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El Espejo y la Campana

Lafcadio Hearn


Cuento


Hace ocho siglos, los sacerdotes de Mugenyama, provincia de Tõtõmi, quisieron fabricar una gran campana para su templo, y les pidieron a las mujeres de la comarca que los ayudaran mediante la donación de viejos espejos de bronce para la fundición.

[Aún hoy, en los patios de ciertos templos japoneses, se ven pilas de viejos espejos de bronce donados para propósitos semejantes. La colección más vasta que pude observar estaba en el patio de un templo de la secta Jõdo, en Hakata, Kyûshû : los espejos se habían donado para la erección de una estatua de bronce de Amida, de treinta y tres pies de alto.]


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Publicado el 20 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Ramón Nonnato, Suicida

Miguel de Unamuno


Cuento


Cuando harto de llamar a la puerta de su cuarto, entró, forzándola, el criado, encontrose a su amo lívido y frío en la cama, con un hilo de sangre que le destilaba de la sien derecha, y junto a él, aquel retrato de mujer que traía constantemente consigo, casi como un amuleto, y en cuya contemplación se pasaba tantas horas.

Y era que en la víspera de aquel día de otoño gris, a punto de ponerse el día, Ramón Nonnato se había pegado un tiro. Habíanle visto antes, por la tarde, pasearse, solo, según tenía por costumbre, a la orilla del río, cerca de su desembocadura, contemplando cómo las aguas se llevaban al azar las hojas amarillas que desde los álamos marginales iban a caer para siempre, para nunca más volver, en ellas. «Porque las que en la primavera próxima, la que no veré, vuelvan con los pájaros nuevos a los árboles, serán otras», pensó Nonnato.

Al desparramarse la noticia del suicidio hubo una sola y compasiva exclamación: «¡Pobre Ramón Nonnato!». Y no faltó quien añadiera: «Le ha suicidado su difunto padre».

Pocos días antes de darse así la muerte había pagado Nonnato su última deuda con el producto de la venta de la última finca que le quedaba de las muchas que de su padre heredó, y era la casa solariega de su madre. Antes fue a ella y se estuvo allí solo durante un día entero, llorando su desamparo y la falta de un recuerdo, con un viejo retrato de su madre entre las manos. Era el retrato que traía siempre consigo, sobre el pecho, imagen de una esperanza que para él había siempre sido recuerdo, siempre.


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Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Los Patos

Roberto Payró


Cuento


Era la tarde del 31 de diciembre. Ruiz, el tenedor de libros de una importante casa de comercio —aquel españolito capaz y relativamente instruido que acababa de llegar al pueblo, después de una escala en Buenos Aires, provisto de calurosas recomendaciones para su compatriota el doctor don Francisco Pérez y Cueto, que no tardó en procurarle la susodicha ubicación— se hallaba, como de costumbre, en la frecuentada trastienda de la botica de Silvestre, sorbiendo el mate que echaba Rufo, el nunca bien ponderado peón criollo del criollo farmacéutico.

Merced a su irresistible don de gentes, el boticario era ya íntimo amigo del tenedor de libros, a quien había enseñado en pocas semanas a tomar mate —como se ha visto—, a jugar al truco y a opinar sobre política, tarea esta última siempre fácil y agradable para un español. El aprendizaje de las otras dos, y sobre todo de la primera, había costado mayor esfuerzo...

Ruiz, a pesar de su renegrido bigote, de sus ojos negros y brillantes y de su continente resuelto, no sabía andar a caballo ni conducir un carruaje —observación que no parece venir a cuento, pero que es imprescindible, sin embargo—, de modo que, los domingos, cuando obtenía prestado el tílbury de su patrón, veíase en la obligación de buscar compañero ayudante que lo sacara de posibles apuros. Su primer invitación iba siempre enderezada a Silvestre, cuya obligada respuesta era:

—No puedo abandonar la botica, ¡como te suponés!...

Porque ya se trataban tú por tú —o tú por vos, para ser más exacto— a pesar de lo reciente de la relación.


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Publicado el 1 de enero de 2021 por Edu Robsy.

El Nido de Luz

José Zahonero


Cuento


Á Enriqueta.

I

Frente por frente de mi casa vive un joven escritor.

Es pobre, me consta, y es feliz, lo infiero.

Me consta que es pobre, porque le veo volver á su casa con el rollo de papeles que sacó al salir, y vuelve triste; además, su nombre no es muy conocido. Debe ser dichoso mi vecino, porque… porque lo infiero así por cierto estudio que desde mi ventana hice mirando indiscretamente; mejor dicho, acechando su vida y costumbres.

Su casa es original, todos cantan en ella; la mujer canta, canta su hija, canta su criada, y él á veces atruena la vecindad con su voz áspera, con pretensiones de sentimental.

Veo por las noches su lámpara encendida, el montón de libros que coloca sobre su mesa de trabajo y la multitud de blancas cuartillas que aparecen esparcidas en desorden sobre la mesa y los libros.

Le veo ir y venir; unas veces se sienta y escribe, luego vuelve á su paseo, se detiene, piensa; abre este, el otro libro, mira al techo, se muerde las yemas de los dedos, emprende de nuevo su faena con la pluma, y en muchas ocasiones rasga en menudos pedacitos las cuartillas escritas.

En casos tales, su tristeza es profunda, tal vez duda de sí mismo, recuerda al empresario que no paga justamente el trabajo, al lector indiferente, que ni sabe ni quiere saber tal vez lo que lee, al crítico petulante que injuria y escarnece al autor. Sin duda este pobre literato, sin duda mi vecino se halla en la impotencia y teme no hallar carne ni hueso á que infundir un alma, palabras apropiadas en las que guardar encendidas ideas, ó en que ocultar candentes sentimientos generosos; lucha el escritor con la obra que resiste á la inspiración y al tenaz empeño del obrero, como la piedra al mazo y al cincel.


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Publicado el 17 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

Sigüenza, los Peluqueros y la Muerte

Gabriel Miró


Cuento


De un librillo de un docto licenciado se deduce que el uso de cortarse el cabello los españoles tiene su origen en el trono y en la desventura. Y fue, porque habiendo enfermado del cuero de la cabeza el emperador Carlos V, hubo de rapársela para untársela bien y cabalmente. Entonces, todos los españoles se esquilaron curándose en salud.

Y el autor de ese libro exclama: «Con lo cual estaban libres de peluqueros, y el capricho no había dado en este ramo del lujo que tantos millones cuesta y que más que ningún otro ha contribuido para afeminar a los nombres». Pero, al desposarse doña Ana de Austria, hermana de Felipe IV, con Luis XIII, vinieron de Francia sus gustos, sus deleites, sus costumbres y sus peluqueros. Algunos escritores de mucha sabiduría y austeridad se quejan de los daños que aquellos buenos hombres traen a la patria.

El doctor don Gutierre, marqués de Careaga, escribe una Invectiva en discursos apologéticos contra el abuso público de las guedejas. Se promulgan bandos como este del 23 de abril de 1639, que comienza de esta manera:


«Manda el Rey, nuestro Señor, que ningún hombre pueda traer copete y jaulilla ni guedejas con crespo u otro rizo en el cabello, el cual no puede pasar de la oreja...».


Síguense las penas de los peluqueros infractores de este mandamiento; comienzan por multas, pasan a cárcel, a destierro y llegan al rigor del presidio. Después se advierten las prohibiciones y castigos para los lindos de guedejas. A éstos no se les daba entrada a la real presencia de S. M., ni eran oídos de los señores del Consejo ni de Justicias, aunque tuvieran preeminencia por título o fuero.


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Publicado el 27 de enero de 2021 por Edu Robsy.

La Aldea en la Ciudad

Gabriel Miró


Cuento


Sigüenza ha entrado en la ancha calle de «todos los días», calle europea, recta, larga, con árboles esquilados que se juntan a lo lejos haciendo un macizo de verdura; con cables, que revibran como una cigarra enorme de este hondo ardiente de la ciudad. Todas las mañanas llega Sigüenza al mismo cantón de la calle, pasando por los mismos sitios, y al pisar las roídas losas y las desolladuras de cemento de la acera vuelve a vivir en las anteriores mañanas.

Todos recordamos que Kant salía puntualmente a las dos de la tarde de su casa de Koenigsberg, y se recogía a las tres, caminando siempre por los mismos lugares. Parece que esto fue lo único que vio del mundo de fuera. Y tampoco lo vio, porque iba entregado al mundo metafísico. Pues Sigüenza aventaja al filósofo en tardar más tiempo; en que el mundo de fuera, los desportillos y atolladeros de las baldosas le recuerdan el camino de su oficina, y, finalmente, se diferencia del varón de Koenigsberg en que éste andaría con el reposo del sabio, y Sigüenza con el atolondramiento de un hombre que llevase una recia cartera de negocios debajo del brazo, pero que no trae esa cartera. ¡Es terrible, Señor, tener prisa y no sentirla, y sentirla y no tenerla!

Y cuando esa mañana —que no es preciso determinarla porque es semejante a todas las mañanas— ha llegado Sigüenza a su parada de tranvía, ha visto que le miraba y se le acercaba un señor capellán.

—¿Usted sabe si este tranvía puede llevarme al Provisorato?

—«Ese» tranvía sólo puede dejarle en un escritorio.

Todas las mañanas encuentra Sigüenza los mismos pasajeros, y unos hidalgos que salen de casa a hora fija, no siendo Kant, son empleados.


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Publicado el 27 de enero de 2021 por Edu Robsy.

Buffalo Bill

Marcel Schwob


Artículo


En los tiempos en los que los Pieles Rojas aún reinaban en las llanuras, en los que las viejas ciudades americanas, negras y montuosas, temblaban esperando a medianoche el war-whoop de los salvajes, el alarido incendiario, las danzas feroces alrededor de hogueras humanas, la exhibición furiosa de los scalps sangrientos, el robo y aplastamiento de bebés, se alzó en el campo de América un ejército silencioso de pioneros de la civilización que abrió claros entre los árboles a golpes de hacha y vacíos entre los hombres a golpes de agua de fuego. Entonces los Pieles Rojas no querían ser civilizados; se iban retirando lentamente ante los invasores, emigraban hacia el centro, debilitados, diezmados, pero protagonizando a veces tumultuosas refriegas, siempre orgullosos, indomables, solemnes y burlones.

También había entonces poetas que cantaban la epopeya de los Pieles Rojas. Fenimore Cooper tomó la pluma y describió con colorido los sufrimientos de la raza oprimida. Longfellow hizo hablar al sabio Hiawatha en estrofas inolvidables, llenas de una melancolía grandiosa: el profeta fuma una pipa mezclado con los guerreros, aunque sea su Mesías, y del humo oloroso, del incienso que se eleva de la cazoleta, nacen las imágenes futuras, difuminadas en la niebla; se ve a los Rostros Pálidos avanzando, portadores de los funestos presentes de la civilización, de un nuevo mundo que se alza en el horizonte, unos hombres de piel extraña y con otros dioses. Entonces Hiawatha habla a su pueblo y lo calma, anunciando los tiempos que han de llegar. Los guerreros bajan la cabeza, entristecidos; cuando la vuelven a levantar, Hiawatha, el último Profeta Rojo, ya ha desaparecido en la gloria misteriosa del crepúsculo; tal vez haya ido al encuentro de las almas de los ancestros en las Praderas Eternas.


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Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

La Puntilla

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Pasó Enrique la noche echando cuentas. No había remedio; por más vueltas que diese, y más salidas que buscase, tenía que vender la finca. Era el último cartucho, y no podía dejar de quemarlo. Con el producto de la venta haría frente a la crisis de sus negocios, y saldría victorioso de los que acechaban su derrota financiera.

Le ofrecían setenta mil duros por aquella residencia magnífica, tan cercana a Madrid, al mismo tiempo recreativa y productiva, con sus arboledas umbrías y sus amplias labranzas, con su pinar interminable y sus elegantes serres. Setenta mil duros, era malvender; pero si no vendía, era la suspensión de pagos, la deshonra, la ruina del nombre y del crédito. Mejor arrojar a la mar aquel despojo que hundirse.

Sombrío, hosco, salió de su despacho, y fue a echar la última ojeada a los tesoros de que iba a desprenderse. Su conciencia, como sucede en tales momentos, le acusaba. Si hubiese procedido con mayor cautela, si se hubiese dedicado a sus asuntos con mayor asiduidad, no llegaría a tal situación. Arrastrado por el vértigo de una vida mundana, disipada, la mayor parte de las veces no vigilaba lo bastante, no se consagraba como era debido a su labor. La fortuna huye de los distraídos y de los perezosos. Hay que perseguirla con ardor, que al cabo es mujer, y no gusta de ser mirada con lánguida indiferencia, sino requerida con ardor violento.

Aun en los sinsabores más amargos hay consuelo en pensar que no ha sido nuestra la culpa, sino del destino. Trasladamos así la responsabilidad, y lo fatal se nos impone con su fuerza superior a todas. Nos resignamos. Pero no así cuando imaginamos que, procediendo de otra manera, evitaríamos la desgracia que nos abruma. Enrique se lo repetía a sí mismo, con enojo: «Esto me sucede porque he querido. Por ser un tonto, un abandonado en lo que más importa».


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Publicado el 9 de mayo de 2021 por Edu Robsy.

Cenizas

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Nos encontrábamos reunidos en el gran balneario muchos clientes del célebre especialista doctor Veiga, que tanto nombre se ha ganado en el tratamiento de las enfermedades hepáticas, y al saber que llegaba, se resolvió ofrecerle un familiar almuerzo en la robleda. Así se hizo; aceptó complacidísimo el sabio médico; reinó la mayor cordialidad; se comió fuerte y se bebió seco, pese a la dieta y al régimen y a los alifafes de cada uno, y como el doctor aseguraba no haber medicamento más probado para el hígado que el buen humor, salieron a relucir jubilosos recuerdos de la mocedad e historietas picantes. A cosa de las cinco, cuando ya regresábamos dirigiéndonos al manantial, pisando el sendero con precaución, por la rama de pino seca que lo hacía resbaladizo, se cruzó con nosotros un señor machucho, de vacilante andar, uno de esos despojos humanos que en los balnearios suelen verse prorrogando, merced al agua y con permiso del sepulturero, existencias ya temblorosas como la luz que se extingue.

Aquel decrépito, iluminado por un rayo de sol tan moribundo como él, llamó la atención del doctor, que fue a atravesarse en la senda para verle la cara. El viejo, con mano incierta, elevó su sombrero saludando. Veiga, muy emocionado, repetía:

—¡Pues era verdad! ¡Estaba aquí! ¡Es el mismo!

Nos habíamos quedado solos: los demás comensales ya nos llevaban regular delantera. Pregunté con curiosidad al doctor a quién creía reconocer en el decrépito. Veiga refrenó el paso enganchó su brazo en el mío, y todavía bajo la impresión, dijo con nerviosa viveza:

—¡El pasado que sale de su sepulcro! ¡Mire usted que volver a encontrar en el mundo a Juanito Morán! ¡Al famoso Juanito Morán!


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Publicado el 3 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

Lo que se Oye Desde una Silla del Prado

Pedro Antonio de Alarcón


Cuento


(VERANO DE 1874)

* * *

¡Qué noche tan hermosa!

—¡Hermosísima!

—Y ¡qué calor ha hecho hoy!… Figúrese usted que esta mañana…

* * *

—Agur…

—Adiós…

—Muy buenas noches…

* * *

—Pues, sí, señor; como le iba diciendo a usted…

* * *

—¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

—¿Has conocido a ése? Es aquel que el año pasado…

* * *

—¡Agua, aguardiente y azucarillos! ¡Agua!

* * *

—¡Niñas! ¡Niñas! ¡Más despacio!

—Tenga usted cuidado, Arturo; ¡que nos llama mamá!

* * *

—¡Barquillero!

* * *

—¡Matilde, eres un ángel!… ¡Eres una diosa!… ¡Eres una!…

* * *

—¡Pero, ¡hombre! ¡Esa mujer es una arpía! Gustavo debía divorciarse…

* * *

—¡Ramitos y camelias! ¡La vara de nardo a dos reales! ¡Señorito, cómpreme usted una!…

* * *

—¡Allá van! ¡Ella es! ¡Aprieta el paso!… ¡Bendita sea la gracia!

—¡Aquí vienen! ¡Ellos son!… ¡Qué tontos!

* * *

—¡Caballero! ¡Que no tengo padre! ¡Una limosnita por el amor de Dios!

* * *

—¡La Correspondencia!

* * *

—Pues bien: ¡desde entonces estoy cesante!… ¡Esto no es país!

* * *

—¡Chico! ¡Chico! ¡Buen turrón! ¿Y cómo te las has compuesto?

* * *

—Es un cuadro muy bonito. Pero a mí me gusta más aquel en que Pepita Jiménez y el teólogo…

* * *

—Lo que usted oye. Murió ab intestato y me correspondió la mitad de la herencia. Yo no le había hablado nunca…

* * *

—Lo mismo creo yo. La crisis es infalible. ¡Así no podemos seguir! Cristino será ministro antes de un mes.

* * *

—Y ¿qué hiciste tú? ¿Le devolviste su carta con una bala?


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Publicado el 3 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

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