Textos más cortos | pág. 375

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La Condenada

Vicente Blasco Ibáñez


Cuento


Catorce meses llevaba Rafael en la estrecha celda.

Tenía por mundo aquellas cuatro paredes, de un triste blanco de hueso, cuyas grietas y desconchaduras se sabía de memoria; su sol era el alto ventanillo cruzado por hierros que cortaban la azul mancha del cielo; y del suelo de ocho pasos apenas si era suya la mitad, por culpa de aquella cadena escandalosa y chillona, cuya argolla, incrustándosele en el tobillo, había llegado casi a amalgamarse con su carne.

Estaba condenado a muerte, y mientras en Madrid hojeaban por última vez los papelotes de su proceso, él se pasaba allí meses y meses enterrado en vida, pudriéndose, como animado cadáver, en aquel ataúd de argamasa, deseando, como un mal momentáneo que pondría fin a otros mayores, que llegase pronto la hora en que le apretaran el cuello, terminando todo de una vez.

Lo que más le molestaba era la limpieza; aquel suelo barrido todos los días y bien fregado, para que la humedad, filtrándose a través del petate, se le metiera en los huesos; aquellas paredes, en las que no se dejaba tener ni una mota de polvo. Hasta la compañía de la suciedad le quitaban al preso. Soledad completa. Si allí entrasen ratas, tendría el consuelo de partir con ellas la escasa comida y hablarlas como buenas compañeras; si en los rincones hubiera encontrado una araña, se habría entretenido domesticándola.


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5 págs. / 10 minutos / 253 visitas.

Publicado el 20 de abril de 2016 por Edu Robsy.

El Intrépido Soldadito de Plomo

Hans Christian Andersen


Cuento infantil


Había una vez veinte y cinco soldados de plomo, todos hermanos por haber nacido de la misma cuchara de estaño. Llevaban el arma al brazo y miraban fijamente delante de sí; su uniforme era de color rojo y azul.

Las primeras palabras que oyeron en este mundo, cuando levantaron la tapa de la caja donde estaban encerrados, fueron: «¡Ay qué bonitos soldados de plomo!» El que hablaba así era un niño palmoteando de alegría. Acababa de recibir aquel regalo por ser el día de su santo. Formó al momento á sus queridos soldados en la mesa; todos ellos se parecian como dos golas de agua, ménos uno que fué el último que fundieron y para el cual no hubo bastante estaño; así es que no tenía más que una pierna, pero se mantenia en ella tan firme como los demas con sus dos piés, y fué el único á quien sucedieron aventuras memorables.

Sobre la mesa en que colocaron toda la compañía, había otros varios juguetes, pero el que llamaba más la atencion era una graciosa quinta de carton, delante de la cual había una calle de hermosos árboles que conducía á un espejito redondo que figuraba un estanque, en el cual parecían recrearse unos cisnes de cera; veíase por entre las ventanas el interior de la casa, con salas adornadas con muebles de lujo. Todo estaba trabajado con el mayor esmero, pero lo más bonito que había era una linda señorita que estaba en el vestibulo, tambien de cartón, pero con un vestido de verdadera muselina fina, una cinta de seda azul alrededor del cuello, un chal de color de rosa sobre los hombros y una fiar dorada hecha con lentejuelas. La hermosa figurita era una bailarina y hacía dar vueltas a sus brazos. Una de sus piernas se hallaba momentáneamente echada hácía atras, por requerirlo así el paso que estaba ejecutando. Pero el soldado de plomo creía sencillamente que, como él, no tenia más que una pierna, y es acaso lo que más le gustaba en ella.


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Dominio público
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Publicado el 26 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Señor Thomas

Anatole France


Cuento


Conocí a un juez austero. Se llamaba Thomas de Maulan y pertenecía a la pequeña nobleza provinciana. Se había dedicado a la magistratura durante el septenio del mariscal Mac—Mahon, con la esperanza de impartir justicia un día en nombre del Rey. Tenía principios que él podía creer inamovibles, al no haberlos removido jamás. Tan pronto como se remueve un principio, se encuentra algo debajo y se comprueba que no era un principio. Thomas de Maulan mantenía cuidadosamente al abrigo de su curiosidad sus principios religiosos y sus principios sociales.


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5 págs. / 10 minutos / 112 visitas.

Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Un-a-gnóstic@ jugando con dioS

Joan Carlos Vinent


Relato corto


Un-a-gnóstic@ jugando con  dioS 
Autoría:  Agnes  Dog
 Cuando  decidió  seguir  el  juego  que  ella  creía  Dios  le  ayudaba  a seguir,  no  era  consciente  de  lo  peligroso  de  la  situación.  De  hecho,  si sigue  viva  es  gracias  a  su  existencia,  al  karma,  al  destino  –no  sería  su hora-  o  al  puro  azar  y  suerte.  Me  explico.  Jugó,  sin  complejos,  a  la ruleta  rusa  conduciendo  un  viejo  Ford  Scort.  El  trayecto  fue  desde  el cruce  que  da  con  la  carretera  que  va  desde  la  carretera  de  Es Mercadal  a  Fornells  (todavía  no  estaba  la  rotonda  con  la  escultura “La  dança  del  vent”  de  Marcel  Villier)  a  Mahón,  siguiendo  las  líneas de  puntos  o  discontinuas  y  continuas,  pero  al  revés:  una  quijotada… empezó  con  miedo,  pero  en  su  interior  oía  las  instrucciones  de  lo divino  o  de  alguien  que  le  alertaba  de  cuando  venía  un  coche  y  debía desplazarse  a  la  derecha  de  la  calzada.


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Publicado el 2 de octubre de 2020 por Juan Carlos Vinent Mercadal.

Las Dos Lafayette

Concepción Gimeno de Flaquer


Artículo


Estudio dedicado al honorable doctor Adán Cárdenas, Exmo. Sr. Presidente de la República de Nicaragua.

I

Las mujeres Lafayette han sido dignas de este apellido, que hicieron ilustre en Francia diplomáticos, generales y políticos.

¡Mademoiselle de Lafayette! ¡Madame de Lafayette! He aquí dos encantadoras figuras del siglo decimoséptimo.

Mademoiselle de Lafayelle tuvo la breve vida del meteoro; fue un astro que brilló un momento en la corte de Luis XIII, extinguiéndose rápidamente en Chaillot.

Madame de Lafayette vive todavía, está en sus obras; a ellas debe la inmortalidad.

Mademoiselle de Lafayette no tiene historia; su vida es un poema compuesto de tres cantos: una mirada, una lágrima y un adiós. Este poema pudiera escribirse con el ala de un ángel en la hoja de una azucena.

Luisa de Lafayette hallose ligada a Luis XIII por un afecto platónico. El cardenal Richelieu, queriendo romper los inocentes amores de este rey con Mademoiselle de Hautefort, porque la influencia de esta bella joven le era fatal, procuró llamar la atención del misántropo rey hacia los encantos de Luisa: el débil monarca, que abandonaba antiguos afectos con la misma facilidad que creaba nuevos, cedió cual siempre, a la voluntad del cardenal, y sustituyó a su favorita. Mademoiselle de Lafayette reemplazó a Mademoiselle de Hautefort.

La mayor parte de los amores de Luis XIII fueron tan platónicos, que no vacilamos en denominarle el rey de los castos amores. Más que almas ardientes, necesitaba almas tiernas, amigas íntimas, no queridas.


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Dominio público
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Publicado el 13 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Idealismos

Clemente Palma


Cuento


Una noche encontré en un asiento de un coche de ferrocarril un cuadernito de cuero de Rusia, que contenía un diario. En las páginas finales estaba consignado el extraño drama, que trascribo con toda fidelidad:

Noviembre 14

Estoy contentísimo: mi buena Luty se muere. Luty era hasta hace poco una muchacha rozagante, alegre y que ofrecía vivir mucho. ¡Quién la reconocería hoy en esta jovencita pálida, delgada y nerviosa! ¡Cuán hermosos eran sus grandes ojos azules y su amplia cabellera de color de champaña! Mi novia se muere y afirman los sabios que ello es debido a la doble acción de una aguda neurastenia y de una clorosis invencible.


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Dominio público
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Publicado el 14 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

El Alce

Edgar Allan Poe


Cuento


Con frecuencia se ha opuesto el escenario natural de Norteamérica, tanto en sus líneas generales como en sus detalles, al paisaje del Viejo Mundo —en especial de Europa—, y no ha sido más profundo el entusiasmo que mayor la disensión entre los defensores de cada parte. No es probable que la discusión se cierre pronto, pues aunque se ha dicho mucho por ambos lados, aún queda por decir un mundo de cosas.

Los turistas ingleses más distinguidos que han intentado una comparación, parecen considerar nuestro litoral norte y este, comparativamente hablando, así como todo el de Norteamérica o, por lo menos, el de Estados Unidos, digno de consideración. Poco dicen, porque han visto menos, del magnífico paisaje de algunos de nuestros distritos occidentales y meridionales —del dilatado valle de Luisiana, por ejemplo—, realización del más exaltado sueño de un paraíso. En su mayor parte estos viajeros se conforman con una apresurada inspección de los lugares más espectaculares de la zona: el Hudson, el Niágara, las Catskills, Harper's Ferry, los lagos de Nueva York, el Ohio, las praderas y el Mississippi. Son éstos, en verdad, objetos muy dignos de contemplación, aun para aquel que ha trepado a las encastilladas riberas del Rin, o ha errado junto al azul torrente del Ródano veloz.

Pero éstos no son todos los que pueden envanecernos y en realidad llegaré a la osadía de afirmar que hay innumerables rincones tranquilos, oscuros y apenas explorados, dentro de los límites de los Estados Unidos, que el verdadero artista o el cultivado amante de las más grandes y más hermosas obras de Dios preferirá a todos y cada uno de los prestigiosos y acreditados paisajes a los cuales me he referido.


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5 págs. / 10 minutos / 1.516 visitas.

Publicado el 9 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Hombre Lobo

María de Francia


Cuento


Puesto que he decidido contar lais, no quiero olvidarme de El hombre—lobo. Bisclavret es el nombre en bretón; los normandos lo llaman Garwaf (Garou). Se podía oír hace tiempo e incluso con frecuencia ocurría, que ciertos hombres se convertían en lobos y habitaban en los bosques. El hombre—lobo es bestia salvaje. Mientras está rabioso, devora hombres, produce grandes daños yendo y viniendo por la espesura. Pero dejemos este asunto. Os quiero hablar de uno de ellos en concreto.

Vivía en Bretaña un barón. De él he oído grandes alabanzas. Era bello y buen caballero, y se conducía noblemente. Era muy amigo de su señor y todos sus vecinos lo querían. Se había casado con una mujer de elevada alcurnia y agradable semblante. Él la amaba y ella le correspondía. Una cosa, no obstante, molestaba a la dama, y es que cada semana perdía a su esposo durante tres días enteros, sin saber qué le acontecía ni adónde iba. Ninguno de los suyos sabía nada tampoco.

En cierta ocasión en que volvía a su casa, alegre y contento, ella le ha interrogado:

—Señor, —le ha dicho—, hermoso y dulce amigo, desearía preguntaros una cosa, si me atreviera a ello, pero temo vuestra ira. ¡No hay cosa que más tema en el mundo!

Cuando él la hubo oído, la abrazó, la atrajo hacia sí y la besó.

—Señora, —dijo—, preguntad. No hay pregunta a la que yo no quiera responderos, si sé hacerlo.

Respondió ella:

—Por mi fe, ¡estoy salvada! ¡Señor, tengo tanto miedo los días en que os separáis de mí! Siento gran dolor en el corazón y tan gran temor de perderos que si no obtengo consuelo de inmediato, creo que voy a morir pronto. Decidme adónde vais, dónde os halláis, dónde permanecéis. A mi parecer, tenéis otro amor y, si es así, cometéis grave falta.

—Señora, por Dios, gran mal me vendría si os lo digo, pues os alejaría de mi amor y yo mismo me perdería.


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Publicado el 20 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

¡Muchas Flores!

Isidoro Fernández Flórez


Cuento


La afición á las flores es cosa de hace pocos años en Madrid. Cuando yo era pollo eran raras y caras.

Había jardines públicos; los había en algunos palacios; pero... mucho verde, ningún aroma. Un trocito de campo encerrado entre tapias.

Los balcones, sin macetas; las mujeres, en ellos, sin una flor.

Allá por los barrios antiguos—en casa con escudo de armas en piedra y señal sobre el yeso de haber habido un retablo—sacaba el pecho algún balcón de hierros torcidos, sobre eses de hierros floreados; y en este balcón alborotaban la tristeza de la calle muchos húmedos tiestos. Y en espirales de hojas y colores subía formando marco mucha enredadera. Balcón de niña bonita, de pintor, de poeta, bajo el cual hubo hace siglos canciones y cuchilladas, del cual se hablaba en Madrid como extraño capricho; admiración del monocle de los ingleses; ¡escarcela de la primavera, oratorio del amor y fiesta de colores y de aromas, de la alegría y de la juventud!

Pero el Madrid central era diferente. Los balcones estaban adornados con las muestras de los dentistas y de los prestamistas, nada más; y para regocijo de la luz y del aire, los paños menores de la sociedad distinguida...

Las flores eran raras y caras, como he dicho. Pero como el lujo y la vanidad son tan madrileños, las flores debían popularizarse. Fue de moda viajar por países donde la flor tiene derecho de ciudadanía; fué de necesidad para ser persona tener un hotel, tener una villa; hubo exposiciones de flores y plantas; súpose que había en el extrajere quien pagaba miles de francos por un tulipán... Fueron muchas las estufas y sin número las jardineras. Y flores tenemos; y ahora las fachadas de las casas parecen faldas de baile con prendidos de bouquets, y no hay vestíbulo sin jarrones con plantas, ni hay salón que no reviente en rosas y claveles por las rinconeras.


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Publicado el 30 de agosto de 2022 por Edu Robsy.

El Buey Cebado

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Theophil Eshley era artista de profesión y pintor de ganado por fuerza del entorno. No ha de suponerse que viviera de la cría de reses o de la lechería, en una atmósfera saturada de cuernos y pezuñas, banquillos para ordeño y hierros de marcar. Residía en una zona que parecía un parque salpicado de quintas y que escapaba por un pelo al deshonor de los suburbios. Un lado del jardín lindaba con un pradito pintoresco, en donde un vecino emprendedor apacentaba unas vaquitas pintorescas de pura cepa Jersey. En las tardes de verano, hundidas hasta las rodillas en el pasto crecido y a la sombra de un grupo de nogales, las vacas descansaban mientras la luz del sol caía en parches sobre sus lisas pieles leonadas. Eshley había concebido y ejecutado una linda pintura de dos vacas lecheras reposando en un marco de nogales, pasto y rayos de sol filtrados, y la Real Academia la había colgado como correspondía en las paredes de la Exhibición de Verano. La Real Academia fomenta hábitos ordenados y metódicos en sus pupilos. Eshley había pintado un cuadro pasablemente bien logrado de unas vacas que dormitaban de modo pintoresco bajo unos nogales; y así como empezó, así, por necesidad, hubo que continuar. Su Paz del mediodía, un estudio de dos vacas pardas a la sombra de un nogal, fue seguido por Refugio canicular, un estudio de un nogal que daba sombra a dos vacas pardas. A su debido turno aparecieron Donde los tábanos dejan de fastidiar, El asilo del hato y Sueño en la vaquería, todos ellos estudios de vacas pardas y nogales. Los dos intentos que hizo por romper con su propia tradición fueron grandes fracasos: Tórtolas espantadas por el gavilán y Lobos en la campiña romana fueron devueltos a su taller bajo el baldón de abominables herejías; y Eshley fue elevado otra vez al favor y la gracia del público con Un rinconcito umbrío donde sueña el letargo de las vacas.


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5 págs. / 10 minutos / 94 visitas.

Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy.

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