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Recuerdos y Parábolas

Gabriel Miró


Cuento


En aquellos días de violencia, de odio y estruendo no veía Sigüenza la figura del hombre I aborrecido. Un humo de hoguera o de polvo lo cegaba. Pero muchos rugían:

¿Es que no veis cómo mira, cómo se ríe y alza la frente? Todo en él es de reto execrable.

...Vino el reposo, la claridad del aire. Y aquel hombre ya no estaba.

Sigüenza pensó: «Se han cumplido los anhelos de la multitud; ¿no comenzarán ahora los tiempos de la timidez de las almas felices? Para nuestra dicha, sobraba un hombre, el cual ha desaparecido».

—Ha desaparecido —decían algunos—; pero ¿y si volviese?

—¿Y cómo ha de volver? —replicaban otros—. ¿Por ventura faltará quien codicie y pueda matarlo?

No, no; ellos no deseaban su muerte; pero era tan posible que sucediese, que la aceptaban como un hecho, y el «hecho», lo naturalmente realizable, tiene una mitigación en la ética de las muchedumbres.

...Otro hombre llegó. Sus ojos, un poquito estrábicos, nunca se saciaron de libros; los lentes dejaban en su mirada un brillo glacial; había en sus labios un gesto torcido y seco, aunque sonriese; parecía que masticase siempre una raíz amarga; su frente recogía todas las primeras claridades, porque era una frente de cumbre, y su palabra fue un milagro de oratoria, porque tenía emoción y substancia de vida y de saber. Trabajó hasta regar con su sudor la yerma viña. En todas partes resonaba su voz, su aviso; los otros no decían nada. Las gentes murmuraron: «La casa está llena, llena de amigos y discípulos que se han dormido después de cenar».

Y Sigüenza decía: No importa; nos dan la sensatez de un candoroso sueño, y no importa, porque este hombre acude a todos los menesteres.

Verdaderamente vivíamos confiados. Bastaba él. Abrió sendas, sendas de paz; algunas no las caminaba nadie.

Una mañana lo mataron.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 58 visitas.

Publicado el 27 de enero de 2021 por Edu Robsy.

Cuestionarios

Arturo Robsy


Cuento


"Esto no es cierto. Cuando lo sea, los tiempos habrán llegado".

Consultorio 501

Internista Sr. D. Víctor. Consultas los martes y jueves.

Jueves por la mañana

—Buenos días, señorita.

—Buenos días. Usted dirá.

Rogelio mira la sala de espera: doce personas sobre doce sillas, un jarrón vacío, unas revistas en mal estado y una enfermera protegida tras una rectilínea mesa de material plástico.

—Quisiera ver al doctor.

—¿Tiene hora?

Rogelio consulta su reloj de pulsera un poco extrañado.

—Las nueve y media.

—No, no. Digo que si tiene hora fijada para la consulta.

—No, no. Resulta que me duele aquí. Bastante, ¿sabe usted? En el taller me han dicho que viniera para acá a que me...

—Lo siento. El doctor Víctor tiene mucho trabajo.

—Sí, claro. Lo siento. Pero como me duele...

La enfermera se apiada y consulta su libro: uno de esos cuadernos de tapas impresionantes donde se escribe el nombre del enfermo y la hora de visita que le corresponde. Rogelio parpadea angustiado: no es un quejica, pero desde la mañana los dolores son más y más fuertes y algo tiene que hacerse para acabarlos.

—No va a poder ser esta mañana... A ver... Sí: por la tarde hay un huequecito. A las siete. ¿Le va bien?

—Sí, sí. No creo que sea algo importante, pero en el taller me han dicho: ve a donde el doctor Víctor, y yo...

—Tenga. Rellene este cuestionario con todos los detalles y me lo entrega luego.

Rogelio no tiene bolígrafo, pero no sabe cómo decírselo a la enfermera. Además, su letra no es muy clara y siente los doce pares de ojos de los doce pacientes metidos en su espinazo: le vigilan para que no les pise la vez y se les cuele.

—No he cogido el bolígrafo... Como no sabía que hiciera falta...

—Tenga.

Súbitamente desconfiada, la enfermera le avisa:


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Licencia limitada
4 págs. / 7 minutos / 51 visitas.

Publicado el 16 de julio de 2021 por Edu Robsy.

Barnum

Marcel Schwob


Cuento


Los carteles se deshilachan patéticamente en los muros, las prensas gimen, los gongs sollozan, los circos se paran, las ferias de exhibición cierran sus salas en señal de duelo y todos los monstruos del Viejo y Nuevo Mundo lanzan al unísono un alarido de lamento. Tal vez los clowns pasmados y anodinos, los aprendices de publicitarios, los gacetilleros insolventes, los reporteros de imposturas y bulos, los exhibidores de feria arruinados, los directores de fenómenos de cualquier naturaleza, hayan sentido pasar, la noche anterior, surcando los cielos del Atlántico, un misterioso bufón alado soplando en una trompeta monstruosa la llamada finisecular: «¡El gran Barnum ha muerto!».

Y el periodismo, y los teatros, y la publicidad comercial, y también ya la propaganda política, artística y literaria, se hacen eco en un estremecimiento común: «¡El gran Barnum ha muerto!».

Diez años antes de la era fatídica del siglo XX, aquel que dio un impulso tan singular a la ciencia de la publicidad acaba de extinguirse en su propiedad de Bridgeport (Connecticut, EEUU). Tuvo la atribulada trayectoria típica de todos los americanos que «desembarcan» en cualquier rama de la actividad humana. Phineas Taylor Barnum fue saltimbanqui, director de una manufactura, financiero en bancarrota, alcalde, candidato al Congreso, hombre de letras y propietario de un circo. En América se pasa de los trabajos físicos a las actividades intelectuales con una facilidad sorprendente. Mark Twain ha sido sucesivamente piloto en el Misisipi, secretario del gobernador de Nevada, minero, obrero cajista, redactor de periódico, reportero en las Islas Sándwich y ahora es uno de los mayores escritores de Estados Unidos y dueño de un maravilloso hotel en Hartford (Connecticut, EEUU). Siempre ha respetado a Barnum; incluso le ha hecho publicidad (con una sorprendente sangre fría) en uno de sus relatos: El robo del elefante blanco.


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4 págs. / 7 minutos / 62 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Paracaídas

Emilia Pardo Bazán


Cuento


¡Es tan vulgar el caso! Al tratarse de infortunios, asaz comunes, corrientes y usuales, ocurre, naturalmente, desenlaces previstos también: el disgusto momentáneo en la familia, un período de rencillas y desazones, y, al cabo, la reconciliación, que cicatriza más o menos en falso la herida, pero siquiera ataja la sangre del escándalo...

No obstante, algunas veces la realidad presenta inesperadas complicaciones, y no son los finales tan pacíficos y burgueses.

Hay siempre, en las grandes penas de la vida, un momento especialmente amargo. En apariencia, se agranda el abismo del destino, y los que a él se asoman sienten que es insondable ya. Para Celina fue este momento aquel en que participó a su madre la resolución adoptada, y vio su propia desesperación reflejada en las mejillas, ya consumidas por la edad, y en los ojos amortiguados —había llorado mucho— de la infeliz señora.

Todo padre está sentenciado a sufrir no los dolores que normalmente corresponden a una vida humana, sino los de muchas vidas. Eso es, principalmente, la maternidad: solidaridad con unos cuantos seres para sufrir doblemente lo que ellos sufran.

La madre de Celina, aquella modesta y resignada señora de Marialva, tenía el corazón, según la hermosa imagen mítica, coronado de espinas, pero espinas maternales.

De seis hijos le quedaban tres. Los otros, una niña preciosa, una flor, y dos mocetones, con su carrera terminada, habían muerto en lo mejor de la edad, del mismo mal que su padre, aunque ahora dicen los médicos que la tisis no se hereda.


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Dominio público
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Publicado el 14 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

La Ninfa

Rubén Darío


Cuento


Cuento parisiense

En el castillo que últimamente acaba de adquirir Lesbia, esta actriz caprichosa y endiablada que tanto ha dado que decir al mundo por sus extravagancias, nos hallábamos a la mesa hasta seis amigos. Presidía nuestra Aspasia, quien a la sazón se entretenía en chupar como niña golosa un terrón de azúcar húmedo, blanco entre las yemas sonrosadas. Era la hora del chartreuse. Se veía en los cristales de la mesa como una disolución de piedras preciosas, y la luz de los candelabros se descomponía en las copas medio vacías, donde quedaba algo de la púrpura del borgoña, del oro hirviente del champaña, de las líquidas esmeraldas de la menta.

Se hablaba con el entusiasmo de artista de buena pasta, tras una buena comida. Éramos todos artistas, quién más, quién menos, y aun había un sabio obeso que ostentaba en la albura de una pechera inmaculada el gran nudo de una corbata monstruosa.

Alguien dijo: —¡Ah, sí, Fremiet! —Y de Fremiet se pasó a sus animales, a su cincel maestro, a dos perros de bronce que, cerca de nosotros, uno buscaba la pista de la pieza, otro, como mirando al cazador, alzaba el pescuezo y arbolaba la delgadez de su cola tiesa y erecta. ¿Quién habló de Mirón? El sabio, que recitó en griego el epigrama de Anacreonte: Pastor, lleva a pastar más lejos tu boyada no sea que creyendo que respira la vaca de Mirón, la quieras llevar contigo.

Lesbia acabó de chupar su azúcar, y con una carcajada argentina:

—¡Bah! Para mí, los sátiros. Yo quisiera dar vida a mis bronces, y si esto fuese posible, mi amante sería uno de esos velludos semidioses. Os advierto que más que a los sátiros adoro a los centauros; y que me dejaría robar por uno de esos monstruos robustos, sólo por oír las quejas del engañado, que tocaría su flauta lleno de tristeza.

El sabio interrumpió:


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 615 visitas.

Publicado el 14 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

Cadáveres Frescos

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica, Cuento


La información literaria del escritor, vale decir el acopio de datos contingentes con el tema que se ha elegido, se obtiene por lo común sin otras dificultades que las inherentes a la pérdida de tiempo que exigen. Aquí o allá, en el libro, en la fuente de primera agua, pacientemente escudriñada en las entrañas de un texto o bebidas ávidamente en las palabras del testigo del caso, esta información indispensable, por breve que sea, constituye con holgura la tarea más liviana del arte de escribir.

No siempre pasa así, sin embargo. Cuesta en ocasiones un ojo de la cara obtener dos o tres datos vivos sin los cuales el relato, todo el paciente edificio levantado con mayor o menor acierto, bambolea y se desmorona como un castillo de naipes.


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Dominio público
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Publicado el 26 de julio de 2026 por Brian.

Un Diagnóstico de Muerte

Ambrose Bierce


Cuento


―No soy tan supersticioso como algunos de sus médicos (hombres de ciencia, como a ustedes les gusta ser llamados) ―dijo Hawver, respondiendo a una acusación que no había sido expresada―. Algunos de ustedes (solo unos pocos, lo confieso) creen en la inmortalidad del alma, y en apariciones que no tienen la honestidad de llamar fantasmas. Tengo apenas una convicción de que en ocasiones los vivos son vistos donde no están, sino donde han estado, donde han vivido tanto tiempo, quizá tan intensamente, como para haber dejado su impresión en todo lo que les rodea. Sé, de hecho, que el medio ambiente puede ser tan afectado por la personalidad de uno para mostrar, mucho después, una imagen de la propia persona a los ojos de otro. Sin duda la personalidad que crea la impresión tiene que ser el tipo de personalidad adecuada, así como los ojos que lo perciben deben ser el tipo correcto de ojos: los míos, por ejemplo.

―Sí, el tipo correcto de ojos, que transportarían sensaciones al tipo equivocado de cerebro ―dijo, sonriendo, el doctor Frayley.

―Gracias; es agradable que se cumplan las expectativas de uno; esa es la respuesta que esperaba de su amabilidad.

―Discúlpeme. Pero dice usted que lo sabe. ¿Eso no es demasiado decir? Quizá no le molestará contarme cómo es que lo aprendió.

―Usted lo llamará una alucinación ―dijo Hawver―, pero no importa.

Y contó la historia:


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 349 visitas.

Publicado el 23 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

La Jaula del Mundo

José Fernández Bremón


Cuento


Dijo la ortiga al clavel:

—Apártate, que tu olor es tan fuerte que marea.

—Ya quisiera apartarme de ti —respondió el clavel—, que tus pinchos me desgarran.

—¡Que yo pincho!

—¡Que yo mareo!

—Haya paz, vecinos —dijo un árbol ventrudo y corpulento—, hay que tener paciencia: habéis nacido el uno al lado del otro y debéis tolerar vuestros defectos y ayudaros en vez de destruiros. Tú, sobre todo, clavel, debes dar ejemplo de prudencia, porque no puedes negar lo fuerte de tu olor, que llega hasta las más altas de mis ramas; y aunque no me parece desagradable, puede molestar a la ortiga que está a tu lado.

—¿Y los pinchos de mi vecina no son nada? —replicó el clavel con acritud.

—Ésos no los veo.

—Pues yo los siento; y no puedes juzgar lo que desconoces.

—No exageres.

Y el árbol, en razonado discurso, demostró al clavel que siendo sus hojas en forma de puás, él debía ser el que pinchara, y no viéndose de cerca las espinas de la ortiga, tenía que ser insignificante la molestia que debían producir. En vano replicó el clavel que la misma sutileza y pequeñez de esos aguijones los hacía más penetrantes. Todas las plantas cercanas convinieron en que el clavel no tenía razón, por no estar demostrado lo principal: que tuviera pinchos la ortiga.

—Sí los tiene —dijo el césped.

—¿Qué sabes tú? ¡Arrapiezo! —respondió el árbol con majestad.

—Lo sé, porque cuando el viento tumba a la ortiga me los clava.

Las plantas murmuraron de indignación ante aquella falta de respeto.

—Vosotras juzgaréis, ¿qué digo?, habéis juzgado ya —repuso el árbol— entre la opinión de un árbol copudo y de mi talla, y el testimonio de una simple hierbecilla que se arrastra por el suelo.

—¡Sí! ¡Sí! —repitieron en coro los arbustos y las plantas.


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Dominio público
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Publicado el 1 de agosto de 2024 por Edu Robsy.

La Bruja y la Hermana del Sol

Aleksandr Afanásiev


Cuento infantil


En un país lejano hubo un zar y una zarina que tenían un hijo, llamado Iván, mudo desde su nacimiento.

Un día, cuando ya había cumplido doce años, fue a ver a un palafrenero de su padre, al que tenía mucho cariño porque siempre le contaba cuentos maravillosos.

Esta vez, el zarevich Iván quería oír un cuento; pero lo que oyó fue algo muy diferente de lo que esperaba.

—Iván Zarevich —le dijo el palafrenero—, dentro de poco dará a luz tu madre una niña, y esta hermana tuya será una bruja espantosa que se comerá a tu padre, a tu madre y a todos los servidores de palacio. Si quieres librarte tú de tal desdicha, ve a pedir a tu padre su mejor caballo y márchate de aquí adonde el caballo te lleve.

El zarevich Iván se fue corriendo a su padre y, por la primera vez en su vida, habló. El zar tuvo tal alegría al oírle hablar que, sin preguntarle para qué lo necesitaba, ordenó en seguida que le ensillasen el mejor caballo de sus cuadras.

Iván Zarevich montó a caballo y dejó en libertad al animal de seguir el camino que quisiese. Así cabalgó mucho tiempo hasta que encontró a dos viejas costureras y les pidió albergue; pero las viejas le contestaron:

—Con mucho gusto te daríamos albergue, Iván Zarevich; pero ya nos queda poca vida. Cuando hayamos roto todas las agujas que están en esta cajita y hayamos gastado el hilo de este ovillo, llegará nuestra muerte.

El zarevich Iván rompió a llorar y se fue más allá. Caminó mucho tiempo, y encontrando a Vertodub le pidió:

—Guárdame contigo.

—Con mucho gusto lo haría, Iván Zarevich; pero no me queda mucho que vivir. Cuando acabe de arrancar de la tierra estos robles con sus raíces, en seguida vendrá mi muerte.

El zarevich Iván lloró aún con más desconsuelo y se fue más allá. Al fin se encontró a Vertogez, y acercándose a él, le pidió albergue; pero Vertogez le repuso:


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4 págs. / 7 minutos / 182 visitas.

Publicado el 15 de agosto de 2016 por Edu Robsy.

La Exangüe

Emilia Pardo Bazán


Cuento


—Alquiló el cuarto tercero de mi casa, desocupado hacía tiempo —nos dijo el eminente doctor Sánchez del Abrojo—, una señora que me llamó la atención al encontrarla casualmente en la escalera. Nada tenía, a primera vista, de particular; ni era guapa ni fea, ni vieja ni joven; vestía de riguroso luto y pasaba como una sombra, tímida y muda, acongojada por el sobrealiento de la subida. Lo que en ella me extrañó fue la palidez cadavérica de su rostro. Para formarse idea de un color semejante, hay que recordar las historias de vampiros que cuentan Edgardo Poe y otros escritores de la época romántica y servirse de frases que pertenecen al lenguaje poético; hay que hablar de palidez sepulcral; solo la muerte da un tono así a una faz humana.

El manto negro encuadraba y realzaba aquel rostro de cera, y en él observé una expresión peculiarísima, mezcla de dolor y de satisfacción, de calma y de sufrimiento. Mi costumbre de ver enfermos me hizo comprender que allí no existía sólo un estado físico delatado por el calor; reconocí las huellas de algún sacudimiento moral formidable, los estragos de una catástrofe ignorada, y penetrado de simpatía y respeto, saludé a mi vecina siempre que nos cruzábamos en la meseta, y le cedí el pasamanos con especial deferencia y apresuramiento cortés.

Transcurrió una quincena sin que la viese, hasta que un día la criada de la pálida bajó a rogarme que visitase a su señora, encarnada y enferma. Subí al tercero y encontré una vivienda pobre, limpia, glacial. Sin necesidad de tomar el pulso, reconocí en mi nueva cliente los síntomas de la anemia profunda, cuando ya ataca los tejidos y produce desórdenes graves. Las piernas hinchadas, la extremada languidez, el no poder alzar los párpados, eran señales de que faltaba el jugo vital, licor precioso que reparte por todo el organismo energía y fuerza.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 70 visitas.

Publicado el 13 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

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