamos, no tardé en observar que el jornalero arrastraba un poco la pierna derecha, y a la luz del sol, que abrillantaba el sudor en su atezado cutis de labriego, noté también una cicatriz que hendía la mejilla, y la caída habitual de la boina hacia aquel lado de la cabeza, que parecía más chico que el otro. Fijándome en esta particularidad, pronto descubrí que a Juan le faltaba la oreja casi entera: sólo quedaba un colgajo del lóbulo, bajo una ruda maraña de pelo.

Al hombre que se pasa todo el día hincando el azadón en el terruño, no hay cosa que le guste como eso de que le dirijan una pregunta. Es un socorrido pretexto para interrumpir la labor y descansar apoyándose en el mango de la herramienta. Es, además, una distracción. Juan me contestó solícito; sí, había estado en la guerra de Cuba la friolera de tres años… Y mientras encendía el cigarro, con la lentitud de movimientos característica del labrador, empezó a referir sobriamente sus campañas. Era preciso insistir para que entrase en detalles; no despuntaba por la elocuencia, y sus respuestas lacónicas no tenían animación ni colorido. Diríase que hablaba de aventuras y lances acaecidos a otros.


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Publicado el 10 de mayo de 2021 por Edu Robsy.

La Pendiente De Griffith…

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


La Pendiente de Griffith. Puro Corazón. —La cinta de este título fue estrenada en Nueva York en 1919, ignoramos si con éxito. Pero no debió ser grande, cuando la propaganda local, fiel siempre a la ídem neoyorquina, no columpió en sus brazos a esta cinta de Griffith con los efusivos cánticos comúnmente consagrados a las hijas de este director. 

Puro corazón, sin embargo, no se aparta casi del género a que Griffith ha dedicado su amor en los últimos tiempos. Como en la mayor parte de estos filmes, se alza en el que nos ocupa una figura central, inefable, dechado de virtudes y nobleza; una triste y fea mujercita que sonríe ante la belleza de su rival, que llora de felicidad al entregar a una mala ficha al hombre que adora, y que transmuta sus penas de amor en ricos budines para endulzar las cenas agrias del ingrato amargado y de la mujer que lo inutilizó. 


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 4 visitas.

Publicado el 20 de septiembre de 2026 por Brian.

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