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La Barquera

Robert Chambers


Cuento


Cuando terminó de fumar la pipa golpeó suavemente su cazoleta contra la chimenea, hasta que las cenizas cayeron en forma de gris polvillo sobre los chamuscados leños. Luego tomó asiento en su sillón, tocó distraídamente la cazoleta de la pipa con la yema de los dedos y así la dejó que se enfriara para guardarla luego en su bolsillo. Por dos veces consultó el pequeño reloj americano que descansaba sobre la repisa de la chimenea. Aún tenía que esperar media hora.

Las tres velas que iluminaban la estancia aún podrían durar mucho tiempo. Y, en consecuencia, podría hacer algunas cosas, Había un par de tijeras abiertas sobre el bureau y se levantó para recogerlas. Durante un rato permaneció abriéndolas y cerrándolas distraídamente, mientras sus ojos examinaban la estancia. Había un caballete de pintor en un rincón y una pila de lienzos tras él; detrás de las pinturas había una sombra... aquella sombra gris y amenazadora que jamás se movía.

Tras haber recortado un poco los pabilos de las velas, limpió las ahumadas tijeras con un trapo ya sucio de pintura y volvió a colocarlas sobre el bureau. El reloj marcaba las diez; había estado ocupado exactamente tres minutos.

El bureau estaba lleno de corbatas, pipas, peines, cepillos, cerillas, libros, cuellos, pasadores de camisa, un par nuevo de calcetines de caza escoceses y una cesta de costura de mujer.

Recogió todas las corbatas, las plegó por la mitad y las colgó en un perchero en forma de rústica cama que sobresalía junto al espejo; los pasadores de camisa los guardó en el cajón superior en compañía de los cepillos, peines y calcetines. Limpió el polvo de los libros y colocó éstos metódicamente sobre la repisa de la chimenea. Por dos veces extendió la mano para coger la cesta de la costura, pero la mano cayó de nuevo a lo largo de su costado y se volvió para contemplar el moribundo fuego.


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Publicado el 3 de enero de 2017 por Edu Robsy.

Inteligencia espiritual y educación holista en la obra de Ramón Gallegos

Fundación Ramón Gallegos


Ramón Gallegos, educación holista, inteligencia espiritual


El Doctor Ramón Gallegos es pionero en la enseñanza de la inteligencia espiritual y la educación holista, ha publicado 25 libros sobre el tema y conduce el movimiento más importante de cambio educativo en el mundo. Su obra es el planteamiento de toda una nueva visión de la realidad y está encaminada concretamente a una novedosa propuesta educativa, cuyo corazón lo constituye la espiritualidad.

Su niñez trascurre en la frontera, un tiempo del lado mexicano y otro en Estados Unidos, hecho importante en su temprano afán por tratarse de la frontera con un país mas avanzado, pero especialmente por el movimiento cultural que en esa época tenía lugar: la llamada contracultura que se expresaba con amplitud mediante los diversos grupos de diferentes filosofías, y las distintas expresiones artísticas de dichos pensamientos; en este ambiente libre, con la rica heterogeneidad de pensamientos, tiene lugar un mayor acercamiento a la filosofía oriental a la que tanto se sentía inclinado, todo esto le enseñó a ser abierto, que existen diferentes razas y credos, formas diversas de ver el mundo y que es posible convivir unas con otras.

Vivir la guerra muy de cerca, también fue un hecho determinante en la construcción de su posterior visión holista de la realidad. Los combatientes de la guerra de Vietnam fueron en su mayoría chicanos, parte de la comunidad, del barrio donde habitaba, las continuas perdidas humanas que no podían pasar desapercibidas reforzaban sus preguntas existenciales y su búsqueda espiritual.

El movimiento por la paz y el reforzamiento del movimiento contracultural que desencadeno este conflicto, avivaban su curiosidad y asombro. El lema popular del movimiento cultural de la época tomó fuerte sentido y es ahí donde conoce el concepto de amor universal.


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Publicado el 16 de julio de 2019 por Fundación Ramón Gallegos.

La Bruja de Miramar

Carlos Gagini


Cuento


Ni aún los más guapos del pueblo se atrevían a aventurarse de noche por la calleja del río, temerosos de aquella lucecilla que parpadeaba en la sombra como un ojo felino; y si algún labrador era sorprendido por la oscuridad al volver del abrevadero con su yunta, pasaba de prisa y persignándose delante de la casucha sin atreverse a mirar, por el ventanillo siempre abierto, la humilde estancia alumbrada por una vela de sebo, la mesa llena de potingues, el baúl desvencijado, la camilla de lona y el fogón donde se calentaba la frugal cena.

Sentada en un banquillo al lado de la mesa, una mujer cincuentona, de nariz aguileña, ojillos penetrantes y tupidas cejas grises, removía sin cesar el contenido de un mortero.

Llamábanla en Miramar la Tía Mónica y pasaba por bruja. Vivía absolutamente sola en aquella choza sin vecindario, cultivando de día una huerta de media hectárea y confeccionando de noche jabón de hiel, jarabes para la tos y otros menjurjes que junto con sus hortalizas iba a vender al pueblo dos veces por semana. Comprábanle sus artículos más por miedo que por caridad; y fue sin duda por alejarla de la aldea por lo que don Alonso, el dueño de los terrenos colindantes, insistía en comprarle la exigua finca. ¿Venderla? Ni por pienso. ¿Cómo deshacerse de una propiedad que le proporcionaba la subsistencia y le permitía vivir sin mendigar favores de nadie?

Allí veía deslizarse los años, siempre atareada y silenciosa, cada día más flaca y huraña, gastada prematuramente por las penas del alma y los achaques del cuerpo.

Pero cuando rendida del ajetreo diurno se echaba sobre su pobre lecho, una sonrisa de inefable dicha entreabría sus marchitos labios y parecía iluminar como una aurora las paredes de la estancia. Y es que no hay nadie, por infeliz que sea, que no tenga un recuerdo o una ilusión que mitigue sus penas ... Y la Tía Monica tenía un hijo.


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Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 189 visitas.

Publicado el 26 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Corrección

Vicente Blasco Ibáñez


Cuento


A las cinco, la corneta de la cárcel lanzaba en el patio su escandalosa diana, compuesta de sonidos discordantes y chillones, que repetían como poderoso eco las cuadras silenciosas, cuyo suelo parecía enladrillado con carne humana.

Levantábanse de la almohada trescientas caras soñolientas, sonaba un verdadero concierto de bostezos, caían arrolladas las mugrientas mantas, dilatábanse con brutal desperezamiento los robustos e inactivos brazos, liábanse los tísicos colchones conocidos por «petates» en el mísero antro, y comenzaba la agitación, la diaria vida en el edificio antes muerto.

En las extensas piezas, junto a las ventanas abarrotadas, por donde entraba el fresco matinal renovando el ambiente cargado por el vaho del amontonamiento de la carne, formábanse los grupos, las tertulias de la desgracia, buscándose los hombres por la identidad de sus hechos: los delincuentes por sangre eran los más, inspirando confianza y simpatía con sus rostros enérgicos, sus ademanes resueltos y su expresión de pundonor salvaje; los ladrones, recelosos, solapados, con sonrisa hipócrita; entre unos y otros, cabezas con todos los signos de la locura o la imbecilidad, criminales instintivos, de mirada verdosa y vaga, frente deprimida y labios delgados fruncidos por cierta expresión de desdén; testas de labriego extremadamente rapadas, con las enormes orejas despegadas del cráneo; peinados aceitosos con los bucles hasta las cejas; enormes mandíbulas, de esas que sólo se encuentran en las especies feroces inferiores al hombre; blusas rotas y zurcidas; pantalones deshilachados y muchos pies gastando la dura piel sobre los rojos ladrillos.


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Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 101 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Dos Casos De Lógica…

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Dos Casos de Lógica y Cuatro Leyendas. Por Teléfono. —La comedia que con este título se estrenó días atrás es una pieza de teatro, tal cual, con la presentación, las fórmulas y las mínimas exigencias de escenario que piden aquellas obras. No es pues de extrañar que los caracteres estén trazados de acuerdo con una línea —especie de riel a lo largo del cual se desliza la psicología de los personajes. 


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Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 4 visitas.

Publicado el 20 de septiembre de 2026 por Brian.

El Lobo

Guy de Maupassant


Cuento


Vean ahí lo que nos refirió el viejo marqués de Arville, a los postres de la comida con que inaugurábamos aquel año la época venatoria en la residencia del barón de Ravels.

Habíamos perseguido a un ciervo todo el día. El marqués era el único invitado que no tomó parte alguna en aquella batida, porque no cazaba jamás.

Durante la fastuosa comida casi no se habló más que de matanzas de animales. Hasta las señoras oían con interés las narraciones sangrientas y con frecuencia inverosímiles; los oradores acompañaban con el gesto la relación de los ataques y luchas de hombres y bestias; levantaban los brazos, ahuecaban la voz.

Agradaba oír al señor de Arville, cuya poética fraseología resultaba un poco ampulosa, pero de buen efecto. Es indudable que habría referido muchas veces, en otras ocasiones, la misma historia, porque ninguna frase lo hizo dudar, teniéndolas todas ya estudiadas, muy seguro de producir la imagen que le convenía.

—Señores: yo no he cazado nunca; mi padre, tampoco; ni mi abuelo ni mi bisabuelo. Este último era hijo de un hombre que había cazado él solo más que todos ustedes juntos. Murió en mil setecientos sesenta y cuatro, y voy a decir de qué manera.

"Se llamaba Juan, estaba casado y era padre de una criatura, que fue mi bisabuelo; habitaba con su hermano menor, Francisco de Arville, nuestro castillo de Lorena, entre bosques.

"Francisco de Arville había quedado soltero; su amor a la caza no le permitía otros amores.

"Cazaban los dos todo el año sin tregua, sin descanso y sin rendirse a las fatigas. Era su mayor goce; no sabían divertirse de otro modo; no hablaban de otro asunto: sólo vivían para cazar.

"Dominábalos aquella pasión terrible, inexorable, abrasándolos. poseyéndolos, no dejando espacio en su corazón para nada más.


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Publicado el 19 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

El Abanderado

Alphonse Daudet


Cuento


I

El regimiento estaba en batalla sobre un repecho de la vía férrea, sirviendo de blanco a todo el ejército prusiano amontonado en frente, bajo el bosque. Se fusilaban a ochenta metros. Los oficiales no cesaban de gritar: “¡acuéstense!” Pero ningún soldado quería obedecer y el fiero regimiento seguía de pie, agrupado alrededor de una bandera. En ese gran horizonte de sol poniente, de trigos en espiga y de pastos de ganado, aquella masa de hombres, atormentados y envueltos en el manto inmenso de la humareda confusa, tenía el aspecto de un rebaño sorprendido a campo raso en el primer torbellino de un huracán formidable.

El hierro caía como una lluvia sobre el repecho en donde no se oía sino la crepitación de la fusilería, el ruido sordo de las gábatas rodando entre la fosa y las balas que vibraban eternamente de un extremo a otro del campo de batalla, como las cuerdas tendidas de un instrumento siniestro y retumbante. De cuando en cuando la bandera que se alzaba sobre las cabezas, agitándose al viento de la metralla, se perdía entre el humo; y una voz grave y fiera hacía oír, dominando el estrépito de las armas y las quejas y juramentos de los heridos, estas breves palabras: “A la bandera, hijos míos, a la bandera”… Entonces un oficial, vago como una sombra, ágil como una flecha, desaparecía un instante entre la niebla roja; y la heroica enseña volvía a desenvolver sus pliegues por encima de la batalla.

Veintidós veces había caído… Veintidós veces su asta, tibia aún, fue heredada de la mano de un moribundo por un valiente que volvía a levantarla. Y cuando, ya por la noche, lo que quedaba del regimiento —un puñado de hombres apenas— se batió lentamente en retirada, aquel pabellón ya no era sino un andrajo glorioso en manos del sargento Hormus, vigésimo tercio abanderado de la jornada.


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5 págs. / 10 minutos / 107 visitas.

Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Beso del Esposo

Gabriel Miró


Cuento


No siempre el beso legítimo es de miel y vida para la boca besada... Yo sé que a veces tiene amargor y muerte...

—¿Cuándo, cuándo sucede esa desventura tan grande por un beso? —prorrumpieron, entristeciéndose, las gentiles doncellas que vinieran aquella tarde otoñal a la apartada Villa de tía Isabel.

Y la hermosa señora de opulentos cabellos de plata y continente de reina, les dijo con donaire y melancolía...

—¿Y si las avecitas de este parque lo oyeran, y luego me acusaran a vuestros padres, cuya rancia severidad es enemiga de estas pláticas y aun de que vengáis a mi retiro?

—Cuente, tía Isabel, que sus palabras nunca son pecado; y hemos de darle nuestra compañía muchas tardes.

Esto lo pronunció la más joven de las sobrinas, que llevaba como una túnica blanca; su carne parecía de un ámbar purísimo.

Y todas descansaron en el vetusto banco de cedro.

Dejaron en medio a tía Isabel que habló de esta manera:

—De libros muy antiguos sacaron la substancia de una conseja muy linda. «Érase una mujer que desde niña, casi recién nacida, fue avezada al zumo de serpientes, y hasta se afirma que la alimentaron y criaron con sangre de tan espantosos animales. Y lo que para todos era tósigo y muerte, fue para ella salud y vida. Creció y se hizo lozana y hermosísima, aunque en sus ojos no sé qué brillaba de siniestro y bravío.


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5 págs. / 10 minutos / 97 visitas.

Publicado el 28 de enero de 2021 por Edu Robsy.

La Oruga

Isidoro Fernández Flórez


Cuento


El maestro de escuela de Carrizosa paseaba una tarde junto al río, cuando vió á una chiquilla pobrísimamente vestida con los pies metidos en el agua y tratando de alcanzar algo, sirviéndose de un junco.

La chiquilla era delgada y graciosa; su rostro, moreno y pálido; sus ojos, negros.

—¿Qué haces, muchacha?—la preguntó.

Ella volvió la cabeza y miró con cierto susto la cara larga, la nariz puntiaguda y las antiparras con armadura de plata de don Hilarión.

—¡Mírelo usted, señor!—contestó ella.

El miró. En el agua, tranquila y limpia, sólo vió una oruga que retorcía sus anillos membranosos y movía su escamosa cabeza con evidentes señales de disgusto. ¡No era aquél su elemento!

Don Hilarión, el primero y único naturalista de Carrizosa, opinó que aquella oruga correspondía indudablemente á la familia de mariposas de la col.

—Veamos. Tú quieres alcanzar con el junco esa oruga, ¿eh? ¿Y para qué?... ¿Para matarla?

Entonces la niña, que se había tranquilizado, porque la voz y el gesto de don Hilarión revelaban un bondadoso natural, dijo:

—Señor, miraba yo el agua de este remanso por a veía algún pececillo, cuando de pronto ha caído desde alguna rama (y alzó la cabeza) esa oruga; es muy lea, tan lea que me da miedo; pero hace tales contorsiones, debe sufrir tanto, que he cogido este junco y trato de alcanzarla y salvarla. Pero el junco es corto y no llego. ¡Si usted, que tiene los brazos tan largos, quisiera!...

El maestro se echó á reir paternalmente. Le hizo gracia la salida. Y he aquí á don Hilarión arremangándose el puño de la americana y extendiendo el brazo y el junco hasta llegar á la oruga.

—Vaya, señorita, ya está salvado el náufrago. Y en el extremo del junco, agarrándose con su docena de patas, agitándose con movimientos convulsivos, salió del agua la oruga.

La chiquilla batió palmas de júbilo.


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5 págs. / 10 minutos / 60 visitas.

Publicado el 30 de agosto de 2022 por Edu Robsy.

El Diablo en un Bolsillo

José Fernández Bremón


Cuento


I

Felipe IV era rey nuevo, y la monarquía se había remozado; empezó aboliendo los cuellos encañonados, cortando el cuello a un ministro y prendiendo y desterrando cardenales y virreyes; las revoluciones se hacían entonces desde arriba, porque en España nunca prosperaron las de abajo.

En la Semana Santa de 1623 hacía siete años que pudría Cervantes bajo la tierra; Lope de Vega y Góngora eran dos vigorosos sesentones; Tirso y Quevedo estaban en la plenitud de su edad y su talento, y Calderón era un principiante de veintitrés años, ya famoso. España, llena de esperanzas, se disponía a progresar y caminaba con júbilo hacia el porvenir; pero el progreso, tan útil cuando se marcha hacia la cima, es áspero y cruel cuando se rueda cuesta abajo.

II

—¿Conque es cierto eso de la procesión penitencial? —preguntaba un caballero cincuentón y acicalado a un cortesano que le había detenido en la puerta de la iglesia de San Gil.

—Ciertísimo, don Luis, como que llevé las órdenes yo mismo; sólo se han excusado los carmelitas descalzos de San José.

—¿Y a qué otras religiones se ha invitado?

—A todas las reformadas; asistirán los franciscanos de San Bernardino, y estos gilitos que tenemos al lado; los mercenarios de Santa Bárbara, los agustinos del Prado de Recoletos, los capuchinos del palacio de Lerma y los trinitarios descalzos de la plazuela de Jesús.

—¿Visteis en este convento a fray Tomás de la Virgen?

—No pude ver a ese bendito varón que lleva más de diez años en la cama, y le visitan reyes y señores y dicen que adivina pensamientos.

—Doy fe de ello; figuraos que cuando entré en su celda me dijo con severidad sin conocerme: «Sacad pronto ese demonio que os bulle en la cabeza». Y acertó.

—Pero, don Luis, ¿sois energúmeno?

—¡Psc! Soy poeta y abogado; continuad.


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5 págs. / 10 minutos / 26 visitas.

Publicado el 1 de agosto de 2024 por Edu Robsy.

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