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Fue Satanás

Ramón María del Valle-Inclán


Cuento


Por aquel entonces, conocí a la princesa Gaetani. Había sido amiga de mi madre, y me recibió en su palacio con exquisita cortesía. Tenía cinco hijas, que la rodeaban en el estrado, como en una Corte de Amor. No tardé en sentirme enamorado de la mayor, que se llamaba María Rosario. Su recuerdo, a pesar de los años y de la vejez, aun pone en mis ojos un vapor de lágrimas. ¡Qué triste fué para mí aquella tarde de otoño, cuando la vi por última vez!

María Rosario estaba en el fondo de un salón llenando de rosas los floreros de la capilla.

Cuando yo entré quedóse un momento indecisa: sus ojos miraron medrosos hacia la puerta, y luego se volvieron a mí con un ruego tímido y ardiente.

Llenaba en aquel momento el último florero, y sobre sus manos deshojóse una rosa.

Yo entonces le dije, sonriendo:

—¡Hasta las rosas se mueren por besar vuestras manos!

Ella también sonrió contemplando las hojas que había entre sus dedos, y después con leve soplo las hizo volar. Quedamos silenciosos: era la caída de la tarde y el sol doraba una ventana con sus últimos reflejos: los cipreses del jardín levantaban sus cimas pensativas en el azul del crepúsculo, al pie de la vidriera iluminada. Dentro apenas se distinguía la forma de las cosas, y en el recogimiento del salón las rosas esparcían un perfume tenue y las palabras morían lentamente igual que la tarde. Mis ojos buscaban los ojos de María Rosario con el empeño de aprisionarlos en la sombra. Ella suspiró angustiada como si el aire le faltase, y apartándose el cabello con ambas manos, huyó hacia la ventana. Yo, temeroso de asustarla, no intenté seguirla, y sólo le dije después de un largo silencio:

—¿No me daréis una rosa?

Volvióse lentamente y repuso con voz tenue:

—Si la queréis...


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5 págs. / 9 minutos / 106 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2021 por Edu Robsy.

Asesino

Horacio Quiroga


Artículo



Juan Bodgán, soldado de infantería, regresa del frente cargado de laureles. Cuenta en su haber con diversos enemigos más que posiblemente muertos a bala, y siete u ocho ultimados con la bayoneta. Estos últimos éxitos están perfectamente comprobados; dan fe de ello sus compañeros de asalto y los mismos oficiales, que son quienes han elevado el entusiasta informe.

Siete u ocho rusos ensartados en la bayoneta, son un respetable número, que honra a cualquier civil. Juan Bodgán no es militar de profesión, ni siquiera un hombre de cultura urbana, arrebatado desde pequeño por el culto a la patria. Es un patán, un rudo campesino austriaco que hasta el día anterior a la declaración de guerra se daba por muy satisfecho guiando el coche de su señor, un aristócrata húngaro. No importa; él solo, Juan Bodgán, sin más ayuda que la de sus manos y la de la bayoneta prestada por el Estado Mayor, ha abierto el vientre a siete u ocho hombres. Es un héroe, y merece bien de la patria.

Mientras el tren lo devuelve de regreso a su pueblo natal, Juan Bodgán, con una sonrisita de orgullo, evoca a sus muertos. ¡Oh! ¡La cosa no ha sido fácil, por cierto! Es aquel un oficio como otro cualquiera, que requiere largo aprendizaje y práctica antes de poder aspirar a las condecoraciones de heroísmo. Recuerda sobre todo a su primera víctima, un ruso alto y flaco, de larga barba entrecana; un ruso de la reserva, ya viejo y posiblemente padre de numerosa familia.

Juan Bodgán no conocía aún su oficio de matar. Por lo cual, al tener enfrente al ruso, lo clavó literalmente contra el parapeto de la trinchera.


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Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 21 visitas.

Publicado el 12 de agosto de 2026 por Brian.

Gotas Amargas

Francisco Acebal


Cuento


La pantalla de la lámpara cernía la luz del foco eléctrico y el saloncito quedaba iluminado con claridad entre soñolienta y voluptuosa, combinada con maña para penumbra de parejitas arrulladoras y para luminar de una tertulia grave.

Entre la charla de los contertulios, sonó por azares de la conversación, el nombre de los Rubines, y allí fué el lanzar suspirillos y el balbucear elogios, flores de trapo que caen sobre el recuerdo de los muertos sin aroma y sin frescura. Hasta la jovenzuela que con el galán imberbe picoteaba en un rincón, ofrendó pétalos mustios á la memoria de los que fueron en vida concurrentes á la tertulia tristona, pero de un tufillo aristocrático que atraía y fascinaba.

¡Inolvidables Rubines! espejo de matrimonios, símbolo de la felicidad humana. Así lo expresaban sus rostros francotes y risueños con esa placidez de mirada y mímica pachorruda propia de seres ahitos de bienestar. Ni una nubecilla empañó jamás el cielo de su dicha; unidas sus almas en un mismo deseo, en dulce trato, consorcio íntimo que daba ejemplo á nuestra juventud desdeñosa del sétimo Sacramento.

Aquí llegaba el coro ensalzador del matrimonio Rubin, cuando la señora de la casa exclamó:

—¿Por qué se sonríe usted, D. Santiago? Usted siempre el mismo, nuestro gran burlón, nuestro ínclito pesimista.

—Ah, señora—contestó el aludido—soy la primera víctima de mí mismo, de este humor negro que me hace árida la vida; es muy triste esto que me ocurre; saborear la almendra amarga antes que el fruto sabroso.


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Publicado el 7 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

El Odio

Joaquín Dicenta


Cuento


I

Su nombre andaba de boca en boca, como la carne del jabalí en los dientes de la trabilla, destrozado, mordido, hecho tiras, chorreando sangre. Su primer triunfo fue la señal para emprender aquella batida cobarde, con la que se trataba de cortar el paso a una reputación naciente. Chasco se llevan los que calentando su espíritu y mortificando su cerebro con la esperanza del primer aplauso, imaginan que, una vez logrado éste, termina el vía-crucis y pueden seguir su camino por sendas fáciles, por carriles seguros, que hacen el viaje cómodo y la llegada pronta. Más se estrecha el sendero cuanto más se adelanta; más áspero es el piso, más enmarañados y espinosos los zarzales que a uno y otro lado del sendero se elevan y hacia él se extienden y en su centro se unen; muralla movediza y punzante que hay que salvar a pecho descubierto, sin volver la cabeza, disimulando el dolor, gritando hacia adentro, llorando hacia adentro también, con el pie firme, la frente alta y los ojos en el porvenir...

¡Qué remedio!... Algo ha de costar romper el dique de las vulgaridades consagradas, rebasar el nivel de las medianías, salirse de la recua... Mujer hermosa y hombre superior que no cuentan con la calumnia y con la envidia, no echan sus cuentas bien. Ocurre con esto lo que con el sarampión: hay que pasarlo.


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5 págs. / 9 minutos / 65 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2022 por Edu Robsy.

La Caja de Cerillas

Nilo Fabra


Cuento


Rico, viejo, achacoso, sin hijos que le heredasen, y solo con parientes, lejanos y codiciosos, era Samuel Rodríguez el más infeliz de los avaros. Ni el afán de acapararlo todo, ni el placer de contar y recontar el fruto de sus granjerías, ni la necia vanidad de que podía poseer lo que otros inútilmente ambicionaban, hacíanle llevaderas las angustias, zozobras y fatigas que producía en su ánimo, naturalmente pusilánime, el temor de perder el bien alcanzado con tantas privaciones.


* * *


No ha mucho tiempo que Samuel recorría a pie una comarca, donde acababa de sentar los reales para esquilmarla y empobrecerla con sus negocios usurarios, cuando le sorprendió la noche junto a un río, a la sazón infranqueable sin el auxilio de barca, porque repentina avenida había destruido el puente o inutilizado el vado. Lleno de mortal congoja, temiendo a cada paso la sorpresa de imaginarios bandoleros, pues llevaba en el seno un fajo de billetes de Banco, seguía la margen del río, hasta que la suerte le deparó una barca medio varada en la arena. Su primer intento fue ponerla a flote; mas faltándole fuerzas, y coligiendo por varios y manifiestos indicios que aquel debía de ser lugar frecuentado de pescadores, comenzó a dar voces en demanda de socorro. Acudió solícito a prestarlo uno de aquellos, dueño de la barca, a quien Samuel, con lágrimas en los ojos, suplicó que, por caridad y amor de Dios, le pasase a la orilla opuesta. Era el barquero muy pobre, y de suyo compasivo para con los menesterosos, y tomando por tal a Rodríguez, a juzgar por lo roto, raído y mugriento del traje, accedió, sin estipendio alguno, a lo que pedía, y comenzó a poner en obra su buena intención.


* * *


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Publicado el 19 de febrero de 2023 por Edu Robsy.

Inteligencia espiritual de Ramón Gallegos

Fundación Ramón Gallegos


ramón gallegos, educación holista, inteligencia espiritual


Siempre que leo los libros del Dr. Ramón Gallegos encuentro que invita a sus lectores a vivir la extraordinaria experiencia de “asistir a un nuevo cambio de época”, del surgimiento de una nueva visión del mundo, de una nueva conciencia… y nunca como ahora había sido consciente de esta experiencia de totalidad, de ver lo sagrado en cada una de nuestras actividades, como educadores, como empresarios, como políticos, como seres humanos. Y digo esto porque, después de quince años de trabajo en esta visión de la educación holista, las personas interesadas en esta nueva visión parecen ser cada vez más.  Ahora, en el nacimiento de este siglo XXI, no es extraño observar que temas como la espiritualidad ocupen de manera primordial nuestra vida, espiritualidad en su sentido amplio y original, observamos, por ejemplo, que se habla de la espiritualidad en los negocios, de la espiritualidad en el medio ambiente, de la espiritualidad en la política, de la espiritualidad en la educación. La espiritualidad se considera la mayor megatendencia del siglo XXI,. La educación holista, que es el tema que nos une hoy, tiene también su fuente en la espiritualidad y cuenta con un concepto muy importante que nos ayudará para la evolución de la conciencia:  La Inteligencia Espiritual.

 

Este ensayo esta basado en la obra del Dr. Ramon Gallegos, que es una de las autoridades mundiales en inteligencia espiritual. La concepción que se tiene de la inteligencia ha definido la concepción que se tiene del ser humano y a lo largo del tiempo podemos observar diferentes visiones de la inteligencia, reconociendo tres grandes momentos de su desarrollo:


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Publicado el 15 de mayo de 2018 por Fundación Ramón Gallegos.

El Amor que Asalta

Miguel de Unamuno


Cuento


¿Qué es eso del amor, de que están siempre hablando tantos hombres y que es el tema casi único de los cantos de los poetas? Es lo que se preguntaba Anastasio. Porque él nunca sintió nada que se pareciese a lo que llaman amor los enamorados. ¿Sería una mera ficción, o acaso un embuste convencional con que las almas débiles tratan de defenderse de la vaciedad de la vida, del inevitable aburrimiento? Porque, eso sí, para vacuo y aburrido, y absurdo y sin sentido, no había, en sentir de Anastasio, nada como la vida humana.

Arrastraba el pobre Anastasio una existencia lamentable, sin estímulo ni objetivo para el vivir, y cien veces se habría suicidado si no aguardase, con una oscura esperanza a prueba de un continuo desengaño, que también a él le llegase alguna vez a visitar el amor. Y viajaba, viajaba en su busca, por si cuando menos lo pensase le acometía de pronto en una encrucijada del camino.

No sentía codicia de dinero, disponiendo de una modesta, pero para él más que suficiente fortuna, ni sentía ambición de gloria o de honores, ni anhelo de mando y poderío. Ninguno de los móviles que llevan a los hombres al esfuerzo le parecía digno de esforzarse por él, y no encontraba tampoco el más leve consuelo a su tedio mortal ni en la ciencia, ni en el arte, ni en la acción pública. Y leía el Eclesiastés mientras esperaba la última experiencia, la del amor.

Habíase dado a leer a todos los grandes poetas eróticos, a los analistas del amor entre hombre y mujer, las novelas todas amatorias, y descendió hasta esas obras lamentables que se escriben para los que aún no son hombres del todo y para los que dejaron en cierto modo de serlo: se rebajó hasta escarbar en la literatura pornográfica. Y es claro, aquí encontró menos aún que en otras partes huella alguna del amor.


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Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Gato Negro

Julia de Asensi


Cuento infantil


Dos gatitos, nada más, había tenido la gata de Doña Casimira Vallejo, y ya habían pedido a la citada señora nada menos que catorce. Y es que los gatitos eran completamente negros, y sabido es que hay muchas personas que creen que aquéllos traen la felicidad a las casas.

De buena gana Doña Casimira no se hubiera desprendido de aquellos dos hijos de su Sultana; pero su esposo le había declarado que no quería mas gatos en su vivienda, y la buena señora tuvo que resignarse a regalarlos el día mismo que cumplieran dos meses.

Mucho tiempo estuvo pensando dónde quedarían mejor colocados; el vecino del piso bajo perdía muchos gatos y no faltaba quien sospechase que se los comía; el tendero de entrente los dejaba salir a la calle y se los robaban; la vieja del cuarto entresuelo era muy económica y no les daba de comer; el cura tenía un perro que asustaba a los animalitos; y así, de uno en otro, resultó que los catorce pedidos se redujeron para Doña Casimira solamente a dos, casualmente el número de gatos que tenía. Aún así, no acabaron sus cavilaciones.

Moro, el más hermoso y más grave de los dos gatitos, convendría mejor a Doña Carlota, la vecina del tercero de la izquierda, que tenía una hija muy juiciosa a pesar de sus cortos años; pero Fígaro (así nombrado por el marido de Doña Casimira por haberle hallado un día jugando con su guitarra, cuyas cuerdas sonaban no muy armoniosamente)… Fígaro, que, según decían, tenía una vaga semejanza con el barbero del número 8 de aquella calle, por lo que había merecido dos veces ser llamado de aquella manera, no estaría del todo bien en casa de don Serafín, cuyos niños eran muy revoltosos y trataban con dureza a los animales.

Pero al cabo, como el tiempo urgía, Morito fue entregado a Doña Carlota y Fígaro a Don Serafín.


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Publicado el 7 de enero de 2021 por Edu Robsy.

La Sra. Marionnette

José Antonio Román


Cuento


Fué aquel un crepúsculo luminoso, desfalleciente, que llenaba el espíritu de honda melancolía. El cielo plácido, puramente azulado, rasgueado por el incierto vuelo de alguna retardada ave, se extendía sobro nuestras cabezas. A lo lejos, por una abierta ventana, veíamos pasar los carruajes, bulliciosos, naciendo retemblar las piedras.

Bebíamos cerveza con lentitudes de sibarita. Y en los polvorosos aleros de los edificios los dorados reflejos de un sol poniente.

Adoptando una muelle posición levantó su pálido rostro en el que un temprano é incurable hastío había dejado dolorosas huellas, y con su voz dulcemente triste, un tanto cansala, empezó mi amigo así:

—Es al concluir la gran calle que, tortuosa, conduce á la Exposición, donde ella vive. Casi todas las tardes, negligentemente apoyada en su balcón contemplando el desfile de los paseantes solía verla yo. Y horas enteras, trajeada de rojo, se estaba allí con su actitud de ídolo inciensado, con su extraña sonrisa de Astarté-Astaroth, mientras á sus pies, ensordecedores con su áspero traqueteo ritmado por el chillador silbato del conductor, los sucios y pesados tranvías se deslizaban arrastrados penosamente por Hacas bestias. En aquella gente que se apiñaba en las banquetas, sudorosa, tostada lentamente por el sol, clavaba ella sus miradas de hembra ansiosa.


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Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 33 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

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