Textos más largos | pág. 182

Mostrando 1811 a 1820 de 8.878 textos.


Buscador de títulos

180181182183184

Noches Blancas

Fiódor Mijáilovich Dostoyevski


Novela corta


Primera noche

Era una noche maravillosa, una noche como sólo es posible cuando somos jóvenes, querido lector. El cielo estaba tan estrellado, tan brillante, que, al mirarlo, uno no podía dejar de preguntarse si la gente malhumorada y caprichosa podía vivir bajo un cielo así. Esa es una pregunta también juvenil, querido lector, muy juvenil, pero ¡que el Señor la ponga con más frecuencia en tu corazón!... Hablando de gente caprichosa y malhumorada, no puedo evitar recordar mi condición moral durante todo aquel día. Desde primera hora de la mañana me había oprimido un extraño abatimiento. De repente me pareció que estaba solo, que todo el mundo me abandonaba y se alejaba de mí. Por supuesto, cualquiera tiene derecho a preguntar quiénes eran "todos". Aunque llevaba casi ocho años viviendo en Petersburgo, apenas tenía un conocido. Pero, ¿para qué quería yo conocidos? Conocía a todo Petersburgo tal como era; por eso sentí como si todos me abandonaran cuando todo Petersburgo hizo las maletas y se fue a su villa de verano. Sentí miedo de quedarme solo, y durante tres días enteros deambulé por la ciudad profundamente abatido, sin saber qué hacer conmigo mismo. Tanto si paseaba por la Nevsky, como si iba a los Jardines o paseaba por el terraplén, no había ni una sola cara de las que había estado acostumbrada a encontrar en el mismo momento y lugar durante todo el año. Ellos, por supuesto, no me conocen, pero yo sí los conozco. Los conozco íntimamente, casi he hecho un estudio de sus rostros, y estoy encantado cuando están alegres, y abatido cuando están bajo una nube. Casi he entablado amistad con un anciano con el que me encuentro todos los benditos días, a la misma hora en Fontanka. Tiene un semblante muy serio y pensativo; siempre está susurrando para sí mismo y blandiendo su brazo izquierdo, mientras que en su mano derecha sostiene un largo y nudoso bastón con un pomo de oro. Incluso se fija en mí y se interesa por mí.


Leer / Descargar texto

Dominio público
59 págs. / 1 hora, 43 minutos / 5.314 visitas.

Publicado el 17 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

La Gaviota

Antón Chéjov


Teatro


PERSONAJES

IRINA NIKOLAIEVNA ARKÁDINA, viuda de Trepliov, actriz.
KONSTANTÍN GAVRÍLOVICH TREPLIOV, su hijo, joven.
PIOTR NIKOLAIEVICH SORIN, hermano de Irina.
NINA MIJAILOVNA ZARIECHNAIA, joven hija de un rico terrateniente.
ILYA AFANASIEVICH SHAMRÁIEV, teniente retirado, administrador de Sorin.
POLINA ANDRÉIEVNA, su mujer.
MASHA, su hija.
BORIS ALEXEIEVICH TRIGORIN, literato.
EVGUENI SERGUEIEVICH DORN, médico.
SEMIÓN SEMIONOVICH MEDVEDENKO, maestro de escuela.
YÁKOV, mozo.
Un COCINERO.
Una DONCELLA.

La acción se desarrolla en la finca de Sorin. Entre los actos tercero y cuarto transcurren dos años.

ACTO PRIMERO

Rincón del parque en la finca de Sorin. Una amplia avenida que, partiendo del espectador, se hunde en el parque, lleva a un lago; en el paseo hay un tablado provisional levantado para una representación en familia; cierra por completo la vista del lago. A derecha e izquierda del tablado, arbustos. Algunas sillas, una mesita. Acaba de ponerse el sol. En el tablado, tras el telón, Yákov y otros trabajadores; se oyen toses y golpes. Masha y Medvedenko aparecen por la izquierda; regresan de un paseo.

MEDVEDENKO.— ¿Por qué va usted siempre vestida de negro?

MASHA.— Es luto que llevo por mi vida. Soy desgraciada.

MEDVEDENKO.— ¿Por qué? (Reflexionando.) No lo comprendo… Usted goza de buena salud; su padre, sin ser rico, tiene una posición acomodada. Mi vida es mucho más dura que la suya. No gano más que veintitrés rublos al mes, de los que aún se me descuenta una parte para la jubilación, y a pesar de todo no llevo luto. (Se sientan.)

MASHA.— No es cuestión de dinero. Se puede ser pobre y feliz.


Información texto

Protegido por copyright
59 págs. / 1 hora, 43 minutos / 907 visitas.

Publicado el 21 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

Los Juerguistas

Robert Louis Stevenson


Cuento


1. Eilean Aros

Hacía una hermosa mañana de finales de julio cuando emprendí a pie por última vez el camino de Aros. La noche anterior un bote me había dejado en Grisapol. Desayuné lo poco que me pudo ofrecer la pequeña posada donde me hospedaba, dejé allí todo mi equipaje hasta que llegase la ocasión de ir a recogerlo por mar y emprendí la marcha a través del promontorio con el corazón animoso.


Información texto

Protegido por copyright
59 págs. / 1 hora, 43 minutos / 224 visitas.

Publicado el 28 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

El Hombre de los Cuarenta Escudos

Voltaire


Novela corta


Un apacible viejo, que siempre se queja del tiempo presente y alaba el pasado, me decía en una ocasión:

—Amigo, Francia no es tan rica como lo era en tiempo de Enrique IV. ¿Y por qué? Porque no están los campos bien cultivados, porque faltan brazos para la labranza; porque al encarecer los jornales, dejan muchos colonos sus tierras sin labrar.

—¿De dónde procede esa escasez de labriegos?

—De que todo aquel que es inteligente toma el oficio de bordador, de grabador, de relojero, de tejedor de seda, de procurador o teólogo. De que la revocación del edicto de Nantes ha dejado un inmenso vacío en el reino. De que se han multiplicado las monjas y los pordioseros, y en fin, de que cada uno esquiva, en cuanto puede, las penosas faenas de la tierra, para las que Dios nos ha creado, y que tenemos por indignas, de puro lógicos que somos.

Otra causa de nuestra pobreza es la muchedumbre de necesidades nuevas: pagamos a nuestros vecinos 15.000.000 por este artículo, 20 ó 30 por aquél. Metemos en las narices un polvo hediondo que viene de América, y tomar café, té, chocolate y obtener la grana, el añil, y las especias nos cuesta más de 200.000.000 de reales al año. Nada de esto era conocido en tiempo de Enrique IV como no fuesen las especias, que se consumían mucho menos. Gastamos cien veces más cera, y más de la mitad nos viene de país extranjero, porque no cuidamos de aumentar nuestras colmenas. Las mujeres de París y demás grandes ciudades llevan hoy al cuello, en las manos y en las orejas más diamantes que todas las damas de palacio en tiempos de Enrique IV, sin exceptuar la reina. Casi todas estas superfluidades las tenemos que pagar en dinero contante.


Información texto

Protegido por copyright
59 págs. / 1 hora, 43 minutos / 173 visitas.

Publicado el 4 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Escalas

César Vallejo


Novela corta


Parte 1. Cuneiformes

Muro noroeste

Penumbra.

El único compañero de prisión que me queda ya ahora, se sienta a yantar, ante el hueco de la ventana lateral de nuestro calabozo, donde, lo mismo que en la ventanilla enrejada que hay en la mitad superior de la puerta de entrada, se refugia y florece la angustia anaranjada de la tarde.

Me vuelvo hacia él:

—¿Ya?

—Ya. Está usted servido —me responde sonriente.

Al mirarle el perfil de toro destacado sobre la plegada hoja lacre de la ventana abierta, tropieza la mirada con una araña casi aérea, como trabajada en humazo, que emerge en absoluta inmovilidad en la madera, a medio metro de altura del testuz del hombre. El poniente lanza un largo destello bayo sobre la tranquila tejedora, como enfocándola. Ella ha tenido, sin duda, el tibio aliento solar; estira alguna de sus extremidades con dormida perezosa lentitud y, luego, rompe a caminar a intermitentes pasos hacia abajo, hasta detenerse al nivel de la barba del individuo, de modo tal, que, mientras éste mastica, parece que se traga a la bestezuela.

Por fin termina el yantar, y al propio tiempo, el animal flanquea corriendo hacia los goznes del mismo brazo de puerta, en el preciso momento en que ésta es entornada de golpe por el preso. Algo ha ocurrido. Me acerco, vuelvo a abrir la puerta, examino en todo el largo de las bisagras y doyme con el cuerpo de la pobre vagabunda, trizado y convertido en dispersos filamentos.

—Ha matado usted una araña —le digo con aparente entusiasmo al hechor.

—¿Sí? —me pregunta con indiferencia—. Está muy bien; hay aquí un jardín zoológico terrible.

Y se pone a pasear, como si nada a lo largo de la celda, extrayéndose de entre los dientes, residuos de comida que escupe en abundancia.

¡La justicia! Vuelve esta idea a mi mente.


Leer / Descargar texto

Dominio público
59 págs. / 1 hora, 43 minutos / 895 visitas.

Publicado el 21 de junio de 2018 por Edu Robsy.

Don Gil de las Calzas Verdes

Tirso de Molina


Teatro, Comedia


Personas que hablan en ella

DOÑA JUANA
DON DIEGO
DON MARTÍN
DON ANTONIO
DOÑA INÉS:
CELIO
DON PEDRO, viejo
FABIO
DOÑA CLARA
DECIO
DON JUAN
VALDIVIESO, escudero
QUINTANA, criado
AGUILAR, paje
CARAMANCHEL, lacayo
UN ALGUACIL
OSORIO
MÚSICOS

Acto primero

(Sale Doña Juana de hombre con calzas y vestido todo verde, y Quintana, criado).

QUINTANA:
Ya que a vista de Madrid
y en su Puente Segoviana
olvidamos, Doña Juana,
huertas de Valladolid,
Puerta del Campo, Espolón,
puentes, galeras, Esgueva,
con todo aquello que lleva,
por ser como inquisición
de [la] pinciana nobleza,
pues cual brazo de justicia,
desterrando su inmundicia
califica su limpieza;
ya que nos traen tus pesares
a que desta insigne puente
veas la humilde corriente
del enano Manzanares,
que por arenales rojos
corre, y se debe correr,
que en tal puente venga a ser
lágrima de tantos ojos;
¿no sabremos qué ocasión
te ha traído desa traza?
¿Qué peligro te disfraza
de damisela en varón?

JUANA:
Por agora no, Quintana.


Leer / Descargar texto

Dominio público
58 págs. / 1 hora, 43 minutos / 655 visitas.

Publicado el 10 de abril de 2018 por Edu Robsy.

Pseudolus

Plauto


Teatro, comedia


Personajes

PSÉUDOLO, esclavo de Simón.
CALIDORO, joven, hijo de Simón.
BALIÓN, rufián.
SIMÓN, viejo.
CALIFÓN, viejo, amigo de Simón.
HARPAX, criado de un militar.
CARINO, joven, amigo de Calidoro.
ESCLAVOS.
CORTESANAS.
UN JOVEN ESCLAVO DE BALIÓN. UN COCINERO.
SIMIA, sicofanta.

La acción transcurre en Atenas.

Argumento

Argumento I

Un militar le da a un rufián quince minas en mano y le deja una copia de su sello para que haga entrega de la joven Fenicio al que le traiga el resto del precio convenido. Al llegar un criado suyo le birla Pséudolo el sello, diciéndole que es Siro, un esclavo del rufián, prestando así un servicio a su joven amo, porque el rufián le entrega la joven a Simia, a quien había hecho pasar por Hárpax, criado del militar. Más tarde se presenta el verdadero Hárpax, y el viejo paga la suma que se había apostado con Pséudolo.

Argumento II

El joven Calidoro está perdidamente enamorado de la cortesana Fenicio, pero no tiene dinero. Un militar, que había comprado a la misma joven por veinte minas, entrega quince y deja a su amiga en casa del rufián, y también una copia de su sello, para que el que trajera un sello igual que aquél y pagara el resto del precio convenido, se llevara consigo a la joven. Se presenta después un sirviente del militar, que había sido enviado por éste para recoger a su amiga. Pséudolo, el esclavo del joven enamorado, engaña a Hárpax, criado del militar, haciéndose pasar por el mayordomo del rufián. Le birla el sello, y a uno que hace pasar por Hárpax le entrega cinco minas que le habían prestado. El falso Hárpax engaña al rufián. La joven queda en poder de Calidoro, y Pséudolo recibe un jarro de vino.


Información texto

Protegido por copyright
58 págs. / 1 hora, 43 minutos / 484 visitas.

Publicado el 14 de marzo de 2018 por Edu Robsy.

Aguafuertes Gallegas

Roberto Arlt


Artículo, Crónica


Trabajador gallego en campo americano. Mar bravo y montaña empinada. Reciedumbre gallega

Nuestro desapego por el trabajo físico, es tan evidente que de él ha nacido la desestima que cierto sector de nuestro pueblo experimenta hacia la actividad del gallego. Convertimos en síntoma de superioridad la falta de capacidad. Razonamos equivocadamente así: «Si el gallego trabaja tan brutalmente, y no le imitamos, es porque nosotros somos superiores a él». En este disparate, índice de nuestra supuesta superioridad, nos apoyamos para hacerle fama al gallego, de bruto y estólido, sin darnos cuenta que esa superioridad es, precisamente, síntoma de debilidad.

Visitemos una aldea gallega, de los alrededores de Vigo, Persibilleira, Panjon, La Bouza, Corujo.

El gallego trabaja en piedra. No en ladrillo. No en madera: piedra.

De piedra son los hórreos donde pone a orear el trigo. De piedra las casas. De piedra las piletas y las campanas bajo las cuales arde el fuego. De piedra los techos, de piedra las fuentes, de piedra los postes que sostienen las viñas, de piedra los muros que cercan los sembradíos, de piedra los puentes y los caminitos que corren entre los maizales y de piedra los troncos que sostienen las alambradas. Sin embargo, el monte gallego negrea de bosques. Le sobra madera. Levantemos la cabeza. Allá arriba, donde únicamente pueden andar las cabras, en la cima del monte, en un retazo de tierra, avanza la sembradura. Esto no es un juguete. Aquí, en Galicia, aunque se esté entrenado para subir pendientes, hay que hacer un alto cada cien metros.


Leer / Descargar texto

Dominio público
58 págs. / 1 hora, 43 minutos / 228 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2021 por Edu Robsy.

El Viejo y la Niña

Leandro Fernández de Moratín


Teatro, comedia


Advertencia

En el año de 1786, leyó el autor esta comedia a la compañía de Manuel Martínez, y los galanes fueron de opinión de que tal vez no se sufría en el teatro por la sencilla disposición de su fábula, tan poco semejante a las que entonces aplaudía la multitud; pero se determinaron a estudiarla a pesar de este recelo, persuadidos de que ya era tiempo de justificarse a los ojos del público, presentándole una obra original escrita con inteligencia del arte.

Costó no pequeña dificultad obtener licencia para representarla, y sólo pudo conseguirse haciendo en ella supresiones tan considerables, que resultaron truncadas las escenas, inconsecuente el diálogo, y toda la obra estropeada y sin orden. La segunda dama de la compañía, que frisaba ya en los cuarenta, no quiso reducirse a hacer el papel de doña Beatriz, a fin de conservar siquiera en el teatro las apariencias de su perdida juventud. La comedia volvió a manos del autor y desistió por entonces de la idea de hacerla representar.


Leer / Descargar texto

Dominio público
58 págs. / 1 hora, 42 minutos / 1.776 visitas.

Publicado el 20 de septiembre de 2018 por Edu Robsy.

El Corsario

Lord Byron


Poesía


Prólogo

El primer poeta inglés del siglo XIX

Romanticismo

Con el primer albor del ochocientos se afirma en Alemania la nueva escuela literaria que con el nombre de Romanticismo nació en las postrimerías del siglo precedente al impulso patriótico de Schlégel y Adam Müller, propagada por el alto poeta místico Novalis y Teck, que, proponiéndose enaltecer la literatura y engrandecer la patria, volvían la vista a los afortunados tiempos—según ellos—de la Edad Media; la época que se dio en llamar romántica, o sea aquel tiempo en que los pueblos germánicos heredaron la ciencia latina que vigorizaron con elementos propios. No se hallaban de acuerdo sus nuevos ideales con la realidad burguesa de la vida a principios del siglo XIX, y creyeron que el mejor remedio era el evocar las épocas aquellas en que florecían los ideales caballerescos, tendiendo a la formación de un hombre superior, o sea el caballero en el cual convergían todos los ideales de Amor y de Belleza, de Justicia y de Fuerza. Pretendían instaurar la edad de oro de la fe, del honor y de la gentileza.

Pronto extendiéronse estas nuevas doctrinas por toda Alemania, mas como un movimiento retrogrado en lo que tenía de conservador y evocativo. Y gran eco halló la buena nueva del Romanticismo en toda la faz de Europa a cuyos distintos países llegó, modificándose de diverso modo al chocar con la peculiar idiosincrasia de cada nacionalidad. Así en Francia, la nueva escuela significó tanto como libertad y naturalidad antes que todo, las modernas teorías llegaban a romper todas las conveniencias clásicas, las reglas, los moldes, las trabas que tenían atenazada a aquella literatura falsa y decadente de égloga e idilio de abanico.


Leer / Descargar texto

Dominio público
58 págs. / 1 hora, 42 minutos / 276 visitas.

Publicado el 3 de agosto de 2023 por Edu Robsy.

180181182183184