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Antonia

Villiers de L'Isle Adam


Cuento


Íbamos a menudo a casa de la Duthé: allí hablábamos
de moral y otras veces hacíamos cosas peores.
—El Príncipe de Ligne

Antonia vertió agua helada en un vaso y puso en él su ramo de violetas de Parma:

—¡Adiós a las botellas de vino de España! —dijo.

E, inclinándose hacia un candelabro, encendió, sonriendo, un papelito liado con una pizca de phëresli; este movimiento hizo brillar sus cabellos, negros como el carbón.

Toda la noche habíamos estado bebiendo jerez. Por la ventana, abierta sobre los jardines de la villa, oíamos el rumor de las hojas.

Nuestros bigotes estaban perfumados con sándalo, y, también, Antonia nos dejaba coger las rosas rojas de sus labios con un encanto a la vez tan sincero que no despertaba ningún tipo de celos. Alegre, se contemplaba luego en los espejos de la sala; cuando se volvía hacia nosotros, con aires de Cleopatra, era para verse en nuestros ojos.

En su joven seno había un medallón de oro mate, con sus iniciales en pedrería, sujeto con una cinta de terciopelo negro.

—¿Símbolo de luto? Ya no lo amas.

Y como la abrazaran, ella dijo:

—¡Vean!

Separó con sus finas uñas el cierre de la misteriosa joya: el medallón se abrió. Allí dormía una sombría flor de amor, un pensamiento, artísticamente trenzado con cabellos negros.

—¡Antonia!… según esto, ¿tu amante debe ser algún joven salvaje encadenado por tus malicias?

—¡Un cándido no daría, tan ingenuamente, semejantes muestras de ternura!

—¡No está bien mostrarlo en momentos de placer!

Antonia estalló en una carcajada tan primorosa, tan gozosa, que tuvo que beber, precipitadamente, entre sus violetas, para no ahogarse.

—¿No es necesario tener cabellos en un medallón?… ¿cómo testimonio?… —dijo ella.

—¡Naturalmente! ¡Sin duda!


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Publicado el 20 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

El Garcero

Juan José Morosoli


Cuento


El garcero entra en el esteral como un gato montés en la maraña. Se desliza más que camina. En vez de hundir las maciegas, se paso blando parece levantarlas. Apenas si alguna flor de espadaña, rozada al pasar, echa a volar sus mil estrellas diminutas. Tras su paso queda un resuello de burbujas. El esteral lo recibe como un amigo cómplice.

Allí está el hombre callado y quieto, estirando su atención en miradas que rastrean a los mil habitantes que hierven entre el matorral de sagitarias, paja y caraguatáes. Un croar unánime sube hasta su vivienda que tiene algo de nido. La forman palos y ramas cruzadas entre los árboles que disputan las pocas tierras firmes.

Otras veces, un ruido de flautas sube desde el fondo, en glusglus verdes que revientan en la superficie de aguas muertas. Parece respirar la tierra en aquellas burbujas de música.

Los días nacen y mueren frente a su silencio, que más es de planta que de hombre.

Un día oscuro collar aparece cerrándose y abriéndose en graciosos vuelos en el horizonte lejano. Puntea, centrando aquel tornear de miles de alas, un rutero, más negro en la soledad azul de la amanecida.

Son los maragullones que inician el regreso de sus viajes lejanos, llamados por los primeros vientos primaverales.

Llegan al fin las garzas en pequeñas bandadas, largas y serenas, tendiéndose en vuelos lentos como nadadores del aire.

El garcero en su aripuca lacustre afilaba su puntería. Un plomo agujereaba el sonido, que el algodón verde del estero parecía sorber de inmediato. El silencio parecía escuchar pero el hombre no repetía nunca el tiro. El ave alcanzada se doblaba y se moría como una flor en leves aleteos. Cuando la noche llegaba el hombre hacía su cosecha.

Una brisa lenta iniciaba un concierto de cuerdas asordinadas al cruzar los matorrales de paja brava...

El hombre salía ahora hacia tierras altas. Parecía venir de una enfermedad.


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Publicado el 27 de julio de 2025 por Edu Robsy.

Historia de la Señora Tarin

Stendhal


Cuento


El 21 de diciembre de 1836, la señora *** acudió al número 13 de la calle de Caumartin y preguntó, con expresión muy alterada, por la señora Tarin, su amiga íntima a la que tenía que ver en el acto. La portera le dijo a la señora *** que la doncella y la cocinera de la señora Tarin habían ido a hacer un recado y le habían dicho al salir que su señora no quería ver a nadie.

La señora *** insiste.

—¿Sabe usted —le dice a la portera— que la señora Tarin a lo mejor está muerta mientras yo estoy aquí hablando con usted? Tengo razones para decirle esto.

Por fin se deja convencer la portera. Llaman a la puerta de la señora Tarin. Nadie responde. Pasado un cuarto de hora, deciden derribar la puerta. En todo el piso reinaba el orden habitual; llegan al dormitorio: los chales y los vestidos estaban repartidos por encima de los muebles.

Se acercan a la cama; la señora Tarin estaba acostada y muerta, pálida como de costumbre y más hermosa de lo que nunca había estado. La señora *** se arroja sobre el cuerpo inanimado de su amiga. Una hora antes le había llegado por correo una carta en la que la señora Tarin confesaba lo que vamos a referir. En esa carta, le decía que le dejaba el chal negro grande, determinado vestido, etc.

La señora Tarin estaba casada con un notario de Périgueux que se llamaba de apellido Pigeon, probo burgués que le había dado dos hijos: la fortuna del matrimonio podía alcanzar la suma de ciento sesenta mil francos.

En 1835, la señora Pigeon, que poseía en grado sumo el arte de convencer y seducir, animó a su marido a que se fueran a París; le hizo vislumbrar varios medios muy verosímiles para incrementar su fortuna y dar una estupenda educación a sus hijos. Le pareció que el ridículo apellido Pigeon sería un obstáculo e hizo que la llamasen señora Tarin, que era el apellido de su madre.


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Publicado el 16 de abril de 2018 por Edu Robsy.

El Domador

Juan José Morosoli


Cuento


<p>En el mar hay cementerios de barcos.</p>
<p>–Sí. Y en mi pago hay cementerios de caballos. Como en la India hay cementerios de elefantes. Una cañada, unos sauces criollos y unas piedras que están al borde de la huella parecen tentar con su paz a los viejos caballos in querencia que ambulan por los caminos...</p>
<p>–Mi pueblo es el cementerio de los circos...</p>
<p>Es un pueblo perdido en el campo. Trasmano de toda huella. Para allí no vienen ni van caminos. Los circos llegaban allí a reparar sus fuerzas. Como los barcos en los diques careneros. A veces no lo lograban y se morían allí. Restos de sus lonas y de sus letreros estaban por los bordes del pueblo como restos de un naufragio. Frente a la pulpería de las carretas hay un letrero que dice: Fenómenos, bestias y leones...</p>
<p>Por eso mi pueblo está lleno de viejos artista que no tienen sino recuerdos. Uno de estos hombres –el domador Arbelo– es quintero.</p>
<p>Tenía treinta años cuando llegó allí por primera vez. Me dijo que cuando juntara algún dinero compraría tierra y haría una quinta.</p>
<p>Cuando llegó allí por última vez, viejo ya, se le murió el último león. Entonces era domador y caramelero, pues el dueño no dejaba vender dentro de la carpa sino caramelos que fabricaban allí. Como llovió durante varios días seguidos, el circo quedó cercado por el barro. Uno a uno comenzaron a irse los artistas. A Arbelo se le enfermó el león. Decía que lo había muerto la humedad. La noche se llenaba de unos rugidos mezclados de golpes de tos que daban mucha lástima.</p>
<p>Arbelo terminaba:</p>
<p>–Perdí el león que era lo único que quería en el mundo, pero si el circo no hubiera terminado, nunca hubiera sido quintero...</p>


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Publicado el 27 de julio de 2025 por Edu Robsy.

Qué es la poesía?

Cristóbal Miró Fernández


Reflexión


Qué es la poesía? Hay bien pocas cosas, a mi parecer, tan complicadas de describir como lo es la poesía. En una célebre cita se dice que la poesía está en todas partes por el hecho de que, según mi punto de vista, es una serie de latidos que compartimos todos los seres vivos y que son exclusivos de cada uno de nosotros, tiene todos los nombres y no tiene ninguno, tiene todas las formas y no tiene ninguna… Es la misma luna y el mismo sol y sus rayos que iluminan a todos los seres que se desperezan de día y de noche, se halla lo mismo bajo un mar de niebla o en la espuma de una ola de una playa desierta, en el paraíso de una dulce y ardiente noche de amor o en la pesadilla de una batalla sangrienta o un naufragio letal. La poesía es la negación innegable de la primera persona del singular a favor del resto de pronombres personales. Yo escribo según mi visión del mundo en latidos tan precisamente imprecisos y particularmente comunes que de inmediato tú lo interpretarás según tus experiencias vitales todas mis palabras constituyendo un universo nuestro… La poesía es la pintura de un mundo sin fronteras, cuyo pincel es la pluma o el bolígrafo, o el lápiz, o el teclado de Safo y de Homero, hija de la memoria de Gilgamesh. No se puede poner fronteras a la Humanidad como especie, más allá de diferencias de etnia, religión, cultura, ideología o sexo. La poesía es la bandera más universal de todas, la del cielo protector que es el techo que a todos nos acoge… pues todas las culturas la han cultivado a través de sus Escrituras desde los inicios de la Historia plasmada en tablillas de barro, papiro, pergamino, papel o soporte informático, e incluso antes de la misma. La poesía es, a tenor de la pupila de nuestras páginas, un nexo común que une a toda la Humanidad en un solo corazón de tres venas por donde circulan infinitas gotas de sangre…


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Publicado el 15 de febrero de 2022 por Cristóbal Miró Fernández .

El Embudo de Cuero

Arthur Conan Doyle


Cuento


—Esto que acabo de leerle — prosiguió Dacre — es la minuta oficial del proceso de Marie Madeleine d'Aubray, marquesa de Brinvilliers, una de las más célebres envenenadoras y asesinas de todos los tiempos.

Permanecí sentado y en silencio, bajo el peso abrumador de aquel incidente de índole tan extraordinaria y de la prueba decisiva con que Dacre había explicado lo que realmente significaba. Recordé de una manera confusa ciertos detalles de la vida de aquella mujer; su desenfrenado libertinaje, la sangre fría y la prolongada tortura a que sometió a su padre enfermo, y el asesinato de sus hermanos por móviles de mezquinas ventajas. Recordé también la entereza de su muerte, que contribuyó en algo a expiar los horrores de su vida, haciendo que todo París simpatizase con sus últimos momentos y la proclamara como a una mártir a los pocos días de haberla maldecido como asesina. Una objeción, y sólo una, surgía en mi cerebro:

—¿Cómo fue que las iniciales de su nombre y apellido fuesen inscritas junto con el distintivo de su rango en el embudo? O es que llevaban su respeto medieval a la nobleza hasta el punto de inscribir sus títulos en los instrumentos de tortura?

—Ese mismo problema me tuvo intrigado a mí; pero es susceptible de una explicación sencilla — dijo Dacre —. Ese caso despertó en su tiempo un interés extraordinario, y resulta muy natural que la Reynie, jefe de Policía, retuviese el embudo como recuerdo macabro. No era suceso frecuente el que una marquesa de Francia fuese sometida al interrogatorio extraordinario. Ahora bien, el grabar las iniciales de la mujer en el embudo para que sirviera de información a los demás, es, desde luego, un recurso de lo más corriente en un caso así.

—¿Y esto? — pregunté, apuntando con el dedo hacia las marcas que se veían en el gollete de cuero.

Dacre me contestó, retirándose de mi lado:


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Publicado el 26 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

El Tonel de Amontillado

Horacio Quiroga


Cuento


Poe dice que, habiendo soportado del mejor modo posible las mil injusticias de Fortunato, juró vengarse cuando éste llegó al terreno de los insultos. Y nos cuenta cómo en una noche de carnaval le emparedó vivo, a pesar del ruido que hacía Fortunato con sus cascabeles.

Frente al gran espejo de vidrio, fijo en la pared, Fortunato me hablaba de su aventura anterior —el traje aún polvoreado de cales— preguntándome si quería verle reír. La verdad de aquella identificación tan exacta con el noble Fortunato me divertía extraordinariamente, tanto como sus cascabeles, algo apagados, es verdad, por el largo enmohecimiento.

Las parejas que cruzaban bailando no nos conocían: es decir, conocían a Fortunato, pero éste fingía tan bien las risas de Fortunato y, además, estaba tan alegre, que nuestra estación frente al espejo de vidrio fue completamente inadvertida. Y del brazo, recordándome sus anteriores injusticias, pasamos al bufet, donde bebimos sin medida.

—Esto es champaña —me decía Fortunato—; reaviva las ofensas.

¡Pobre Fortunato!

—Esto es oporto. Para darle aroma lo tienen largos años encerrado en las cuevas.

Grandemente me divertían las disertaciones de Fortunato. Fortunato estaba borracho.

—Esto es vino de España. Le atribuyen la virtud de apresurar las venganzas.

¡La venganza, la venganza! le apoyaba yo a grandes gritos. Estas extravagancias de Fortunato, tan características en él, me eran muy conocidas.

—Vamos —me dijo. Y descendiendo juntos la escalera, a pesar del trabajo que me motivaba su pesadez, llegamos a la cueva. En el fondo había un barril de vino y Fortunato gritó—: ¡Amontillado, amontillado! Fue de este modo.

Y cogiendo una vieja pala de albañil —las cadenas fijas en la pared— me miró tan tristemente, que, para no soltar la risa, fingí tener miedo.


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Publicado el 22 de enero de 2024 por Edu Robsy.

La flor con alas

Manuel Cerón Mejía


Cuento infantil


Era una chicharra, una joven cigarra, que quiso trepar un árbol de mango para divertir a los chicuelos con su talento musical durante la Semana Santa. Oír cantar aquel insecto contentaba, no sólo a chicos y a grandes con corazón de niño sino que también hacía del mundo un lugar muy ameno.

Aquella chicharra, que parecía tener un lenguaje musical entre sus alas membranosas y transparentes, emitía noche y día un chirrido delicioso. El calor, los aguaceros imprevistos, la penumbra de la noche estrellada, o la densa niebla y la brisa suave, eran incapaces de frenar su espléndida melodía.

«¡Haría buena amistad con Pepito Grillo!», susurraban las gentes del lugar. Los ancianitos, sin embargo, que caminaban cabizbajos en la procesión, decían que tanto ese sonido, como los tres clavos rojos en la cabeza de la chicharra, recordaba a todos los hombres el sacrificio de Cristo.

Entrada en pleno la Semana antedicha, nuestra chicharra sintió que algo andaba mal. ¿Eran, acaso, las laboriosas hormigas? ¿Los simpáticos gecos? ¿Una mantis religiosa… los insectos que habían perturbado la paz de la cigarrita? Por suerte, quizá para la chicharra, eran unos niños, unos niños queapedreaban el palo de mango, pues, tenían mucha hambre y deseaban hacer el reconocido postre de la época: mango en miel.

No importa -dijo la chicharra, alegremente-. «Diecisiete años estuve bajo suelo, y voy a volar (junto a mi orquesta) hacia aquel palo de jocote, y desde allí voy a seguir rindiendo homenaje al personaje central de esta Semana; entretanto me acerco al jocote voy a hacer piruetas en el aire».

Recuperó el aliento y así lo hizo.

Cuando aún hacía zigzag en el cielo, un gato que merodeaba el show aéreo, capturó la avioneta cantora entre las mandíbulas. En seguida, maltrecha el ala derecha, aterrizó como pudo encima de unas hojas secas. ¡Ea! Muda, sin música.


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Publicado el 2 de febrero de 2018 por Manuel Cerón.

El Señor Korbes

Hermanos Grimm


Cuento infantil


Éranse una vez una gallina y un gallito que decidieron salir juntos de viaje. El gallito construyó un hermoso coche de cuatro ruedas encarnadas y le enganchó cuatro ratoncitos. La gallinita y el gallito montaron en el carruaje y emprendieron la marcha. Al poco rato se encontraron con un gato, que les dijo:

— ¿Adónde vais?

Y respondió el gallito:

«Por esos mundos vamos;
la casa del señor Korbes es la que buscamos».

— Llevadme con vosotros —suplicó el gato.

— Con mucho gusto —respondió el gallito—. Siéntate detrás, no fuera que te cayeses por delante.

«Tened mucho cuidado,
no vayáis a ensuciar mi cochecito colorado.
Ruedecitas, rodad;
ratoncillos, silbad.
Por esos mundos vamos;
la casa del señor Korbes es la que buscamos».

Subió luego una piedra de molino; luego, un huevo; luego, un pato; luego, un alfiler y, finalmente, una aguja de coser; todos se instalaron en el coche y siguieron viaje. Pero al llegar a la casa del señor Korbes, éste no estaba. Los ratoncitos metieron el coche en el granero; el gallito y la gallinita volaron a una percha; el gato se sentó en la chimenea; el pato fue a posarse en la barra del pozo; el huevo se envolvió en la toalla; el alfiler se clavó en el almohadón de la butaca; la aguja saltó a la almohada de la cama, y la piedra de molino situóse sobre la puerta.


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Publicado el 26 de agosto de 2016 por Edu Robsy.

El hipnotizante

Angela


El hombre hipnotizante


En el antiguo pueblo de majaca existio una criatura sobrenatural muy escalofriante que dejo a mas de uno muertos del panico y no era para menos se trataba de un hombre horrible y malvado un ser oscuro lleno de propositos hacia el mal.A este hombre le decian el hombre de la mirada hipnotizante porque nada mas con mirar a los ojos a alguien los ponia a hacer lo que el quisiera y asi los dejaba para siempre con un mal irremediable. El hombre de la mirada hipnotizante era encorvado de cabellera larga, pies largos, ojos negros horripilantes y de orejas grandes como la de un duende; se alimentaba de animales lo que al parecer lo hacia cada ves mas fuerte por eso los habitantes del pueblo de majaca estaban asustados y muy preocupados por esta situacion, todos los dias se desaparecian personas en manos del hipnotizante les hechaba su mal de ojos y los perdia en el espeso monte y lamentablemente no regresaban jamas en verdad que triste era todo se estaban destruyendo familias enteras que no tenian la culpa de nada sino tener la mala suerte de toparse con este mal hombre sin escrupulos que no le importa absolutamente nada sino satisfacerce asi mismo con su crueldad .Cierta noche un hombre muy valiente decidio buscarlo y terminar de una ves por toda con esta situacion asi que se adentro en los espesos montes para cazarlo y darle muerte, se escondio detras de un matorral de flores que daban un horrible olor y se puso en espera del hipnotizante ya era casi media noche cuando de pronto escucho unas pisadas que se acercaban lentamente, su corazon daba mil latidos estaba asustado pero se decia asi mismo tengo que sacar valor y acabar con este monstruo.Asi fue mientras el hombre estaba descuidado devorando un animal le lanzo una flecha que le dio justo en el corazon, el hombre hipnotizante cayo al suelo y poco a poco se fue desapareciendo esto fue algo muy extraño.El hombre que lo mato decia que clase de ser es este .


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1 pág. / 1 minuto / 142 visitas.

Publicado el 6 de mayo de 2018 por Angela.

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