Textos más cortos | pág. 376

Mostrando 3751 a 3760 de 8.911 textos.


Buscador de títulos

374375376377378

Amor de Niño

Rafael Delgado


Cuento


A Cayetano Rodríguez Beltrán

¿Te ríes? Sí; un amor profundo, verdadero, que laceró cruelmente mi corazón de niño, y que ahora todavía, después de tantos años, si le evoco, hace palpitar mi corazón dolorido y humedece mis ojos. Oye: vida alegre la nuestra, vida regocijada y dichosa que tenía algo del vigor de la vegetación del trópico, que se desbordaba por todas partes como las trepadoras en las umbrías, ansiosas de aire y de luz.

De diario las tareas escolares, las rudas tareas del Colegio, encorvados sobre los clásicos, a vueltas con Horacio y Virgilio, rabiando con las dificultades de Terencio y maldiciendo de las pompas de Cicerón. Tarea ingrata, y a mi juicio estéril, y que ahora doy por bien cumplida porque me inició, sin que yo me diera cuenta de ello, en las mil bellezas de la gran literatura latina, sin lo cual no repitiera hoy, lamiéndome los labios, como si gustara de añejo vino, aquello del Mantuano:


Et jam summa procal villarum culmina fumant
Majoresque cadunt altis de montibus umbrae.
 

Mas para todo había tiempo: para salir a merodear por los solares baldíos ó deshabitados, a hurtar naranjas; para subir a lo más alto del cerro vecino; para tomar delicioso baño en las pozas más hondas y sombrías del turbio Albano, o ir a vocear en un llano desierto, a la sombra de un ceibo aparasolado y susurrante, la «Vida del campo» de Fray Luis de León, el «Israelita prisionero» de nuestro Pesado y la «Playera» de Justo Sierra.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 103 visitas.

Publicado el 1 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

El Justiciero

Carlos-Octavio Bunge


Cuento


«Catalina de Aragón», así como suena, nada menos que «Catalina de Aragón» se firmaba y se hacía llamar Felipa Danou, francesa de Montmatre. Y con ese nombre histórico, presumiendo de noble y española, se inscribía en los programas de los circos y teatros donde se la contrataba como «domadora de vampiros».

Hay que reconocer que los vampiros eran más verdaderos que su nombre. Habíalos comprado en Argelia a un cazador marroquí, y se exhibía en público con ellos, en una gran jaula de fieras, pretendiendo haberlos domesticado y educado...

Sin embargo, los chupadores de sangre estaban muy lejos de poseer la dócil inteligencia de tantos perros, focas o elefantes «sabios». Apenas si reconocían a Catalina, su cuidadora, cuando los llamaba por sus pintorescos apodos: «¡Sanguijuela!... ¡Borracho!... ¡Lucifer!...» El éxito de la domadora, harto dudoso por cierto, extribaba más bien en una danza serpentina que bailaba dentro de la jaula, envuelta en negros crespones. Mientras torrentes de luz roja y azul le daban matices fantasmagóricos, revoloteaban a su alrededor, electrizados por su voz aguda y dominante, los enormes murciélagos hambrientos, ávidos de sorberle la sangre bajo su piel pintada y sudorosa.

Pronto se cansó el público parisiense de Catalina y sus vampiros. Se hacía necesario inventar cuanto antes otra cosa, porque los empresarios no se arriesgaban ya a contratar un espectáculo tan gastado, y ella no se decidía a abandonar su querido París...

Mejor dicho, su marido o amigo, el lindo Raguet, era quien no le permitía abandonar a París. Este Raguet era un parisiense incurable. No concebía la vida sino vagando por los bulevares, teatro de sus fáciles conquistas...


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 77 visitas.

Publicado el 19 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

El Señor Augusto

Gabriel Miró


Cuento


Era un lugar humilde, de casas de labranza; los campos, de llanura de rubias rastrojeras, viñal pedregoso y ralos alcaceres. Todos los horizontes estaban cerrados por un círculo de sierras fragorosas y peladas, sin umbrías ni pastura para los ganados que habían de trashumar.

Era un pueblo de quietud y silencio. Los lugareños salían por la mañana a sus pegujales; y la vieja espadaña de su iglesia, cuyos bancos huelen a pobreza y sudor de cráneos de labriegos que dormitan, y las ventanas y puertas de las casas les miraban, desde lejos, frías, contristadas; y la mirada de las piedras llegaba hasta un pueblo blanco, risueño, ceñido de huertos de mucho verdor y abundancia.

Y al lugar humilde vino un hombre, que traía amplio sombrero, pantalón de pana crujidora, chaqueta recia y tralla pasada por los hombros. Era del mediodía de Francia, y hablaba un castellano tan gangoso y roto como si padeciese un mal de garganta; pero su salud era hasta insolente; grande, encendido, rebultado, de poderosas espaldas cargadas de... fuerza y grosura, un verdadero cíclope al lado de estos aldeanos españoles, enjutos, cetrinos, hundidos de ojos, de pecho y de vientre, callados, temerosos, y con un rebaño de criaturas harapientas, que se quedaban contemplando al extranjero y aun le seguían haciéndole visajes de burla. Pero el francés lo resistía todo con mucho comedimiento. Las madres y los viejos y las gentes trashogueras viendo aquel hombre tan enorme, que aplastaba, al pisar, los cantos de las callejas, volverse si oía alguna chanza de los rapaces y preguntarles el sentido de la grosería, y, luego de meditarlo, pasar a celebrarla y reírla sosegadamente, se sintieron arrepentidos e impusieron respeto para el recién llegado.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 61 visitas.

Publicado el 28 de enero de 2021 por Edu Robsy.

Origen del Turrón

Gabriel Miró


Cuento


Pasa Sigüenza por la Huerta de Alicante. Es un hondo llano de jardines sedientos y de tierras labradas, de árboles viejos, grandes, patriarcales, de vides robustas y ardientes. La alegría, el halago fresco y azul del mar va siguiéndole hasta doblar los montes del confín, los bellos montes lisos y zarcos, y por las tardes, el sol muestra redondeces, collados, angosturas, casales y arboledas, todo rubio y de un color de carne y de rosas. Entonces esa serranía parece avanzar y ofrecernos toda su desnudez, toda su vida. Arden las cumbres con un triunfo, con una gloria humana y dolorida. Cruzan el cielo los pájaros buscando la querencia de las palmeras, de los cipreses solitarios que dan compañía y una sombra larga a los torreones moriscos, a las casas de placer, antiguas, venerables, las únicas que todavía dejan una emoción señorial en este paisaje roto por edificios nuevecitos, por hoteles pulidos, que no saben qué hacer en el silencio campesino...

Hay caminos profundos y callados entre tapiales de cal, entre morenas albarradas; ventas polvorosas con argollas y pesebres en las faenadas, y algún olmo agarrado ansiosamente a la humedad de un ribazo. Es una huerta terronosa y vetusta. El ruido de los árboles evoca la delicia del agua, y ver un bancal regado, decirlo, oír un rumor de acequia, trae el pensamiento de contar mucho dinero en un escritorio o quizá la memoria de un lance de sangre. La pureza, la canción del agua es lo que más mueve y mantiene la raíz y el breñal de la criminalidad levantina. Y la huerta se abre, se interrumpe de cuando en cuando, y aparece un caserío, un pueblo.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 54 visitas.

Publicado el 27 de enero de 2021 por Edu Robsy.

La Cruz de Pámanes

José María de Pereda


Cuento


Novela romántica, por don Cayetano de Noriega


Introducción


Corría el año de 18... La guerra civil ardía en casi todos los ámbitos de la Península Ibérica. Los dos partidos beligerantes estaban más empeñados que nunca en una lucha, que más tarde había de terminarse por un abrazo más o menos cordial, pero que, al fin, era un abrazo, no de despreciar en unas circunstancias en que no se repartían más que mojicones. Los pueblos, aterrorizados con el olor de la pólvora y el tufillo de la sangre, como en tiempos de cólera morbo, no pensaban en el mañana, si no era para prepararse a bien morir. Los padres miraban con angustiosa ternura hacia sus hijos, y, casi paganos, los encomendaban al dios de las batallas, única divinidad que por entonces se dejaba sentir más a las claras. Los hijos, mirando de soslayo hacia sus padres, parecían hacerles graves cargos por haberlos arrojado al mundo en una época tan calamitosa. Las hijas, a semejanza de esas flores que nacen fuera de estación, y, todavía en capullo, empiezan a marchitarse con las escarchas, arrastraban una vida angustiosa e hipocondríaca, porque los campos de batalla consumían a millares sus más vigorosas y risueñas ilusiones. El amor... Entonces no se amaba, o, si se amaba, era de sopetón y sin miras ulteriores. Cupidito se había quitado la venda y, empuñando el fusil, se batía divinamente a las órdenes de un general cristino... ¡Lástima de metrallazo! (Con perdón de mis lectoras.) Pero ésta no es ocasión de retratar la situación de España en aquel tiempo, ni Cayetano nació cortado para ello. Vamos al asunto...


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 66 visitas.

Publicado el 6 de febrero de 2023 por Edu Robsy.

Un Simple Antojo

Horacio Quiroga


Cuento


Quiero dejar constancia en estas líneas de los agravios que tengo contra el Banco de la Nación Argentina.

Yo era hasta muy poco tiempo un hombre feliz, cuanto se puede serlo con un buen apetito y una mujer sin mayores caprichos. Hoy tengo un géiser en vez de estómago, y ella, mi mujer, tiene una idea fija. Además, está encinta. No creo que se necesite más.

Véase ahora la obra torturadora, maquiavélica del Banco de la Nación Argentina. Un buen día me dijeron:

─¿No le convendría un buen empleo en el Banco de la Nación? No le vendría mal, yo creo... Fuera de que los empleados de banco son muy bien vistos.

Que me viniera bien, está fuera de duda. Pero lo de ser empleado bien visto, me fue particularmente agradable. Y parece que así es, en efecto.

Acepté el empleo. Hace de esto dos años. Recuerdo muy bien la mirada de ternura con que me acogieron mis compañeros el primer día.

─¿Usted es huérfano de padre y madre, señor? ─me preguntó uno de ellos.

─Sí... más o menos... ─le respondí, no sabiendo adónde iba el muchacho.

─¡Oh, no es nada! ─agregó con una plácida sonrisa─. El banco es nuestro padre.

─Sí ─apoyaron tiernos los demás─. Él es nuestro padre.

En efecto, a los pocos días me daba cuenta de cuán hondo y estrecho es este lazo de familia. Éramos entonces 1.050 o 1.100 empleados. Ahora apenas alcanzamos a 1.000. Y el banco es el padre de todos nosotros.

Véase: cuando un muchacho ha cumplido los veintidós años, y comete una absurda tontería con una muchacha de también veintidós años, no se cree obligado sino a dos cosas: a dar cuenta del fenómeno a la propia conciencia, o al padre de la muchacha. Nada más, y esto es ya bastante trabajo.

Pero aquí está el error. Puede muy bien pensar así un muchacho libre o huérfano de padres; pero jamás un empleado del Banco de la Nación. Porque el presidente del banco nos llama entonces y nos dice:


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 12 visitas.

Publicado el 29 de enero de 2026 por Edu Robsy.

El Péndulo

O. Henry


Cuento


—Calle Ochenta y Uno… Dejen bajar, por favor —gritó el pastor de azul.

Un rebaño de ciudadanos salió forcejeando y otro subió forcejeando a su vez. ¡Ding, ding! Los vagones de ganado del Tren Aéreo de Manhattan se alejaron traqueteando, y John Perkins bajó a la deriva por la escalera de la estación, con el resto de las ovejas.

John se encaminó lentamente hacia su departamento. Lentamente, porque en el vocabulario de su vida cotidiana no existía la palabra “quizás”. A un hombre que está casado desde hace dos años y que vive en un departamento no lo esperan sorpresas. Al caminar, John Perkins se profetizaba con lúgubre y abatido cinismo las previstas conclusiones de la monótona jornada.

Katy lo recibiría en la puerta con un beso que tendría sabor a cold cream y a dulce con mantequilla.


Información texto

Protegido por copyright
5 págs. / 10 minutos / 119 visitas.

Publicado el 20 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Pobre

Arturo Robsy


Cuento


Unos mueren y otros nacen,
pero el juego no se acaba jamás.

—Proverbio hindú
 

Aquel tipo harapiento, muy joven todavía, no daba explicaciones; tampoco la dio cuando, en el último año, abandonó una carrera en cuyos estudios estaba cosechando méritos suficientes para augurarle un buen porvenir: simplemente desapareció y anduvo por las tierras que más le apetecieron hasta llegar a esa ciudad, en mitad de una costa, donde había encontrado, quizá, algo de lo que empezó a buscar en la universidad.

Las cosas no habían cambiado mucho para él: ahora era pobre, pero antes incluso de ser estudiante, también lo fue y no por propia vocación. Su padre, un carpintero sureño, conoció tiempos de mayor esplendor hasta que los plásticos y aluminios desplazaron la madera. Si aquel, el hijo del carpintero, pudo estudiar, fue debido a las becas que obtuvo desde los nueve años.

Ahora era distinto: mal vestido, casi hambriento, con un zurrón terciado al hombre y la barba descuidada, pensaba seriamente en establecerse en aquel lugar y vivir su vida de pobre voluntario y por vocación.


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
5 págs. / 10 minutos / 90 visitas.

Publicado el 24 de marzo de 2019 por Edu Robsy.

La Manera de Yarkanda

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Sir Lulworth Quayne avanzaba ociosamente por los jardines de la sociedad zoológica en compañía de su sobrino, que acababa de regresar de México. Este último estaba interesado en comparar y contrastar los tipos de animales semejantes que se encuentran en la fauna norteamericana y en la del Viejo Mundo.

—Una de las cosas más notables en el movimiento de las especies —comentó—, es el impulso repentino a viajar y emigrar que, sin ninguna razón aparente, surge de vez en cuando en comunidades de animales hasta ese momento establecidas.


Información texto

Protegido por copyright
5 págs. / 10 minutos / 32 visitas.

Publicado el 13 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

«Ven, mi Ama Zobeida Quiere Hablarte»

Roberto Arlt


Cuento


—¿Te llevaré a visitar el palacio de El Menobi?

—No.

—¿Y el palacio de Hach Idris ben-Yelul?

—No.

—¿No deseas conocer una joven de ojos de luna y rostro de diamante?

—No.

—Por Alá —gimió el lameplatos—. ¿No quieres nada entonces?

Piter se irguió ligeramente ante el mármol de la mesa, miró indulgente al desarrapado belfudo que, con un fez ladeado sobre la rapada cabeza hacía un cuarto de hora que estaba allí importunándole, y le respondió:

—Sí, quiero que me dejes en paz.

El guía miró cavernosamente en rededor satisfecho de que en el Zoco Chico no se encontrara alguien que podía perjudicarle, y confió:

—Pues cuídate de ese hombrecillo que te acompañaba ayer. Le ha dicho a un mercader de mi amistad que has envenenado a tu mujer.

Piter miró cómo la magra silueta del guía se alejaba, perdiéndose tras los tumultos de bobalicones que se movían frente a la ochava del correo inglés.

¿De modo que la historia había corrido? Ahora se explicaba las significativas miradas de la criada del hotel, y la respetuosa aprensión del hotelero hacia sus maletas. No había sido suficiente abandonar El Havre. La absurda novela del envenenamiento de su mujer le había seguido hasta Tánger. Inútil que le absolvieran de la disparatada acusación. En la ciudad no creían en su inocencia. La muerte de su mujer volcó sobre su cabeza dificultades innumerables. Y lo más desdichado del caso es que él estaba seguro de que ella no había intentado suicidarse, sino componer una farsa dramática que se resolvió siniestramente por sí misma.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 84 visitas.

Publicado el 23 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

374375376377378