Textos más cortos | pág. 345

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In Memoriam: Robert Ervin Howard

H.P. Lovecraft


Obituario, Biografía, Crítica


La repentina e inesperada muerte el 11 de junio [1936] de Robert Ervin Howard, autor de relatos fantásticos de incomparable intensidad, constituye la mayor pérdida de la ficción fantástica desde el fallecimiento de Henry S. Whitehead hace cuatro años.

Howard nació en Peaster, Texas, el 22 de enero de 1906, y tenía edad para haber visto la última fase de la conquista del sudoeste; la colonización de las grandes llanuras y de la parte inferior del valle de Río Grande, y el espectacular crecimiento de la industria del petróleo con sus bulliciosas ciudades producto del boom. Su familia había vivido en el sur, el este y el oeste de Texas, y en el oeste de Oklahoma; durante los últimos años se instalaron en Cross Plains, cerca de Brownwood, Texas. Impregnado del ambiente fronterizo, Howard se convirtió desde muy joven en devoto de sus viriles tradiciones homéricas. Su conocimiento de la historia y las costumbres era profundo, y las descripciones y recuerdos contenidos en sus cartas privadas ilustran la elocuencia y la energía con que los habría celebrado en la literatura si hubiera vivido más tiempo. La familia de Howard pertenece a una estirpe de distinguidos plantadores sureños, de ascendencia escocesa-irlandesa, la mayoría de cuyos antepasados se instalaron en Georgia y Carolina del Norte en el siglo XVIII.


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Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Historia de una Anguila

Antón Chéjov


Cuento


Es una mañana de verano; reina en la Naturaleza una tranquilidad absoluta; óyese solamente, de vez en cuando, las estridencias de los grillos. Junto a la caseta de baños en construcción, bajo las ramas verdes de un sauce, se agita en el agua el carpintero Guerasim, campesino alto, flaco, de rizosos cabellos bermejos; sopla, refunfuña, guiña los ojos y procura sacar algo de entre las raíces del sauce. A su lado, con el agua hasta el cuello, está otro carpintero, Liubim, hombre joven, bajo de estatura y jorobado; su cara es triangular y tiene ojos de chino. Entrambos llevan blusas y calzones y parecen hallarse ateridos de frío, lo cual se comprende, porque hace más de una hora que permanecen en el agua.

—¿Por qué empujas sin cesar con la mano?—grita el jorobado, tembloroso—. ¡Cabeza de burro! ¡Tenlo!..., ¡tenlo!..., ¡que no se te escape el maldito pez! ¡Te repito que lo agarres bien!

—¡No se escapará!... ¿Por dónde quieres que se nos escape?

—Se ha metido por debajo de los troncos— contesta Gnerasim con su voz de bajo ronco—. No hay por dónde cogerla.

—¡Cógela por las agallas! ¡Cógela y no la sueltes!

—¡Espera! Ya la tengo, no sé por dónde. El caso es que la tengo. ¡Cáspita! La maldita muerde.

—Por las agallas te he dicho; no la sueltes...

—No se ven las agallas. Espera. Ya la he cogido por alguna parte; por el labio creo que la he cogido.

—¡No; ¡por el labio no tires de ella! Se te va a escapar. ¡Por las agallas, por las agallas! Otra vez empujas con la mano. ¡Qué imbécil eres, válgame Dios! ¡Agárrala!

—¡Agárrala!...— exclama Guerasim irritado—. Es muy fácil dar órdenes... ¡Métete tú mismo en el agua y agárrala, diablo de jorobado que eres! ¿A que estás sin hacer nada?

—Bien la agarraría si pudiese. Bajo de estatura como soy, no puedo meterme allí; es muy hondo.


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Publicado el 27 de septiembre de 2020 por Edu Robsy.

El Cuarteto de Cuerdas

Virginia Woolf


Cuento


Bueno, aquí estamos, y si lanzas una ojeada a la estancia, advertirás que el ferrocarril subterráneo y los tranvías y los autobuses, y no pocos automóviles privados, e, incluso me atrevería a decir, landos con caballos bayos, han estado trabajando para esta reunión, trazando líneas de un extremo de Londres al otro. Sin embargo, comienzo a albergar dudas…

Sobre si es verdad, tal como dicen, que la Calle Regent está floreciente, y que el Tratado se ha firmado, y que el tiempo no es frío si tenemos en cuenta la estación, e incluso que a este precio ya no se consiguen departamentos, y que el peor momento de la gripe ha pasado; si pienso en que he olvidado escribir con referencia a la gotera de la despensa, y que me dejé un guante en el tren; si los vínculos de sangre me obligan, inclinándome al frente, a aceptar cordialmente la mano que quizá me ofrecen dubitativamente…

—¡Siete años sin vernos!

—La última vez fue en Venecia.

—¿Y dónde vives ahora?

—Bueno, es verdad que prefiero que sea a última hora de la tarde, si no es pedir demasiado…

—¡Pero yo te he reconocido al instante!

—La guerra representó una interrupción…

Si la mente está siendo atravesada por semejantes dardos, y debido a que la sociedad humana así lo impone, tan pronto uno de ellos ha sido lanzado, ya hay otro en camino; si esto engendra calor, y además han encendido la luz eléctrica; si decir una cosa deja detrás, en tantos casos, la necesidad de mejorar y revisar, provocando además arrepentimientos, placeres, vanidades y deseos; si todos los hechos a que me he referido, y los sombreros, y las pieles sobre los hombros, y los fracs de los caballeros, y las agujas de corbata con perla, es lo que surge a la superficie, ¿qué posibilidades tenemos?


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5 págs. / 9 minutos / 345 visitas.

Publicado el 12 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

El Viejo Underwood

Katherine Mansfield


Cuento


(A Anne Estelle Rice)

Descendía a grandes trancos del cerro batido por el vendaval. En una mano llevaba un paraguas negro, y en la otra un hatillo hecho con un pañuelo moteado de blanco y encarnado. Usaba la negra gorra de visera de los pilotos; aros de oro relucientes pendían de sus orejas y sus ojillos chispeaban como dos brasas; dos brasas entre las cenizas de su cara barbuda. A un lado del cerro, todo a lo largo del camino hasta el mar, pinares. Del otro, matojos de hierba y blancos y pequeños arbustos de manuka en flor. Las altas copas de los pinos bramaban como las olas, y sus troncos crujían como crujen las arboladuras de las embarcaciones. Las blancas flores de manuka revoloteaban en el aire. «¡Ah!», gritaba el viejo Underwood amenazando con su paraguas al vendaval que arremetía contra él, que estaba a punto de derribarlo, de estrangularlo con su propia capa negra. «Ahh», respondía el viento cien veces más fuerte que él, llenándole de polvo la boca y la nariz. El viejo Underwood sentía dentro de sí algo que golpeaba como un martillo: «Uno, dos; uno, dos», sin parar nunca, sin variar jamás. No podía evitarlo. No era un ruido fuerte, casi no era un ruido, sino como alguien que llamara cautelosamente a una puerta. «Uno, dos; uno, dos.» Como si alguien golpeara las rejas de una prisión —pam, pam, pam—: alguien que estuviera encerrado y tratara de escaparse. Podía hacer lo que quisiera; palparse sus ropas, agitar los brazos, escupir, jurar. No podía acallar aquel ruido. «Alto, alto, alto, alto», repetía el viejo Underwood echando a correr a trompicones.


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5 págs. / 9 minutos / 73 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Jándalo

José María de Pereda


Poesía


I

Después que lanza el invierno
el penúltimo suspiro,
y cuando montes y peñas
de este rincón bendecido
sobre campo de esmeralda
pardos levantan los picos,
y más clara el agua corre,
y en sus cauces van los ríos,
llega el espléndido mayo
sobre las auras mecido,
despejando el horizonte
y aliviando reumatismos;
tras de mayo viene junio,
como siempre ha sucedido,
y San Juan, según el orden
que va siguiendo hace siglos,
antes que junio se acabe
da al pueblo su día magnífico.
Todo lo cual significa,
para evitar laberintos,
que en San Juan vienen los jándalos
y que entonces vino el mío.

Ya tocaba en el ocaso
del sol el fúlgido disco,
y sobre el campo cayendo
leves gotas de rocío,
daban vida á los maizales
y al retoño ya marchito,
cuando en la loma de un cerro
á cierto lugar vecino,
cuyo nombre no hace al caso,
y por eso no le cito,
un jinete apareció
sobre indefinible bicho,
pues desde el lomo á los pechos
y desde el rabo al hocico,
llevaba más alamares
que sustos pasa un marido.
Todo un curro era el jinete,
á juzgar por su trapío:
faja negra, calañés
y sobre la faja un cinto
con municiones de caza,
pantalón ajustadísimo,
marsellés con más colores
que la túnica de un chino,
y una escopeta, al arzón
unida por verde cinto.

Al ver entre matorrales
destacarse y entre espinos
el escueto campanario,
de su hogar místico abrigo,
detuvo la lenta marcha
del engalanado bicho,
descubrióse la cabeza,
exhaló tierno suspiro,
meditó algunos instantes …
y continuó su camino.


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Publicado el 31 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Tragedia de Ensueño

Ramón María del Valle-Inclán


Teatro, Diálogo


Han dejado abierta la casa y parece abandonada… El niño duerme fuera, en la paz de la tarde que agoniza, bajo el emparrado de la vid. Sentada en el umbral, una vieja mueve la cuna con el pie, mientras sus dedos arrugados hacen girar el huso de la rueca. Hila la vieja, copo tras copo, el lino moreno de su campo. Tiene cien años, el cabello plateado, los ojos faltos de vista, la barbeta temblorosa.

LA ABUELA.—¡Cuantos trabajos nos aguardan en este mundo! Siete hijos tuve, y mis manos tuvieron que coser siete mortajas… Los hijos me fueron dados para que conociese las penas de criarlos, y luego, uno a uno, me los quitó la muerte cuando podían ser ayuda de mis años. Estos tristes ojos aún no se cansan de llorarlos. ¡Eran siete reyes, mozos y gentiles!… Sus viudas volvieron a casarse, y por delante de mi puerta vi pasar el cortejo de sus segundas bodas, y por delante de mi puerta vi pasar después los alegres bautizos… ¡Ah! Solamente el corro de mis nietos se deshojó como una rosa de Mayo… ¡Y eran tantos, que mis dedos se cansaban hilando día y noche sus pañales!… A todos los llevaron por ese camino donde cantan los sapos y el ruiseñor. ¡Cuánto han llorado mis ojos! Quedé ciega viendo pasar sus blancas cajas de ángeles. ¡Cuánto han llorado mis ojos y cuánto tienen todavía que llorar! Hace tres noches que aúllan los perros a mi puerta. Yo esperaba que la muerte me dejase este nieto pequeño, y también llega por él… ¡Era, entre todos, el que más quería!… Cuando enterraron a su padre aún no era nacido. Cuando enterraron a su madre aún no era bautizado… ¡Por eso era, entre todos, el que más quería!… íbale criando con cientos de trabajos. Tuve una oveja blanca que le servía de nodriza, pero la comieron los lobos en el monte… ¡Y el nieto mío se marchita como una flor! ¡Y el nieto mío se muere lenta, lentamente, como las pobres estrellas, que no pueden contemplar el amanecer!


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Publicado el 4 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

La Hora

Arturo Robsy


Cuento


—La tierra es dura
—Al hombre le toca hacerla blanda.
—Lo era. Y no lo es ya por su culpa.

—Jean Cocteau, Bachus.


Es la hora. Se pretende que apagues la luz. Se pretende que dejes penetrar la noche hasta tu cuerpo... En fin: se pretende que seas nada porque la noche todavía es dueña del miedo, encubridora del amor y víctima de los explotadores que comercian en su centro. Del día vive todo el mundo; la noche, muy pocos: los que vigilan y los que burlan la vigilancia; los que tienen largas conversaciones con las copas vacías y los que se las llenan de nuevo; también los que sueñan como tú...

El sueño te sube por las piernas como una tibia cosquilla y sienten que el pecho se te funde con el cuello, y el cuello con la cara, y la cara con el peo hasta ser, por fin, uno sólo contigo.

Regresas, por ejemplo, al astronauta que subió hasta el cielo con su cohete y le oyes hablar de las estrellas. Usa para esto palabras completamente blancas: ¿creerías que las estrellas son de hielo? Pues sí; hielo antiguo y sabio que sonríe y salta en la bóveda del firmamento. Al pasar, saludan alegremente.

—¿Adónde vas, astronauta?

—A la luna.

—¿Tan cerquita? Si es aquí mismo.

Tú, claro, piensas que es cierto y te da vergüenza no ir más allá. Las estrellas, entonces, bailan y te dan a beber su luz tan larga, tan larga:

—¿Por qué no te vienes más lejos?

—¿Adónde?

—Por ahí, al sitio donde se cobran los recibos del rayo, a la fiesta de los cometas vagabundos, o...

—¿Y al cielo? —preguntas.

—También al cielo, astronauta. Pero, para eso...

—¿Qué?

—Para eso has de contar los años de una estrella.

—¿Sí? Veamos.— entonces piensas un poco y sientes el frío del firmamento, por donde muy pocos hombres pasean. —El primer año... ¡Alegría!

—¿Y después? —dicen las estrellas.


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5 págs. / 9 minutos / 50 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2021 por Edu Robsy.

Formación Integral del Educador de la Primoera Infancia

Mirtha García Pérez


#EducaciónInfantil


Título: Formación Integral del Educador de la Primera InfanciaAutora: Mirtha García Pérez Capítulo 1: La Importancia de una Sólida Formación en la Educación Infantil
En este capítulo se explorará la necesidad de una formación adecuada para los educadores que trabajan con niños en sus primeros años de vida. Se discutirán los siguientes puntos:
1. Desarrollo Integral del Niño: Cómo una sólida formación permite al educador comprender las diversas dimensiones del desarrollo infantil, incluyendo el cognitivo, emocional, social y físico.
2. Teorías del Aprendizaje: Importancia de conocer las principales teorías del desarrollo y aprendizaje (como las de Piaget, Vygotsky y Montessori) para aplicar metodologías adecuadas.
3. Prácticas Pedagógicas Efectivas: La relación entre una buena formación y la capacidad del educador para implementar prácticas pedagógicas que fomenten un ambiente de aprendizaje positivo.
4. Adaptación a Diversos Contextos: La necesidad de que los educadores estén preparados para trabajar en contextos diversos y atender a las necesidades individuales de cada niño.
5. Formación Continua: La relevancia de la actualización constante en el campo educativo, dado el avance en investigaciones sobre desarrollo infantil y nuevas estrategias pedagógicas.
La educación infantil es un campo crucial en el desarrollo humano, donde se sientan las bases para aprendizajes futuros y se fomenta el crecimiento integral del niño. Por ello, la formación de los educadores que trabajan con los más pequeños es fundamental. Este capítulo explora la necesidad de una sólida formación en diferentes dimensiones que permiten a los educadores desempeñar su labor de manera efectiva y significativa.   1.


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5 págs. / 9 minutos / 19 visitas.

Publicado el 25 de diciembre de 2024 por Mirtha García Pérez .

Formación Integral del Educador de la Primera Infancia

Mirtha García Pérez


#educaciónparatodos


Título: Formación Integral del Educador de la Primera InfanciaAutora: Mirtha García Pérez Capítulo 1: La Importancia de una Sólida Formación en la Educación Infantil
En este capítulo se explorará la necesidad de una formación adecuada para los educadores que trabajan con niños en sus primeros años de vida. Se discutirán los siguientes puntos:
1. Desarrollo Integral del Niño: Cómo una sólida formación permite al educador comprender las diversas dimensiones del desarrollo infantil, incluyendo el cognitivo, emocional, social y físico.
2. Teorías del Aprendizaje: Importancia de conocer las principales teorías del desarrollo y aprendizaje (como las de Piaget, Vygotsky y Montessori) para aplicar metodologías adecuadas.
3. Prácticas Pedagógicas Efectivas: La relación entre una buena formación y la capacidad del educador para implementar prácticas pedagógicas que fomenten un ambiente de aprendizaje positivo.
4. Adaptación a Diversos Contextos: La necesidad de que los educadores estén preparados para trabajar en contextos diversos y atender a las necesidades individuales de cada niño.
5. Formación Continua: La relevancia de la actualización constante en el campo educativo, dado el avance en investigaciones sobre desarrollo infantil y nuevas estrategias pedagógicas.
La educación infantil es un campo crucial en el desarrollo humano, donde se sientan las bases para aprendizajes futuros y se fomenta el crecimiento integral del niño. Por ello, la formación de los educadores que trabajan con los más pequeños es fundamental. Este capítulo explora la necesidad de una sólida formación en diferentes dimensiones que permiten a los educadores desempeñar su labor de manera efectiva y significativa.   1.


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Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 29 visitas.

Publicado el 25 de diciembre de 2024 por Mirtha García Pérez .

Los Tres Besos

Horacio Quiroga


Cuento


Había una vez un hombre con tanta sed de amar que temía morir sin haber amado bastante. Temía sobre todo morir sin haber conocido uno de esos paraísos de amor, a que se entra una sola vez en la vida por los ojos claros u oscuros de una mujer.

—¿Qué haré de mí —decía— si la hora de la muerte me sobrecoge sin haberlo conseguido? ¿Qué he amado yo hasta ahora? ¿Qué he abrazado? ¿Qué he besado?

Tal temía el hombre; y ésta es la razón por la cual se quejaba al destino de su suerte.

Pero he aquí que mientras tendido en su cama se quejaba, un suave resplandor se proyectó sobre él, y volviéndose vio a un ángel que le hablaba así:

—¿Por qué sufres, hombre? Tus lamentos han llegado hasta el Señor, y he sido enviado a ti para interrogarte. ¿Por qué lloras? ¿Qué deseas?

El hombre miró con vivo asombro a su visitante, que se mantenía tras el respaldo de la cama con las alas plegadas.

—Y tú, ¿quién eres? —preguntó el hombre.

—Ya lo ves —repuso el intruso con dulce gravedad—. Tu ángel de la guarda.

—¡Ah, muy bien! —dijo el hombre, sentándose del todo en la cama—. Yo creía que a mi edad no tenía ya ángel guardián.

—¿Y por qué? —contestó sonriendo el ángel.

Pero el hombre había sonreído también, porque se hallaba a gusto conversando a su edad con un ángel del cielo.

—En efecto —repuso—. ¿Por qué no puedo tener todavía un ángel guardián que vele por mí? Estaría muy contento, mucho, de saberlo —agregó en voz baja y sombría al recordar su aflicción— si no fuera totalmente inútil…

—Nada es inútil cuando se desea y se sufre por ello —replicó el ángel de la guarda—. La prueba la tienes aquí: ¿No has elevado la voz de tu deseo y tu sufrimiento? El Señor te ha oído. Por segunda vez, te pregunto: ¿Qué quieres? ¿Cuál es tu aspiración?


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Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 765 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

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