Dedicatoria
A ti, Ernesto, esa nube rota que tiembla sobre tu traje negro, esperando a mi alma.
Crimen
Estaba casado con una mujer lo arbitrariamente hermosa para que, a
pesar de su juventud insultante, fuera superior a su juventud su
hermosura.
Ella se masturbaba cotidianamente sobre él, mientras besaba el retrato de un muchacho de suave bigote oscuro.
Se orinaba y se descomía sobre él. Y escupía –y hasta se vomitaba–
sobre aquel débil hombre enamorado, satisfaciendo así una necesidad
inencauzable y conquistando, de paso, la disciplina de una sexualidad de
la que era la sola dueña y oficiante.
Ese hombre no era otro que yo mismo.
Los que no habéis tenido nunca una mujer de la belleza y juventud de
la mía, estáis desautorizados para ningún juicio feliz sobre un caso, ni
tan insólito ni tan extraordinario como a primera vista parece.
Ella creía que toda su vida iba a ser ya un ininterrumpido gargajo,
un termitente vómito, un cotidiano masturbarse, orinarse y descomerse
sobre mí, inacabables.
Pero una noche la arrojé por el balcón de nuestra alcoba al paso de
un tren, y me pasé hasta el alba llorando, entre el cortejo elemental de
los vecinos, aquel suicidio inexplicable e inexplicado.
No fue posible que la autopsia dijera nada útil ante el informe
montón de carne roja. El suicidio pareció lo más cómodo a todo el mundo.
Yo, que era el único que hubiera podido denunciar al asesino, no lo
hice. Tuve miedo al proceso, largo, impresionante. Pesadillas de varias
noches con togas, rejas y cadalsos me atemorizaron más de lo que yo
pensara. Hoy me parece todo como un cuento escuchado en la niñez, y, a
veces, hasta dudo de que fuese yo mismo quien arrojó una noche por el
balcón de su alcoba, bajo las ruedas de un expreso, a una muchacha de
dieciséis años, frágil y blanca como una fina hoja de azucena.
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