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Vida y Hazañas del Gran Tamorlán

Ruy González de Clavijo


Crónica, viajes, historia


Vida y hazañas del gran Tamorlan con la descripción de las tierras de su imperio y señorío, escrita por Ruy González de Clavijo, camarero del muy alto y poderoso señor Don Enrique Tercero de este nombre, rey de Castilla y de León, con un itinerario de lo sucedido en la embajada que por dicho señor rey hizo al dicho príncipe, llamado por otro nombre Tamurbec, año del nacimiento de mil y cuatrocientos y tres.


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Dominio público
257 págs. / 7 horas, 30 minutos / 415 visitas.

Publicado el 5 de noviembre de 2024 por Edu Robsy.

Vida del Pícaro Guzmán de Alfarache

Mateo Alemán


Novela


Capítulo 1. En que cuenta quién fue su padre

El deseo que tenía, curioso lector, de contarte mi vida me daba tanta priesa para engolfarte en ella sin prevenir algunas cosas que, como primer principio, es bien dejarlas entendidas —porque siendo esenciales a este discurso también te serán de no pequeño gusto—, que me olvidaba de cerrar un portillo por donde me pudiera entrar acusando cualquier terminista de mal latín, redarguyéndome de pecado, porque no procedí de la difinición a lo difinido, y antes de contarla no dejé dicho quiénes y cuáles fueron mis padres y confuso nacimiento; que en su tanto, si dellos hubiera de escribirse, fuera sin duda más agradable y bien recibida que esta mía. Tomaré por mayor lo más importante, dejando lo que no me es lícito, para que otro haga la baza.


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53 págs. / 1 hora, 34 minutos / 664 visitas.

Publicado el 17 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Mi Única Mentira

Rafael Delgado


Cuento


A Enrique Hernández González

I

Aquello era todas las noches.

Apenas apagábamos la vela, principiaba el ruido, un ruidito leve, cauteloso, tímido, como el que haría un enano de Swift, que, a obscuras y de puntillas, explorase el terreno, temeroso de graves peligros. A lo que imagino, primero reconocía el campo, iba y venía, subía y bajaba, se paseaba a su gusto por todas partes, retozaba entre las jaboneras de mi lavabo, revolvía los papeles de mi humilde escritorio escolar, profanando las odas de Horacio y las églogas de Virgilio; se trepaba al «buró», y con toda claridad oía yo cerca de mí los pasos del audaz, el roce de sus uñas en la fosforera, en el libro y en el sonoro platillo de la palmatoria.

Una vez quise sorprenderle, y encendí rápidamente una cerilla: estaba encaramado en el extremo de la bujía, como un equilibrista japonés en lo alto de una pértiga de bambú.

Chiquitín como era, el molesto visitante me causaba miedo atroz. Sólo de pensar que, aprovechándose de mi sueño, iría a mi cama, se instalaría en las almohadas, saltaría a mi cabeza y arrastraría por mis labios aquella colita inestable y helada, me daba calofrío. Y héteme en vela, como escucha en vísperas de combate, conteniendo el aliento, atento el oído y abiertos los ojos para ver a mi osado enemigo. La imaginación me lo pintaba —tanto así le temía yo— colosal, horrible, hambriento, feroz como una tigre hostigada que ha perdido sus cachorros. En esta inquietud, nervioso, sobresaltado, asustadizo, pasaba yo dos o tres horas, mientras en el otro lecho dormía mi padre el sueño dulce y tranquilo que nunca falta a las personas de buena conciencia.

A la mañana olvidaba yo mis temores y recelos de la víspera, sin pensar durante el día en el ratoncillo aquel de nuestra alcoba, teatro de sus correrías.


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Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 959 visitas.

Publicado el 1 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

Las Alegres Comadres de Windsor

William Shakespeare


Teatro, Comedia


Personajes

SIR JOHN FALSTAFF.
FENTON.
POCOFONDO.—Juez de paz de campaña.
SLENDER, primo de Pocofondo.

Mr. FORD,
Mr. PAGE, —Caballeros residentes en Windsor.

GUILLERMO PAGE, menor, hijo de Mr. Page.
Dr. HUGH EVANS, cura galo.
EL DOCTOR CAIUS, médico francés.
EL POSADERO DE LA LIGA.

BARDOLF,
PISTOL,
NYM, —Acompañantes de Falstaff.

ROBIN, paje de Falstaff.
SIMPLE, criado de Slender.
RUGBI, criado del Doctor Caius.
SEÑORA FORD.
SEÑORA PAGE.
SEÑORITA ANA PAGE, su hija, enamorada de Fenton.
SEÑORA APRISA, criada del Dr. Caius.

Criados de page, de Ford, etc.

La escena pasa en Windsor y sus alrededores.

Acto I

Escena I

En Windsor, delante de la casa de Page.

Entran el juez POCOFONDO, SLENDER y Sir HUGH EVANS.

Pocofondo.—No tratéis de disuadirme, sir Hugh. Llevaré este asunto á la alta corte de justicia para lo criminal. Así valiera sir Juan Falstaff veinte como él, no ofenderá á Roberto Pocofondo, escudero.

Slender.—En el condado de Glocester, Juez de paz y coram.

Pocofondo.—Sí, primo Slender, y Cust-alorum.

Slender.—Sí, y también ratolorum, gentilhombre de nacimiento, señor cura, que se firma armígero en todos los actos, notas, recibos, mandatos y obligaciones: armígero.

Pocofondo.—Sí, que lo hacemos y lo hemos hecho invariablemente en estos últimos trescientos años.

Slender.—Todos sus sucesores que han vivido antes que él, lo han hecho; y todos sus antepasados que han de venir después de él podrán hacerlo. Podrán exhibir los doce lucios en su casaca.

Pocofondo.—Es una antigua casaca.


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Dominio público
80 págs. / 2 horas, 21 minutos / 1.905 visitas.

Publicado el 29 de abril de 2018 por Edu Robsy.

Historia de Estilicón

Horacio Quiroga


Cuento


Esa noche llegó mi gorila. Habían sido menester cinco cartas seguidas para obtener el cumplimiento de la promesa que arranqué a mi amigo en vísperas de su gran viaje. Iba a Camarones, quería ver las grandes selvas, las llanuras amarillas, las noches estrelladas y sofocantes que brillan impávidas sobre cabezas (le negros. ¿Cómo maniobró aquel perfecto loco para no dejar la vicia entre una turba de traficantes, cuarenta leguas más allá de las últimas factorías? No lo sé. Mi gorila estaba allí, un divino animalito pardo de cincuenta centímetros. Se mantenía en pie, gracias sin duda a los oficios de los pasajeros que durante la travesía distrajeron sus ocios enseñando a la huraña criatura las actitudes propias de un hombre. Se había recostado contra la pared, los brazos grandemente abiertos. Chirriaba sin cesar, llevando la vista de mí a la lámpara con extraordinaria rapidez.

Dimitri, el viejo sirviente asmático que a la muerte de mi padre sacudió tristemente la cabeza cuando le anuncié que podía si quería dejar nuestra casa, le observaba con atento estupor. El bien conocía estos monitos del Brasil que rompen nueces y son difíciles de cuidar; le eran familiares. Pero su asombro entonces era despertado por las proporciones de la bestia. Sin duda a sus ojos albinizados por las estepas lituanas de fauna extremadamente fácil, chocaba este oscuro animal complicado, en cuyos dientes creía ver aún trozos de cortezas roídas quién sabe en qué tenebrosa profundidad de selva. No obstante se acercó a mi pequeña fiera, no para acariciarla —¡oh, no!— sino para verla mejor. El animal se tiró al suelo chillando. Como me aturdía con sus gritos, advertí a Dimitri lo dejara en sosiego. Solo con él, lo observé bien.


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Dominio público
12 págs. / 21 minutos / 53 visitas.

Publicado el 23 de enero de 2024 por Edu Robsy.

Escenas y Tipos Matritenses

Ramón de Mesonero Romanos


Cuentos, crónica, colección


Las costumbres de Madrid

Dificile est proprie communia dicere.

Horat.


Este que llama el vulgo estilo llano,
envuelve tantas fuerzas, que quien osa
tal vez acometerle, suda en vano.

Lupercio de Argensola.


Grave y delicada carga es la de un escritor que se propone atacar en sus discursos los ridículos de la sociedad en que vive. Si no está dotado de un genio observador, de una imaginación viva, de una sutil penetración; si no reúne a estas dotes un gracejo natural, estilo fácil, erudición amena, y sobre todo un estudio continuo del mundo y del país en que vive, en vano se esforzará a interesar a sus lectores; sus cuadros quedarán arrinconados, cual aquellos retratos que, por muy estudiados que estén, no alcanzan la ventaja de parecerse al original.

El transcurso del tiempo y los notables sucesos que han mediado desde los últimos años del siglo anterior, han dado a las costumbres de los pueblos nuevas direcciones, derivadas de las grandes pasiones e intereses que pusieran en lucha las circunstancias. Así que un francés actual, se parece muy poco a otro de la corte de Luis XV, y en todas las naciones se observa la misma proporción.


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Dominio público
304 págs. / 8 horas, 53 minutos / 232 visitas.

Publicado el 5 de febrero de 2023 por Edu Robsy.

El Misterio de la Jungla Negra

Emilio Salgari


Novela


1. EL ASESINATO

El Ganges, el famoso río loado por los indios antiguos y modernos, cuyas aguas son consideradas sagradas por estos pueblos, después de haber atravesado las nevadas montañas del Himalaya y las ricas provincias de Delhi, Uttar Pradesh, Biliar y Bengala, a doscientas veinte millas del mar se bifurca en dos brazos formando un delta gigantesco, intrincado, maravilloso y quizás, en su género, único en el mundo.

La imponente masa de agua se divide y subdivide en una multitud de riachuelos, canales y pequeños canales que accidentan, de todos los modos posibles, la inmensa extensión de tierra comprendida entre el Hugli, el verdadero Ganges y el golfo de Bengala. De aquí que se formen una infinidad de islas, islotes y bancos que hacia el mar reciben el nombre de sunderbunds.

Nada más desolador, extraño y espantoso que la vista de estas sunderbunds. Ni ciudades, ni poblados, ni cabañas, ni un refugio cualquiera; desde el sur al norte y desde el este al oeste no se divisan más que inmensas extensiones de bambúes espinosos cuyos altos vértices ondean bajo el soplo del viento, apestadas por las emanaciones insoportables de millares y millares de cuerpos humanos que se pudren en las envenenadas aguas de los canales.

Durante el día reina, soberano, un silencio gigantesco, fúnebre, que infunde pavor a los más audaces; durante la noche, por el contrario, lo hace un estruendo horrible de gritos, rugidos, aullidos y silbidos que hiela la sangre.

Nadie osa adentrarse en estas junglas, sembradas de pestilentes charcas, porque están pobladas por serpientes de toda especie, tigres, rinocerontes e insectos venenosos, pero, sobre todo, porque a veces son visitadas por los thugs, los sanguinarios devotos de la diosa Kalí, siempre sedienta de víctimas humanas.


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229 págs. / 6 horas, 41 minutos / 1.283 visitas.

Publicado el 26 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

El Disfraz

Juan José Morosoli


Cuento


El flaco Matías se paró frente a la vidriera. Allí estaba la careta de calavera. Era cierto. Medina le había dicho que él mismo la había visto y que era el primer asombrado.

—Mirá, yo sé que caretas hay de todas clases. No hay cara que no tenga su careta. ¡Con decirte que he visto la careta de Siete y Tres Diez!

El flaco estuvo con ganas de no creer. Siete y Tres Diez era un rengo feísimo y de mal genio. No encontraba pareja para el truco porque al pasar la seña hacía reír al compañero y de yapa se enojaba.

—Pero de muerto, eso sí que no había visto… ¡Ni había pensado ver siquiera!


* * *


El Flaco no había querido disfrazarse nunca. Le parecía una estupidez. Él no estaba de acuerdo en hacer reír a los demás. Pero allí, frente a aquella careta, sintió el deseo de disfrazarse. Le había gustado quién sabe por qué. Entró y la compró. El comerciante se la vendió muy barata, eso sí, le fue franco. Le dijo que no la había tirado a la basura porque el deber de él, como comerciante, era venderla y no tirarla.

—Lo que uno compra es porque vale y el deber es hacerlo valer más.

Él lo entendía así, al menos. Sin embargo, se la dio por poco más de nada.

—Bueno –dijo el Flaco— ¿y esto qué traje lleva?

—¿Cómo qué traje?

—¡Pues! ¿O es que la muerte no tiene cuerpo?...

El asunto comenzó a conversarse.

—Mire, si quiere se pone un camisón blanco que vaya hasta el suelo. O uno negro.

Y agregó:

—Tiene que llevar guadaña, también…

Si quería, podía llevar bajo el camisón un tarro con gusanos. Él había visto, siendo niño, en España, de donde era, un hombre disfrazado de Muerte, que hacía esto.


* * *


En la comisaría, cuando fue a pedir el permiso, le previnieron:

—Mire que no se puede disfrazar de general, ni de cura… ¿Oyó?


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Dominio público
3 págs. / 5 minutos / 42 visitas.

Publicado el 14 de junio de 2025 por Edu Robsy.

El Ángel de la Sombra

Leopoldo Lugones


Novela


I

Entre los asuntos de sobremesa que podíamos tocar sin desentono a los postres de una comida elegante: la política, el salón de otoño y la inmortalidad del alma, habíamos preferido el último, bajo la impresión, muy viva en ese momento, de un suicidio sentimental.

Muchas personas deben recordar todavía aquel episodio que truncó una de nuestras más gloriosas carreras artísticas: el caso del malogrado D.F., que al pie del nicho donde habían sepultado por la mañana una muchacha con la cual no se le conocía relaciones, se mató al anochecer de un balazo en el parietal. Lo que más interesaba a las señoras de nuestro grupo, era la singularidad de haber conservado D.F. en su mano izquierda, seguramente a modo de ofrenda póstuma, dos tulipanes rojos: extraño recuerdo cuyo sentido debía quedar para siempre incomprensible.

—Los símbolos de amor—había filosofado con sensatez uno de los comensales—no tienen importancia más que para los interesados. Aquellas flores significaban, probablemente, bien poca cosa.

—¡Poca cosa el misterio de una vida, el secreto de una tragedia...—exclamó la más joven de las damas presentes.

—Misterio y secreto vulgarísimos, quizá...

—¡Vulgar D.F., un artista de tanto espíritu!—intervino a su vez la dueña de casa.

Y dirigiéndose a mí con encantadora vivacidad:

—Defienda usted, Lugones, que como poeta lo hará mejor, el honor de su gremio ante este monumento de prosa.

El "monumento" era demasiado respetable por su parentesco con la dama y por su ancianidad, para no imponerme la evasiva de una sonrisa silenciosa.

—Cosas de artistas!—añadió, justificándola, con la tranquilidad satisfecha de una excelente digestión.

Entonces otro de los convidados, un caballero que habíanme presentado al entrar y en cuyo nombre no reparé, opinó suavemente:

—Morir de amor nunca es vulgar...


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Dominio público
140 págs. / 4 horas, 6 minutos / 68 visitas.

Publicado el 1 de febrero de 2025 por Edu Robsy.

Circe

Benjamín Jarnés


Cuento


A Giménez Caballero

I

—No se comienza de veras a despreciar la humanidad mientras no se ven juntoscomo ahora, tantos hombres desnudos.

Julio, incrustado en la lenta hilera de reclutas que desfilaba ante el médico, avanzó un paso. Y rectificó:

—En cambio, no se comienza de veras a amar la humanidad mientras no se logra ver desnuda, en soledad, una linda mujer.

Su total desnudez le estimulaba a bosquejar conceptos claros, enjutos, de primitivismo ingenuo. Aquella mañana, en que iba a nacer a una vida nueva, sentía, como nunca, el deber de ser sincero. Tenía sed de luz, como cualquier feto maduro o cualquier anciano agonizante.

Se detuvo la hilera, aplazándose el solemne y rudo tránsito. Un recluta pretendía extender ante el facultativo cierto laberíntico mapa de dolencias invisibles, pero, incapaz de inventar para su interna topografía un sutil idioma técnico, se retorcía angustiosamente en la áspera red de un insuficiente dialecto provincial, como ese pensador, dueño ignorado de una maravillosa arquitectura filosófica, que, no hallando la justa, la brillante fórmula reveladora, cruza el mundo cejijunto, perennemente nostálgico, de la cumbre, sin más refugio que su huraño cuchitril de genio incomprendido. Porque lo difícil no es inventar un sistema o padecer una solapada enfermedad, sino hallar su expresión exacta.

El tiempo reservado a cada examen era muy breve, y el mozo precipitaba su doliente reseña, sin lograr ser atendido. Se oía la voz tímida del feto y la voz grave del doctor. Un recluta se resistía a nacer. Y el médico preparaba el fórceps, después de agotar muy delicadas manipulaciones...

Por fin, el mozo brotó de manos del doctor, hecho ya infante. Ante la vida nueva, gimoteaba cómicamente, en vez de agradecer a los dioses tan evidente cédula de ilesa humanidad.


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Dominio público
31 págs. / 54 minutos / 29 visitas.

Publicado el 30 de agosto de 2026 por Edu Robsy.

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