Textos más cortos | pág. 377

Mostrando 3761 a 3770 de 8.911 textos.


Buscador de títulos

375376377378379

El Más Bruto de los Héroes

Joaquín Díaz Garcés


Cuento


Estay había sido preso por «homecida», como decía él a los que indiscretamente se lo preguntaban, al través de las rejas de la cárcel. Y a confesión de parte...

Pero, en fin, malo no era el pobre Estay. Se habían metido faldas de por medio, y seguramente copas también. Alguien le insultó, salieron a la vuelta de la esquina, pusieron de testigo al policial y se acuchillaron durante media hora. ¿Qué culpa tenía Estay, que el muerto hubiera sido el otro? En cambio, había sacado una cuchillada en la cara, otra cerca del ojo, un puntazo en la frente y rasmillones por todas partes.

Con la cara llena de sangre fue llevado a la comisaría, donde se la estancó, antes que pudieran evitarlo, con tierra recogida en el suelo. Y así, con el rostro mitad fiero, mitad grotesco, se paró ante el juez, se encogió de hombros, no le sacaron palabra y fue a parar al presidio.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 40 visitas.

Publicado el 28 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Bendito Tormento

Gerardo P. Nieves


bendito tormento, gerardo p. nieves, cuento, ludivan


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bendito tormento

 

(Diario de la primera vez que volví a asesinar)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gerardo Pastorino Nieves

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No es ahora más libre mi carne

Porque dejó de ser solo mía;

 

 

 


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 159 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2018 por Ludivan.

Sueños Regios

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Es de noche. Temperatura, veinte bajo cero. Fuera no se escucha el menor ruido. La nevada, cayendo en finos copos delicadísimos que mullen la atmósfera, contribuye a sostener el silencio absoluto, ahogado, que pesa sobre los jardines blancos con blancura fantástica. La nieve ha perfilado primorosamente la traza de las calles de árboles, de los macizos, de los boquetes, de los estanques cuajados por el hielo, y cuya superficie lisa rayaron los patines en la última sesión de patinaje que tanto divirtió a la Corte, porque el príncipe de Circasia se dio unas costaladas regulares.

Las estatuas parecen temblar y lucen aderezos de carámbanos. Las coníferas son témpanos bordados y esculpidos. En el alcázar, las cornisas, las balconadas, las torrecillas, la monumental ornamentación de la fachada, el reloj sostenido por Genios que representan los destinos de la casa imperial, venciendo al Tiempo, van desapareciendo bajo la suave acolchadura blanca.

Los centinelas, en su garita, tiritando, sintiendo que el aliento se les cristaliza primero y se les liquida después dentro del alto cuello de sus capotes militares, hieren el suelo con el pie, se acuerdan del cuerpo de guardia donde arde la estufa y se puede echar un trago de lo fermentado, y de tiempo en tiempo lanzan, al través de la nieve, su «¡Alerta!» gutural.

El decorativo reloj da las doce, pausadamente, como si la hora contada por él fuese más solemne que las otras. Al reloj de fuera contestan los de dentro desde las consolas; tienen vocecillas aflautadas y bien moduladas de palaciegos.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 51 visitas.

Publicado el 27 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Sepulturero

Gabriel Miró


Cuento


Artistas y eclesiásticos, copleros y filósofos han labrado la biología y estampa del buen cavador.

Sus manos crían cortezas de tierra y substancias humanas; sus uñas hieden a difunto; su mirada tiene la voracidad y la lumbre fría de los pardales ominosos; su carne está siempre lívida y sudada; sus entrañas, secas.

Hasta creemos que se divierte partiendo cráneos de la fosa común.

Y sí que los quiebra o los raja, sin querer, algunas veces. El fosal tiene el vientre gordo, hinchado de cadáveres. No caben más. Allí se amontona y aprieta la vida pasada de un siglo del pueblo. ¡Hay que agrandar el cementerio! Y salta un hueso astillado. Fuera está el paisaje libre, ancho, feraz. La azada se hundiría gozosamente en el tempero dócil, saliendo fresca y olorosa. El mundo se le ofrece al sepulturero como un arca infinita para guardar esos pobres hombres que se mueren, que no son como él.

No son como él. Los dioses, los sabios, los héroes, los místicos presienten la inmortalidad; el sepulturero es el único que puede sentirla. En otro tiempo también pudieren regodearse con ella los verdugos. Los funerarios, no. Los funerarios son mozos mediocres de la Muerte. Los capellanes, tampoco; mantienen su liturgia para los que viven. El sepulturero se queda solo con los muertos. Ha de parecerle que le pertenecen y le necesitan; de modo que a él nunca le será permitido ser difunto. Carece de la idea y de la emoción del sepulturero... No las recibirá de sus camaradas, de los otros sepultureros, porque son eso, camaradas. Inmortales. La divinidad crea la vida y se queda en el cielo. El sepulturero acomoda y encierra la muerte y se queda en la tierra.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 235 visitas.

Publicado el 13 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

El Pecado Original

Leopoldo Alas "Clarín"


Cuento


Ya iban á darle garrote, cuando extendió una mano hacia el público, indicando que quería hablar.

El verdugo no tuvo inconveniente en suspender por un momento su penosa tarea, porque aquel pobre señor no le había dado nada que hacer, y le era simpático, como al pueblo entero que presenciaba la ejecución, y como lo había sido al Tribunal y á cuantos habían intervenido en la causa famosa que le llevaban al suplicio.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 90 visitas.

Publicado el 4 de marzo de 2023 por Edu Robsy.

Cuento para Estudiantes

Horacio Quiroga


Cuento


La disciplina usual quiere que el profesor tenga siempre razón, a despecho de cuanto de inmoral cabe en esto. Las excepciones fracasan casi siempre porque en ellas la cátedra reconoce su equivocación o ignorancia por concepto pedagógico —lo que no engaña nunca al alumno— y no por franca honradez. Es de todos modos dura tarea sostener un error con vergonzosos sofismas que el escolar va siguiendo tangente a tangente, y gracias a esta infalibilidad dogmática ha cabido a la Facultad de Ciencias Exactas la inmensa suerte de que el que estas líneas escribe no sea hoy un pésimo ingeniero.

El caso es edificante. Yo tenía, en verdad, cuando muchacho, muy pocas disposiciones para las matemáticas. Pero el profesor de la materia dio un día en un feliz sistema de aplicación, cuyo objeto sería emularnos mutuamente a base de heridas en el amor propio. Dividió la clase en dos bandos: cartagineses y romanos, en cada uno de los cuales los combatientes ocuparían las jerarquías correspondientes a su capacidad. Hubo libre elección de patria; y yo —a fuer de glorioso anibalista— convertime de uruguayo en cartaginés. Éste fue mi único triunfo, y aun triunfo de mi particular entusiasmo; pues cuando se distribuyeron los puestos me vi delegado al duodécimo. Éramos catorce por bando. Luego, en un total de veintiocho matemáticos, sólo había cuatro más malos que yo: mis dos cartagineses del último banco, y los dos legionarios correlativos.

Como se ve, esta imperial clasificación de nuestros méritos, y que me coronaba con tal diadema de inutilidad, debía hacerme muy poca gracia. En consecuencia decidí tranquilamente llegar al mando supremo en mi partido.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 225 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Rubí

Rubén Darío


Cuento


—¡Ah! ¡Conque es cierto! Conque ese sabio parisiense ha logrado sacar del fondo de sus retortas, de sus matraces, la púrpura cristalina de que están incrustados los muros de mi palacio!

Y al decir esto el pequeño gnomo1 iba y venía, de un lugar a otro, a cortos saltos, por la honda cueva que le servía de morada; y hacía temblar su larga barba y el cascabel de su gorro azul y puntiagudo.

En efecto, un amigo del centenario Chevreul —cuasi Althotas—, el químico Fremy, acababa de descubrir la manera de hacer rubíes y zafiros.

Agitado, conmovido, el gnomo —que era sabidor y de genio harto vivaz— seguía monologando.

—¡Ah, sabios de la edad media! ¡Ah Alberto el Grande, Averroes, Raimundo Lulio! Vosotros no pudisteis ver brillar el gran sol de la piedra filosofal, y he aquí que sin estudiar las fórmulas aristotélicas, sin saber cábala y nigromancia, llega un hombre del siglo décimo nono a formar a la luz del día lo que nosotros fabricamos en nuestros subterráneos! ¡Pues el conjuro! Fusión por veinte días, de una mezcla de sílice y de aluminato de plomo: coloración con bicromato de potasa, o con óxido de cobalto. Palabras en verdad, que parecen lengua diabólica.

Risa.

Luego se detuvo.

* * *'

El cuerpo del delito estaba ahí, en el centro de la gruta, sobre una gran roca de oro; un pequeño rubí, redondo, un tanto reluciente, como un grano de granada al sol.

El gnomo tocó un cuerno, el que llevaba a su cintura, y el eco resonó por las vastas concavidades. Al rato, un bullicio, un tropel, una algazara. Todos los gnomos habían llegado.

Era la cueva ancha, y había en ella una claridad extraña y blanca. Era la claridad de los carbunclos2 que en el techo de piedra centelleaban, incrustados, hundidos, apiñados, en focos múltiples; una dulce luz lo iluminaba todo.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 1.055 visitas.

Publicado el 20 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Lo Horrible

Guy de Maupassant


Cuento


La tibia noche descendía lentamente.

Las mujeres se habían quedado en el salón de la quinta. Los hombres, sentados o a horcajadas en las sillas del jardín, fumaban, ante la puerta, en círculo en torno a una mesa redonda llena de tazas y de copas.

Sus cigarros brillaban como ojos en la sombra cada vez más espesa. Acababan de contar un espantoso accidente ocurrido la víspera: dos hombres y tres mujeres ahogados ante los ojos de los invitados, frente a la casa, en el río.

El general de G... pronunció:

—Sí, esas cosas son conmovedoras, pero no son horribles.

Lo horrible, esa vieja palabra, significa algo más que terrible. Un espantoso accidente como ése conmueve, trastorna, asusta: pero no enloquece. Para experimentar horror se necesita algo más que la emoción del alma y algo más que el espectáculo de una muerte espantosa, se necesita, bien un estremecimiento de misterio, bien una sensación de espanto anormal, fuera de lo natural. Un hombre que muere, aunque sea en las condiciones más dramáticas, no inspira horror; un campo de batalla no es horrible; la sangre no es horrible; los crímenes más viles son raramente horribles.

Miren, aquí tienen dos ejemplos personales que me han hecho comprender lo que se puede entender por Horror.

Era durante la guerra de 1870. Nos retirábamos hacia Pont—Audemer, tras haber cruzado Ruán. El ejército, unos veinte mil hombres, veinte mil hombres en desorden, desbandados, desmoralizados, agotados, iba a reconstruirse en El Havre.

La tierra estaba cubierta de nieve. Caía la noche. No habíamos comido nada desde la víspera. Huíamos a toda prisa, pues los prusianos no estaban lejos.

Todo el campo normando, lívido, manchado por las sombras de los árboles que rodeaban las granjas, se extendía bajo un cielo negro, pesado y siniestro.


Información texto

Protegido por copyright
5 págs. / 10 minutos / 91 visitas.

Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Marido de la Fea

Manuel Chaves Nogales


Cuento


Era intolerablemente fea. Fea por dentro. De esa fealdad que sale a flor de piel a través de los cosméticos, las pinturas y las sedas, que son capaces de destruir todas las fealdades superficiales; todas las fealdades que no sean, como la de aquella mujer, una fealdad de dentro a fuera, una fealdad íntima y consustancial.

La fealdad femenina es una de las cosas suprimidas por la civilización. Las artes cosméticas, los viejos secretos de tocador, que ya no son tales secretos, han acabado con la fealdad. Ya no hay ninguna mujer fea, socialmente fea, municipalmente fea. En las calles de las grandes ciudades no se ve nunca una mujer desagradable. La belleza se ha democratizado; está al alcance de todas las fortunas. Subsisten las feas sólo en provincias y en los arrabales. El colorete, el maquillaje, las cremas, el baño cotidiano, la falda por encima de la rodilla y la exhibición habilidosa de las formas bajo la grata mentira de las telas actuales han suprimido la fealdad.

Por eso aquella mujer lo peor que tenía no era su fealdad superficial, que al ser municipalizada bajo la luz de los arcos voltaicos o a la sombra discreta de las acacias callejeras podía ser tolerable, sino su fealdad interior, aquello de ser fea también por dentro. Era este fondo desagradable, sucio, de mala persona, de feminidad viciada, torpe y purulenta, que fatalmente tiene una traducción fisionómica, lo que más la afeaba.

El marido de esta mujer fea era un hombre razonable, discreto, ecuánime, certero en sus juicios y de una agudeza excepcional al considerar todas las cosas y al juzgar a todas las personas. Menos cuando se trataba de su mujer. Entonces perdía su clarividencia, desaparecía su fina sensibilidad y no sabía ver a través de aquella arpía más que a una criatura excepcional dotada de todas las gracias. ¿El amor? ¡Bah, el amor! Sabemos a qué atenernos respecto a ese desacreditado tabú.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 100 visitas.

Publicado el 9 de septiembre de 2025 por Edu Robsy.

Juan con Suerte

Hermanos Grimm


Cuento infantil


Juan había servido siete años a su amo, y le dijo:

— Mi amo, he terminado mi tiempo, y quisiera volverme a casa, con mi madre. Pagadme mi soldada.

Respondióle el amo:

— Me has servido fiel y honradamente; el premio estará a la altura del servicio — y le dio un pedazo de oro tan grande como la cabeza de Juan. Sacó éste su pañuelo del bolsillo, envolvió en él el oro y, cargándoselo al hombro, emprendió el camino de su casa. Mientras andaba, vio a un hombre montado a caballo, que avanzaba alegremente a un trote ligero.

— ¡Ay! — exclamó Juan en alta voz —, ¡qué cosa más hermosa es ir a caballo! Va uno como sentado en una silla, no tropieza contra las piedras ni se estropea las botas, y adelanta sin darse cuenta.

Oyólo el jinete y, deteniendo el caballo, le dijo:

— Oye, Juan, ¿por qué vas a pie?

— ¡Qué remedio me queda! — respondió el mozo —. He de llevar este terrón a casa; cierto que es de oro, pero no me deja ir con la cabeza derecha, y me pesa en el hombro.

— ¿Sabes qué? — díjole el caballero —. Vamos a cambiar; yo te doy el caballo, y tú me das tu terrón.

— ¡De mil amores! — exclamó Juan —. Pero tendréis que llevarlo a cuestas, os lo advierto.

Apeóse el jinete, cogió el oro y, ayudando a Juan a montar, púsole las riendas en la mano y le dijo:

— Si quieres que corra, no tienes sino chasquear la lengua y gritar «¡hop, hop!».


Leer / Descargar texto


5 págs. / 10 minutos / 353 visitas.

Publicado el 30 de agosto de 2016 por Edu Robsy.

375376377378379