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La Bellorita

Christoph von Schmid


Cuento infantil


Había una joven, llamada Emilia, de un carácter muy bueno y generoso, de suerte que compartía de muy buena voluntad con los demás todo lo que ella poseía. Arreglaba vestiditos para las pobres criaturas abandonadas; enviaba alimentos á los pobres enfermos, ó iba muy amenudo á llevárselo ella misma; finalmente su mayor placer era el de aliviar con su dinero al que lo había menester. Pero lo que se hace extraño, es que con tan buen corazón, atormentaba todavía á mucha gente; porque era extremadamente descuidada, y lo que hoy prometía, mañana lo tenía completamente olvidado, Le sucedía muchas veces, por ejemplo, que gastaba todo su dinero en cosas inútiles; y cuando un pobre le pedía una limosna, veía con sentimiento lo malamente que había empleado aquel dinero, y el bien que entonces estaba privada de hacer. Otras veces abandonaba enteramente las hermosas macetas de flores que tenía en la ventana de su palacio; y faltas de riego, se secaban dando pesadumbre á su madre; y hasta por pereza dejaba morir de hambre á sus canarios, ella que hubiera sufrido tanto viendo padecer á otra cualquiera criatura.

Muy cerca del castillo, vivía una pobre joven llamada Sofía. Su padre, que en otro tiempo se había distinguido en el servicio de las armas, se Inutilizó á causa de las heridas y fatigas que llevaba; y retirado en el campo, esperaba vivir modestamente con su pequeña pensión. Hacía más de un año que estaba en su casita, y todavía no había percibido nada de esta pensión, tan malamente era satisfecha.


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Publicado el 23 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

El Domador

Javier de Viana


Cuento


Para Antonio Monteavaro.


Podría tener veinticinco años, podría tener más, pero de cualquier modo era muy joven.

Se llamaba Sabiniano Fernández y hacía poco más de un año que había entrado a la estancia, como domador... El patrón, que tenía una yeguada grande, medio montaraz, cerca de cincuenta potros cogotudos, lo contrató, sabedor de su fama que lo tildaba único en el oficio, como diestro, como guapo, como prolijo.

Era todo un buen mozo, Sabiniano. De mediana estatura, ancho de espaldas, recio de piernas, y con un rostro varonil, de grandes ojos pardos, de fuerte nariz aguileña, de gruesos labios coronados por fino bigote negro y de mentón imperioso. Hablaba muy poco, no reía nunca y la elegancia de su porte tenía un dejo de desdeñosa altivez. Lo consideraban rico; sabíase que era dueño de un campo, que arrendaba, y que su tropilla no tenía rival en el pago; su apero era lujoso,—plata y oro en exceso,— y su cinto hallábase siempre inflado con las libras.

Si continuaba ejerciendo su rudo y peligroso oficio era por encariñamiento, porque para él, domar constituía la satisfacción mayor y tanto más gustada cuanto más morrudo y bravo era el potro, y no porque le importasen nada los ocho pesos oro que ganaba por cada animal amansado.

No se le conocían amigos. El paisanaje lo respetaba pero no lo quería, a causa de su carácter altanero y dominador. Las pocas veces que hablaba, lo hacía en forma de órdenes imperativas, a los cuales se sometían todos, de buen o mal grado, obligados a reconocer que siempre tenía razón, que cuanto decía era sensato.


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Publicado el 28 de agosto de 2022 por Edu Robsy.

En la Puerta del Cielo

Jacinto Octavio Picón


Cuento


En esas regiones superiores, en esos espacios misteriosos que los ojos de la materia no alcanzan y que sólo puede fingirse la mirada del espíritu; en esa gloria que la religión promete al justo, por la que muere el mártir y de que duda el sabio, vive, según dice la doctrina católica, una vida eterna y bienaventurada aquel apóstol Pedro, á quien Cristo dio, con las llaves de su reino, la facultad de conceder ó negar la entrada en el Paraíso á cuantos pecadores lleguen á sus puertas cargados con el pesado fardo de la culpa ú orgullosos de su virtud.

Estaba un día Pedro recordando la noche en que negó á su Divino Maestro por tres veces, cuando vio que hacia él venía, con paso firme, una mujer vestida con esos hábitos tristemente poéticos, de color sombrío y de grosero aspecto, que llevan las hermanas de la Caridad. Iba ya el apóstol á preguntarle quién era y cómo había vivido, antes de darle ingreso en el reino de los cielos, cuando por el lado opuesto apareció otra mujer que caminaba lentamente, con la frente baja y como temerosa de haber andado en vano y de tener que deshacer lo andado. Venía completamente desnuda; había sido en la vida cortesana, y al empezar ese viaje que el alma emprende cuando muere, había renunciado á las galas que cubrían sus formas, ganadas con los besos del pecado y realzadas por el brillo de la hermosura.

Chocaron, desde luego, al varón santísimo la actitud resuelta, segura y decidida de la una para entrar en el cielo, y la cortedad é incertidumbre de la otra; el que una viniera á reclamar su parte de Paraíso, cual si tuviera el billete comprado de antemano, y el que otra pareciera, en su ademán, y su postura, implorar, como limosna de la gracia divina, su asiento entre los elegidos.


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Publicado el 5 de septiembre de 2025 por Edu Robsy.

Con Don Quijote en Sigüenza

Miguel de Unamuno


Artículo, ensayo


Ahí, a mil metros sobre el nivel azul del mar latino, en la adusta meseta que enlaza Aragón a la Mancha —¡dos tierras tan tierras!— sentí invadir mi alma ansiosa un cacho de tradición empedernida. Tradición y no historia, y tradición hecha piedra. Piedra y ladrillos y adobe.
 La tradición es la escurraja, el sedimento, a menudo las heces no más de la historia. La historia vive y pasa, la tradición queda y dura. Pero vuelve a hacerse con la tradición historia cuando se la vivifica y se la vive.
 Y así fuí a la vieja ciudad de Sigüenza a alimentar de piedras y de barro cocido o reseco mi alma, a hacer alma esas piedras animándolas en el espíritu. Y a resecar y renacer a la vez un poco el alma que empezaba a derretírseme.
 Venía de la ciudad de Monzón de Río Cinca, el pueblo natal de Joaquín Costa, el último gran ibero, el que por trágica contradicción predicó el europeísmo, el de corazón fervoroso de gran cacique espiritual. Predicó el europeísmo por haberse sentido tan arraigadamente ibérico y combatió el caciquismo porque allá, en su fuero interno, se conocía grandísimo cacique.
 Desde el castillo de Monzón había restregado mi vista en el verdor de las huertas que se ufanan lozanas a su pie y la había enjuagado luego de esa verdura de visión oteando las lontananzas ceñudas que se pierden en el regazo del Pirineo. El Maladeta se alzaba en el confín como una barrera entre Iberia y Europa. Más allá de él los campos grasos y muelles de los pueblos que guerreando o jugando —todo es guerra y todo es juego, y juego y guerra lo mismo— se dejan llevar sin resistir, vida abajo, por el vasto río de la historia hacia el mar del infinito olvido.
 C'est un paysage planetaire! ¡Es un paisaje planetario! Así me había dicho una vez uno de los conservadores del Museo del Louvre que desde París fue a caer en tren sobre Medinaceli en busca de Grecos.


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Publicado el 7 de octubre de 2019 por Edu Robsy.

Venus Vengadora

José Fernández Bremón


Cuento


I

¡Qué tiempos tan lejanos! Homero no había cantado aún el retraimiento y la cólera de Aquiles. Los tímidos viajes de los marinos griegos bastaban para satisfacer las necesidades del lujo y de los cambios; guiados los pilotos por la estrella del norte y los agüeros, acudían a la isla de Citeres a venerar la playa donde la concha de Venus se detuvo; y descargaban de sus toscas navecillas la miel famosa del Hymeto, higos de Ítaca y de Córcira, armas de cobre forjadas en Chipre, vinos de Lesbos y de Chío, lanas de la Arcadia y pasas de Corinto. Los mercaderes fenicios, que arribaban en naves poderosas, ofrecían a las voluptuosas isleñas de Citeres tejidos de oro y plata, cigarras de oro para recoger en bucles el cabello; pedrería, bálsamos y quitasoles de marfil; y cargaban sus buques de esponjas y corales, púrpura, salazones y frutos de la isla. La pura luz de aquel cielo brillante permitía ver a lo lejos, por el mediodía de la isla, los perfiles de los montes de Creta, y por el norte, en la península vecina, la cima del Taigeto; mientras en el azulado mar que la ceñía, se encontraban y besaban las olas del mar Jónico y las olas del Egeo. Brillaban en los naranjos y limoneros los frutos de oro entre las hojas relucientes; reinaba el arrayán en los jardines dedicados a la diosa y los rosales embalsamaban el aire con su perfume predilecto; el cisne sagrado flotaba en los estanques y revoloteaban las palomas esperando ser uncidas al carro de su ama; devotos de todos sexos y edades venían de remotas tierras a ofrecer en el ara cestos de flores y ofrendas incruentas; y el aroma de esas flores, el piar de los pajarillos en los bosques, el arrullo de las palomas, las músicas y las invocaciones amorosas, todo decía a voces que allí tenía su templo y residencia favoritos la Venus citerea, la querida de Adonis, la madre de Cupido y de las Gracias.


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Publicado el 1 de agosto de 2024 por Edu Robsy.

Clorinda

Juan José Morosoli


Cuento


I

Ni parecía que en aquella casa viviera una mujer “así”, como Clorinda.

Con la tina al fondo y la ropa colgada en los alambres, parecía la casa de un vecino como los demás. Eso sí, cortada de las otras. Como Clorinda de las gentes. Natural: podría vivir en el barrio donde están las mujeres que se dedican a lo que se dedica ella. Pero no quería porque era gustadora de la soledad.

—Cuanto menos bulto más claridá… —decía.

Y también:

—No porque una sea lo que es, le va a gustar el bochinche… ¿no le parece?…

Agregaba, al fin, para estar contenta con su presente:

—Yo soy así, pero me puedo enderezar… ¿Quién le dice q’alguna derecha no se tuerza?…

Además había gente a la que le gustaba la seriedad en estas cosas. ¡Gente que va allí por lo que va y se acabó!…

—Tu casa es como una escuela o com‘un asilo e viejos…

Eso le dijo Zenona Pérez, una vecina vieja, única que le sacaba prosa. Clorinda le respondió:

—¡Tan siquiera esos respetan!…


* * *


Temprano nomás Clorinda cerraba la casa. A las doce, cuando el guardia civil terminaba la ronda con una pitada doble, ella despedía el último visitante. El guardia civil se iba. Aquella casa no había por qué cuidarla. No peligraba la tranquilidad allí.


* * *


Clientela tranquila. Esa era la que ella quería. Y los que iban allí gustaban también la tranquilidad.

—Clorinda es una mujer que no alegra a nadie, pero tampoco entristece...

—Seguro… ¡dejesé con esas qu’están quejándose siempre!… ¡Como si uno las hubiera echao a perder!…

Natural. Que se quejaran a “el primero”…

En Clorinda habían comenzado a ser hombres muchos “picolisos”. En ella se habían despedido de la mujer muchos hombres... Podía hacer una colección si quería.


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Publicado el 27 de julio de 2025 por Edu Robsy.

El Oro Vegetal

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica



Hace treinta años, en Misiones, cuando un buen sujeto quería tomar mate, cogía el machete e iba con él al monte en busca de una planta de yerba. Entrando en los cálculos del sujeto obtener la mayor cantidad posible de yerba con un mínimo de trabajo, nuestro vicioso, en vez de podar juiciosamente el árbol para aprovechar las hojas, echaba el árbol al suelo a machetazos: era más rápido. Este proceder, tras de empobrecer al propio buen sujeto por la destrucción de una planta preciosa, empobrecía a la riqueza nacional; pero los tomadores de mate, gente, muy acostumbrada a perder el tiempo, lo perdían un momento más, encogiéndose de hombros: “después de mí el diluvio”; lo que quiere decir, más o menos: “el que venga atrás, que arree”. Y hemos tenido que arrear, en verdad.


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Publicado el 6 de agosto de 2026 por Brian.

El Monstruo Verde

Gérard de Nerval


Cuento


I. El Castillo del Diablo

Hablaré de uno de los más antiguos habitantes de París; antaño lo llamaban el diablo Vauvert.

De ahí nació el proverbio: «Eso queda en lo del diablo Vauvert. ¡Váyase al diablo Vauvert!». Es decir: «Vaya a… tomar el fresco en los Campos Elíseos».

Los porteros suelen decir: «Eso queda en lo del diablo de los gusanos», cuando quieren designar un sitio muy alejado. Y la expresión significa que habrá que pagarles en buen dinero la comisión que se les encarga. Pero se trata además de una locución viciosa y corrupta, como muchas otras con las que están familiarizados los parisienses.

El diablo Vauvert es esencialmente un habitante de París, donde vive desde hace muchos siglos, si hemos de creer a los historiadores. Sauval, Félibien, Sainte-Foix y Dulaure han referido extensamente sus hazañas.

Parece que en los primeros tiempos habitó el castillo de Vauvert, que estaba situado en el lugar ocupado actualmente por el alegre salón de baile de la Chartreuse, al extremo del Luxemburgo y frente a las avenidas del Observatorio, en la Rue d’Enfer.

Ese castillo, de triste celebridad, fue demolido en parte, y las ruinas se convirtieron en una dependencia de un convento de cartujos, donde murió en 1313 Jean de la Lune, sobrino del antipapa Benedicto XIII.

Jean de la Lune había sido sospechado de tener relaciones con cierto demonio, que quizá fuese el espíritu familiar del antiguo castillo de Vauvert, pues, como se sabe, cada uno de esos edificios feudales tenía el suyo.

El diablo Vauvert dio que hablar nuevamente en la época de Luis XIII.

Durante muchísimo tiempo se había oído, todas las noches, un gran ruido en una casa construida con escombros del antiguo convento y cuyos propietarios estaban ausentes desde hacía varios años. Y esto aterrorizaba bastante a los vecinos.


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Publicado el 27 de junio de 2018 por Edu Robsy.

Inteligencia espiritual y el paradigma de la educación holista

Fundación Ramón Gallegos


Ramón Gallegos, educación holista, inteligencia espiritual


Una de las características de la inteligencia espiritual es que nos lleva a interesarnos y a amar todo, jamás nos lleva al individualismo, en lo personal sugeriría que los niños que vienen al mundo no vienen porque quieren ser espirituales, son seres espirituales que  vienen al mundo porque quieren ser seres humanos físicos. La obra del Ramón Gallegos nos enseña el potencial de la educación holista y la inteligencia espiritual, dos cosas que no deben separarse, realizaremos un comentario general de su obra en este ensayo.

Nuestro problema no es enseñar espiritualidad, sino enseñar humildad, enseñamos al espíritu a ser un ser humano, a través del encuentro, a través de derribar barreras que se pusieron ahí como retos para que nos desarrolláramos, yo creo que lo más importante de la educación holista es aceptar al niño con amor, al mundo, eso da un equilibrio, creo que necesitamos ligar la educación holista con la construcción de una sociedad compatible.

También las obras escritas por el Dr. Ramón Gallegos Nava hablan sobre la educación transpersonal que es más humana que  la educación tradicional, e intelectualmente más rigurosa que muchas alternativas del pasado.

Su objetivo no es simplemente preparar al individuo para valerse por sí mismo en la vida, sino orientarles hacia la trascendencia. Es el correlato educativo de la medicina holística: pretende la educación de la persona entera.

Esta educación transpersonal está definida por varia fuentes de forma diferente, cuyo escepticismo es muy comprensible, igual que la salud holística, la educación transpersonal puede tener lugar en cualquier parte. No tiene necesidad de escuelas, pero sus partidarios piensan que las escuelas si tienen necesidad de ella.


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Publicado el 16 de julio de 2019 por Fundación Ramón Gallegos.

Remedio Infalible

Manuel Payno


Cuento


Para el que se le cae el pelo


Qui n’a pas l’sprit de son age
De son age à tout le malheur.
 

La caída de la hoja seca es en los campos del antiguo mundo imagen del otoño, precursora del invierno. El otoño de la vida se anuncia con la caída del pelo. En el campo y en el hombre se atrasa alguna vez esta estación, pero generalmente los hombres de este siglo de las luces lo pierden todo a un tiempo, la juventud, el pelo, las ilusiones, las creencias y el dinero. Estoy viendo en este instante una carta escrita del puño y letra de un anciano de ochenta y cinco años de edad, venerable padre de familia, que acuerda medio siglo de desastres en su patria, que repelidas veces desempeñó cargos públicos, que sacrificó su fortuna, su vida, en beneficio de su país, y hoy tiene pelo, y escribe sin espejuelos, y anda una legua a pie, y goza de la vida. Ahora los hombres no tienen pelo ni tienen ojos a los veinte años.

Así discurría yo tristemente, pensando en esa degeneración física de la especie humana, de que no puede dudar el que tome en peso el casco que llevaba a la guerra el cardenal Cisneros, o ver la armadura del caballero español, que pesaba 20 arrobas, o contemple la espada de Bernardo del Carpio, armadura y espada de gigantes.

Los descendientes del Cid y de Pelayo tenemos el cutis blanco, musculatura menos pronunciada, mórbidos, puede decirse nuestros miembros, débil, suave como la seda nuestro pelo. Hay hombres en este siglo tan hermosos como una mujer. Así pues, como existen muchos que aprecian sus ventajas físicas como en el bello sexo se aprecian, me he propuesto hoy hacerles un servicio señalado, dándoles cuenta de una pequeña aventura que me condujo al descubrimiento del remedio infalible para el que se le cae el pelo. He aquí el hecho.

—Su pelo de usted está en estado de quiebra —me dijeron hace un mes unas hermosas niñas que estimo mucho.


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5 págs. / 8 minutos / 52 visitas.

Publicado el 19 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

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