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Fanfarlo

Charles Baudelaire


Novela


Samuel Cramer, que en otros tiempos había firmado bajo el nombre de Manuela de Monteverde varias locuras románticas —en los buenos tiempos del Romanticismo—, es el producto contradictorio entre un pálido alemán y una chilena mulata. Añada a este doble origen una educación francesa y una cultura literaria, y quedará usted menos sorprendido —ya que no satisfecho y edificado— de las complicadas rarezas de este carácter. Samuel tiene la frente pura y noble, los ojos brillantes como gotas de café, la nariz grosera y burlona, los labios impúdicos y sensuales, el mentón cuadrado y déspota, y la cabellera pretenciosamente rafaelesca. Es a la vez un gran holgazán, un triste ambicioso y un ilustre infeliz; ya que en toda su vida no ha tenido más que ideas a medias. El sol de la pereza que resplandece sin cesar en su interior, vaporiza y consume aquella mitad de genio con que el cielo lo ha dotado. Entre todos los medio-grandes hombres que he conocido en esta terrible vida parisina, Samuel fue, más que cualquier otro, el hombre de las bellas obras fallidas; criatura fantástica y enfermiza, cuya poesía brilla más en su persona que en sus obras, y que, hacia la una de la mañana, entre el resplandor de un fuego de carbón y el tic-tac de un reloj, se me muestra siempre como el dios de la impotencia, dios moderno y hermafrodita, ¡impotencia tan colosal y enorme que torna épica!


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Dominio público
33 págs. / 59 minutos / 762 visitas.

Publicado el 19 de agosto de 2016 por Edu Robsy.

El Sino

Joaquín Dicenta


Novela corta


Capítulo I

Desde su nacer fué desafortunado aquel sabio infeliz. Casi estoy por decir que antes de nacer lo era ya. Le cupo suerte de gemelo y, si por los consiguientes se juzgan los antecedentes, es muy presumible que en el claustro materno le tocara la habitación peor.

Vino á esta existencia el segundo. Todos los gestos y exclamaciones de alegría hechos por los padres al advenimiento del primer hijo, trocáronse en gestos de contrariedad y exclamaciones de disgusto al presentarse el otro. No eran ricos los padres y aquella propina filial les amargó el buen parto.

Á más de ello, si el primer hijo era robusto y mantecoso, era el segundo pellejoso y enclenque. El médico tuvo que propinarle una tanda de azotes para que rompiese á llorar y llorando empezara á vivir, como empezamos todos.

En su bautizo calentó el agua de más el monaguillo, y cargó la mano en la sal el cura; de modo que le achicharraron la piel y le pusieron la boca como tocino rancio. Á poco si la madrina le deja caer al suelo; á poco si le asfixia el padrino al atarle los cordoncillos de la gorra. Por lo que hace á nombre le pusieron Anatolio, sin más añadiduras.

No podía la madre nutrir á los dos vástagos. Al primer nacido le tocó el pecho maternal. Para el segundo buscaron ama; y como las de fuera de casa resultan, al parecer, más económicas, escogieron para Anatolio una de extramuros. Allá fue el pobre chiquitín, á una casuca de Tetuán de las Victorias, donde era sucio todo, desde el pezón de la nodriza, lleno de mugre y costras, hasta las ropas de la cama, bordadas de churretes y pespunteadas de insectos.


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Dominio público
33 págs. / 59 minutos / 141 visitas.

Publicado el 22 de septiembre de 2019 por Edu Robsy.

Filipinas Dentro de Cien Años

José Rizal


Ensayo, Política


I

Siguiendo nuestra costumbre de abordar de frente las más árduas y delicadas cuestiones que se relacionan con Filipinas, sin importarnos nada las consecuencias que nuestra franqueza nos pudiera ocasionar, vamos en el presente artículo á tratar de su porvenir.

Para leer en el destino de los pueblos, es menester abrir el libro de su pasado. El pasado de Filipinas se reduce en grandes rasgos á lo que sigue:

Incorporadas apenas á la Corona Española, tuvieron que sostener con su sangre y con los esfuerzos de sus hijos las guerras y las ambiciones conquistadoras del pueblo español, y en estas luchas, en esa crisis terrible de los pueblos cuando cambian de gobierno, de leyes, de usos, costumbres, religión y creencias, las Filipinas se despoblaron, empobrecieron y atrasaron, sorprendidas en su metamorfosis, sin confianza ya en su pasado, sin fe aun en su presente y sin ninguna lisonjera esperanza en los venideros días. Los antiguos señores, que sólo habían tratado de conquistarse el temor y la sumisión de sus súbditos, por ellos acostumbrados á la servidumbre, cayeron como las hojas de un árbol seco, y el pueblo, que no les tenía ni amor ni conocía lo que era libertad, cambió fácilmente de amo, esperando tal vez ganar algo en la novedad.

Comenzó entonces una nueva era para los Filipinos. Perdieron poco á poco sus antiguas tradiciones, sus recuerdos; olvidaron su escritura, sus cantos, sus poesías, sus leyes, para aprenderse de memoria otras doctrinas, que no comprendían, otra moral, otra estética, diferentes de las inspiradas á su raza por el clima y por su manera de sentir. Entonces rebajóse, degradándose ante sus mismos ojos, avergonzóse de lo que era suyo y nacional, para admirar y alabar cuanto era extraño é incomprensible; abatióse su espíritu y se doblegó.


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33 págs. / 59 minutos / 207 visitas.

Publicado el 13 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

Lágrimas Escarlata

Robert E. Howard


Cuento


1. Un grito en la noche

Kirby lanzó un juramento, y retorció el volante del pequeño descapotable cuando los neumáticos resbalaron en la tierra suelta de la carretera comarcal. Junto a él, la muchacha jadeó y se aferró a su brazo. Momentos después, había recuperado el control del automóvil, y ambos respiraron más tranquilos.

—Ya deberíamos estar muy cerca de la mansión de su tío —musitó el corpulento detective, mientras guiaba el vehículo por la brumosa noche, con los faros arrojando sendos conos de luz que penetraban en la niebla espectral. La muchacha de cabello oscuro se estremeció, y asintió.

—Ya no está lejos —dijo la joven—. ¡Pronto lo verá usted mismo, y dejará de dudar de mi historia!

Kirby sonrió; era un relato enloquecido el que había escuchado de labios de la muchacha de cabello negro en su polvorienta oficina… siniestros cultistas orientales que acechaban por entre los arbustos, sitiando una mansión en el campo, intentado poner sus bronceadas manos sobre algo que había sido traído de Oriente… ¡Y la muchacha ni siquiera sabía qué! Según afirmaba, unos hombres oscuros y extranjeros habían estado observándoles desde la maleza, se había producido numerosos intentos de robo, y los perros guardianes de su tío, cuatro mastines fieros y enormes, habían aparecido muertos con dardos envenenados.

Lo peor de la historia de la muchacha era que su tío estaba… aterrorizado. Casi hasta la muerte. Y, según todo lo que Brent Kirby había leído en los periódicos acerca de Richard Corwell, explorador y aventurero, no parecía el tipo de hombre que se asustara con facilidad.

Una señal de carretera apareció ante el resplandor de los faros. Mostraba el nombre de una ciudad cercana llamada Baskerton.


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33 págs. / 59 minutos / 42 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Diamante de la Inquietud

Amado Nervo


Novela corta


Amigo, yo ya estoy viejo. Tengo una hermosa barba blanca, que sienta admirablemente a mi cabeza apostólica; una cabellera tan blanca como mi barba, ligeramente ensortijada; una nariz noble, de perfil aguileño; una boca de gruesos y golosos, que gustó los frutos mejores de la vida...

Amigo, soy fuerte aún. Mis manos sarmentosas podrían estrangular leones.

Estoy en paz con el Destino, porque me han amado mucho. Se les perdonarán muchas cosas a muchas mujeres, porque me han amado en demasía.

He sufrido, claro; pero sin los dolores, ¿valdría la pena vivir?

Un inglés humorista ha dicho que la vida sería soportable... sin los placeres. Ye añado que sin los dolores sería insoportable.

Sí, estoy en paz con la vida. Amo la vida.

Como Diderot, sufriría con gusto diez mil años las penas del infierno, con tal de renacer: La vida es una aventura maravillosa. Comprendo que los espíritus que pueblan el aire, ronden la tierra deseando encarnar.

—No escarmientan, dirán.

—No, no escarmientan. Las hijas de los hombres los seducen, desde los tiempos misteriosos de que habla el Génesis; una serpiente Invisible les cuchichea: «¿quieres empezar de nuevo?».

Y ellos responden al segundo, al tercero, al décimo requerimiento: «¡sí!»...; y cometen el pecado de vivir:


«porque el delito mayor
del hombre es haber nacido».
 


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Dominio público
33 págs. / 59 minutos / 528 visitas.

Publicado el 23 de enero de 2019 por Edu Robsy.

La Casa de Kaa

Rudyard Kipling


Cuento


Del leopardo orgullo son sus manchas,
honor del búfalo son sus cuernos.
¡Limpio! Pues del que caza se juzga
a fuerza por el color de su piel.
Si acaso el toro te embiste y aterra,
o una cornada del sambhur recibes,
por narrarlo el trabajo no abandones,
pues cosa es que tenemos ya olvidada.
Nunca del cachorro débil y ajeno abuses;
cual a un hermano debes mirarle,
que, aunque débil y torpe, es probable
que a una osa —puede ser— tenga por madre.
Nadie corno yo! —jáctase el cachorro
cuando a sus plantas ve la primera pieza.
Pero él es pequeño, y grande, la Selva:
que medite en calma, porque ahora apenas empieza.

Máximas de Baloo.


Narramos aquí lo que sucedió algún tiempo antes de que Mowgli fuera expulsado de la manada de lobos de Seeonee y tomara venganza de Shere Khan, el tigre.

Era el tiempo en que Baloo lo instruía acerca de la ley de la selva. Muy contento y ufano estaba el serio, viejo y enorme oso pardo con aquel discípulo tan listo, pues a los lobatos no les gusta aprender de la ley de la selva sino lo que se refiere a su propia manada y tribu, y se escapan en cuanto aprenden de memoria estas palabras de la Canción de Caza: "Pies que pisan sin el menor ruido; ojos que ven en plena oscuridad; orejas capaces de oír los diferentes vientos desde el cubil; blancos y afilados dientes: características son todas estas de nuestros hermanos, exceptuando a Tabaqui, el chacal, y a la hiena, que odiamos."

Pero Mowgli, como hombrecito que era, tuvo que aprender muchas cosas más.


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33 págs. / 59 minutos / 314 visitas.

Publicado el 25 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

La Noche del Lobo

Robert E. Howard


Cuento


I

La penetrante mirada de Thorwald Hiende-Escudos se desvió de la amenaza que brillaba en los expresivos ojos del hombre que estaba de pie frente a él, y recorrió la entera longitud del gran skalli. Se fijó en las largas filas de guerreros ataviados con cotas de malla y yelmos con cuernos, jefes con rostros de halcón que habían cesado su festín para escuchar. Y Thorwald Hiende-Escudos rio.

Pues, en verdad, el hombre que había hablado con rudeza ante las mismas fauces de los vikingos no parecía particularmente amenazador al lado de los gigantes armados que abarrotaban la sala. Era un hombre bajo, de fuerte musculatura, de facciones suaves y muy oscuras. Sus únicas ropas y ornamentos eran unas toscas sandalias que adornaban sus pies, un taparrabos de piel de ciervo, y un amplio tahalí de cuero del que pendía una espada con una curiosa forma de sierra. No llevaba armadura, y su negra cabellera cuadrada solo era recogida por una delgada banda de plata que le ceñía las sienes. Sus ojos fríos y negros brillaban con furia contenida, y sus impulsos interiores se reflejaban con claridad en un rostro habitualmente inmutable.


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33 págs. / 59 minutos / 79 visitas.

Publicado el 10 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Hombre de Arena

E.T.A. Hoffmann


Cuento


Nataniel a Lotario

Sin duda estarán inquietos porque hace tanto tiempo que no les escribo. Mamá estará enfadada y Clara pensará que vivo en tal torbellino de alegría que he olvidado por completo la dulce imagen angelical tan profundamente grabada en mi corazón y en mi alma. Pero no es así; cada día, cada hora, pienso en ustedes y el rostro encantador de Clara vuelve una y otra vez en mis sueños; sus ojos transparentes me miran con dulzura, y su boca me sonríe como antaño, cuando volvía junto a ustedes. ¡Ay de mí! ¿Cómo podría haberles escrito con la violencia que anidaba en mi espíritu y que hasta ahora ha turbado todos mis pensamientos? ¡Algo espantoso se ha introducido en mi vida! Sombríos presentimientos de un destino cruel y amenazador se ciernen sobre mí, como nubes negras, impenetrables a los alegres rayos del sol. Debo decirte lo que me ha sucedido. Debo hacerlo, es preciso, pero sólo con pensarlo oigo a mi alrededor risas burlonas. ¡Ay, querido Lotario, cómo hacer para intentar solamente que comprendas que lo que me sucedió hace unos días ha podido turbar mi vida de una forma terrible! Si estuvieras aquí podrías ver con tus propios ojos; pero ciertamente piensas ahora en mí como en un visionario absurdo. En pocas palabras, la horrible visión que tuve, y cuya mortal influencia intento evitar, consiste simplemente en que, hace unos días, concretamente el 30 de octubre a mediodía, un vendedor de barómetros entró en mi casa y me ofreció su mercancía. No compré nada y lo amenacé con precipitarlo escaleras abajo, pero se marchó al instante.


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33 págs. / 58 minutos / 185 visitas.

Publicado el 20 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Poemas de polvo y agua

Enrique Floriano


Poesía


 EL CLIMA


El pronóstico del sueño previene de un río amargo de fantasmas en las sienes y un correr entre escenarios. Serán las próximas horas de aguaceros en las manos y una voz desconocida
que vendrá de tres a cuatro. Clara inestabilidad
a la altura de los cráneos
y un relato en blanco y negro que dirá entre saltos algo.

Serán nubes en los dedos recuerdos desmenuzados, bloques para el día a día
de un presente diluviando. Llegará el persecutor
en las lluvias del espanto; tal vez no te dará alcance mas no podrás alejarlo. Vendrá azul de boca a pecho cual viento desde un pasado, un calor en granizada
y un beso que sabe a plagio. Una música de cielo

—más relámpago que canto y más cántaro que mar— moverá el mordido labio. Inundado el pensamiento inventará algún presagio como una voz en los ojos
o un escombro decorado.

24 de septiembre de 2023





OLAS INMERECIDAS


Ya no hay mar,
para estos ojos ciegos ya no se siente el mar,

si acaso todavía ruge a lo lejos
la canción de olas inmerecidas,
y aún deja el aire en nuestra ropa
el nombre del agua sibilante.
Y cómo nos grita el sin sentido
de las huellas en la arena
cuando al mediodía el mar intenta sin nosotros la gravedad de otros huecos planetarios.
Y hacia estos se empeña el mar
con terrena humedad de cangrejos y horizontes.


Con gracia se esfuerza cabalgando
sobre el amor de un millón de trotes marsupiales
Son culpables todas estas manos solitarias,

voluntariosas en palpar desde lejos
lo que exige amor con nuestros poros,
que marchó el gran mar de las sirenas hacia la otra cara prometida del silencio.

18 de septiembre de 2023



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Publicado el 3 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.

La Colonia Penitenciaria

Franz Kafka


Cuento


—Es un aparato singular —dijo el oficial al explorador, y contempló con cierta admiración el aparato, que le era tan conocido. El explorador parecía haber aceptado sólo por cortesía la invitación del comandante para presenciar la ejecución de un soldado condenado por desobediencia e insulto hacia sus superiores. En la colonia penitenciaria no era tampoco muy grande el interés suscitado por esta ejecución. Por lo menos en ese pequeño valle, profundo y arenoso, rodeado totalmente por riscos desnudos, sólo se encontraban, además del oficial y el explorador, el condenado, un hombre de boca grande y aspecto estúpido, de cabello y rostro descuidados, y un soldado que sostenía la pesada cadena donde convergían las cadenitas que retenían al condenado por los tobillos y las muñecas, así como por el cuello, y que estaban unidas entre sí mediante cadenas secundarias. De todos modos, el condenado tenía un aspecto tan caninamente sumiso, que al parecer hubieran podido permitirle correr en libertad por los riscos circundantes, para llamarlo con un simple silbido cuando llegara el momento de la ejecución.

El explorador no se interesaba mucho por el aparato y se paseaba detrás del condenado con visible indiferencia, mientras el oficial daba fin a los últimos preparativos, arrastrándose de pronto bajo el aparato, profundamente hundido en la tierra, o trepando de pronto por una escalera para examinar las partes superiores. Fácilmente hubiera podido ocuparse de estas labores un mecánico, pero el oficial las desempeñaba con gran celo, tal vez porque admiraba el aparato, o tal vez porque por diversos motivos no se podía confiar ese trabajo a otra persona.

—¡Ya está todo listo! —exclamó finalmente, y descendió de la escalera. Parecía extraordinariamente fatigado, respiraba con la boca muy abierta, y se había metido dos finos pañuelos de mujer bajo el cuello del uniforme.


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33 págs. / 58 minutos / 270 visitas.

Publicado el 24 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

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