Textos más cortos | pág. 275

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Pintorín y Gorgorito

José Zahonero


Cuento


Á Marietita.

I

Un libróte majestuoso que pierde el equilibrio es cosa trágica.— Víctor Hugo.


¿Qué cantas? ¿Qué parloteas ahí en tu lengua? ¿Por qué mueves á un lado y otro tu cabecita como los pájaros prisioneros cuando á través de las rejas miran al cielo y adoran al sol? ¡Irreverente! En vez de contestarme, cubres con un sombrero el venerable busto de Cervantes. ¡El efecto! ¡Buscabas el efecto, y, verdaderamente, cualquiera diría que en esa cabeza de yeso va á aparecer una sonrisa!

¿Podré detenerte, diablillo? ¡Adiós! ya te apoderas de la cajita de obleas y las esparces por el suelo.

¿Buscabas otro efecto? Lindo es, en verdad, para ti; ese cuadro de alfombra está lleno de florecillas rojas, blancas y azules.

Imposible; no hay modo de llamarte al orden. ¡Cataplum! al suelo Platón, Rousseau, Santa Teresa, Cabanis, Voltaire, de Maistre, Darwin y Augusto Nicolás. ¡Querube hermoso, que das al traste con la torre de Babel de los sistemas humanos, hé ahí los grandes libros por el suelo, y tú te ries! Otro efecto.

Marietita, eres una artista.

Me miras con tus brillantes ojos.

¿Ista has dicho? Sí, una artista.

Esto no lo comprendes hoy, revolucionaria irreducible; pero voy á escribírtelo; hay correo para las distancias, y le hay para el tiempo; fechado esto hoy, que tiene V. cuatro años, lo recibirá V. cuando llegue á los diez.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 42 visitas.

Publicado el 17 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

La Santa Misión

Ramón María Tenreiro


Cuento


Subido al tosco púlpito, rodeado de cruces y estandartes, el misionero hablaba de la muerte, en aquel soto umbroso, de próceres castaños, que hay a la izquierda de la carretera, antes de entrar en la villa de Somonte.

Los oblicuos rayos del sol, que, de trecho en trecho, penetraban por los huecos de la bóveda de follaje, trocaban en ascuas las cruces parroquiales, encendían las sedas de los estandartes y encerraban en luminoso nimbo la dolorida faz de la Madre de Dios, que, no lejos del predicador, abrumada con un pesado manto de terciopelo y oro, mostraba sobre su pecho santísimo un corazón de plata clavado de puñales.

Por uno de los lados del castañar, bajo las anchas copas de los árboles, descubríase un blando paisaje mariñán: minúsculos labrantíos, en los cuales, el ingenuo verdor de los maizales nuevos, se enlazaba con la cansada color amarillenta de las rastrojeras; suaves colinas, cubiertas de rumorosos pinares; un gran trozo de cielo, de un apagado azul, donde la tarde iba vertiendo tintas carminosas.

En lo más hondo del soto, estaba el púlpito. Campo arriba, por entre los troncos, habíanse colocado los oyentes: en primer término el señorío del pueblo, detrás los aldeanos; a un lado, los hombres, en mangas de camisa, con la cabeza descubierta, mostrando los morenos semblantes quemados por el sol de la siega; al otro, las mujeres, formando una risueña algarabía de claros colorines, con los floreados pañuelos que cubrían sus frentes, o se cruzaban en su pecho, sobre las chambras blancas.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 58 visitas.

Publicado el 2 de noviembre de 2023 por Edu Robsy.

Quieta la Cruz, Impasible el Guardia

Arturo Robsy


Cuento


Tony subió al cielo con la sensación de sólo haber encendido la luz larga y, todo lo más, apretado un poco el acelerador. Las almas, expulsadas violentamente de los cuerpos, sufren confusiones así al principio.

Luego miran hacia abajo y ven la moto por el suelo y, la materia que fueron, como un juguete abandonado. En el caso de Tony, el alma vio también como se alejaba el coche que le había sacado de la carretera de un golpe, llevándose su vida en una aleta.

Tuvo un primer pujo de ira al comprender que le acababan de asesinar. Sus nuevos sentidos, más penetrantes, le dijeron que el conductor llevaba un medio pedalete y mucho miedo por lo que acababa de suceder.

Pero la ira se desvaneció al descubrir Tony que no le importaba lo sucedido. Su parte astral flotaba en la brisa nocturna y se encontraba cómoda y relajada. Las volutas de humo, seguramente, se sienten bien y olvidan el fuego que les hizo arder. Las almas, lo mismo.

Además, la suya todavía conservaba una notable dosis de ron con cocacola que le ayudaba a contemplar la eternidad con una sonrisa. Incluso sospechaba que podía tratarse de un sueño.

Con curiosidad de fantasma, se quedó por allí contemplando el panorama. Lo que había sido un cuerpo aparentaba un lamentable estado. Pero su moto estaba peor: no sólo la llanta delantera se había plegado, sino que el depósito aparecía definitivamente roto. Calculando por lo bajo, la reparación pasaría de los doscientas mil pesetas, por no hablar de los gastos del entierro.

Estaba todavía entretenido con estos cálculos cuando el alba —de rosados dedos, notó el espíritu liberado— alargó la mano por occidente y empezó a distribuir los colores.

Tras el alba, muy de cerca, llegó una camioneta de albañiles. Se detuvieron e inspeccionaron el lugar de autos, como se bautizó después. No tocaron el cadáver: eran partidarios de otros métodos:


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Licencia limitada
4 págs. / 7 minutos / 78 visitas.

Publicado el 21 de abril de 2016 por Edu Robsy.

Inspiración

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Temporada fatal estaba pasando el ilustre Fausto, el gran poeta. Por una serie de circunstancias engranadas con persistencia increíble, todo le salía mal, todo fallido, raquítico, como si en torno suyo se secasen los gérmenes y la tierra se esterilizase. Sin ser viejo de cuerpo, envejecía rápidamente su alma, deshojándose en triste otoñada sus amarillentas ilusiones. Lo que le abrumaba no era dolor, sino atonía de su ardorosa sensibilidad y de su imaginación fecunda.

Acababa de romper relaciones con una mujer a quien no amaba: aquello principió por una comedia sentimental, y duró entre una eternidad de tedio, el cansancio insufrible del actor que representa un papel antipático, que ya va olvidando, de puro sabido, en un drama sin interés y sin literatura. Y, no obstante, cuando la mujer mirada con tanta indiferencia le suplantó descaradamente y le hizo blanco de acerbas pullas que se repetían en los salones, Fausto sintió una de esas amarguras secas, irritantes, que ulceran el alma, y quedó, sin querérselo confesar, descontento de sí, rebajado a sus propios ojos, saturado de un escepticismo vulgar y prosaico, embebido de la ingrata grata convicción de que su mente ya no volvería a crear obra de arte, ni su corazón a destilar sentimiento.

Sí: Fausto se imaginaba que no era poeta ya. Así como los místicos tienen horas en que la frialdad que advierten los induce a dudar de su propia fe, los artistas desfallecen en momentos dados, creyéndose impotentes, paralíticos, muertos.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 64 visitas.

Publicado el 27 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Por la Gloria

Javier de Viana


Cuento


A Domingo Arena.


A las nueve, la banda lisa de la Urbana formaba delante de la jefatura de policía y tocaba silencio, en prolongados redobles y en notas tristísimas, que las getas espesas de los negros arrancaban á los clarines, todo abollados. Orden innecesaria; en la plaza, donde los farolillos á kerosene alumbraban, como luciérnagas, los grandes eucaliptus de negras ramazones, no se oía ni un maullido de gato.

Era en invierno, hacía frío, lloviznaba, habíanse cerrado las tiendas y las familias dormían ya, sin temor de que ningún rodar de vehículos interrumpiese sus sueños. En la plaza, sólo permanecía abierto un negocio, «el» café. Se llamaba así «el» café, pues aunque había otro en el pueblo, no tenía su importancia.

Allí se reunía la mejor sociedad, bien que el salón no pudiera calificarse de suntuoso. Había dos mesas de billar, ambas con los paños raídos, llenos de «sietes» y manchados en el centro por el kerosene que goteaba de las lámparas, no obstante, la protección de los botecitos de lata colgados de cada recipiente. En la de «casín» jugaban: el actuario del juzgado, el maestro de escuela, el jefe de correos y el presidente de la municipalidad. En la otra caramboleaban los mozos de la élite empleados de la jefatura, del banco y de la tienda principal. Luego había cuatro comerciantes vascos, entregados, noche á noche, á las emociones del «mus», haciendo pendant, y rivalizando en gritería, con otra mesa donde se jugaba al truco. Finalmente, en el ángulo más obscuro del salón, se reunían los «intelectuales»: tres periodistas, un procurador, un profesor normal, el oficial primero de la jefatura,—fuerte en geografía—el médico,—un joven que traducía á Verlaine en prosa para el periódico local, y un mozalbete largo y fino, melenudo, pálido, ojeroso...


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 39 visitas.

Publicado el 21 de agosto de 2022 por Edu Robsy.

Su Olor A Dinosaurio

Horacio Quiroga


Cuento


El hombre abandona la ciudad y se instala en el desierto, a vivir por fin. Esta vida, esta soledad, esta elevación sobre sí mismo, que no comprende ninguno de sus amigos, constituye para él el verdadero existir. 

Este hombre no lleva consigo la suprema sabiduría de Purun Bhagat, ni flaquean sus fuerzas en la lucha occidental. No. Ha luchado como todos, tal vez en una línea más recta que sus semejantes. Regresa hoy a la naturaleza de que se siente átomo vital, desencantado de muchas cosas, más puro siempre, como un niño ante las ilusiones que el paisaje, la selva y su rocío destilan para él. 

Silencio, soledad… Este doble ámbito en que tambaleó el paso del primer hombre recién erguido, constituyó el terror de la especie humana cuando se arrastraba todavía a medias en la bestialidad natal. ¿No ha logrado aún el hombre liberarse de este estigma ancestral, que todavía hoy persiste y explora en cobardía ante la soledad y el silencio? 


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 9 visitas.

Publicado el 21 de julio de 2026 por Brian.

Kipling En La Pantalla

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Que sepamos, es esta la primera vez que, con la adaptación de Sin beneficio del clero, Rudyard Kipling aporta su contribución a la pantalla. 

La obra lleva por nombre El nido deshecho. Para filmearla, se han incluido en el cuento original personajes accesorios, escenas complementarias y leyendas que no figuran en aquel. 

Ahora bien, Kipling tiene una personalidad demasiado viva para que a un adaptador cualquiera le sea permitido crear personajes, escenas y modos de decir kiplinianos. Basta a este respecto recordar una anécdota. 


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 5 visitas.

Publicado el 20 de septiembre de 2026 por Brian.

La Tos

Guy de Maupassant


Cuento


Para Armand Silvestre
Mi querido colega y amigo


Tengo una pequeña historia para usted, un cuentecillo anodino. Espero que le guste si es que llego a contarlo bien, tan bien como la persona que me lo contó.

La tarea no es fácil en absoluto, ya que mi amiga es una mujer de espíritu imperecedero y de expresión libre. Yo nunca he tenido los mismos recursos. No puedo, como ella, dar este loco júbilo a las cosas que cuento; y, reducido a la necesidad de no utilizar palabras demasiado especiales, me declaro incapaz de encontrar, como usted, los delicados sinónimos.

Mi amiga, que es además una mujer de teatro de gran talento, no me ha autorizado a hacer pública su historia.

Así que me veo obligado a reservar sus derechos de autor por si ella quisiera, un día u otro, escribir esta aventura ella misma. Lo haría mejor que yo, no lo dudo. Siendo mejor conocedora del tema, encontraría además mil detalles divertidos que yo no puedo inventar.

Pero vea usted en qué aprieto me encuentro. Necesitaría, desde la primera palabra, encontrar un vocablo similar, y querría que fuese genial. La tos no es mi problema. Para entendernos, necesito un comentario o una perífrasis del estilo del abad Delille:

—La tos de que se trata jamás procede de la garganta.

Dormía mi amiga al lado de un hombre amado. Era de noche, claro.

A este hombre ella lo conocía poco, o más bien desde hacía poco. Estas cosas ocurren a veces, principalmente en el mundo del teatro. Dejemos que se asombren los burgueses. En cuanto a dormir al lado de un hombre poco importa que se le conozca poco o mucho, esto casi no modifica la manera de actuar en la intimidad del lecho. Si yo fuera mujer creo que preferiría los amigos nuevos. Deben de ser, en todos los aspectos, más amables que los asiduos.


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4 págs. / 7 minutos / 63 visitas.

Publicado el 14 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Geórgicas

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Fue por el tiempo de las majas, mientras la rubia espiga, tendida en las eras, cruje blandamente, amortiguando el golpe del mallo, cuando empezó la discordia entre los del tío Ambrosio Lebriña y los del tío Juan Raposo.

Sucedió que todo el julio había sido aquel año un condenado mes de agua, y que sólo a primeros de agosto despejó el cielo y se metió calor, el calor seco y vivo que ayuda a la faena. «Hay que majar, que ya andan las canículas por el aire», decían los labriegos; y el tío Raposo pidió al tío Lebriña que le ayudase en la labor. Este ruego envolvía implícitamente el compromiso de que, a su vez, Raposo ayudaría a Lebriña, según se acostumbra entre aldeanos.

No obstante, llegado el momento de la maja de Lebriña, el socarrón de Raposo escurrió el bulto, pretextando enfermedades de sus hijos, ocupaciones; en plata, disculpas de mal pagador. Lebriña, indignado de la jugarreta, tuvo con Raposo unas palabras más altas que otras en el atrio de la iglesia, el domingo, a la salida de misa. Por la tarde, en la romería, Andrés, el mayor de Lebriña, después de beber unos tragos, se encontró con Chinto, el mayor de Raposo, y requiriendo la moca o porra claveteada, mirándose de solayo, como si fuesen a santiguarse...; pero no hubo más entonces.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 182 visitas.

Publicado el 14 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

Demasiado Caro

León Tolstói


Cuento


Existe un reino pequeñito, minúsculo, a orillas del Mediterráneo, entre Francia e Italia. Se llama Mónaco y cuenta con siete mil habitantes, menos que un pueblo grande. La superficie del reino es tan pequeña que ni siquiera tocan a una hectárea de tierra por persona. Pero, en cambio, tienen un auténtico reyecito, con su palacio, sus cortesanos, sus ministros, su obispo y su ejército.

Este es poco numeroso, en total unos sesenta hombres; pero no deja de ser un ejército. El reyecito tiene pocas rentas. Como por doquier, en ese reino hay impuestos para el tabaco, el vino y el alcohol y existe la decapitación. Aunque se bebe y se fuma, el reyecito no tendría medios de mantener a sus cortesanos y a sus funcionarios ni podría mantenerse él, a no ser por un recurso especial. Ese recurso se debe a una casa de juego, a una ruleta que hay en el reino. La gente juega y gana o pierde; pero el propietario siempre obtiene beneficios. Y paga buenas cantidades al reyecito. Las paga, porque no queda ya en toda Europa una sola casa de juego de este tipo. Antes las hubo en los pequeños principados alemanes; pero hace cosa de diez años, las prohibieron porque traían muchas desgracias. Llegaba un jugador, se ponía a jugar, se entusiasmaba, perdía todo su dinero y, a veces, incluso el de los demás. Y luego, en su desesperación, se arrojaba al agua o se pegaba un tiro. Los alemanes prohibieron a sus príncipes que tuvieran casas de juego; pero no hay quien pueda prohibir esto al reyecito de Mónaco: por eso sólo allí queda una ruleta.


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Protegido por copyright
4 págs. / 7 minutos / 392 visitas.

Publicado el 24 de junio de 2016 por Edu Robsy.

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