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La Muñeca

Rafael Barrett


Cuento


Se celebraba en el palacio de los reyes la fiesta de Navidad. Del consabido árbol, hincado en el centro de un salón, colgaban luces, cintas, golosinas deliciosas y magníficos juguetes. Todo aquello era para los pequeños príncipes y sus amiguitos cortesanos, pero Yolanda, la bella princesita, se acercó a la reina y la dijo:

—Mamá, he seguido tu consejo, y he pensado de repente en los pobres. He resuelto regalar esta muñeca a una niña sin rentas; creo oportuno que Zas Candil, nuestro fiel gentilhombre, vaya en seguida a las agencias telegráficas para que mañana se conozca mi piedad sobre el haz del mundo, desde Canadá al Japón y desde el Congo a Chile. Por otra parte, este rasgo no puede menos que contribuir a afianzar la dinastía.

La reina, justamente ufana del precoz ingenio de su hija la concedió lo que deseaba. Zas Candil se agitó con éxito. Jesús nos recomienda que cuando demos limosna no hagamos tocar la trompeta delante de nosotros, pero sería impertinente exigir tantas perfecciones a los que ya cumplen con pensar en los pobres una vez al año. ¡El año es tan corto para los que se divierten! Además, el divino maestro se refería sin duda a la verdadera caridad.

No faltaba sino regalar la muñeca. ¿A quién? Una marquesa anciana, ciega, casi sorda y paralítica, presidenta de cuanta sociedad benéfica había en el país, fue interrogada, sin resultado. Su secretaría y sobrina, hermosa joven, propuso candidato inmediatamente. Ella era activa: sabía bien dónde andaban los pobres decentes, religiosos; se consagraba en cuerpo y alma a sus honorarias tareas, que la permitían citarse sin riesgo con sus amantes.

He aquí que Yolanda, la bella princesita, se empeña en presentar su regalo en persona.

—¡Una muñeca! —refunfuña la marquesa—. Mejor sería un par de mantas.


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2 págs. / 3 minutos / 157 visitas.

Publicado el 13 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

La Carga

Baldomero Lillo


Cuento


Los sables salen de las vainas con un claro y vibrante chirrido y los soldados de quepis y dormán azules sueltan la rienda de sus caballos y se precipitan contra el formidable enemigo.

¡Oh, los héroes! ¡Oh! los valientes!

¡Con qué coraje esgrimen la cortante hoja sobre las cabezas inermes, sobre los pálidos rostros de las mujeres, las blancas testas de los ancianos y las rizadas cabelleras de los niños!

Nada les detiene. Pasan como un huracán arrollándolo todo bajo los ferrados cascos de sus corceles. El filo de sus sables abate de un golpe los brazos que alzan la callosa mano como un escudo y parte en dos los cráneos que se cobijan bajo la gorra y la chupalla.

¡Y los jefes! ¡Los bizarros oficiales! Vedlos delante de sus valientes, la espada en alto, la mirada centelleante, ebrios de gloria, de heroísmo y de bravura.

¡Qué noble emulación los exalta! Nadie quiere tener una mancha roja de menos en el dormán galoneado.

Y se miran y se observan, tratando de sobrepujarse en aquel torneo heroico.


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2 págs. / 3 minutos / 63 visitas.

Publicado el 29 de septiembre de 2023 por Edu Robsy.

Costumbres de los Ahogados

Alfred Jarry


Cuento


Hemos tenido ocasión de entablar relaciones bastantes íntimas con estos interesantes borrachos perdidos del acuatismo. Según nuestras observaciones, un ahogado no es un hombre fallecido por submersión, contra lo que tiende a acreditar la opinión común. Es un ser aparte, de hábitos especiales y que se adaptaría a las mil maravillas a su medio si se lo dejase residir un tiempo razonable. Es notable que se conserven mejor en el agua que expuestos al aire. Sus costumbres son extrañas y, aunque ellos gustan desempeñarse en el mismo elemento que los peces, son diametralmente opuestas a la de éstos, si se permite expresarnos así. En efecto, mientras los peces, como es sabido, navegan remontando la corriente, es decir en el sentido que exige más de sus energías, las víctimas de la funesta pasión del acuatismo se abandonan a la corriente del agua como si hubieran perdido toda energía, en una perezosa indolencia. Su actividad sólo se manifiesta por medio de movimientos de cabeza, reverencias, zalemas, medias vueltas y otros gestos corteses que dirigen con afecto a los hombres terrestres. En nuestra opinión, estas demostraciones no tienen ningún alcance sociológico: sólo hay que ver en ellas las convulsiones inconscientes de un borracho o el juego de un animal.

El ahogado señala su presencia, como la anguila, por la aparición de burbujas en la superficie del agua. Se los captura con arpones, lo mismo que a las anguilas; el uso de garlitos o líneas de fondo resulta a este efecto menos provechoso.


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2 págs. / 3 minutos / 366 visitas.

Publicado el 6 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

Técnicas para Fumar Fuera de la Ley

Arturo Robsy


Cuento


La libertad también se mide en tabaco o, al menos, en la capacidad de echar humo que debe tener el hombre libre con pulmones, ese hombre libre fumador que es perseguido mientras ve cómo el consumo de todo tipo de drogas, incluidos el bingo y la TVE, está "despenalizado", lo mismo que el uso y disfrute de los tubos de escape, sin duda benéficos para el gremio del automóvil.

Cada vez son más las dependencias —oficiales y privadas— con el fatídico cartelito del cigarrillo cruzado por una barra roja o por un aspa. Y si algo hiere a un fumador es saber que no puede ejercer: las manos, como en un reflejo, se le van al tabaco y al mechero y la mente, libre y silenciosa, vuela hacia la madre del que inventó los rótulos.

Pero Dios dotó al fumador de mecanismos de alta precisión que le permiten hacer frente a la adversidad. Uno de ellos es el pensamiento lógico y, gracias a él, aquí tienen ustedes varios métodos contrastados para conseguir fumar donde no dejan:

El más elemental, pero de sorprendentes resultados, es encender el cigarrillo con toda tranquilidad. Sólo el dos por ciento de los funcionarios y alguna señora gruñona llegan a expresar una opinión desfavorable. El español, junto con las ovejas, es uno de los seres más tolerantes de la creación. Si resiste a Borrell con una sonrisa, ¿por qué no un poco de humo aromático?

Pero ese peligroso dos por ciento de funcionarios, compuesto por enfermos del estómago y del hígado y por maridos traicionados, puede entrar en acción y exigir que cese el humo. El buen fumador no debe desorientarse ni ceder a su innata cortesía:

—¿'Omo 'ice? —preguntará, imitando la brillante prosodia de los sordomudos y se llevará la mano a la oreja para dar mayor énfasis.— ¿'Asa algo?

Y se sigue fumando, diga lo que diga el funcionario, allá él con sus amígdalas.


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Publicado el 10 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Los Cartagineses De Eldorado

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo


En los grandes momentos de acción de los pueblos, el heroísmo no recluta exclusivamente sus elegidos entre los hombres de energías probadas. Roma nos ofrece uno de los casos más singulares de la historia en la persona de Lúculo, quien dejando un día sus festines de vago político y ocioso magnate, y sin más preparación guerrera que la lectura apresurada de "La Retirada De Los Diez Mil" durante el viaje por mar a Asia, emprende en los confines de la vasta república, una de las campañas más duras y admirables del mundo antiguo.

España, en el transcurso del siglo XVI, lanza a la conquista sus grandes fuerzas de acción, encarnadas en sus capitanes de vasto renombre. Pero no todos eran militares aventureros.


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Publicado el 13 de julio de 2026 por Brian.

El Remanso

Ricardo Güiraldes


Cuento


—¡Goyo!

—¿Señor?

—Alargame la estribera derecha antes de subir, ¿querés?

En la noche callada, los sonidos eran claros. Hacía frío. El cebruno, inquieto, daba vueltas y revueltas, entorpeciendo al peón en su trabajo.

—A ver, pruebe aura.

El estribo caía justo.

—Bueno, alcanzame la valija y subí.

Salieron al paso. El rodar de las coscojas era única señal de vida en el sueño de todas cosas.

—¿Trais la yave?

—Sí, señor.

—¡Galopemos!

El viento hacía sufrir las manos. Intranquilo, el cebruno parecía mirar con las orejas, vueltas en giros bruscos a todo bulto turbio de obscuridad.

—¡Mancarrón sonso, le ha dao por loriar!

—Déjelo no más, que ya se asentará después de una legüita. ¡Encantador consuelo!

Lisandro estaba de mal humor. No se acomodaba su somnolencia con andar atento a los caprichos del caballo que cambiaba de galope o se espantaba sin que la obscuridad permitiera prever las causas.

Por otra parte, dejaba tras sí toda una vida simple: sus días luminosos, sus trabajos alegres en la alegría del peonaje, sus noches de buen sueño en aquella cama dura pero cariñosa. Noches de ermitaño, bañadas de soledad inmensa.

—¿Tardará mucho en amanecer?

—Aurita no más aclara.

Siguieron callados. La luz nacía imperceptible. Sólo el lucero vivía en la cúpula lejana y una que otra estrella se apagaba tiritando de frío.

Iban cortando campo.

—Recuéstese más a la derecha, don Lisandro; de no, vamos a salir frente a los tembladerales.

Pero el otro no hizo caso, objetando que si así lo hicieran darían sobre el remanso de los sauces.

Goyo no insistió por el tono malhumorado de las palabras. ¡Porfiarle a él, que conocía el camino como sus manos! En fin, ya se desengañaría.


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Publicado el 3 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

Un rayo de luna

Laura Méndez de Cuenca


Cuento


No era una noche tibia de primavera, de esas noches impregnadas de perfumes de Oriente, cielo gris perla, nubes encarrujadas y esfumadas hacia el horizonte, cuando el misterioso rayo de luna llenó mi alma de emoción hasta entonces no sentida.

Bien segura estoy de que las ráfagas de octubre, echando a mala parte el pudor de los tiernos arbustos, desnudábalos sin preocuparse de la suerte de los pobrecitos gorriones que entre hojas y capullos diéranse a fabricar palacios góticos, castillos señoriales y hasta chalets a la moderna usanza. También creo recordar que las estrellas temblaban, al través de ligerísima bruma, con esa trémula palpitación de las vírgenes bajo el albo velo nupcial. Sirio, la reina Sirio, sobresalía en blancura brillante y luminosa en medio de todas las otras rojas, verdes y azules que decoraban el espacio. El cielo teñido suavemente entre azulado y verdoso tiraba a superficie de mar, pero un mar alegre y sereno; y hasta se me alcanza que las demás estrellas han de haber estado hechas una furia de celosas: cierto que resplandecían; mas con ese fulgor siniestro de las miradas de una mujer en presencia de su rival.


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Publicado el 18 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.

Almas prestadas. Heliodoro, el reloj, mi nuevo amigo

Abraham Valdelomar


Cuento


El señor Emilio Hilbck;

A la señora Josefa Navarrete de Hilbck;


Amigos muy distinguidos y cordiales:

El reloj en el cual quisísteis fijar la hora, para mí inolvidable y encantadora, en que nuestras almas se comprendieron, está conmigo. Ya me ha visto llorar: ya es mi amigo íntimo. Ha marcado ya las horas de mis breves, hondas, mudas y frías tragedias cotidianas: ya lo sabe todo. Es la Hostia de Eternidad —¿no es acaso como una hostia que marcara el viaje de la Vida por el Espacio y por el Tiempo?— Esta hostia de Eternidad, esta especie de oblea de Infinito, esta moneda filosófica que ponéis en mis manos para que me acompañe en la peregrinación de la tierra de igual manera que los egipcios ponían una moneda en las manos de sus seres queridos, al despedirse de la vida para que los acompañara en el viaje misterioso; este corazón, chato, cincelado y de oro que tiene sobre nuestros corazones la gran ventaja de que para hacerlo latir basta con darle cuerda; este reloj, esta pulsera y cincelada joya que me habéis obsequiado, este ser delicado, elegante, armonioso cuyo ritmo es perfecto y cuyos dos brazos que giran, se abren y se cierran, se distancian y se juntan, parecen, al ponerse horizontalmente, que nos llaman con los brazos abiertos; cuando éstos se juntan en las XII, ¿no parece, distinguida y esbelta señora y altísimo amigo, que se juntaran en una oración, como si rezaran por la vida? ¿Y cuando caen, formando ángulo hacia abajo, que lloraran, con los brazos caídos, alguna terrible desilusión? El reloj es como un hombre, amigos míos y señores; algo más, es como un hombre inteligente, discreto, muy elegante, muy laborioso, que trabaja en la tarea más elevada y más llena de filosofía:

...tac-tac... tac-tac... tac-tac...


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Publicado el 1 de mayo de 2020 por Edu Robsy.

Una breve descripción.

Antonio Viale


amor, sentimientos, relatos cortos


Una de las preguntas que más ronda en mi cabeza es como es ella, para una persona que ama a otra, si realmente la ama, esa persona va a ser la mejor del mundo no importa sus circunstancias, su físico, nada.

Ella es una persona que solamente estado presente me hace feliz, cada risa, cada llanto, cada momento, se recuerda y esos momentos son los que influyen en una relación de maneras que otras cosas, yo viví muchos momentos con ella más malos que buenos, pero lo que valía la pena era nuestro inicio, pasamos de ser desconocidos a ser unas personas muy cercanas unos amigos que se contaban todo se decían las cosas sin filtros, no eran ellos mismos sin el otro.

Es la mejor sensación del mundo sentir que una persona no te va a fallar y te va a apoyar y estar para vs, eso no se consigue en cualquier lado y es lo que yo tenía, pero le falle y es algo de lo que me arrepiento eternamente porque desde ahí empezó a no ser lo mismo pero eso lo voy a hablar en otro momento.

Para poder entender a otra persona primero hay que entenderse a uno mismo por el sentido de saber cómo te va a entender la otra persona y si eso funciona, la relación va a ser muy buena porque a pesar de saber las debilidades del otro también van a saber la fortaleza y como ayudarla en sus peores momentos y entre los dos van a formar lazos irrompibles por que se hacer bien entre ellos.


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Publicado el 24 de mayo de 2020 por antonioviale.

El Cascarudo-Tanque

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica, Cuento


Al caer la noche de un riguroso día de verano, tan riguroso que las piedras se mantienen calientes en la obscuridad; antes que el rocío refresque la atmósfera ardida, y los cuyos asciendan desde la hondura de los valles, suele oírse en Misiones un zumbido lejano, cuya orientación no se puede aún definir, El zumbido crece, acercándose sensiblemente; tórnase agudo de pronto, y sacudiendo el aire en nuestros propios oídos con una violencia de pequeño bólido, va de nuevo a perderse en el misterio de la noche.

No siempre pasa de este modo. A veces el zumbido se estrella, por decirlo así, contra la palmera que nos abanica. Y al pie del árbol vemos entonces por el césped avanzar pesadamente, como una máquina que quisiera imitar a un insecto, un enorme escarabajo que destella, bruñido y verde como un metal, Es el cascarudo-tanque.

Ningún escarabajo da como él la impresión de artificio con cardanes, bielas y pistones de lenta marcha. Cada movimiento suyo, cada avance de pata, es un prodigio de mecánica; pero no lo parecería, a juzgar por la titubeante lentitud del animal.


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Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

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