La paz
Cristóbal Miró Fernández
Reflexión
Dominio público
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Publicado el 11 de marzo de 2022 por Cristóbal Miró Fernández .
Dominio público
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Publicado el 11 de marzo de 2022 por Cristóbal Miró Fernández .
Había una vez un pobre muy viejo que no veía apenas, tenía el oído muy torpe y le temblaban las rodillas. Cuando estaba a la mesa, apenas podía sostener su cuchara, dejaba caer la copa en el mantel, y aun algunas veces escapar la baba. La mujer de su hijo y su mismo hijo estaban muy disgustados con él, hasta que, por último, le dejaron en un rincón de un cuarto, donde le llevaban su escasa comida en un plato viejo de barro. El anciano lloraba con frecuencia y miraba con tristeza hacia la mesa. Un día se cayó al suelo, y se le rompió la escudilla que apenas podía sostener en sus temblorosas manos. Su nuera le llenó de improperios a que no se atrevió a responder, y bajó la cabeza suspirando. Compráronle por un cuarto una tarterilla de madera, en la que se le dio de comer de allí en adelante.
Algunos días después, su hijo y su nuera vieron a su niño, que tenía algunos años, muy ocupado en reunir algunos pedazos de madera que había en el suelo.
—¿Qué haces? preguntó su padre.
—Una tartera, contestó, para dar de comer a papá y a mamá cuando sean viejos.
El marido y la mujer se miraron por un momento sin decirse una palabra. Después se echaron a llorar, volvieron a poner al abuelo a la mesa; y comió siempre con ellos, siendo tratado con la mayor amabilidad.
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Publicado el 23 de agosto de 2016 por Edu Robsy.
Las higueras han dejado caer sus higos y los olivos sus aceitunas, porque algo extraño ha ocurrido en la isla de Scira. Una muchacha huía, perseguida por un muchacho. Se había levantado el bajo de la túnica y se veía el borde de sus pantalones de gasa. Mientras corría dejó caer un espejito de plata. El muchacho recogió el espejo y se miró en él. Contempló sus ojos llenos de sabiduría, amó el juicio de éstos, cesó su persecución y se sentó en la arena. Y la muchacha comenzó de nuevo a huir, perseguida por un hombre en la fuerza de su edad. Había levantado el bajo de su túnica y sus muslos eran semejantes a la carne de un fruto. En su carrera, una manzana de oro rodó de su regazo. Y el que la perseguía cogió la manzana de oro, la escondió bajo su túnica, la adoró, cesó su persecución y se sentó en la arena. Y la muchacha siguió huyendo, pero sus pasos eran menos rápidos. Porque era perseguida por un vacilante anciano. Se había bajado la túnica, y sus tobillos estaban envueltos en un tejido de muchos colores. Pero mientras corría, ocurrió algo extraño, porque uno después de otro se desprendieron sus senos, y cayeron al suelo como nísperos maduros. El anciano olió los dos, y la muchacha, antes de lanzarse al río que atraviesa la isla de Scira, lanzó dos gritos de horror y de pesar.
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Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.
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Publicado el 12 de marzo de 2017 por Lorena Alvarado .
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Publicado el 27 de mayo de 2018 por Angela.
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Publicado el 12 de marzo de 2017 por Lorena Alvarado .
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Publicado el 12 de marzo de 2017 por Lorena Alvarado .
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Publicado el 9 de febrero de 2022 por Cristóbal Miró Fernández .
Apenas me había quedado dormido, me encontré sujeto en una especie de cepo: había caído en una trampa como un lobo. Una vieja flacucha y acartonada corrió a mí, y dijo sin desatar mis ligaduras:
—Eres mío.
—Está bien —repuse—: soy tu prisionero.
—No lo creas: ésta es una trampa de cazar maridos, y te he cazado yo.
—Señora, ¡misericordia!
—No hay piedad: te tengo amarrado de pies y manos: toma el beso nupcial.
Y estampó sus labios de lija en mis carrillos, dejándolos escocidos.
—Señora... —repuse—, prefiero la pena de muerte.
—Está abolida en este país: tendrás la inmediata.
—Sea.
—Quedas condenado a cadena perpetua.
La vieja dio un silbido; dos hombres forzudos me colocaron una cadena en el pie izquierdo, sacándome del cepo. Luego lanzaron una carcajada, y se alejaron. Habían sujetado el pie de la vieja al otro extremo de mi cadena. Estábamos amarrados para siempre.
Di un tirón; cayó al suelo mi pareja, y hui arrastrándola por un pedregal. ¡Qué noche tan terrible! Yo corría y corría, y mi pie izquierdo se lastimaba con el peso de la cadena y de la vieja, que lanzaba aullidos y se agarraba a las rocas y a los árboles para detenerme y morderme los tobillos.
Cuando desperté, estaba mi pie hinchado y dolorido; me había dormido en el sillón al descalzarme, y tenía puesto en el pie izquierdo una botina nueva.
Dominio público
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Publicado el 13 de julio de 2024 por Edu Robsy.
Don Felipe debió hacerse aguatero por el amor que le tenía al arroyo y al agua. Hablaba de cauces, árboles, camalotes y lamas, haciendo gustar la sensación de frescura de lo que evocaba. Las palabras entraban por la boca. Además era un poeta.
–Esta agua la espero donde se peinan las rubias...
La recogía al término de un cauce encerrado entre sauces cuyas cabelleras, de raíces rosadas y rubias, peinaban las aguas clarísimas.
–Este barril se lo pedí de favor al berral y la menta mota, porque la cañada se ha dejado de saltos, y sólo se pasa durmiendo entre las plantas...
–Está fresquita, y se la saca despacio todavía va a encontrar la sombra de los camalotes.
Cuando el verano comenzaba a sorber los arroyos cercanos, el se iba a buscar las vertientes saltarinas de los cerros.
Decía que ser aguatero no consistía en traer agua en un barril, sino en “levantar” el agua del arroyo y traerla hasta la copa, sin que ella se diera cuenta, descansada y fresca.
Desviaba cauces, llevando la corriente hasta las tazas de piedra rosada donde el sol inventaba arañas de oro.
Llevaba tras de sí las cañadas, como si llevara a un animal amigo.
Se indignaba cuando alguien arrojaba un terrón en la corriente limpia.
De los aguateros que conocí, ninguno amaba el agua y el arroyo como él.
La forma en que vería el agua en las tinajas, era una bella fiesta, que no olvidaré nunca.
Dominio público
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Publicado el 27 de julio de 2025 por Edu Robsy.