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Junto a un Muerto

Guy de Maupassant


Cuento


Se moría poco a poco, como se mueren los tísicos. Todos los días lo veía sentarse a eso de las dos, bajo las ventanas del hotel, frente al mar, tranquilo, en un banco del paseo.

Permanecía algún tiempo inmóvil bajo el calor del sol, contemplando con ojos sombríos el Mediterráneo.

A veces dirigía una mirada hacia la alta montaña de cumbres brumosas que cierra el Mentón; luego, con un movimiento muy lento, cruzaba sus largas piernas, tan enflaquecidas que parecían dos huesos alrededor de los cuales flotaba el paño del pantalón, y abría un libro, siempre el mismo.

Entonces, sin variar de postura, leía, leía con los ojos y con el pensamiento: parecía que todo su pobre cuerpo desfalleciente leía, que su alma penetraba, se perdía, desaparecía en aquel libro hasta la hora en que el aire fresco lo hacía toser un poco. Entonces, levantándose, penetraba en el hotel.

Era un alemán alto, de barba rubia, que almorzaba y comía en su cuarto y no hablaba con nadie.

Una vaga curiosidad me atrajo hacia él. Un día me senté a su lado, teniendo yo también en la mano, por el bien parecer, un volumen de poesías de Musset.

Me puse a hojear Rolla.

De pronto mi compañero me preguntó en un francés muy correcto:

—¿Sabe usted alemán, caballero?

—Ni una palabra.

—Lo siento; porque, ya que la casualidad nos ha reunido, le hubiera prestado, le hubiera hecho fijarse en una cosa inestimable: este libro que aquí tengo.

—¿Qué libro es ése?

—Es un ejemplar de mi maestro Schopenhauer, anotado por él. Todas las márgenes, como puede usted ver, están cubiertas con su letra.

Cogí con respeto aquel libro y contemplé aquellos garabatos incomprensibles para mí, pero que revelaban el inmortal pensamiento del mayor destructor de sueños que ha pasado por el mundo.


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Publicado el 19 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

La Mata

Tomás Carrasquilla


Cuento


Vivía sola, completamente sola, en un cuarto estrecho y sombrío de cabo de barrio. Sus nexos sociales no pasaban de la compra, no siempre cotidiana, de pan y combustible, en algún ventorrillo cercano; del trato con su escasa clientela, y de sus entrevistas con el terrible dueño del tugurio. Este hombre implacable la amenazaba con arrojarla a la calle, cada vez que le faltase un ochavo siquiera del semanal arrendamiento. Y, como pocas veces completaba la suma, vivía pendiente de la amenaza.

Después de ensayar con varios oficios, vino a parar en planchadora de parroquianos pobres; que para ricos no alcanzaban sus habilidades. Faltábale trabajo con frecuencia, y entonces eran los ayunos al traspaso. El hambre, con todo, no pudo lanzarla a la mendicidad.

Era uno de esos seres a quienes la rueda de la vida va empujando al rodadero, sin alcanzar a despeñarlos. Más que vieja, estaba maltrecha, averiada por la miseria y las borrascas juveniles. De aquella hermosura soberana, que vio a sus plantas tantos adoradores, no le quedaba ni un celaje. De sus haberes y preseas de los tiempos prósperos, sólo guardaba el recuerdo doloroso. De aquel naufragio no había salvado más que el cargamento de los desengaños.

Su historia, la de tantas infelices: de cualquier suburbio vino, desde niña, a servir a la ciudad; pronto se abrió al sol de la mañana aquella rosa incomparable, y… lo de siempre. ¡Pobre flor!

Dos hijos tuvo y fueron su tormento. El varón huyó de ella y se fué lejos, no bien se sintió hombrecito. Su hija, un ángel del cielo, la recogió el padre, a los primeros balbuceos, donde nunca supiese de su madre.


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Publicado el 26 de marzo de 2020 por Edu Robsy.

El Crimen de Anoche

Manuel Chaves Nogales


Cuento


La crónica negra tiene que registrar desde anoche un nuevo crimen que, por las circunstancias especiales en que se ha producido, la calidad de los protagonistas y el misterio que los rodea, interesará vivamente a la opinión pública, sobrepujando en sensacionalismo al último atentado contra las Juntas de Defensa.

Recogiendo versiones distintas en el lugar mismo del suceso, y siguiendo de cerca las investigaciones de la Policía, que ya tiene una pista, como no podía menos de suceder, daremos a nuestros lectores un relato, en el que no omitiremos detalle alguno por nimio que parezca. Premuras de tiempo y espacio nos impiden hoy publicar la foto en que aparecen las vísceras de las víctimas; pero en nuestro próximo número gozará nuestro público su contemplación.

ANTECEDENTES. Hace ocho años contrajeron matrimonio la bellísima señorita de Gómez y el instruido ingeniero don Juan Jiménez. La felicidad conyugal no se alteró en todo este tiempo, y el matrimonio, según nos han dicho sus familiares y algunos vecinos, hacía una vida normal y ejemplarísima, sin que jamás hubiese entre ellos motivo de discordia. Favorecidos por una sólida posición social, jóvenes ambos, disfrutando de una salud envidiable, y dotados de apacibles caracteres, que se ensamblaban completándose, habían logrado el disfrute de una felicidad estable que no se recataban en mostrar. Ellos mismos dijeron en varias ocasiones a sus íntimos que la dicha que les envolvía era completa.

Los negocios del marido marchaban con una prudente prosperidad, y la esposa frecuentaba, al lado siempre de su esposo, algunos círculos aristocráticos, los espectáculos públicos y el trato íntimo con personas de gran significación social, que dispensaban una alta consideración a la feliz pareja.


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Publicado el 9 de septiembre de 2025 por Edu Robsy.

Las Naranjas

Alphonse Daudet


Cuento


Las naranjas tienen en París el triste aspecto de frutas caídas, que se toman junto a los árboles. Cuando llegan, en pleno invierno lluvioso y frío, su brillante corteza y su excesivo aroma, en estos países de sabores moderados, les dan un aire extraño, algo bohemio. Durante las noches de niebla, van tristemente costeando las aceras, amontonadas en sus carritos ambulantes, al mezquino fulgor de un farolillo de papel rojo. Un grito monótono y débil, perdido entre el rodar de los coches y el barullo de los ómnibus, les sirve de escolta.

—¡A veinte céntimos naranjas de Valencia!

Para las tres cuartas partes de los parisienses, ese fruto traído de muy lejos, de vulgar redondez, donde el árbol no ha dejado nada más que un insignificante pedúnculo verde, participa de la golosina, de la confitería. El papel de seda en que está envuelto, las festividades a que acompaña, contribuyen a dicha impresión. Cuando enero se aproxima, sobre todo, los millares de naranjas esparcidas por las calles, todas esas cáscaras arrojadas en el barro del arroyo, hacen pensar en algún gigantesco árbol de Navidad que sacudiese sobre París sus ramas cuajadas de frutas artificiales. No hay rincón alguno donde no se vean. Tras los limpios cristales de un escaparate, elegidas y adornadas; a la puerta de prisiones y asilos, entre paquetes de bizcochos y pequeños montones de manzanas; delante de los peristilos de los bailes y teatros los domingos. Y su exquisito aroma se confunde con el olor del gas, el chirrido de las mamparas, el polvo de las banquetas del paraíso. Hasta se olvida que hacen falta naranjos para producir las naranjas; pues, mientras que la fruta nos la envían directamente del Mediodía metida en cajones, el árbol de la estufa donde pasa el invierno, cortado, transformado, disfrazado, sólo una vez aparece, y durante breve tiempo, al aire libre en los paseos públicos.


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Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Belona

Emilia Pardo Bazán


Cuento


El destacamento, al regresar de su arriesgada expedición de descubierta, no volvía de vacío: traía un prisionero, y era nada menos que un oficial. Venía suelto, arrogante y despreciativo, fruncido el rubio ceño, contraídos los labios juveniles por una mueca colérica, como si retase a los que, sorprendiéndole en la avanzada, le habían cogido casi sin lucha, sin darle tiempo a una defensa leonina. Ni aun preguntaba adónde le llevaban así; seguro estaba de que no era a cosa buena, porque ya conocía de oídas la siniestra fama del Zurdo, el cabecilla en cuyas garras había caído, y como no esperaba misericordia, quería al menos morir en actitud de caballero y de valiente.

Los que le escoltaban iban silenciosos. Dígase lo que se diga, y por muy avezado y endurecido que se esté en ver correr sangre, infunde cierto respeto indefinible el hombre que va a morir, y si el que va a morir es un joven, como se ha tenido madre, se piensa en el dolor de la mujer desconocida, asimilándolo al que sufriría en caso igual la otra mujer que nos llevó en las entrañas. Quizás este pensamiento no se define: es un sentir obscuro y vago, una sorda opresión ante la fatalidad que nos subyuga a todos. Ello es que los de la escolta callaban, callaban con huraño silencio. Únicamente lo rompieron para decir hoscamente:

—La tienda del general... Adentro.

Era orden del cabecilla que se le llevasen directamente los prisioneros, de los cuales sacaba, con su astucia característica de leguleyo, con su cautela de perseguidor y perseguido que combate empleando la precaución tanto como las armas, noticias e indicaciones útiles. El cautivo entró, siempre altanero y firme: pero guardando esas fórmulas de respeto a que nadie falta en campaña, saludó militarmente. El Zurdo contestó al saludo haciendo la indicación de que el prisionero se sentase.


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Publicado el 3 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

Noches de Estío

Roberto Payró


Cuento


I

... Con su canto acompasado y monótono, el vonciglero grillo rompe el silencio de la noche; solo su voz adormecedora es lo que se escucha. Después, todo es silencio...

La luna —paseante angusta— recorre con lentitud su camino, iluminado cariñosamente al mundo que duerme, y sin hacer caso de las estrellas que palidecen de envidia al verla tan hermosa.

Abajo, en la tierra, la brisa cansada de revolcarse en el polvo, bajo el ardiente rayo del sol, no tiene ya fuerza bastante para agitar las hojas de los árboles, ni deseos de entonar su cántico armonioso al deslizarse blandamente sobre la perfumada yerba de la llanura extendida....

No es tarde aún. Hace tres horas apenas que el sol poderoso se ocultó en el occidente, presentando á los ojos asombrados del hombre: el cielo convertido en una áscua roja y chispeante, en un infinito piélago de fuego.

Es el momento del descanso primero: todos los rumores se acallan, todas las aves duermen en sus nidos, todas las flores yacen mústias, agostadas ...

Dentro de poco, cuando la luna haya dado algunos pasos más, comenzarán á oirse esos rumores vagos, misteriosos, esas indecisas armonías de la naturaleza, notas suaves, cadenciosas, acordes, ideales , que luego susurran como un recuerdo lejano en el oido del músico y del poeta, que vanamente se esfuerzan por repe­tirlas, porque son intangibles, celestiales, infinitas, porque se desvanecen sin dejar rastros, porque el arte del músico y del poeta es demasiado pequeño para poder copiar esa mágica sinfonía que comienza á altas horas de la noche, para ir en crescendo hasta llegar al portentoso coro de la aurora, en que cada ser microscópico, cada yerba, cada grano de arena, cada irisada gotita de rocío, tiene una nota propia y original con qué saludar la llegada de las primeras claridades del nuevo dia...


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Publicado el 28 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Pilarito

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Pilarito

Este diminutivo, castizo y salado, expresaba cariño y simpatía. Era equivalente a otros apodos —Mimí, Lulú, Fifí— por los cuales la sociedad conoce a sus flores animadas, a las vivientes rosas de sus arriates, a las cuales el tiempo ha de robar lozanías y perfumes, dejándoles, —¡oh, ironía!— el juvenil sobrenombre.

Yo la conocí en un balneario, el gran balneario gallego de Mondariz, que hervía en fiestas, preparando la de su Patrona, la Virgen del Carmen. Las tardes eran sosegadas y cálidas; las noches, de luna. Bajo el ingente arbolado del parque cruzaba ella, y su paso era como el del esquife ligero sobre agua tranquila. A gallardía nadie pudo ganarla. Cada día ostentaba nuevos atavíos; pero sencillos, propios de sus años, que no llegarían a dieciséis. Lo incomparable de la línea prestaba valor a unas galas hasta modestas, y también el instinto artístico que había presidido a su elección. Vistiese como vistiese, Pilarito era siempre «un cuadro», «una portada en colores», «un tipo de estudio».

Y como a objeto de arte la miraba yo. (Porque si me dejo llevar de mi inclinación, en el arte pienso). Inducía a la descripción aquella criatura. Especialmente el día de la Virgen.

Para acompañar a la Reina de los Ángeles todo el mujerío sacó el fondo del baúl. Hubo quien se colgó perlas y brillantes, y quien se cubrió de seda crujidora. Mantillas blancas no faltaron. Lo que faltó fueron ojos para mirar a nadie, excepto a Pilarito. Iba tocada con negras blondas, y bajo las castañuelas del encaje español había agrupado unas hortensias azules, cortadas a la frescura del atardecer, y que coronaban como un trozo de cielo su lisa frente. Su traje era color de arena, y sus pies jugaban con soltura en los zapatitos de tafilete, cuyas galgas dibujaban la forma airosa del tobillo. Tobillo de niña; propiamente de tobillera.


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Publicado el 9 de mayo de 2021 por Edu Robsy.

La Inicua Ley De Propiedad Literaria

Horacio Quiroga


Artículo


La circunstancia de haberse creado por tercera y última vez la sociedad argentina de escritores con fines preeminentemente gremiales, presta viva actualidad a las leyes sobre la propiedad literaria, por la cual el escritor goza o debe gozar de su trabajo intelectual, en primer término, y defender en segundo sus derechos a la labor producida. No es, por lo demás, la primera vez que nos ocupamos de esto.

Cae de su peso que la producción artística es un bien propio del escritor. Ni los editores ni las empresas periodísticas a cuyo cargo corre la difusión del producto intelectual, han dudado nunca de la legitimidad de dicho derecho. El tratado de ciencias, el ensayo de filosofía y la colección de poemas son bien, pura y exclusivamente propiedad de su autor.

¿Pero constituyen una propiedad, en el más amplio sentido de la palabra? ¿Puédese asegurar que artículo, ensayo, estudio y novela son un bien propio, ajeno a todo otro derecho, una pertenencia individual de nuestra persona misma?


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Publicado el 26 de julio de 2026 por Brian.

Los de Mañana

Emilia Pardo Bazán


Cuento


La institutriz acababa de entrar en el dormitorio, acompañada de la doncella, que, dirigiéndose al gabinete contiguo, abría las maderas y los grifos del baño, y preparaba toallas, frascos y enseres de tocador. La niña se metió los dedos entre la melena, abrió la boca en un desperezo y se dispuso a dejar las sábanas. ¡Qué bien se estaba en la cama! Y no había remedio... Madame —la institutriz era una viuda cuarentona— no transigía con esto... Bueno; ni con nada. ¡Sí, transigir!

—Allons, mademoiselle Solange!

Antes —este adverbio se refería a tiempos felices— madame Moutier, algo seriota, pero mujer excelente, gastaba otro genio, y Solange podía a veces hacer su santo gusto. Ahora, desde que el hijo de la institutriz se encontraba en el frente, la madre, sin hacer jamás alusión a sus angustias, vivía en perpetua tensión, y su nerviosismo se revelaba en un celo exagerado, en el más allá del cumplimiento del deber. Ni un momento de descuido...

—Allons, mademoiselle...

La niña dependía de la hora, del relojillo de acero que Madame llevaba, pendiente de un cordón, deslizado entre dos ojales de su severo corpiño. Aquel ojo gris regulaba los actos del día. Tantos minutos para el baño... Tantos para la toilette... Hora y cuarto de paseo...


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Publicado el 1 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

Razón y Virtudes de los Muertos

Gabriel Miró


Cuento


Dice Sigüenza que el amor más grande del hombre, además del amor al hijo, es el de su personalidad, de su conciencia, del sentimiento de sí mismo.

Este autosentimiento, esta visión de sí mismo, es el principio y efecto, la flor y el fruto de su vida, la luz y la sal de su vida, de la vida del ser complejo, conjunto sociable de muchas vidas o células sedentarias. Parece que somos una suma, una emulsión de treinta trillones de células. (¿Treinta trillones o sesenta trillones? Es igual.)

Sigüenza mira su carne; mira también, honestamente, la carne de los demás.

¡Cuánta célula, Señor! Y se maravilla de que en algunos cuerpos se produzca la preciosa unidad del sentimiento de los treinta trillones.

El trastorno de una de las principales entrañas altera o extingue la armonía de esa multitud federativa de menudas criaturas anatómicas. Miles de ellas perecen, pero el hombre todavía subsiste; o muere el hombre, apagose el sentimiento de sí mismo, y muchos millares de células prosiguen viviendo.

¡Pero qué nos importa ya esa vida esparcida! —exclama Sigüenza, pensando, no como pensaría un biólogo, sino sólo como unidad, como hombre1.

La muerte del conjunto, la disociación de los treinta trillones de células ha cegado, ha deshecho ese sentirse a sí mismo, que, sea un gozoso o desventurado sentimiento, es infinitamente amable y es bueno, porque es voluntad alumbrada y saber que se vive. Por eso nos horroriza el morir y tememos la locura.


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Publicado el 27 de enero de 2021 por Edu Robsy.

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