Textos más cortos | pág. 374

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El Belén

Emilia Pardo Bazán


Cuento


De vuelta a su casa, ya anochecido, don Julio Revenga —sentado en el tranvía del barrio de Salamanca, metidas las manos en los bolsillos del abrigo gabán con cuello y maniquetas de pieles— rumiaba pensamientos ingratos. Su situación era comprometida y grave, doblemente grave para un hombre leal y franco por naturaleza, y obligado por las circunstancias a engañar y a mentir. ¡Qué cara pagaba una hora de extravío! La tranquilidad de su conciencia, la paz de su casa, la seriedad de su conducta, todo al agua por algunos instantes en que no supo precaverse de una tentación.

Mientras el cobrador iba cantando las estaciones del trayecto y el coche despoblándose, Revenga daba vueltas a la historia de su yerro. ¿Cómo había sido? ¿Cómo había podido suceder? Como suceden esas cosas: tontamente. Si no es la quiebra de su amigo y paisano Costavilla, no tendría ocasión de ponerse en frecuente contacto con la hermana, aquella Anita Dolores —mujer ya espigada en los treinta años, y más desenvuelta que candorosa.


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Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 76 visitas.

Publicado el 27 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Inteligencia espiritual, aprendiendo a ser feliz con Ramón Gallegos

Fundación Ramón Gallegos


ramón gallegos, educación holista, inteligencia espiritual


¿Cómo describir el proceso de estos años vividos?  ¿Tratar de escribirlo en palabras de un lenguaje dualista que limita?, solamente puedo hacerlo desde la visión amplia que integra, que trasciende, una visión que abarca, que permanece, que contempla y  que se mueve; solo desde  el holismo podría expresarlo en lenguaje que la mente y el espíritu comprenden. Sería un lenguaje libre que exprese no la forma ni la línea, solo la esencia sublime del interior de aquel que siente.

El camino ha transformado todas las dimensiones y niveles de mi ser. Ha venido a aclarar, ordenar y fundamentar mis vivencias, no tengo más que agradecer la oportunidad que me dio la vida al cursar estos años. Llegué buscando orden interno y al final evalúo y  puedo decir que lo encontré.

La lectura de estos tres últimos libros de Ramon Gallegos: “El néctar de la Felicidad”, “En unidad  con el Ser”  y “Conciencia iluminada” ha sido como una gota de miel que sella la inutilidad de un  abismo infértil, es una invitación a la experiencia  real que culmina  tanto estudio. No puedo hablar de los  libros sin remitirlo a mis vivencias y eso me dice que mi comprensión  va más allá de la mente, es una comprensión, si pudiera decir que el espíritu comprende, del espíritu mismo, porque cada respuesta que encuentro ahí me sintoniza con una verdad profunda que reconozco desde dentro.

Mucho había oído decir que leer escritos sagrados suben la frecuencia de aquel que los lee. Eso me pasa al leer estos libros de Ramon Gallegos, resuenan en mi interior y me llevan a  la expansión y  al gozo. Es muy curioso y tal vez tendría que guardar esta experiencia solamente para mí, pero me parece también necesario  que se conozca que  su lectura puede provocar estados como  los que vivo.


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5 págs. / 10 minutos / 36 visitas.

Publicado el 15 de mayo de 2018 por Fundación Ramón Gallegos.

Señor Dimas

Alejandro Larrubiera


Cuento


I

Encorvado con el peso de los años, canosos los mechones de pelo, rebeldes á encarcelarse en la grasienta y agujereada pared de un sombrero de fieltro de alas abarquilladas, brillantes los ojos negros de dulce y melancólico mirar, crecidas las barbas de plata, el cutis como pergamino estrujado, la perlática mano abarrotando una cayada, necesario puntal para que el vetusto edificio del cuerpo no se desplomara, pulcro en medio de su pobreza, impregnado el continente de un aire señoril, vestigio de tiempos mejores, señor Dimas, cuando la rosada mano de la aurora descorre tímidamente la negra cortina de la noche para mostrar á los humanos el sol, su amante, salía de su albergue —choza más que casa— perdido en una hondonada, cerca del Manzanares, teniendo á sus espaldas los arenosos montículos de San Isidro y á su frente el Palacio Real, en tal momento sus inmensos lienzos de piedra bañados de tibia luz que resbala por la cristalería del balconaje sin romper sus cuadrados de negra sombra.

Señor Dimas, más por afición al trabajo que por necesidad, lleva un saco á la espalda y el gancho de trapero colgado de uno de los ojales de su chaquetón de pana, empedrado de remiendos zurcidos y costurones.

A paso tardo y ruidoso al chocar las ferradas botas contra los guijarros de la calleja, dirígese el valetudinario camino de la metrópoli madrileña, que entre las brumas del amanecer se columbra á lo lejos, en alto, levantando al aire las cúpulas de sus torres, como la fe puede alzar los brazos hacia lo infinito.


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Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 60 visitas.

Publicado el 19 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

El Hermano Cirilo

Vicente Riva Palacio


Cuento


Cuento Verdadero


En uno de los pueblos de España, y a principios de este siglo, vivía un varón ejemplarísimo por sus virtudes, y a quien todos llamaban allí el hermano Cirilo; no porque perteneciera a ninguna comunidad ni cofradía, sino porque de propia voluntad vestía siempre el hábito de San Francisco, y a todos los saludaba con el cariñoso título de hermano.

Frisaba ya en los setenta años; era delgado, pálido, de pequeña estatura, pero vigoroso, activo y ligero, y bajo aquel aspecto de ancianidad llevaba el alma de un niño y el corazón de un ángel.

Tocábale a fray Cirilo toda la mayor parte de aquellas bienaventuranzas que dijo Jesucristo, porque era manso, misericordioso y limpio de corazón, pero sobre todo, la que más le cubría era aquella, en que habló el Redentor, de los pobres de espíritu, que si pobre en bienes terrenales estaba siempre, porque a los pobres daba cuanto adquirir podía, más escaso andaba en materia de espíritu, sin que por esto pudiera decirse de él, que era todo lo que se llama un tonto, ni mucho menos.

No tenía el hermano Cirilo idea del mal, como propio de la naturaleza humana; creíalo siempre obra del demonio, pensaba que más que castigos buscarse debieran medios para resistir las tentaciones del ángel rebelde.

Con todo y con eso, en aquel pueblo, en que las costumbres no andaban muy de acuerdo con la moral evangélica, el hermano Cirilo, con sus exhortaciones, sus consejos y su afán por moralizar a la gente, había alcanzado más de un triunfo, ya apartando a una doncella del precipicio, ya dando resignación a una casa víctima de un marido celoso o brutal, ya conteniendo a más de una viuda en los estrechos límites de la honestidad.


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Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 86 visitas.

Publicado el 29 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Los Ministerios

Manuel Payno


Cuento


Dicen que en Europa se llama lisa y peladamente ministerio, a la reunión de todos los miembros que se hallan encargados de los ramos de administración pública, y dicen también que esto es porque generalmente el hombre más influyente lleva la voz en los asuntos, y así se dice ministerio Mole, ministerio Mendizábal, etcétera. Si es esto verdad o no, díganlo los que han estado en Europa y han echado una ojeada al estado político de aquellos países. Aquí no sucede eso. Los cuatro ministros han conservado la independencia de sus funciones y obedecen y mandan a la vez, y sus nombres se imprimen con letra bastardilla en los diarios, sin que los redactores de ellos hayan tenido hasta hoy motivo para encabezar la parte política con «actos del ministerio fulano», sino actos del gobierno, y luego: «Cámara de Representantes y Corte Suprema de Justicia». Esto ha sucedido desde el establecimiento de la libertad, y la base de ella y de la Constitución, ha estado y está indicada en todos los periódicos.

Cada ministerio, pues, tiene una fisonomía particular en sus labores, en sus maneras, en sus empleados y en sus pretendientes.


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Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 59 visitas.

Publicado el 19 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

El Regreso

Guy de Maupassant


Cuento


Con sus olas continuas y monótonas, la mar azota la costa. Impulsadas por el viento, y semejando pájaros, blancas nubecillas pasan rápidamente á través del inmenso cielo azul, y la aldea, situada en el pliegue de un valle que llega hasta el océano, se calienta al sol.

Á la entrada, y al borde del camino, se alza la casa de los Martín Levesque. Es una morada de pescador con los muros de arcilla y el tejado de bálago que ostenta un penacho de azules lirios. Un huerto del tamaño de un pañuelo en el que crecen cebollas, coles y perejil, se extiende ante la puerta; y, á lo largo del camino, lo cierra tosca valla.

El hombre está en la mar, pescando, y la mujer, frente á la morada, repara las mallas de una red enorme que, extendida contra la pared, semeja inmensa tela de araña. Sentada en una silla de paja á la entrada del huerto, una muchachita de catorce años se inclina hacia atrás y arregla ropa blanca, ropa blanca de pobres, remendada y zurcida ya. Otra chiquilla, un año más joven, mece en sus brazos á un niño pequeño, tan pequeño que ni siquiera se mueve ni habla. Y dos pequeñuelos de dos ó tres años, sentados en el suelo y frente á frente, construyen jardines con sus torpes manos y se tiran á la cara puñados de polvo.

Nadie habla. Únicamente el pequeñuelo á quien quieren dormir llora sin descanso, con gritos agrios y cascados. Junto á la ventana, un gato duerme y los abiertos girasoles que se abren al pie del muro, forman un macizo de flores sobre el cual, zumbando, revolotea un mundo de moscas.

De pronto, la muchacha que cose á la entrada grita:

—¡Mamá!

Y la madre responde:

—¿Qué quieres?

—¡Ahí está otra vez!


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Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 55 visitas.

Publicado el 3 de marzo de 2025 por Edu Robsy.

Los Robinsones Del Bosque

Horacio Quiroga


Cuento


Una mañana, el joven empleado de banco se despierta en el bosque. —¡Por fin!— exclama —¡Heme por fin en plena naturaleza!— Y calzándose sus polainas nuevas, colgando de la cintura su machete nuevo, y del hombro su escopeta también virgen, se lanza al monte. 

No es natural que a la vuelta del primer poste de alambrado haya antas, ni común que en las picadas se encuentren tigres. No importa; nuestro joven empleado no ceba menos por eso su escopeta, ni deja de probar el filo del machete en la primer liana que pende como una gruesa soga desde 15 metros de altura.

Y aquí el primer contraste: el machete, descargado con una energía que honra el entusiasmo del mozo, ha tronchado —claro está— la soga en cuestión, pero siguiendo su curva ha ido a clavarse en el botín de su dueño: en la suela, felizmente, que sobresale dos centímetros.


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Dominio público
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Publicado el 11 de julio de 2026 por Brian.

La Misa de las Sombras

Anatole France


Cuento


He aquí lo que el sacristán de la iglesia de Santa Eulalia, en Neuville—d'Aumont, me contó bajo el emparrado del Cheval—Blanc, una hermosa velada veraniega, mientras nos bebíamos una botella de vino añejo a la salud de un muerto muy acomodado, que aquella misma mañana había llevado con honor al cementerio, bajo un paño sembrado de lágrimas de plata:

«Mi difunto padre (es el sacristán el que narra) ejerció el oficio de sepulturero. Era de espíritu agradable, sin duda como consecuencia de su oficio, pues se ha demostrado que las personas que trabajan en los cementerios son de carácter jovial. Yo que le estoy hablando, señor, entro en un cementerio por la noche tan tranquilo como bajo el cenador del Cheval—Blanc. Y si, por casualidad, me encuentro por la noche con un aparecido, no me inquieto, pues pienso que debe ir a sus asuntos lo mismo que yo voy a los míos. Conozco las costumbres de los muertos y su carácter. Sé a ese respecto cosas que ni los mismos curas saben. Y si le contara todo lo que he visto, se quedaría bastante sorprendido. Pero todas las verdades no se deben contar y mi padre, al que sin embargo le gustaba contar historias, no reveló ni la vigésima parte de lo que sabía. En cambio, repetía con frecuencia los mismos relatos y, en mi opinión, narró lo menos cien veces la aventura de Catherine Fontaine.


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Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Matrimonio Desigual

Vicente Riva Palacio


Cuento


Comenzaba a anochecer cuando llegamos a Covadonga. La luna, en creciente, estaba casi a la mitad del cielo, y su débil claridad se mezclaba con las últimas luces del crepúsculo, dando a todos los objetos un aspecto fantástico, aumentando sus proporciones con la indecisión de los perfiles.

Muchos días hacía que soñábamos con Covadonga. Sentíamos la fiebre de la impaciencia por conocer aquel lugar histórico, y revivíamos las tradiciones y las crónicas en nuestro cerebro, y multiplicábamos las leyendas que brotan de cada uno de los cantos que han inspirado aquellas rocas, sagradas para los españoles. Así es que, al llegar y penetrar en la cañada en aquella hora tan misteriosa, nuestra imaginación se exaltaba, y nos parecía que escuchábamos el alarido de los moros y el ronco grito de los cristianos; y con asombro contemplábamos aquellos enhiestos peñascos, y Covadonga nos parecía una inmensa concha de granito que había cerrado sus valvas gigantescas para abrigar como una perla a un grupo de héroes, y las abrió después para que de allí saliera el germen de un pueblo que debía crecer y robustecerse cada día, reconquistar su patria y pasear triunfante sus banderas en el siglo XVI por la mitad del mundo.

Nos dieron albergue en la hospedería, y a las ocho de la noche nos sentamos a comer, los pocos peregrinos que allí estábamos.

La conversación de sobremesa tomó un carácter de familiaridad muy agradable, porque éramos pocos y todos habíamos llegado en busca de la impresión que debía causarnos aquel lugar.


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Publicado el 29 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Recuerdo

Felipe Trigo


Cuento


No había andado Juana la mitad del camino hacia la viña, con un cesto de mimbres al cuadril, cuando entre las encinas de la sierra se presentó Chuco de sopetón, diciendo:

—Mía tú, Reina, vengo escapao porque te vide llegar desde las pizarreras donde tengo la cabrá. Te quió decir una cosa. Mañana ya sabes que me voy a la ziudá, a la melicia; pues, vélaqui lo que traigo.

Chuco entregó un papel a su novia.

—¡Calla! ¿Y quién este santo...? ¡Eres tú!—exclamó ella admirada.

—Y toas qu’es verdá... Y que ma retratao el señorito ese, amigo del amo, ca venío de temporá al cortijo. Le trompecé ayer tarde en la ermita, pintando toa la fachá y toos los árboles y too... Liamos un cigarro, y aluego dijo que quería retratarme; yo le dije que bueno; me puso el garrote asina, como estás viendo ahí, y en menos de na, que toma, que deja, que raya p’arriba que raya p’abajo, ya tenía too el muñeco formao. Iba a largarse, después de parlar un rato, cuando, sin saber por qué, me acordé de ti. ¿Por qué no me había de hacer otro retrato pa ti...? Se lo dije lo mesmo que lo pensaba, y él, que debe ser mu largo, se echó a reir y lo hizo en seguía. Ese es, Reina, pa que lo guardes mientras ando yo por esos mundos... Pues, bueno; yo no he dormío ni migaja en toa la noche pensando al respetive qu’es menester que tú me des tamíen un retrato.

—Y yo... ¿cómo?—preguntó Juana dejando de mirar el de Chuco.

—Escucha, asina: vete en cuatro brincos a la alamea de la Tabla Grande del río, que allí se paró don Luis hace un poco, al salir el sol, y apreparó los chismes como pa pintar el molinillo, y amáñate pa ve cómo pué retratate. Anda, Reina; no me voy a se sordao si al llevaros esta noche la jarra de leche no me le tienes... ¿Lo oyes? ¡Que se me ha metió en la chola, y no me voy aunque sepa dar en un presillo!


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Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 61 visitas.

Publicado el 26 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

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