Textos más cortos | pág. 288

Mostrando 2871 a 2880 de 8.911 textos.


Buscador de títulos

286287288289290

Un Siglo de Progreso

Arturo Robsy


Cuento


En mil novecientos, en agosto, con los últimos coletazos del siglo, nació Naveiro, postrer vástago de una larga sucesión de Naveiros renegridos y aventureros que, desde los tiempos de Don Pedro el Navegante, tuvieron que ver con el mar. Un Naveiro dobló el Cabo de las Tormentas siendo asistente de Luis de Camoens. Otro acompañó a Colón en su segundo viaje y otro más hizo la ruta de Elcano hasta morir de un lanzazo tagalo en las Filipinas.

Siempre fueron dados al orujo y discutidores, a medias pendencieros y a medias esforzados, pues no en vano la familia se había sustentado, desde los tiempos de Viriato, de la carne en cecina, del pescado seco, de la galleta y de la fantasía propia del galaico.

El padre del último Naveiro continuaba la tradición familiar y hacía la ruta de ultramar a bordo de un clipper rápido y marinero. Naveiro padre tenía una peculiar manera de entender aquello de una novia en cada puerto: él prefería lazos más sólidos, por lo que mantenía alegremente una familia en Vigo y otra en Macao, ambas numerosas, pobres y felices.

El joven Naveiro hizo su primer viaje a los trece años, como proel, junto a su padre. Así, con el alma todavía tierna, se le metió el oriente por los ojos. La calidad del mar, su color tan distinto al del Atlántico natal, las gentes extrañas con su lenguaje cantarín y sus ojos almendrados... Y, además, la riqueza. Allí un europeo podía hacer fácilmente carrera: trampeando con los chinos, navegando en los cargueros de las islas, comerciando con los salvajes o contrabandeando con el opio.

Naveiro se quedó con su otra familia, con la mujer oriental de su padre y con sus medio hermanos de ojos rasgados, y nunca más sintió la nostalgia de Galicia, donde, por cierto, las cosas no iban demasiado bien en aquellas fechas. Sólo bajo los efectos del sake se permitía algunos recuerdos de la infancia y descubría, las profundas lagunas de su memoria.


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
4 págs. / 8 minutos / 86 visitas.

Publicado el 11 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Quinto

Emilia Pardo Bazán


Cuento


No puedo dudarlo. Ella se aproxima; oigo el ruido de manera seca de sus canillas y el golpeteo de sus pies sin carne sobre los peldaños de la escalera. No la quieren dejar pasar los médicos; mis sobrinos la aguardan con secreta ansiedad… Ella está segura de entrar cuando lo juzgue oportuno. Pondrá los mondos huesecillos de sus dedos sobre mi corazón, y el péndulo se parará eternamente.

Viene como acreedora: sabe que le debo una vida…, que al fin cobró, pero que yo me negaba a entregar. Y es que en mi conciencia estaba grabado el precepto santo que nos manda no extinguir la antorcha que Dios enciende. ¿Hice bien? ¿Hice mal? Voy a recordar aquel episodio, por si a la luz de esta hora suprema lo descifro. Otros sienten remordimientos de haber matado. Yo no puedo reconciliarme conmigo mismo…, porque no maté.

Fue mi mejor amigo de la juventud el marqués de Moncerrada. Juntos cursamos la facultad de Derecho; juntos corrimos las primeras aventuras. No teníamos dinero propio, todo era común, y ni el interés, ni la vanidad, ni la mujer abrieron entre nosotros grieta alguna. De dos que se quieren, siempre hay uno que se impone: aquí fue Enrique, y yo me avine a sus gustos, me adapté a su genio. Al pronto no me di cuenta del ascendiente que sobre mí ejercía, cuando lo advertí, experimenté cierta involuntaria mortificación. En mi interior surgió el afán inconsciente de reivindicar mi personalidad si se presentaba una ocasión decisiva.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 58 visitas.

Publicado el 27 de febrero de 2021 por Edu Robsy.

El Desafío

José Fernández Bremón


Cuento


I

—¡Samuel Leví!

—¡Señor!

—Llenadme otra vez de doblas esta arqueta. He perdido todo.

—Si su señoría me permite —dijo Samuel Leví, tesorero mayor del reino, inclinándose delante del que le había dado la orden.

—Seguid jugando, caballeros; no levantarse; que la diversión no se interrumpa.

Y abandonando su sitial el que así hablaba, irguió su alto cuerpo, y al aproximarse a una ventana del alcázar de Sevilla, quedaron a plena luz el blanco rostro, el cabello rubio y la enérgica mirada del rey don Pedro de Castilla, que tendría a la sazón veinticinco o veintiséis años de edad.

—¿Qué ocurre, Samuel?

—Acaba de llegar de Alfaro vuestro ballestero de maza Álvar Martínez.

—¿Trae algo?

—Sí, señor; un saco y una carta.

—¡Juan Diente! —dijo el rey a un ballestero que guardaba la puerta—. Coloca frente a mi sitial el saco y los papeles que ha traído Álvar Martínez.

Y mientras el soldado cumplía su orden, el rey dijo al hebreo:

—Hermoso jacinto tiene vuestro broche; bien se ve que es legítimo.

—Es piedra de poco valor.

—Os la compro.

—De poco valor decía para el vulgo; yo no la cambiaría ni por una de esas espadas jinetas que mandasteis fabricar en Sevilla con puño de oro y piedras. Es un gran recuerdo de familia. Eso en cuanto a vender; pero si vuestra señoría gusta del jacinto, todo lo mío es de mi rey si lo quiere... de balde o a bajo precio.

—Sí; lo quiero.

—¿De balde o a trueque?


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 18 visitas.

Publicado el 1 de agosto de 2024 por Edu Robsy.

¡Cosas de Franceses!

Miguel de Unamuno


Cuento


(Un cuento disparatado)

Es cosa sabida que nuestros vecinos los franceses son incorregibles cuando en nosotros se ocupan, pues lo mismo es en ellos meterse a hablar de España que meter la pata.

A las innumerables pruebas de este aserto añada el lector el siguiente cuento que da un francés por muy característico de las cosas de España, y que, traducido al pie de la letra, dice así:

Don Pérez era un hidalgo castellano dedicado en cuerpo y alma a la ciencia, y a quien tenían por modestísimo sus compatriotas.

Pasábase las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio, enfrascado en el estudio de un importante problema de química, que para provecho y gloria de su España con honra había de conducirle al descubrimiento de un nuevo explosivo que dejara inservibles cuantos hasta hoy se han inventado.

El lector que se figure que nuestro don Pérez no salía del laboratorio manipulando en él retortas, alambiques, reactivos, crisoles y precipitados dará muestras de no conocer las cosas de España.

Un hidalgo español no puede descender a manejos de droguería y entender de tan rastrero modo la excelsitud de la ciencia, que por algo ha sido España plantel de teólogos.

Don Pérez se pasaba las horas muertas, como dicen los españoles, delante de un encerado devanándose los sesos y trazando fórmulas y más fórmulas para dar con la deseada. De ningún modo quería manchar sus investigaciones con las impurezas de la realidad; recordaba el paso aquel en que los villanos galeotes apedrearon a don Quijote y no quería que hicieran lo mismo con él los hechos. Dejaba a los Sanchos Panzas de la ciencia el mandil y el laboratorio, reservándose la exploración de la sima de Montesinos.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 216 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Tempestad

Felipe Trigo


Cuento


“Voy con María. Espéranos.—Octavio.”

María era mi amante.

Octavio, el escritor neurótico de palabra helada, estaba medio loco. Por su modo extraño de sentir y por su modo extraño de adorar la belleza pagana de su esposa.

Un escéptico que creía en todo.

Cuando llegó el exprés y vi a María en un reservado, corrí a saludarlos; pero ella, abriendo la portezuela y separándose para mostrarme el fondo, dijo desoladamente:

—Allí venía él.

—¡Octavio!

—Muerto—respondió tan bajo y tan secamente, que apenas la oí.

Luego, sin derramar una lágrima, saltó al andén, me suplicó silencio, indicó por señas a un mozo que nos siguiera con el equipaje, entre cuyos objetos reconocí el sombrero de mi amigo, y nos dirigimos al hotel a la carrera del ómnibus.

* * *

En cuanto estuvimos solos en un gabinete, cuyo balcón daba a la playa, sepultó María la cara entre los brazos y lloró mucho. Yo, abrumado en la butaca, cerca de la suya, lanzaba la vista idiotamente a la inmensa curva donde se unían el mar y el cielo; éste encapotado de gruesas y blancas nubes, aquél tranquilo y de un fuerte azul plomizo, sin un vapor, sin una vela en su vasta y comba superficie.

No osaba mirarla. ¿Qué cuentas iba a darme aquella histérica de la muerte de su marido?

Al fin pudo hablar, y dijo, estrechando mi mano entre las suyas, blandas y calientes como las de un niño:

—Cogió tu carta. Tu última carta, que yo guardaba en el pecho. Me la cogió dormida... y se mató. Nunca me había amado tanto como en este viaje. Mi amor y la tormenta horrible de esta noche produjeron en su alma efectos espantosos. ¡Oh, era preciso haberle visto!

—¿Y dónde está?—me atreví a preguntar.

—¡Alli!—dijo la joven, señalando al Océano.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 64 visitas.

Publicado el 26 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Los Niños

Roberto Payró


Cuento


Un dia, volviendo de lo infinitamente grande á lo infinitamente pequeño, fijando sus miradas en dos niños que jugaban en la calle, —me dijo con ese acento melanóclico que daba siempre á sus palabras:

—Amo á los niños de ojos azules y cabellos rúbios; en su mirada indecisa y soñadora veo algo dulce y vago que me encanta. Amo tambien á los de cabellera negra y ojos brillantes: los amo con todo mi corazón, porque el niño es siempre una promesa del porvenir lejano, y gozo al soñar en lo que no se ha realizado aún, en lo que solo en la imaginación existe. Algunos viven del pasado, muchos del presente: á mí me gusta vivir del futuro; por eso amo á los niños. Quizás también sea porque, como entre nubes, se me presenta ahora la imájen de mi madre santa y noble, haciéndome dormir con la cabeza entonces blonda, reclinada en su regazo, mientras me miraba con sus grandes ojos que decían tántas cosas!...

Pero, á veces, cuando los contemplo, sentados sobre mis rodillas, siento llenárseme de lágrimas los ojos. ¡Pobres almas puras y candorosas! Ellas también perderán sus ilusiones al ponerse en contacto con el mundo, como pierde la mariposa el dorado polvillo de sus alas, al escapar de sus manos, sonrosada cárcel que suele ser á veces su sepulcro. Ellas también palparán la realidad, y verán al hombre pequeño, más pequeño que lo que él mismo se crée desde que ha ahogado su corazón dentro del pecho; ellas también echarán alguna vez de ménos, los dias en que no se daban cuenta de ellas mismas, cuando vagaban por los espacios siderales, envidiando el ráudo vuelo del ave, que, embriagada en torrentes de luz, se levanta hasta las nubes; ellas se verán también pequeñas, cuando los plateados hilos de las canas les traigan un poco de experiencia, y un poco más de nieve para helar su corazón ...


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 49 visitas.

Publicado el 28 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Amor a la Lumbre

Rosario de Acuña


Cuento


I

El sol se oculta entre las rojas brumas de una tarde de invierno; con su luz se va ese dulce calor que aviva nuestra sangre y desarruga las últimas hojas que aun se columpian en los desnudos árboles; dentro de pocos instantes la noche, y con la noche el hielo, envolverá en frío capuz de tinieblas y de escarchas esta tierra donde reposa la  muerte y lucha la vida… apresuremos el paso, que muy pronto el cierzo azotará, con sus agujas de nieve, nuestro aterido rostro. En la huerta todo es ya sombra; los negruzcos sarmientos de las parras se enroscan simulando gigantescas serpientes alrededor del invisible alambre; el cardo se columpia  como ramillete de espinas, destacando, con sus tintas grises, sobre la rizada acelga, que ante la vaga luz del crepúsculo parece un águila dormida sobre los húmedos surcos del huerto; las cañas entrelazadas para abrigar las plantas aun tiernas, gimen con áspero chirrido, y con sus hojas largas y secas figuran alineadas banderas hechas jirones en medio de encarnizada lucha; los gorriones buscan ansiosos el rincón que abandonaron al percibir la aurora, y en confusa gritería se ahuecan y recogen entre los ruinosos ladrillos de la tapia, o en algún agujero de un tronco carcomido; el vencejo sale de su escondite para rozar con sus plomizas alas el rostro del importuno que le espantó con su presencia, y allá, a lo lejos, la esquila del ganado, el estridente grito de la lechuza, y la melancólica canción de algún pobre que vuelve a su vivienda, anuncian a los sanos de corazón que es menester recogerse al amor de la lumbre.

II

Vengan los gruesos troncos del olivo, ese buen amigo del hombre que con la dulce savia de sus fibras da alimento, luz y calor; enciéndase la llama en la espaciosa chimenea y viéndola revoltear en azulados espirares, soñemos, puesto que para vivir es menester soñar.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 136 visitas.

Publicado el 28 de agosto de 2019 por Edu Robsy.

El Voto

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Sebastián Becerro dejó su aldea a la edad de diecisiete años, y embarcó con rumbo a Buenos Aires, provisto, mediante varias oncejas ahorradas por su tío el cura, de un recio paraguas, un fuerte chaquetón, el pasaje, el pasaporte y el certificado falso de hallarse libre de quintas, que, con arreglo a tarifa, le facilitaron donde suelen facilitarse tales documentos.

Ya en la travesía, le salieron a Sebastián amigos y valedores. Llegado a la capital de la República Argentina, diríase que un misterioso talismán —acaso la higa de azabache que traía al cuello desde niño— se encargaba de removerle obstáculos. Admitido en poderosa casa de comercio, subió desde la plaza más ínfima a la más alta, siendo primero el hombre de confianza; luego, el socio; por último, el amo. El rápido encumbramiento se explicaría —aunque no se justificase— por las condiciones de hormiga de nuestro Becerro, hombre capaz de extraer un billete de Banco de un guardacantón. Tan vigorosa adquisividad —unida a una probidad de autómata y a una laboriosidad más propia de máquinas que de seres humanos —daría por sí sola la clave de la estupenda suerte de Becerro, si no supiésemos que toda planta muere si no encuentra atmósfera propicia. Las circunstancias ayudaron a Becerro, y él ayudó a las circunstancias.

Desde el primer día vivió sujeto a la monástica abstinencia del que concentra su energía en un fin esencial. Joven y robusto, ni volvió la cabeza para oír la melodía de las sirenas posadas en el escollo. Lenta y dura comprensión atrofió al parecer sus sentidos y sentimientos. No tuvo sueños ni ilusiones; en cambio, tenía una esperanza.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 57 visitas.

Publicado el 14 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

La Centenaria

Emilia Pardo Bazán


Cuento


—Aquí —me dijo mi primo, señalándome una casucha desmantelada al borde de la carretera— vive una mujer que ha cumplido el pasado otoño cien años de edad. ¿Quieres entrar y verla?

Me presté al capricho obsequioso de mi pariente y huésped, en cuya quinta estaba pasando unos días muy agradables, y, aunque ningún interés especial tenía para mí la vista de una vejezuela, casi de una momia desecada que ni cuenta daría de sí, aparenté por buena crianza que me agradaba infinito tener ocasión de comprobar ocularmente un caso notable de longevidad humana.

Entramos en la casucha, que tenía un balcón de madera enramado de vid, y detrás un huerto, donde se criaban berzas y patatas a la sombra de retorcidos y añosos frutales. Dijérase que allí todo había envejecido al compás de la dueña, y la decrepitud, como un contagio, se extendía desde los nudosos sarmientos de la cepa hasta las sillas apolilladas y bancos denegridos que amueblaban la cocina baja, primera habitación de la casa donde penetramos.

Estaba vacía. Mi primo, familiarizado con el local, llamó a gritos:

—¡Teresa, madama Teresa!

Al oír madama, la aventura empezó a interesarme. ¿Era posible que fuese francesa la centenaria que vegetaba allí, en un rincón de las mariñas marinedinas? ¿Francesa? ¡Extraña cosa!

Una voz lejana respondió desde el huerto:

—Aquí estoy...

El acento era extranjero; no cabía duda. Antes de pasar, interrogué. Me contestó una de esas sonrisas que prometen mucho, una sonrisa que era necesario traducir así: «¿Pensabas que iba a enseñarte algo vulgar?»


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 103 visitas.

Publicado el 3 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

Afra

Emilia Pardo Bazán


Cuento


La primera vez que asistí al teatro de Marineda —cuando me destinaron con mi regimiento a la guarnición de esta bonita capital de provincia recuerdo que asesté los gemelos a la triple hilera de palcos para enterarme bien del mujerío y las esperanzas que en él podía cifrar un muchacho de veinticinco años no cabales.

Gozan las marinedinas fama de hermosas, y vi que no usurpaba. Observé también que su belleza consiste, principalmente, en el color. Blancas (por obra de Naturaleza, no del perfumista), de bermejos labios, de floridas mejillas y mórbidas carnes, las marinedinas me parecieron una guirnalda de rosas tendida sobre un barandal de terciopelo oscuro. De pronto, en el cristal de los anteojos que yo paseaba lentamente por la susodicha guirnalda, se encuadró un rostro que me fijó los gemelos en la dirección que entonces tenían. Y no es que aquel rostro sobrepujase en hermosura a los demás, sino que se diferenciaba de todos por la expresión y el carácter.

En vez de una fresca encarnadura y un plácido y picaresco gesto vi un rostro descolorido, de líneas enérgicas, de ojos verdes, coronados por cejas negrísimas, casi juntas, que les prestaban una severidad singular; de nariz delicada y bien diseñada, pero de alas movibles, reveladoras de la pasión vehemente; una cara de corte severo, casi viril, que coronaba un casco de trenzas de un negro de tinta; pesada cabellera que debía de absorber los jugos vitales y causar daño a su poseedora… Aquella fisonomía, sin dejar de atraer, alarmaba, pues era de las que dicen a las claras desde el primer momento a quien las contempla: «Soy una voluntad. Puedo torcerme, pero no quebrantarme. Debajo del elegante maniquí femenino escondo el acerado resorte de un alma.»


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 213 visitas.

Publicado el 27 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

286287288289290