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Por Ver a la Novia

Javier de Viana


Cuento


Rojeaba el naciente y se presentaba, una de esas serenas, encantadoras mañanas de otoño. El mozo recogió de la soga al overo, que estaba “alivianándose” desde tres días atrás, lo rasqueteó y cepilló prolijamente, le emparejó el tuzo, le arregló los vasos, limpiando con maestría el “candado”, y empezó a ensillar con las prendas de lujo. Entre los dos “cojinillos” de piel de alpaca, colocó el chiripá y la camiseta de merino negro, primorosamente bordados. Y apuntaba el sol, cuando montó a caballo y emprendió trote, internándose en la desolada soledad de la llanura pampeana. No existían caminos, no se columbraba un árbol ni una vivienda humana. Al acercarse el mediodía desmontó al reparo de un ombú caritativo. Desensilló, fué a darle agua al flete, en un manantial vecino, le bañó el lomo y lo ató a soga, utilizando la daga como estaca. “Churrasqueó” la lengua fiambre que llevaba, tendió el poncho bajo las frondas del ombú, y se dispuso a dormir una hora de siesta... Y a la hora justa tornó a ensillar, montó y prosiguió el viaje. Ni reloj ni brújula necesitaba: la altura del sol dábale la medida del tiempo, y bastaba su tino para orientarlo en el verde mar de la llanura... Al obscurecer, llegaba a la estancia, donde había casorio y baile y donde habría de encontrarse con su prometida. Desensilló, largó el overo, que se revolcó, dando sin dificultad “la vuelta entera”; merendó y toda una noche de “gatos”, “cuecas” y “pericones”, no lograron fatigar sus piernas de centauro...

“Parece que ha troteado fuerte” —observa uno; y él responde:

“No; treinta leguas no más; a gatitas ha sudao el overo...”


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1 pág. / 1 minuto / 36 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2022 por Edu Robsy.

Los Inocentones

Ricardo Palma


Cuento


Reniego de tales inocentones y la peor recomendación que para mí puede hacerse de un muchacho, es la que algunos padres, muy padrazos, creen hacer en favor de su hijo, cuando dicen: ¡fulanito es un niño muy inocentón!

Siempre que escucho a un padre hablar de las inocentadas de su hija, me viene en el acto a la memoria la copla sobre aquella inocentona que:


Un día dijo a un mozo
a la sombra de una higuera
En no metiéndome a monja
méteme lo que tú quieras.
 

¡Inocentones! ni para curar un dolor de muelas, se encuentra uno en este planeta sublunar.

Conocí a un muchachote de dieciséis años de edad, que nunca había abierto la boca para pronunciar una palabra; los médicos opinaban que no era mudo, sino tartamudo, y que en el día menos pensado, rompería a hablar como una cotorra; por supuesto que recomendaron a la madre lo tratase con mucho mimo y que en nada se le contrariase. Realmente, una tarde, dijo el enfermo:

— Mamá... mamá.

Es para imaginada, más que para descrita, la alegría de la buena señora, que tenía al enfermito en el concepto de ser más inocente que todos los que Herodes condenó a la degollina.

— ¡Angelito de Dios! ¿Qué quieres? ¿Qué deseas?

Apuesto una cajetilla de cigarrillos, que es lo que puedo despilfarrar, a que no adivinan ustedes lo que contestó el inocentón. Vamos, ¡ya veo que no me aceptan la apuesta y que se dan por vencidos!

— Dime, rey del mundo —prosiguió la madre—, ¿qué es lo que quieres?

— ¡Chu... cha! —contestó lacónicamente el picaronazo.

— Desde entonces, no creo en los inocentones.


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1 pág. / 1 minuto / 217 visitas.

Publicado el 19 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

El asteroide sobre el propio tejado

Cristóbal Miró Fernández


Reflexión


Un navío con velas encontradas no camina, es una cita que acuñó el rey borbón, el español Carlos III. Las dos cabras que se enfrentan sobre el tronco jamás llegarán a nada, tan solo a caer ambas al río sobre el que luchan enconada y estúpidamente, y con mucha suerte no ahogarse tras la caída, agotadas como están de su lucha inútil. Al final del proceso de auto aniquilación mutua, el tronco sobre el que se sustentan, su mente (ir) racional acabará devorándolas, arrastrándolas en su caída, quebrado por su estupidez. Siempre acaba ganando el que a su adversario no degüella, se cita en una de las líneas de la célebre novela latina, junto al Asno de Oro de Apuleyo, el Satiricon de Petronio. Las dos cabras que se enzarzan, en la lucha inútil y empecinada, en el intento desesperado de derrotar al contario, que al fin y al cabo es un hermano de leche, hasta sus últimas energías, acabarán ambas derribadas por sí mismas sin ver que las cornadas son boomerangs que rebotan una vez y otra contra sí mismas.El puñal de doble filo de un orgullo guerrero mal entendido y peor dirigido hacia los fines de la guadaña, que desangra la mano que lo esgrime sin remedio, no deja nunca tras de sí nada salvo heridas y cicatrices, mientras que en las más de las veces, corona su empuñadura roja de vino y sangre en el pico de la paz de los cementerios que deja de recuerdo… y al final solo quedan los esqueletos insepultos en su rencor de perdones, durante largas generaciones a venir, de los vencedores y vencidos en el Monte de las Ánimas soriano… 


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Publicado el 28 de mayo de 2022 por Cristóbal Miró Fernández .

Los Salvadores

José Fernández Bremón


Cuento


—¿Cómo tiene usted tan sanos y colorados a sus hijos? —había preguntado el día anterior una vecina al padre de Tomasito.

—¿Cómo? Dándoles a beber agua y vino en todas las comidas. El agua mezclada con vino refresca y alimenta, alegra y da salud.

Aquella misma tarde, Tomasito, estando mirando en la pecera cómo nadaban los magníficos peces de colores, le pareció que estaban tristes. Una idea salvadora brotó en su mente, y para alimentar, refrescar y dar salud a los peces, vertió en su agua una botella de vino robada en la despensa.

¡Con qué placer admiraron los muchachos los diversos matices del agua según iba mezclándose con vino, y mucho más los rápidos movimientos de los peces, que empezaron a agitarse y dar vueltas desordenadas en aquel líquido asfixiante!

—¡Ya se alegran!

—¡Mira cómo corren!...

—¿Se habrán emborrachado?

A las voces infantiles acudió el cochero, que era un grandísimo borracho, y al enterarse del hecho, dijo a los muchachos:

—Los habéis envenenado.

—¡Si papá dice que el agua con vino es un remedio!

—Para vosotros; pero es mortal para los peces. Yo los salvaré.

—¿Qué vas a hacer?

—Beberme esa agua y vino y echarles agua sola.

Y el cochero, que era un hombre bueno, alzó la pecera, la puso en su boca, miró al cielo y la secó de un solo trago.

Después echó a correr como un loco, pidiendo un anzuelo a los criados.

—¿Para qué? —le decían.

—Para metérmelo en la boca; para pescar los peces que tengo en el estómago.

El infeliz se había tragado los peces por salvarlos.


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Publicado el 14 de julio de 2024 por Edu Robsy.

Una Confusión Cotidiana

Franz Kafka


Cuento


Un incidente cotidiano, del que resulta una confusión cotidiana. A tiene que cerrar un negocio con B en H. Se traslada a H para una entrevista preliminar, pone diez minutos en ir y diez en volver, y se jacta en su casa de esa velocidad. Al otro día vuelve a H, esta vez para cerrar el negocio. Como probablemente eso le exigirá muchas horas, A sale muy temprano. Aunque las circunstancias (al menos en opinión de A) son precisamente las de la víspera, tarda diez horas esta vez en llegar a H. Llega al atardecer, rendido. Le comunican que B, inquieto por su demora, ha partido hace poco para el pueblo de A y que deben haberse cruzado en el camino. Le aconsejan que espere. A, sin embargo, impaciente por el negocio, se va inmediatamente y vuelve a su casa.

Esta vez, sin poner mayor atención, hace el viaje en un momento. En su casa le dicen que B llegó muy temprano, inmediatamente después de la salida de A, y que hasta se cruzó con A en el umbral y quiso recordarle el negocio, pero que A le respondió que no tenía tiempo y que debía salir en seguida.

A pesar de esa incomprensible conducta, B entró en la casa a esperar su vuelta. Y ya había preguntado muchas veces si no había regresado aún, pero seguía esperándolo siempre en el cuarto de A. Feliz de hablar con B y de explicarle todo lo sucedido, A corre escaleras arriba. Casi al llegar tropieza, se tuerce un tendón y a punto de perder el sentido, incapaz de gritar, gimiendo en la oscuridad, oye a B —tal vez muy lejos ya, tal vez a su lado— que baja la escalera furioso y que se pierde para siempre.


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Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Cadáver De La Libertad

Horacio Quiroga


Artículo, Cuento


Cuando la libertad fue declarada "cadáver putrefacto", de acuerdo con la expresión del señor Mussolini, aquélla vióse en seguida abandonada de sus fieles discípulos. En vista de ello, sus censores cargaron irónicamente sobre sí con el deber de velar sus restos.

Ante aquel cuerpo velado de la cabeza a los pies, los jueces cambiaban entre sí sus impresiones.

—Magnífico cuerpo —murmuró uno— destinado a vivir muchos años.

—Eso se dice siempre —objetó otro. —En verdad, se ignora cómo ha resistido tanto tiempo.

—¿Pero de qué ha muerto? —preguntó un tercero, seguramente extraño a la localidad.


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Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

La Llave

Jules Renard


Cuento


La vieja es vieja y avara; el viejo es aún más viejo y más avaro. Pero ambos temen por igual a los ladrones. A cada instante del día se preguntan:

—¿Tienes tú la llave del armario?

—Sí.

Eso los tranquiliza un poco. Guardan la llave alternativamente y llegan a desconfiar el uno de la otra. La vieja la esconde principalmente en el pecho, entre la camisa y la piel. ¡Cuántas cosas no desata para poder introducirla en las fundas de sus senos inútiles!

El viejo la esconde unas veces en los bolsillos abotonados del pantalón y otras en los del chaleco, medio cosidos, que palpa con frecuencia. Pero al final, esos escondites que son siempre los mismos les han parecido cada vez menos seguros, y él acaba de encontrar un nuevo escondite del que se siente satisfecho.

La vieja le pregunta como de costumbre:

—¿Tienes tú la llave del armario?

El viejo no responde.

—¿Estás sordo?

El viejo hace gesto de que no está sordo.

—¿Se te ha perdido la lengua? —dice la vieja.

Lo mira inquieta. Tiene los labios cerrados y las mejillas hinchadas. Sin embargo, su expresión no es la de un hombre que se hubiera quedado mudo de repente, y sus ojos expresan más picardía que espanto.

—¿Dónde está la llave? —dice la vieja—; ahora me toca guardarla a mí.

El viejo sigue moviendo la cabeza con aire satisfecho, con las mejillas a punto de reventar.

La vieja comprende. Se lanza con agilidad, agarra por la nariz al viejo, le abre por la fuerza —con riesgo de que la muerda— la boca de par en par, introduce en ella los cinco dedos de su mano derecha y saca la llave del armario.


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1 pág. / 1 minuto / 83 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

Las Estrellas Visibles

Silverio Lanza


Cuento


Diálogo de dos locos


—Perdone usted, mi general. Antes le salude á usted; pero no me acordaba de que toda la mañana he llevado vuelto el anillo, y que usted no me veía. Ahora me he descubierto y vengo á darle los buenos días.

—Muchas gracias; conque el anillo, ¿eh?

—Este es otro, pero no importa; yo los hago con cualquier cosa, y todos me sirven. Este es el anillo de Sísifo.

—Creí que era de usted.

—No, señor; de Esefo. De Esefo ó de Osiris; no estoy seguro.

—¿Y usted cree que nadie le ve á usted?

—Estoy persuadido.

—¿Y si los demás se lo ponen?

—Si se lo ponen y le dan vuelta, no hay quien los vea.

—Pues démelo usted, y haremos la prueba.

—No, señor.

—¿Duda usted de esa virtud?

—Nada de eso; pero si se lo pone usted, lo vuelve, y después no puede desvolverlo, queda usted para siempre invisible.

—No ocurrirá.

—Y que si yo necesito ocultarme mientras usted lo tiene puesto, pues, ea.

—(Con aire amostazado.) Pero si eso no oculta á nadie.

—Usted lo dirá.

—Dele usted vuelta, y ya vera usted como le encuentro en seguida. (Y le doy un puntapié.)

—¿Qué apostamos?

—Nada; porque ya sabe usted que mientras no venga Don Carlos, soy pobre.

—Pues de balde.

—De balde.

—¿Vamos allá?

—Cuando usted quiera.

El loco volvió el anillo, é inmediatamente dió al general una tremenda bofetada.

—¿Qué ha visto usted, mi general?

—¡Bruto!

—Pero, ¿qué ha visto usted?

—Las estrellas.

—¡Ah!, las estrellas; no digo que no.

Y siguió paseando tranquilamente.


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Publicado el 28 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

Respeto

Javier de Viana


Cuento


Es verano.

Los corderos de la parición de primavera están gordos y fuertes.

No hay pestes en las haciendas, y faltas de presas fáciles y del gratuito festín de las carroñas, las rapaces, hambrientas, experimentan la exacerbación de sus instintos criminales, de su desprecio por la vida ajena.

Las fieras del aire, como las que rampan en la tierra, sólo son compasivas cuando están ahitas.

Se entropillan los lobos y se mancomunan los hombres para devorar una pieza que no se atreven a atacar individualmente, y se reparten el botín con fingida fraternidad.

Porque cuando el hambre atenacea las visceras, lobos y hombres olvidan los vínculos familiares, y el más fuerte masacra al más débil sin ningún género de misericordia...

Es verano.

Estío benigno. No se han recalado las aguas. Los arroyos y los canalizos conservan aún suficiente caudal para saciar las sedes de los ganados y permitir la supervivencia de los peces, los carpinchos y las nutrias.

En los esteros, los aperiases y los sapos guapean todavía.

Pero las rapaces sufren. Ellos son los agiotistas humanos, cuando las calamidades castigan la tierra...

En la cumbre de un cerrillo está posada un águila.

El hambre, madre del odio, le hace rojear los ojos.

A cincuenta, metros de distancia, una banda de caranchos, acecha, observa, espera el momento oportuno para llevarle la carga.

Están silenciosos los caranchos.

No insultan ni denigran al enemigo que se han propuesto ultimar.

Después de la batalla, si salen triunfadores en aquella suprema lucha por la vida, en que no hay más remedio que matar para no morir, podrán jactarse de la victoria.

Los hombres, en general, primero insultan, después matan y dan los insultos como justificativos del crimen.

Los caranchos no obran así.

Los gauchos tampoco.


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Publicado el 12 de octubre de 2022 por Edu Robsy.

Incertidumbre

Cristóbal Miró Fernández


Reflexión


La rutina es el veneno de la vida, aunque la vida misma sigue un ciclo rutinario de nacimiento, crecimiento y muerte… y absolutamente nada se libra de tal ciclo de estaciones entre primavera e invierno. Ello implica que la vida se emponzoña a sí misma? No olvidemos que la vida no es algo sencillo, algo pacífico ni estable en sus pupilas rosadas ni azules en una danza uniforme, sino una sucesión de conflictos que la enriquecen en experiencias y conocimiento, ya sea en poco tiempo o a lo largo de un periodo más extenso. Y qué se podría entender como extenso? Y como breve? El día de 24 horas, al margen de la estabilización a partir de la Baja Edad Media en forma de horas, minutos y segundos, nunca ha dejado de ser como lo fuera en la Edad Media, libre del tambor del reloj. Una medianoche puede durar tres días si el tiempo transcurre lentamente mientras un día puede caducar en diez minutos si disfrutamos del momento. En consecuencia, lejos de lo que consideremos como hora standard, no hay nada más rebelde e indisciplinado que la Ciencia…ni nada que sea más eterno que esta finitud. La vida podría entenderse como una multiplicación de restas, en un proceso en el que el más, aunque no lo parezca, gana, al menos, por mayoría indudable. Las restas que nos inquietan, que constituyen nuestras pesadillas cotidianas, establecen hitos que, como las grandes batallas en el recuerdo popular, acaban transformando el mundo para bien en forma de lecciones existenciales, del mismo modo que las letales explosiones nucleares de Hiroshima y Nagasaki acabaron derivando en el uso de tal dinamita, de tal pólvora, para extraer energía beneficiosa para la Humanidad de esta terrible fusión del átomo. 


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1 pág. / 1 minuto / 63 visitas.

Publicado el 10 de mayo de 2022 por Cristóbal Miró Fernández .

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