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Notas sobre el Arte de Escribir Cuentos Fantásticos

H.P. Lovecraft


Ensayo


La razón por la cual escribo cuentos fantásticos es porque me producen una satisfacción personal y me acercan a la vaga, escurridiza, fragmentaria sensación de lo maravilloso, de lo bello y de las visiones que me llenan con ciertas perspectivas (escenas, arquitecturas, paisajes, atmósfera, etc.), ideas, ocurrencias e imágenes. Mi predilección por los relatos sobrenaturales se debe a que encajan perfectamente con mis inclinaciones personales; uno de mis anhelos más fuertes es el de lograr la suspensión o violación momentánea de las irritantes limitaciones del tiempo, del espacio y de las leyes naturales que nos rigen y frustran nuestros deseos de indagar en las infinitas regiones del cosmos, que por ahora se hallan más allá de nuestro alcance, más allá de nuestro punto de vista. Estos cuentos tratan de incrementar la sensación de miedo, ya que el miedo es nuestra más fuerte y profunda emoción y una de las que mejor se presta a desafiar los cánones de las leyes naturales. El terror y lo desconocido están siempre relacionados, tan íntimamente unidos que es difícil crear una imagen convincente de la destrucción de las leyes naturales, de la alienación cósmica y de las presencias exteriores sin hacer énfasis en el sentimiento de miedo y horror. La razón por la cual el factor tiempo juega un papel tan importante en muchos de mis cuentos es debida a que es un elemento que vive en mi cerebro y al que considero como la cosa más profunda, dramática y terrible del universo. El conflicto con el tiempo es el tema más poderoso y prolífico de toda expresión humana.


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4 págs. / 8 minutos / 385 visitas.

Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

La Esperanza

Villiers de L'Isle Adam


Cuento


Al atardecer, el venerable Pedro Argüés, sexto prior de los dominicos de Segovia, tercer Gran Inquisidor de España, seguido de un fraile redentor (encargado del tormento) y precedido por dos familiares del Santo Oficio provistos de linternas, descendió a un calabozo. La cerradura de una puerta maciza chirrió; el Inquisidor penetró en un hueco mefítico, donde un triste destello del día, cayendo desde lo alto, dejaba percibir, entre dos argollas fijadas en los muros, un caballete ensangrentado, una hornilla, un cántaro. Sobre un lecho de paja sujeto por grillos, con una argolla de hierro en el pescuezo, estaba sentado, hosco, un hombre andrajoso, de edad indescifrable.

Este prisionero era el rabí Abarbanel, judío aragonés, que —aborrecido por sus préstamos usurarios y por su desdén de los pobres— diariamente había sido sometido a la tortura durante un año. Su fanatismo, “duro como su piel”, había rehusado la abjuración.

Orgulloso de una filiación milenaria —porque todos los judíos dignos de este nombre son celosos de su sangre—, descendía talmúdicamente de la esposa del último juez de Israel: Hecho que había mantenido su entereza en lo más duro de los incesantes suplicios.

Con los ojos llorosos, pensando que la tenacidad de esta alma hacía imposible la salvación, el venerable Pedro Argüés, aproximándose al tembloroso rabino, pronunció estas palabras:


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4 págs. / 8 minutos / 120 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

La Nena de la Tos Ferina

Gabriel Miró


Cuento


De lejos, de una casa nueva, que remata en una torrecilla india con cuatro águilas de fundición, vienen por las noches, atravesando un solar vallado, aullidos de ahogo. Y la noche, tan inmóvil, tan dulce, se estremece de hipo.

Sigüenza deja su lectura y acude para mirar. ¡Qué delicia la del cielo enjoyado, la del silencio después del aullido! Y al remover otra página se vuelve con recelo hacia el foscor de la casa de las cuatro águilas. No es posible que los clamores salgan de ese edificio de elegancia dominguera. Pero de allí vienen siempre. Nadie hace caso. Lo que da miedo, el miedo de padecer, es que en esos gritos convulsos de estrangulación se ven las uñas de las manos que se niñean para aguantarse, para resistir desesperadamente, y el alarido de bestia se agota en una queja de garganta frágil de hija.

—Es una niña que tiene la tos ferina.

—¿Allá, enfrente?

—No; de allá enfrente es el eco. La niña vive en esta misma casa; en el piso más alto de todos.

...De día, las águilas de faldellín de hierro colado y membranas de foca, no hacen nada; pero, en lo profundo de la noche, se truecan en gárgolas horrendas y vivas que se tragan la tos de la nena y la precipitan de sus picos; y ella se oye a sí misma en la obscuridad toda de hierro hueco que agranda la tos y la vierte a pedazos.

Algunas tardes, se paran al pie de los balcones dos señoras con hijos pequeños, y preguntan por la nena enferma. Han de gritar muy recio para que las sientan desde lo alto, y han de atender a las criaturas que se quieren huir, aburridas del mismo coloquio de siempre.

—¿Que digo que cómo sigue?

De arriba va llegando la voz esparciéndose en el gozo de la claridad.

—¡Igual! No puede dormir. ¡Es una pena oírla!

—¿Qué?

—¡Que lo mismo!


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4 págs. / 8 minutos / 60 visitas.

Publicado el 27 de enero de 2021 por Edu Robsy.

Un Duro Falso

Emilia Pardo Bazán


Cuento


—No te vengas sin cobrar, ¿yestú?

La orden repercutía con martilleo monótono en la cabeza, redonda y rapada, del aprendiz de obra prima. ¿Sin cobrar? De ningún modo. En primer término, le obligaba el punto de honra, el deseo de acreditar que servía para algo —¡le habían repetido tantas veces, en tono despreciativo, la afirmación contraria!—. En segundo, le apremiaba el horror nervioso, profundo, a la vergüenza del infalible puntillón del maestro…

¡El maestro! ¡Si Natario, el desmedrado granuja, fuese capaz de aquilatar la exactitud de las denominaciones, sacaría en limpio que no procedía nombrar maestro a quien nada enseña! ¡Aun sin razonarlo, Natario lo percibía, y no podía sufrirlo, señores! Había un fondo de amargor en el alma oprimida del chico. Le faltaba aire de justicia; se sentía ofendido, menospreciado, y acaso en su propia ofensa latía la de una colectividad. No daba a estos sentimientos su verdadero alcance; no era consciente de ellos. Protesta sorda, oscura, que se exaltaba a fin de mes, cuando la madre de Natario, asistenta y casi mendiga, tenía que aflojar una peseta por los derechos de aprendizaje de su hijo.

—¿Te da labor el señor Romualdo? ¿Aprendes o no? Culpa tuya será, haragán, flojo, zángano… ¡Pum!


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Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 367 visitas.

Publicado el 10 de mayo de 2021 por Edu Robsy.

El Té de las Convalecientes

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Estaban aún un poco mustias, con un poco de niebla en los ojos mortecinos; pero ya deseosas de salir al ruedo y disfrutar su juventud, porque habían visto muy de cerca lo que horripila, y parecía inverosímil que hubiesen escapado de sus garras.

Eran señoritas de la mejor sociedad, sorprendidas, en medio de su existencia de suaves frivolidades y esperanzas de amor y ventura, con un porvenir riente y palpitante de indefinidas promesas, por la epidemia terrible, que elegía sus víctimas entre las personas en la fuerza de la edad, como si desdeñase a los viejos, presa segura en no lejano plazo. Unas habían sufrido la bronconeumonía, con sus delirios y su asfixia cruel; otras habían arrojado la sangre a bocanadas; en otras se habían iniciado los síntomas de la meningitis… Y cuando se creería que iban a cruzar la puerta negra y el misterioso río que duerme entre márgenes orladas de asfódelos y beleños, y en que el agua que alza el remo recae sin eco alguno…, el mal empezó a ceder, la normalidad fue reapareciendo, y las interesantes enfermitas reflorecieron, por decirlo así, no con toda la lozanía que se pudiese desear, pero como esas rosas blancas un tanto lánguidas y caídas, que en el vaso colmo de agua poco a poco van atersándose…

Todas tenían amigas entre las que no perdonó la Segadora, y aunque al pronto se lo ocultaron las familias, por no deprimir su ánimo, al fin lo tuvieron que saber, sucediendo algo muy humano y natural; que las convalecientes no se afligieron demasiado, porque la idea del propio bien consuela pronto del mal ajeno, y esta involuntaria reacción de egoísmo es una de las fuerzas defensivas de la pobre organización nuestra…


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Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 49 visitas.

Publicado el 27 de febrero de 2021 por Edu Robsy.

La Imagen

José Pedro Bellán


Cuento


En una de las últimas casitas del barrio de los pescadores, casi junto al mar, el viejo Leopoldo, de setenta años, fuma en su pipa cargada de Virginia. Frente a él, su nuera, espoleada por un pensamiento tenaz, remienda que no surce, una media gris deshecha en el talón. Así permanecen largo rato: callados, sin mirarse, como si estuvieran solos. Sin embargo, quizá piensen lo mismo.

El temporal no cesa. Hace tres horas que conmueve al barrio y lo llena de pavor.

El mar es un turbión inmenso que ensordece. Sus promontorios de agua persisten un instante, convulsos, inquietos y se desploman en masa. Parecen que hierven.

Todas las barcas han vuelto menos una.

—María ya tarda demasiado, dijo Leopoldo, rompiendo el mutismo.

Se refería a su nietita de diez años, hermosa chiquilla de ojos azules, blanca y endeble. Habíanla mandado por tres veces en demanda de noticias y por tercera vez, buscaba a los amigos de su padre, a los pescadores salvos, y les imploraba datos, aun los más sencillos, los más insignificantes.

Al volver contestó de la misma manera que contestara antes.

—Nadie sabe nada... nadie lo ha visto. —Se sentó cerca de la mesa y recostóse sobre ella. Sus manecitas sin sangre se juntaron que pedían perdón.

La escena recalcitró. La frígida imagen de un reconcentramiento abrazado a las cosas, caló la habitación. Pasó un rato.

Leopoldo vuelve a hablar. Su voz inquietante atemoriza.

—¡Este viento! —Elena escucha con ansiedad. Después, obligada por su pensamiento pregunta:

—¿Cuántos fueron en la barca?

—Los de siempre. El y los dos muchachos.

Hace una pausa. Luego dice con atropello:

—Yo, una vez, estuve a punto de ahogarme.

Elena pregunta con viveza:

—¿Y cómo se salvó?...


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4 págs. / 8 minutos / 37 visitas.

Publicado el 24 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Salvette y Bernadou

Alphonse Daudet


Cuento


I

Es víspera de Navidad en una gran ciudad de Baviera. Por las calles blanqueadas por la nieve, en la confusión de la niebla, el ruido de los coches y de las campanas, la gente se apretuja feliz, ante los asadores al aire libre, las barracas, los tenderetes. Rozando con un toque ligero las tiendas engalanadas y floridas, ramas de acebo verde o abetos enteros cargados de adornos pasan llevados en brazos, por encima de todas las cabezas, como una sombra de los bosques de Turingia, como un recuerdo natural entre la vida artificial del invierno. Cae la tarde. Allá lejos, tras los jardines de la Residencia, se ve aún el resplandor del ocaso rojo a través de la bruma, y hay por la ciudad tal alegría, tantos preparativos de fiesta, que cada luz que se enciende tras los cristales parece colgar de un árbol de Navidad. Y es que hoy no es una Navidad cualquiera. Estamos en el año de gracia de 1870, y el nacimiento de Cristo no es sino un pretexto más para beber en honor del ilustre Von der Than y celebrar el triunfo de los soldados bávaros. ¡Navidad! ¡Navidad! Hasta los judíos del arrabal están alegres. Ahí tienen al anciano Augustus Cahn que da la vuelta a la esquina del «Racimo azul». Sus ojos de hurón no han brillado nunca como esta noche. Su pequeña barba aborrascada no se ha movido nunca tan alegremente. Sobre su manga, desgastada por las cuerdas de las talegas, lleva una pequeña cesta llena hasta el borde, cubierta con una servilleta oscura, de la que sobresalen el cuello de una botella y una rama de acebo. ¿Qué demonios piensa hacer el viejo usurero con todo eso? ¿Es que también él piensa celebrar la Navidad? ¿Habrá reunido a sus amigos, a su familia para brindar por la patria alemana?… No. Todo el mundo sabe que el viejo Cahn no tiene patria. Su Vaterland es su caja de caudales. Tampoco tiene familia, ni amigos; sólo tiene deudores.


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4 págs. / 8 minutos / 52 visitas.

Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

En las Puertas del Cielo

Norberto Torcal


Cuento


San Pedro estaba realmente intratable.

No soy yo quien con poco respeto á sus venerables canas y falta de reverencia á sus méritos indiscutibles se atreve á calificarle de ese modo; el mismo Señor era quien aquella mañana se lo había dicho en vista de su taciturnidad y mal humor, cosa poco frecuente en él, porque dígase lo que se quiera, la verdad es que San Pedro no tiene mal genio ni es fosco con nadie.

Y conste que su mal humor de aquel día no nacía de exceso de trabajo ó de cansancio en el vestíbulo de la gloria, sino de todo lo contrario. Más de ocho días hacía ya que por allí no se acercaba ninguna persona decente. Todo se volvía chiquillos y más chiquillos, de esos á quienes no hay más que abrirles la puerta y dejarles que entren en el cielo sin cambiar con ellos ni un saludo, ni una palabra.

Apestado estaba ya el celestial portero de ver caras molletudas y cabelleras rubias, ojos azules y alitas blancas, cosa que le alegraba, sí, pero que al fin y al cabo no le dejaba satisfecho ni mucho menos.

Aquello era un fastidio; el pobre San Pedro no tiene otros ralos divertidos que los que se pasa cuando ajusta cuentas con almas de empuje, y aquellas almas no parecían por parle alguna. Además, la gloria misma iba á convertirse en lugar poco agradable, y de continuar por aquel camino las cosas, día iba á llegar en que las gentes de acá abajo, renunciarían al cielo sólo por no verse envueltos de chiquillos, que serán todo lo alegres y hermosos que se quiera, pero que á la corta ó á la larga acaban siempre por aburrir y hacerse insoportables cuando se les trata de cerca y por mucho tiempo.

Jamás había visto San Pedro cosa igual desde que ejercía su importante oficio. ¿Será que Dios no envía ahora á la tierra tantas gracias como antes? se preguntaba á sí mismo continuamente, tratando de explicarse de algún modo fenómeno tan raro.


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4 págs. / 8 minutos / 33 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Gentes Que Viajan

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica


Muchas veces he reflexionado sobre la capital importancia que para un pueblo nuevo como el nuestro deben tener los viajes. Desde la remota antigüedad considérase que el viajar proporciona al ser humano una ocasión de desarrollar su cultura que el estancamiento nativo no puede otorgar. Si ya el solo acto de vivir renueva al hombre hasta el fondo de sus entrañas, ¡con qué profundidad y pujanza no debe de acelerarse esta remoción al soplo de impresiones más extrañas, más amplias, más vitales que aquéllas a que se acomodaba perezosamente nuestro quieto existir!

Las ideas natales más arraigadas —decíame yo— no lo son tanto como parecen. Basta a veces un choque inesperado sobre esas ideas, un nuevo amanecer que las escorce, un distinto obscurecer que las enturbie, y de nuestro gran jardín mental no queda sino una glorieta lugareña; impregnada de cansancio, lugares comunes y vejez.


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Publicado el 19 de julio de 2026 por Brian.

Los Alfileres

Guy de Maupassant


Cuento


—¡Ay, amigo mío, qué marrajas son las mujeres!

—¿Por qué dices eso?

—Es que me han jugado una pasada abominable.

—¿A ti?

—Sí, a mí.

—¿Las mujeres o una mujer?

—Dos mujeres.

—¿Dos mujeres al mismo tiempo?

—Sí.

—¿Qué pasada?

Los dos jóvenes estaban sentados delante de un gran café del bulevar y bebían licores mezclados con agua, esos aperitivos que parecen infusiones hechas con todos los matices de una caja de acuarelas.

Tenían más o menos la misma edad: de veinticinco a treinta años. Uno era rubio y otro moreno. Tenían la semielegancia de los agentes inmobiliarios, de los hombres que van a la Bolsa y a los salones, que entran en todas partes, viven en todas partes, aman en todas partes. El moreno prosiguió:

—Te conté mis relaciones, ¿verdad?, con aquella burguesita encontrada en la playa de Dieppe.

—Sí.

—Amigo mío, ya sabes lo que pasa. Yo tenía una amante en París, alguien a quien amo infinitamente, una vieja amiga, una buena amiga, una costumbre, en fin, y la quiero conservar.

—¿Tu costumbre?

—Sí, mi costumbre y a ella. Está casada también con un buen muchacho, a quien quiero igualmente, un chico muy cordial, ¡un auténtico camarada! En fin, una casa donde había alojado mi vida.

—¿Y qué?

—¿Y qué? Ellos no podían salir de París, y me encontré viudo en Dieppe.

—¿Por qué ibas a Dieppe?

—Por cambiar de aires. Uno no puede estar todo el tiempo en el bulevar.

—¿Y entonces?

—Entonces encontré en la playa a la chiquilla de la que te he hablado.

—¿La mujer del jefe de negociado?

—Sí. Se aburría mucho. Su marido, además, sólo iba los domingos, y es un tipo horroroso. La comprendo perfectamente. Conque nos divertimos y bailamos juntos.

—¿Y el resto?


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4 págs. / 8 minutos / 76 visitas.

Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.

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