Textos más cortos | pág. 230

Mostrando 2291 a 2300 de 8.911 textos.


Buscador de títulos

228229230231232

El Pedazo de Oro

Rosario de Acuña


Cuento


Allá por los años de la conquista americana, llegó de Nueva España un valiente y aguerrido soldado, natural de las montañas asturianas.

Venía del Nuevo Mundo, ya libre del servicio patrio, trayendo, por toda riqueza, una inmensa pepita de oro, que era, relativamente a la pobreza de su familia, una verdadera fortuna.

Estaba el buen soldado tan gozoso de su carga y tan impaciente por llegar a su aldea y sacar de la escasez a sus parientes y deudos, que no se paró en considerar que aquel pedazo tosco y grande del valioso metal, no podría ser cambiado fácilmente entre los solitarios habitantes de las montañas, y sin otro cuidado, gastando en mesones y posadas la poca moneda que traía, llegó a su aldehuela  por fin.

Era ésta como de una veintena de casas, reunidas allá en los picachos más altos de un monte sombrío y adusto, rodeado en sus faldas de nogales y castaños, y tan colgada materialmente estaba entre las breñas y peñones, que a no ser de las águilas, de nadie había sido visitada.

Llegó el soldado a su hogar, y después de aquellas justas y alegres expansiones de la familia, y después del paseo triunfal por entre vecinos y compañeros, llegó el turno de las especulaciones financieras, y contada la prosopopeya y engreimiento del caso, sacó nuestro viajero el colosal pedazo de oro.

Allí había que ver las exclamaciones de los muchachos, el persignarse de las viejas y el regocijo de toda la familia, que se juzgaba completamente poderosa al verse dueña de tan inmensa riqueza. Pasó también el turno de las alegrías inesperadas, y una vez sola la familia del soldado comenzaron los planes para su futuro engrandecimiento.

Hubo profunda deliberación sobre los medios, y al fin se convino en hacerse con buenos robledales y campos de manzanos que en la localidad se vendían, conformes todos en que, sin salir de aquellos queridos lugares, podían llegar a un completo bienestar.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 131 visitas.

Publicado el 28 de agosto de 2019 por Edu Robsy.

Lo Mesmo Da

Javier de Viana


Cuento


A Adolfo Rothkopf.


El rancho de don Tiburcio, mirado desde lejos, en una tarde de sol, parecía un bicho grande y negro, sesteando a la sombra de dos higueras frondosas. Un pampero,—hacía añares—le torció los horcones y le ladeó el techo, que fué a quedar como chambergo de compadre: requintado y sobre la oreja.

No había quien pudiese arreglarlo, porque don Tiburcio era un viejo de mucho uso, que agarrotado por los años, dobló el lomo y andaba ya arrastrando las tabas y mirando al suelo, como los chanchos. Y además, no había por qué arreglarlo desde que servía lo mismo: el pelo de la res no influye en el sabor de la carne.

Lo mismo pensaba Casimira, su mujer, una viejecita seca, dura y áspera como rama de coronilla, para quien, pudiendo rezongar a gusto, lo demás le era de un todo indiferente.

Y en cuanto a Maura, la chiquilina, encontraba más bello el rancho así, ladiado y sucio como un gaucho trova. Maura era linda, era fresca y era alegre al igual de una potranca que ofrece espejo a la luz en la aterciopelada piel de pelecheo.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 321 visitas.

Publicado el 30 de agosto de 2022 por Edu Robsy.

Los Simuladores

Antón Chéjov


Cuento


Marfa Petrovna, la viuda del general Pechonkin, ejerce, unos diez años ha, la medicina homeopática y recibe los martes por la mañana a los aldeanos enfermos que acuden a consultarla.

Es una hermosa mañana del mes de mayo. Delante de ella, sobre la mesa, vese un estuche con medicamentos homeopáticos, los libros de medicina y las cuentas de la farmacia donde se surte la generala.

En la pared, con marcos dorados, figuran cartas de un homeópata de Petersburgo, que Marfa Petrovna considera como una celebridad, así como el retrato del Padre Aristarco, que la libró de los errores de la alopatía y la encaminó hacia la verdad.

En la antesala esperan los pacientes. Casi todos están descalzos, porque la generala ordena que dejen las botas malolientes en el patio. Marfa Petrovna ha recibido diez enfermos; ahora llama al onceno:

—¡Gavila Gruzd!

La puerta se abre; pero en vez de Gavila Gruzd entra un viejecito menudo y encogido, con ojuelos lacrimosos: es Zamucrichin, propietario, arruinado, de una pequeña finca sita en la vecindad.

Zamucrichin coloca su cayado en el rincón, acércase a la generala y sin proferir una palabra se hinca de rodillas.

—¿Qué hace usted? ¿Qué hace usted, Kuzma Kuzmitch? —exclama la generala ruborizándose—. ¡Por Dios!...

—¡Me quedaré así en tanto que no me muera! —respondió Zamucrichin, llevándose su mano a los labios—. ¡Que todo el mundo me vea a los pies de nuestro ángel de la guarda! ¡Oh, bienhechora de la Humanidad! ¡Que me vean postrado de hinojos ante la que me devolvió la vida, me enseñó la senda de la verdad e iluminó las tinieblas de mi escepticismo, ante la persona por la cual hallaríame dispuesto a dejarme quemar vivo! ¡Curandera milagrosa, madre de los enfermos y desgraciados! ¡Estoy curado! Me resucitasteis como por milagro.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 145 visitas.

Publicado el 20 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

Un Hombre Conocido

Antón Chéjov


Cuento


La encantadora Vanda (o según según su pasaporte, la honorable ciudadana Nastasia Kanavkina) al salir del hospital se encontró en una situación como jamás se había encontrado antes. Sin casa y sin un céntimo. ¿Qué hacer?...

Lo primero que se le ocurrió fue dirigirse a la casa de préstamos y empeñar su sortija de turquesas, su única alhaja. Le dieron por ella un rublo, pero... ¿qué se puede comprar con un rublo? Por ese dinero no se puede comprar una chaquetita corta a la moda..., ni un sombrero..., ni unos zapatos de color bronce... y sin esas cosas ella se sentía como desnuda. Le parecía que no sólo la gente, sino hasta los caballos y los perros, la miraban y se reían de la sencillez de su vestido. Lo único que le preocupaba era el vestido. La cuestión de cómo iba a comer o de dónde iba a pasar la noche no la inquietaba lo más mínimo.

—¡Si al menos me encontrara con algún conocido!..., le pediría dinero... Ninguno me lo rehusaría.

Pero los hombres conocidos no aparecían por ninguna parte. No sería difícil encontrarlos por la noche en el Renaissance, pero en el Renaissance no se dejaba entrar a nadie vestido tan sencillamente y sin sombrero. ¿Qué hacer entonces?... Después de una larga indecisión y cuando ya se sentía harta de andar, de estar sentada y de pensar, Vanda resolvió emplear un último recurso... Iría a casa de uno de sus conocidos y le pediría dinero.

"¿A quién podré dirigirme? —meditaba—. A casa de Mischa no es posible. Tiene familia. En cuanto al viejo del pelo rojo..., estará a estas horas ocupado en su despacho..."

Vanda se acordó de pronto del dentista Finkel, un judío converso que hacía unos tres meses le había regalado una pulsera y al que una vez, cenando en el Círculo alemán, había echado un vaso de cerveza por la cabeza.

El recuerdo de este Finkel la alegró muchísimo.


Información texto

Protegido por copyright
4 págs. / 7 minutos / 85 visitas.

Publicado el 7 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Lo Más Increíble

Hans Christian Andersen


Cuento infantil


Quien fuese capaz de hacer lo más increíble, se casaría con la hija del Rey y se convertiría en dueño de la mitad del reino.

Los jóvenes —y también los viejos— pusieron a contribución toda su inteligencia, sus nervios y sus músculos. Dos se hartaron hasta reventar, y uno se mató a fuerza de beber, y lo hicieron para realizar lo que a su entender era más increíble, sólo que no era aquél el modo de ganar el premio. Los golfillos callejeros se dedicaron a escupirse sobre la propia espalda, lo cual consideraban el colmo de lo increíble.

Se señaló un día para que cada cual demostrase lo que era capaz de hacer y que, a su juicio, fuera lo más increíble. Se designaron como jueces, desde niños de tres años hasta cincuentones maduros. Hubo un verdadero desfile de cosas increíbles, pero el mundo estuvo pronto de acuerdo en que lo más increíble era un reloj, tan ingenioso por dentro como por fuera. A cada campanada salían figuras vivas que indicaban lo que el reloj acababa de tocar; en total fueron doce escenas, con figuras movibles, cantos y discursos.

—¡Esto es lo más increíble! —exclamó la gente.

El reloj dio la una y apareció Moisés en la montaña, escribiendo el primer mandamiento en las Tablas de la Ley: «Hay un solo Dios verdadero».

Al dar las dos se vio el Paraíso terrenal, donde se encontraron Adán y Eva, felices a pesar de no disponer de armario ropero; por otra parte, no lo necesitaban.

Cuando sonaron las tres, salieron los tres Reyes Magos, uno de ellos negro como el carbón; ¡qué remedio! El sol lo había ennegrecido. Llevaban incienso y cosas preciosas.


Leer / Descargar texto


4 págs. / 7 minutos / 146 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Pobre Mozo Molinero y la Gatita

Hermanos Grimm


Cuento infantil


Vivía en un molino un viejo molinero que no tenía mujer ni hijos, sino sólo tres mozos a su servicio. Cuando ya llevaban muchos años trabajando con él, un día les dijo:

—Soy viejo y quiero retirarme a descansar. Salid a recorrer el mundo, y a aquel de vosotros que me traiga el mejor caballo, le cederé el molino; pero con la condición de que me cuide hasta mi muerte—.

El más joven de los mozos, que era el aprendiz, se llamaba Juan, y los otros lo tenían por necio y no querían que llegase a ser dueño del molino. Marcháronse los tres juntos y, al llegar a las afueras del pueblo, dijeron los dos a Juan el tonto:

—Mejor será que te quedes aquí; en toda tu vida no podrás procurarte un jamelgo—.

Sin embargo, Juan insistió en ir con ellos, y al anochecer llegaron a una cueva en la que se refugiaron para dormir. Los dos mayores, que se creían muy listos, aguardaron a que Juan estuviese dormido, y luego se marcharon, abandonando a su compañero.

Cuando, al salir el sol, se despertó Juan, encontróse en una profunda caverna y, mirando en torno suyo, exclamó:

—¡Dios mío!, ¿dónde estoy?—.

Subió al borde de la cueva y salió al bosque, pensando: "Solo y abandonado, ¿cómo me procuraré el caballo?". Mientras andaba sumido en sus pensamientos, salióle al encuentro una gatita, de piel abigarrada, que le dijo en tono amistoso:

—¿Adónde vas, Juan?—.

—¡Bah! ¿Qué puedes hacer tú por mí?—.

—Sé muy bien qué es lo que buscas—, respondióle la gata —:un buen caballo. Vente conmigo; si me sirves durante siete años, te daré uno tan hermoso como jamás lo viste en tu vida—.


Leer / Descargar texto


4 págs. / 7 minutos / 123 visitas.

Publicado el 26 de agosto de 2016 por Edu Robsy.

La Cruz Negra

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Acabo de verla, tan borrosa, tan chiquita, en la encrucijada, y por uno de esos fenómenos reflejos de la sensibilidad que difícilmente podrían explicarse, y que son una de las miserias de nuestro ser, su vista me apretó el corazón. Y, sin embargo, la persona cuya muerte conmemora esa cruz de palo pintado érame tan indiferente como la hojarasca que el último otoño arrancó del castañar, y que hoy se descompone en la superficie de la tierra labradía.

Era una mendiga, la mendiga de la encrucijada, que formaba parte del paisaje, por decirlo así. Sentada a la orilla del camino, con los pies descansando en la cuneta, el cuerpo recostado en el cómaro mullido de madraselva y zarzarrosa, allí estaba en todas las estaciones y con todas las temperaturas. Que el sol tostase, que bufase el vendaval, que la lluvia encharcase los baches de la carretera, la mendiga inmóvil, sin más protección contra la intemperie que uno de esos enormes paraguas escarlata, de algodón, con puño de latón dorado, que en el país suelen llamarse de familia.

Raro es el mendigo que no tiene instintos de vagabundo. Moverse, trasladarse, es género de libertad, y los pobres estiman mucho el sumo bien de ser libres. Hasta los semihombres que carecen de piernas lagartean velozmente sobre las manos; hasta los paralíticos, en un carro, se hacen zarandear. Una inquietud, un gigantesco espíritu aventurero suele hurgar y escarabajear a los mendigos. La de la encrucijada, por el contrario, pertenecía al número de los que se pegan, como el liquen, a las piedras, o como el insecto al rincón sombrío donde no le persigue nadie. Dos razones podrían explicar su carácter estadizo: tenía más de ochenta años y no tenía ojos.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 78 visitas.

Publicado el 14 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

El Idilio de la Noche

Joaquín Dicenta


Cuento


Al finalizar aquel crepúsculo de fuego durante el cual el sol, convertido en inmensa hoguera, arrojaba sobre el horizonte llamaradas de luz y teñía de rojo las fachadas de los edificios, las ramas de los árboles y la hierba de los paseos, anchas nubes de color gris se extendieron por el espacio, aumentando el bochorno, haciendo más sofocante la temperatura, como si en ellas se condensaran y fundieran el vaho caliente que salía de la tierra abrasada y el humo del incendio que amenazaba consumir el infinito. Vino la noche y dijérase que aún no se había puesto el sol, que aún no se había extinguido la enorme hoguera, que después de arrasarlo todo con sus llamas, de convertirse en montón de brasas cubiertas por las cenizas de la catástrofe, ardía en un rincón del cielo a manera de humeante rescoldo que no acaba de extinguirse nunca, y daba señales de existencia rasgando las nubes con relámpagos cárdenos y con trepidaciones sordas.

Así fueron pasando las horas y llegaron las primeras de la madrugada, sin que una ráfaga de aire puro viniese a refrescar la tierra, a sacudir las hojas inmóviles de los árboles, a introducirse en el fondo obscuro de las casas dormidas, que abrían de par en par, para recoger el oxígeno de la atmósfera, sus anchas bocas de madera y de vidrio. Era aquel un amodorramiento sombrío, una quietud de asfixia, el sueño profundo de una ciudad aletargada por el calor y rendida por el cansancio.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 58 visitas.

Publicado el 13 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

Un Cigarrillo

José Zahonero


Cuento


I. Nolasco

¿No fuma V.? —Dije, alargando un cigarro de papel á Nolasco, un anciano periodista de gran actividad y notable instrucción. Hizo un gesto de disgusto, rechazando la oferta. En efecto, olvidé que jamás le había visto fumar, y como por broma, pensando que una repugnancia física le hacía enemigo del tabaco, insistí.

—Vamos, fume V. siquiera por una vez —y volví á alargarle el cigarrillo.

—¡Fumar yo! —exclamó espantado y palideciendo al ver cerca de sí el cigarro de papel.— ¿Qué quiere V. de mí, amigo mió? añadió exaltado, —huyendo del cigarro como de un arma venenosa.

Yo me eché á reir.

¡Pero qué cosa más extraña! pensé al ver la cara de terror de mi respetable compañero. ¡Bah! otra rareza, me dije, á pesar de que nada me infunde más respeto que estos hombres que á la vista de las gentes suelen pasar por estrafalarios y ridículos, sin que nadie se cuide de averiguar si lo que se toma por capricho extravagante, tiene un natural y justificado motivo.

—Hombre —añadí— es V. un enemigo tan irreconciliable del tabaco, producto, según los musulmanes, de la saliva que el Profeta arrojó al absorber la herida que le hizo una víbora, veneno dulce y sagrado.— Vamos, un cigarrillo… Y tomé expresión de Yago malvado, de Sancho socarrón y de Mefistófeles tentador.

—He fumado —contestó.— ¡Oh, por Dios, déjeme V.! ¿No le basta mirarme? Un cigarro me hace sufrir horriblemente.

Estaba lívido; luego del espanto, debió sucederse la irritación, Nolasco debió, en efecto, padecer mucho en tan brevísimo tiempo. Su seriedad me impuso.

No volvimos á entablar conversación, pero, cuando salíamos los dos del despacho, me dijo:

—¿No me había V. pedido un tomo del Diccionario Enciclopédico? Pues ahora podemos pasar á recogerle en mi casa, si V. me acompaña.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 54 visitas.

Publicado el 17 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

La Casa que No Era

Katherine Mansfield


Cuento


«Dos al revés, dos al derecho, el-hilo-por-delante-de-la-aguja y coger dos puntos a un tiempo.» Como una vieja canción, como una canción que hubiera repetido tantas veces, que no tuviera sino que exhalar la voz para cantarla, iba musitando las rutinas del ganchillo. Otra camiseta casi terminada para el paquete de las misiones.

—Sus camisetas, señora Bean, son algo que tiene tan buena acogida. Mire a estos pobrecillos bichejos sin un trapo —y la esposa del pastor le había mostrado la foto de unas repulsivas cosillas negras con vientres abultados como limones...

«Dos al revés, dos al derecho.» Dejó caer el tejido en el regazo, dio un gran suspiro y se quedó mirando ante sí un momento. Luego volvió a cogerlo y empezó de nuevo. ¿En qué pensaba cuando suspiraba así? En nada. Era su costumbre. Siempre estaba suspirando. Cuando iba por la escalera, sobre todo. Ya bajara o subiera, solía detenerse, y, alzándose el vestido con una mano, la otra en el barandal, se quedaba mirando los escalones y suspiraba.

«Elhilopordelantedelaaguja...» Se sentó junto a la ventana del comedor que daba a la calle. Era un desagradable día de otoño. El viento corría por la calle como un perro flaco. Las casas de enfrente parecían haber sido recortadas con unas malvadas tijeras de acero, y pegadas sobre el papel gris del cielo. No se veía un alma.


Información texto

Protegido por copyright
4 págs. / 7 minutos / 91 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

228229230231232