Á Enriqueta.
I
Frente por frente de mi casa vive un joven escritor.
Es pobre, me consta, y es feliz, lo infiero.
Me consta que es pobre, porque le veo volver á su casa con el rollo
de papeles que sacó al salir, y vuelve triste; además, su nombre no es
muy conocido. Debe ser dichoso mi vecino, porque… porque lo infiero así
por cierto estudio que desde mi ventana hice mirando indiscretamente;
mejor dicho, acechando su vida y costumbres.
Su casa es original, todos cantan en ella; la mujer canta, canta su
hija, canta su criada, y él á veces atruena la vecindad con su voz
áspera, con pretensiones de sentimental.
Veo por las noches su lámpara encendida, el montón de libros que
coloca sobre su mesa de trabajo y la multitud de blancas cuartillas que
aparecen esparcidas en desorden sobre la mesa y los libros.
Le veo ir y venir; unas veces se sienta y escribe, luego vuelve á su
paseo, se detiene, piensa; abre este, el otro libro, mira al techo, se
muerde las yemas de los dedos, emprende de nuevo su faena con la pluma, y
en muchas ocasiones rasga en menudos pedacitos las cuartillas escritas.
En casos tales, su tristeza es profunda, tal vez duda de sí mismo,
recuerda al empresario que no paga justamente el trabajo, al lector
indiferente, que ni sabe ni quiere saber tal vez lo que lee, al crítico
petulante que injuria y escarnece al autor. Sin duda este pobre
literato, sin duda mi vecino se halla en la impotencia y teme no hallar
carne ni hueso á que infundir un alma, palabras apropiadas en las que
guardar encendidas ideas, ó en que ocultar candentes sentimientos
generosos; lucha el escritor con la obra que resiste á la inspiración y
al tenaz empeño del obrero, como la piedra al mazo y al cincel.
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