Textos más cortos | pág. 82

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Un Fallecimiento

Rafael Barrett


Cuento


Se llamaba Carlos, tenía doce años y venía corriendo de la escuela. Su padre estaba enfermo. «Cuando llegue me dirán que está bien», pensaba el niño. «Le contaré como todos los días lo que ha pasado en clase, nos reiremos y almorzaré con más hambre que nunca».

Al subir las escaleras de la casa se encontró con el médico que bajaba despacio. Era un viejo de barba blanca, que tenía la costumbre de mirar por encima de los anteojos, inclinando su calva venerable. Pero esta vez su mirada huía, y su cuerpo procuraba descender deslizándose, pegado a la pared.

—¿Cómo está papá? —preguntó Carlos.

El doctor, muy fastidiado, muy serio, movió la cabeza de un lado a otro, sin una sola palabra.

—¿Está peor?

Igual gesto.

—¿Mucho peor? —insistió el pequeño con voz temblorosa.

De repente su corazón comprendió y le hizo precipitarse a grandes saltos por la escalera arriba. Delante de la puerta había un hombre que abrió los brazos.

—¿Dónde vas? No entres.

—Quiero ver a papá.

—No, ahora no. Ya lo verás después. Lo que vamos a hacer es marcharnos. Tengo que ir a un sitio.

—Quiero ver a papá.

—¡Te digo que no!

Carlos dio un paso y se sintió cogido. Entonces, con ira desesperada embistió el obstáculo, lo volcó contra el muro, y pasó.

Amarillo, inmóvil, con el cuello doblado, los ojos caídos y un pañuelo blanco debajo de la barba, anudado sobre el cráneo, estaba su padre.

—¡Papá! —sollozó el muchacho.

La madre, sentada a la cabecera, declamó:

—Bueno es que veas de cerca nuestra horrible desgracia. Acércate y besa a tu padre.

Dos o tres personas que había allí, callaban.

Carlos se arrojó llorando sobre el lecho, y apoyó su frente en el hombro del muerto. Una secreta repugnancia le hizo no besar la carne muerta.


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Publicado el 13 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

La Sonrisa

Horacio Quiroga


Artículo


Sin excepción, todas las mujeres saben sonreír. Muchas lo hacen muy bien. Otras lo hacen mal y sin gracia; pero lo hacen. Y esto pasa así, porque esta virtud del término medio —tal la sonrisa—, de la esperanza a medias, de la concesión a medias, del perdón a medias, es eminentemente femenina.

Los hombres, en cambio, ríen con toda la boca si hallan motivos para estar alegres, y dicen terribles groserías cuando están enojados. Tal es su casta.

Y esto proviene de que siendo gente de ataque y no de defensa, se dejan ir a fondo. Prometen demasiado, y conceden también demasiado. Lo que hace que ambos sexos anden tropezando desde el caso Eva-Paraíso, y hasta su triste vejez. Porque entonces uno llora todo lo que rió al principio, y el otro ríe con el cigarro en la boca cuanto en el comienzo le fue preciso lloriquear.


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Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.

La Llama de la Vida

José Fernández Bremón


Cuento


—Tome usted chocolate.

—Imposible: el chocolate hace soñar: la última vez que lo tomé, soñé que deseaba conocer el misterio de la desigualdad de las existencias humanas.

—Y ¿acudiría usted a un sabio?...

—Tengo la costumbre de no hacer preguntas a los sabios cuando quiero saber algo. Busqué un médium ignorante que sin ciencia ninguna daba respuestas maravillosas y le dije:

»—¿Por qué mueren tantos niños, tantos hombres robustos y personas que parecían destinadas a larga vida, y duran otras que no reúnen condiciones de salud?

»El médium, que es cerero, consultó a los espíritus y me dijo:

»—Enciende una vela tú mismo.

»Había delante de mí hachas, cirios, velas de todos tamaños, y cerillas muy delgadas; casi todas estaban sin estrenar, y por no hacer perjuicio, tomé un hachón algo gastado, y lo encendí.

»—Esa luz que has elegido es tu vida: cuando se apague, morirás.

»—¿Y si hubiera elegido aquel cabito que veo en ese rincón?

»—Hubieras durado muy poco. Ya sabes el secreto: unos viven con hachón de viento, otros con vela de sebo, otros con cirio pascual y algunos, lo que dura una cerilla.

»—¿Qué hago con este hachón?

»—Puedes llevártelo o dejarlo.

»—¿Cuánto debo?

»—La vida no tiene precio. Si lo dejas no podré cuidarlo, que harto tengo que hacer cuidando el mío.

»—Es que si me lo llevo el viento lo apagará... porque hace mucho aire.

»—Resguárdalo con la mano... adiós: voy a cerrar.

»—Espera a que se calme el viento.

»El viento apenas movía la llama y me parecía un huracán: me detenía en todos los huecos: no me determinaba a atravesar las bocacalles, y todo me parecía conspirar para apagar aquella luz preciosa.

»—¿Me hace usted el favor del fuego? —dijo un transeúnte.


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Publicado el 14 de julio de 2024 por Edu Robsy.

La botella de BukowskiDon Juan de los caminos asalta París

Manuel Cerón Mejía


Reseña


La botella de Bukowski (Editorial Tempestas, Madrid, 2015), de Rafael Ruiz Pleguezuelos, va de arribar cuanto antes a París y codearse con el rey underground: Charles Bukowski. Escritor fetiche de Juan Novarta Pommera, nuestro narrador-protagonista.

Novarta, es una olla de afilalápices en ciernes y letraherido. Cuenta su historia con la misma sal y pimienta que un Adso de Melk, la labia del narrador ―sin nombre― de Noches blancas, o la gracia de Clamence, de La caída de Camus. «Habla con una prosa nerviosa», diría Harold Bloom, y dicha expresión queda al pelo.


En Novarta, contrario a la interpretación del poema de Cavafis, su destino es: Ítaca. (Ítaca, en la forma de un estudio de televisión en París donde será entrevistado en el programa Apostrophes por Bernard Pívot, su teul, Bukowski). Como en Mi Hemingway personal de Gabo, El Umbral de la tristeza de Guillermo Vila Ribera; sin Bukowski no hay paraíso. Penélope es Bukowski. Como Borges para Eco, Hemingway (de París no se acaba nunca) para Vila-Matas, el tough writer Edward Bunker para Ellroy (o Tarantino), «el gran DiMaggio», o monsieur Germain. El fetiche dice Savater, ¿acaso no es una forma de amor? 


Novarta, al tiempo que esboza su ópera prima porta una caja de Pandora en su pesada maleta de viaje, donde, además, acarrea una relación cuasi edípica con su frustrado padre (Pleguezuelos, maneja al dedillo los temas domésticos), la época —cuasi-sesentaochista—, su hermana, o la irresistible sirena Nadine, y apostillar clichés metaliterarios, no son sino un amasijo de elementos de suspense que su autor desembrolla lucidamente, ¿a la manera del mise en abyme (o las matrioskas)?

 


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Publicado el 9 de marzo de 2018 por Manuel Cerón.

La Quebrada

Arturo Ambrogi


Cuento


De entre un montón de piedras guateadas por el musgo, de entre los helechos, que se desarrollan como árboles en la húmeda penumbra, nace la quebrada.

Gota a gota fluye el agua: gota a gota, gota a gota se desliza sobre el musgo, como despenicada sarta de cuentas de vidrio, y rodando hasta el borde de la última de las piedras amontonadas, vacila un tanto, tiembla, brilla como un diamante, y al fin se desprende, y se aplasta.

Y ese goterío que cae, incesante, con matemática precisión, va formando entre los guijos roídos por la humedad y entre la grama mullida, un exiguo charco cristalino.

Húmeda sombra le cobija. Tramazón intrincada de ramas, forma cúpula impenetrable a aquel rincón arcadiano. Ningún rayo de sol se abrevó jamás en su escondida frescura. La nitidez, la tersura de su linfa, jamás se vio turbada; su tranquilidad, nunca, nunca, se alteró. Cuando más, el agua del charco se arruga, momentáneamente, a la caída silenciosa de alguna hoja dorada; o se siente rayada por las patas de una aguja del Diablo, o de un quiebrapalitos. Otras veces se anima, reproduciendo en frágiles temblequeos, el reflejo fugaz de las hojas.

Los berros crecen en sus orillas, a la sombra protectora de las anchas hojas de quequeisque, nervudas y membranosas, y entre sus tallos delicados y transparentes, rezuma la espuma de sapo.


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Publicado el 9 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

Azathoth

H.P. Lovecraft


Cuento


Cuando el mundo se sumió en la vejez, y la maravilla rehuyó la muerte de los hombres; cuando ciudades grises elevaron hacia cielos velados por el humo torres altas, temibles y feas, a cuya sombra nadie podía soñar sobre el sol ni las praderas floridas de la primavera; cuando el conocimiento despojó a la tierra de su manto de belleza, y los poetas no cantaron sino a distorsionados fantasmas, vistos a través de ojos cansados e introspectivos; cuando tales cosas tuvieron lugar y los anhelos infantiles se hubieron esfumado para siempre, hubo un hombre que empleó su vida en la búsqueda de los espacios hacia los que habían huido los sueños del mundo.


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Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Funeral de John Mortonson

Ambrose Bierce


Cuento


John Mortonson se murió: su obituario había sido leído y él había dejado la escena.

El cuerpo descansaba en un fino ataúd de mahogany con una placa de cristal empotrada. Todos los ajustes para el funeral habían sido tan bien digitados que sin duda, si el difunto los hubiera sabido, de seguro que los hubiera aprobado. El rostro, como se podía ver a través del cristal, no tenía semblante de desagrado: perfilaba una tenue sonrisa, como si la muerte no le hubiera resultado dolorosa, no estando distorsionado más allá del poder reparador del funebrero. A las dos de la tarde los amigos fueron citados para rendir su último tributo de respeto a aquel quien no había tenido mayor necesidad de amigos y de respeto. Los miembros de su familia fueron pasando cada varios minutos a la capilla y lloraron sobre los restos plácidos bajo el cristal. Esto no fue bueno; no fue bueno para John Mortonson; pero en presencia de la muerte la razón y la filosofía permanecen mudas.

A medida que las horas iban pasando, los amigos iban llegando y ofrecían consuelo a los parientes dolidos, quienes, como las circunstancias de la ocasión requerían, estaban solemnemente sentados alrededor de la habitación con un importante conocimiento de su importancia en la pompa fúnebre. Luego vino el ministro, y en tal oscura presencia las más mínimas luces se eclipsaron. Su entrada fue seguida por la de la viuda, cuyas lamentaciones llenaron la estancia. Ella se acercó a la capilla y luego de inclinar su rostro contra el frío cristal por un momento, fue gentilmente conducida hacia un asiento cercano al de su hija.


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Publicado el 7 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

La Pinga del Libertador

Ricardo Palma


Cuento


Tan dado era Don Simón Bolívar a singularizarse, que hasta su interjección de cuartel era distinta de la que empleaban los demás militares de su época. Donde un español o un americano habrían dicho: ¡Vaya usted al carajo!, Bolívar decía: ¡Vaya usted a la pinga.

Histórico es que cuando en la batalla de Junín, ganada al principio por la caballería realista que puso en fuga a la colombiana, se cambió la tortilla, gracias a la oportuna carga de un regimiento peruano, varios jinetes pasaron cerca del General y, acaso por halagar su colombianismo, gritaron: ¡Vivan los lanceros de Colombia! Bolivar, que había presenciado las peripecias todas del combate, contestó, dominado por justiciero impulso: ¡La pinga! ¡Vivan los lanceros del Perú!

Desde entonces fue popular interjección esta frase: ¡La pinga del Libertador!

Este párrafo lo escribo para lectores del siglo XX, pues tengo por seguro que la obscena interjección morirá junto con el último nieto de los soldados de la Independencia, como desaparecerá también la proclama que el general Lara dirigió a su división al romperse los fuegos en el campo de Ayacucho: "¡Zambos del carajo! Al frente están esos puñeteros españoles. El que aquí manda la batalla es Antonio José de Sucre, que, como saben ustedes, no es ningún pendejo de junto al culo, con que así, fruncir los cojones y a ellos".

En cierto pueblo del norte existía, allá por los años de 1850, una acaudalada jamona ya con derecho al goce de cesantía en los altares de Venus, la cual jamona era el non plus ultra de la avaricia; llamábase Doña Gila y era, en su conversación, hembra más cócora o fastidiosa que una cama colonizada por chinches. Uno de sus vecinos, Don Casimiro Piñateli, joven agricultor, que poseía un pequeño fundo rústico colindante con terrenos de los que era propietaria Doña Gila, propuso a ésta comprárselos si los valorizaba en precio módico.


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Publicado el 19 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

Formación Profesional Pedagógica del Educador de la Primera Infancia

Mirtha García Pérez


#formaciónprofesionalpedagogica


Formación Profesional Pedagógica del Educador de la Primera Infancia

Introducción

La educación de la primera infancia es una etapa fundamental en el desarrollo de los seres humanos, ya que sienta las bases para el aprendizaje futuro y el desarrollo integral de los niños. Por ello, la formación profesional pedagógica del educador de la primera infancia es un tema de gran relevancia, que merece un análisis profundo. 

1. Contexto y Relevancia de la Educación en la Primera Infancia

La primera infancia abarca desde el nacimiento hasta los seis años, un periodo en el que se producen cambios significativos en las áreas cognitiva, emocional, social y física. La calidad de la educación recibida durante estos años influye decisivamente en el futuro académico y social del niño. Por lo tanto, es crucial contar con educadores capacitados que comprendan las necesidades específicas de esta etapa.

2. Componentes de la Formación Profesional Pedagógica

2.1. Conocimiento Teórico

La formación del educador de la primera infancia debe incluir una sólida base teórica sobre el desarrollo infantil. Esto abarca teorías del desarrollo cognitivo, emocional y social, así como enfoques pedagógicos que promuevan una educación inclusiva y centrada en el niño.

2.2. Práctica Docente

La experiencia práctica es fundamental para la formación del educador. Las prácticas en entornos reales permiten a los futuros educadores aplicar sus conocimientos teóricos, reflexionar sobre su práctica y desarrollar habilidades interpersonales esenciales para interactuar con niños y familias.

2.3. Formación Continua

Dada la naturaleza dinámica del campo educativo, es imperativo que los educadores participen en procesos de formación continua. Esto puede incluir talleres, seminarios y cursos que les permitan actualizarse sobre nuevas metodologías, investigaciones recientes y enfoques inclusivos.

3.


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Publicado el 6 de enero de 2025 por Mirtha García Pérez .

La Donna è Mobile

Ricardo Güiraldes


Cuento


Primera parte

Era domingo, y lindo día; despejado, por añadidura. Deseos de divertirse y buena carne en vista.


Con su flete,
muy paquete
y emprendao,
iba Armando
galopiando
pal poblao.
 

Por otra parte:


En el rancho
de ño Pancho
lo esperaba,
la puestera,
(más culera

que una taba).
 

¡Ah!, Moreno, negro y alegre a lo tordo.

Segunda parte

Buena gaucha la puestera, y conocida en el campo como servicial y capaz de sacar a un criollo de apuros. De esos apuros que saben tener sumido al cristiano macho (llámesele mal de amor o de ausencia). Y no era fea, no, pero suculenta, cuando sentada sobre los pequeños bancos de la cocina, sus nalgas rebalsaban invitadoras. «Moza con cuerpo de güey, muy blanda de corazón», diría Fierro. Lo cierto es que el moreno iba a pasto seguro, y no contaba con la caritativa costumbre de su china, servicial al criollo en mal de amor.

Cuando Armando llegó al rancho, interrumpió un nuevo idilio. El gaucho, mejor mozo por cierto que el negro, tuvo a los ruegos de la patrona que esconderse en la pieza vecina antes de probar del alfeñique; y misia Anunciación quedó chupándose los dedos, como muchacho que ha metido la mano en un tarro de dulce.

¡Negro pajuate!

Tercera parte

—Güenas tardes.

—Güenas.

No estaba el horno como pa pasteles, y Armando, poco elocuente, manoteó la guitarra, preludió un rasguido trabajoso, cantando por cifra con ojos en blanco y voz de rueda mal engrasada.


—Prenda, perdone y escuche.
Prenda, perdone y escuche,
que mis penas bi'a cantar,
pero usté mi'a de alentar,
pues traigo pesao el buche,
más retobao que un estuche
que no se quiere vaciar.
 

Doña Anunciación, más seria que el Ñacurutú, guiñaba los ojos, perplejos.


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Publicado el 3 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

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