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La Ciudad Muerta

Abraham Valdelomar


Cuento, novela corta


Dedicatoria

A don Juan Bautista de Lavalle, enamorado de las glorias viejas, intérprete de los lienzos antiguos, admirador religioso de todo lo que el tiempo ha deshojado y ha tornado triste y marchito, dedico estas páginas escritas sobre una ciudad de ruinas. Sea bondadoso con ellas.


A. V.

Le passé...

Le passé, c’est un second coeur qui bat en nous…
Il bat. Quand le silence en nous se fait plus fort
cette pulsation mystérieuse est là
qui continue… Et quand on rêve il bat encor,
et quand on souffre il bat, et quand on aime il bat…
Toujours ! C’est un prolongement de notre vie…

Henry Bataille

I. En el Ática

sobre el mar de Río de Janeiro,
Brasil, febrero 12 de 1911.


Adorable Francy:

Todavía me arrepiento de haber dejado bajar a tierra a ese hombre, pero le echo la culpa a la luna. Es ella la cómplice de todos los crímenes y, en muchos casos, la instigadora. Esté usted segura, mi adorable Francinette, que cuando ella tiene esas notas de luz casi verdes como si se copiara a través de una falsa esmeralda, algo extraño está pasando sobre la tierra. Yo soy médico y he podido observar el efecto de esas nubes de luna en esos enfermos de locura y en los alucinados, en los criminales, en los neuróticos, en los artistas. En los artistas sobre todo.


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28 págs. / 49 minutos / 499 visitas.

Publicado el 7 de septiembre de 2021 por Edu Robsy.

Lisis

Platón


Diálogo, Filosofía


Sócrates: Iba de la Academia al Liceo por el camino de las afueras a lo largo de las murallas, cuando al llegar cerca de la puerta pequeña que se encuentra en el origen del Panopo, encontré a Hipotales, hijo de Hierónimo, y a Ctesipo del pueblo de Peanea, en medio de un grupo numeroso de jóvenes. Hipotales, que me había visto venir, me dijo:

—¿A dónde vas, Sócrates, y de dónde vienes?

—Vengo derecho, le dije, de la Academia al Liceo.

—¿No puedes venir con nosotros, dijo, y desistir de tu proyecto? La cosa, sin embargo, vale la pena.

—¿A dónde y con quién quieres que vaya? le respondí.

—Aquí, dijo, designándome frente a la muralla un recinto, cuya puerta estaba abierta. Allá vamos gran número de jóvenes escogidos, para entregarnos a varios ejercicios.

—Pero ¿qué recinto es ese, y de qué ejercicios me hablas?

—Es una palestra, me respondió, en un edificio recién construido, donde nos ejercitamos la mayor parte del tiempo pronunciando discursos, en los que tendríamos un placer que tomaras parte.

—Muy bien, le dije, pero ¿quién es el maestro?

—Es uno de tus amigos y de tus partidarios, dijo, es Miccos.

—¡Por Júpiter! ¡no es un necio; es un hábil sofista!

—¡Y bien! ¿quieres seguirme y ver la gente que está allí dentro?

—Sí, pero quisiera saber lo que allí tengo de hacer, y cuál es el joven más hermoso de los que allí se encuentran.

—Cada uno de nosotros, Sócrates, tiene su gusto, me dijo:

—Pero tú, Hipotales, dime, ¿cuál es tu inclinación?

Entonces él se ruborizó.


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28 págs. / 49 minutos / 1.650 visitas.

Publicado el 12 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Historia de un Mirlo Blanco

Alfred de Musset


Cuento


I

¡Qué glorioso, y qué penoso es ser en este mundo un mirlo excepcional! No soy un pájaro fabuloso, el señor Buffon me ha descrito. Pero, desgraciadamente, soy raro y muy difícil de encontrar. ¡Ojalá fuera completamente imposible de encontrar!

Mi padre y mi madre eran dos buenos individuos que vivían, desde hacía años, al fondo de un viejo jardín aislado del Marais. Era una pareja ejemplar. Mientras mi madre, instalada en un tupido arbusto, ponía regularmente tres veces al año y incubaba somnolienta con un fervor patriarcal, mi padre, aún muy limpio y petulante pese a su edad, picoteaba alrededor de ella, le traía hermosos insectos que atrapaba delicadamente por el extremo de la cola para no inspirarle repugnancia a su mujer y, al anochecer, si hacía buen tiempo, no dejaba jamás de obsequiarla con una canción que alegraba a todo el vecindario. Jamás una querella, jamás el menor nubarrón turbó aquella plácida unión.

Apenas vine al mundo, y por primera vez en su vida, mi padre empezó a manifestar mal humor. Aunque yo no fuera aún sino de un gris sospechoso, no reconocía en mí ni el color, ni el aspecto de su numerosa prole.

—¡Qué sucio es este hijo! —decía a veces mirándome de través—; se diría que este chiquillo va a revolcarse en todos los yesones y en todos los montones de barro que se encuentra, para estar siempre tan feo y enfangado.

—¡Eh, Dios mío! —contestaba mi madre siempre hecha una bola en una vieja escudilla de la que había hecho su nido— ¿no ve, amigo mío, que es propio de su edad? Usted mismo, ¿no fue un encantador granuja? Deje que nuestro mirlito crezca, y ya verá como será hermoso; es uno de los mejores que he puesto.


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28 págs. / 49 minutos / 138 visitas.

Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

La Casa de Mapuhi

Jack London


Cuento


No obstante la pesada torpeza de sus líneas, el Aorai maniobró fácilmente en la brisa ligera, y su capitán lo condujo hacia adelante antes de virar apenas fuera del oleaje. El atolón de Hikueru —un círculo de fina arena de coral de un centenar de metros de ancho, con una circunferencia de veinte millas— se extendía bajo el agua, y emergía entre un metro y un metro y medio del límite de la alta marea. En el lecho de la inmensa laguna cristalina existía abundancia de ostras perlíferas, y desde el puente de la goleta, a través del ligero anillo del atolón, podía verse trabajar a los buzos. Pero la laguna no tenía acceso, ni siquiera para una goleta mercante. Con brisa favorable, los cúters podían penetrar a través del canal tortuoso y poco profundo, pero las goletas anclaban fuera y enviaban sus chalupas adentro.


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28 págs. / 49 minutos / 1.206 visitas.

Publicado el 8 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Sin Pasar por la Vicaría

Rudyard Kipling


Cuento


Antes de primavera coseché las ganancias del otoño;
a destiempo mi campo se vistió de grano blanco.
Y a mi pena le confió el año sus secretos.
Desflorada y forzada, una estación enferma a la otra sucedía,
dio misteriosamente la abundancia paso a la escasez;
vi llegar el ocaso antes de que otros contemplaran el día,
yo, que sé demasiado de lo que no debiera.

BITTER WATERS

I

—Pero ¿y si fuera niña?

—No, por Dios. Tantas noches he rezado y tantas ofrendas he enviado al altar de Sheij Badl, que estoy segura de que Dios nos dará un hijo… un varón que se convertirá en un hombre. Debes estar contento. Mi madre será su madre hasta que yo pueda ocuparme de él, y el mullah de la mezquita pastún anunciará su nacimiento… ¡Dios quiera que nazca en hora auspiciosa! Y entonces tú nunca te cansarás de mí, tu esclava.

—¿Desde cuándo eres tú una esclava, mi reina?

—Desde el principio… desde que esta bendición vino a mí. ¿Cómo podía estar segura de tu amor, sabiendo que me habías comprado con plata?

—No; eso fue la dote que le pagué a tu madre.

—Que la enterró y se pasa el día entero sentada encima de ella, como una gallina clueca. ¡Qué dices de dote! Me compraste como a una bailarina de Lucknow, no como a una muchacha.

—¿Y lamentas la compra?

—Lo he lamentado; pero ahora estoy contenta. ¿Verdad que nunca dejarás de amarme? Di, mi rey.

—Nunca… nunca. No.

—¿Ni siquiera cuando las mem-log, las mujeres blancas de tu propia sangre, te ofrezcan su amor? Recuerda que las he visto pasar en coche por las tardes, y son muy hermosas.

—Y yo he visto centenares de cometas. Y he visto la luna; y ya no quiero ver más cometas.

Amira aplaudió y rió.


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28 págs. / 49 minutos / 66 visitas.

Publicado el 5 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Bucólicas

Virgilio


Poesía, Égloga


I. Títiro

MELIBEO. — ¡Títiro! Recostado tú bajo la fronda de una extendida haya ensayas pastoriles aires con tenue caramillo; nosotros abandonamos los lindes patrios y nuestros dulces campos; de la patria huimos; tú, Títiro, despreocupado a la sombra, enseñas a las selvas a repetir el nombre de tu hermosa Amarilis.

TÍTIRO. — ¡Oh Melibeo! Un dios fue quien nos concedió este descanso, pues él será siempre para mí un dios; su altar, un tierno corderillo de nuestros rebaños lo bañará frecuentemente con su sangre. Él fue quien, como ves, permitió que mis vacas vagasen libremente y que yo mismo, con rústica zampoña, cantase lo que me viniera en gana.

MELIBEO. — Ciertamente no te envidio, más bien me maravillo; ¡tan grande es la turbación que en toda la extensión de la campiña reina! A mí mismo aquí me tienes arreando con aflicción mis cabras; ésta también con dificultad, ¡oh Títiro!, la llevo, pues aquí entre los espesos avellanos con duro esfuerzo acaba de parir, ¡ay!, sobre la desnuda roca dos gemelos, esperanza de mi rebaño. Muchas veces, recuerdo, estuviera entonces mi espíritu obcecado, nos predijeron este mal las encinas heridas por el rayo. Mas dinos ya, Títiro, qué clase de dios es ese tuyo.

TÍTIRO. — La ciudad que llaman Roma, ¡oh Melibeo!, pensé yo, necio de mí, que era semejante a esta ciudad nuestra adonde solemos con frecuencia los pastores llevar los tiernos recentales destetados de las ovejas. De esta manera era como yo veía parecerse los cachorros a las perras y los cabritos a sus madres, así tenía por costumbre comparar lo grande con lo pequeño. Pero esta ciudad levantó tanto su cabeza entre las demás ciudades cuanto acostumbran entre las flexibles mimbreras los cipreses.

MELIBEO. — ¿Y cuál fue la causa tan importante de visitar tú Roma?


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28 págs. / 49 minutos / 1.135 visitas.

Publicado el 22 de junio de 2018 por Edu Robsy.

El Diagnóstico

Edith Wharton


Cuento


I

No había nada por lo que preocuparse. Absolutamente nada. «Por supuesto que no… ¡Eso es lo que todos dicen!». Paul Dorrance se alejó del escritorio y se acercó a la ventana de su elevado piso. Daba al sur, sobre la atestada e imponente Nueva York de Wall Street, que era el centro visible y el símbolo de su vida laboral. Respiró aliviado porque, bajo su incredulidad externa, la confianza iba ganando terreno poco a poco. Los dos eminentes doctores a los que acababa de ver le habían dicho que volvería a estar recuperado en cuestión de pocos meses, que era un error tener miedo, que bastaba con alejarse del trabajo hasta haber recobrado el equilibrio físico y mental. Dorrance había mostrado su conformidad con una sonrisa, mientras pensaba para sí: «¡Condenados embaucadores! ¡Como si no supiera yo cómo me sentía!». Sin embargo, poco más de un cuarto de hora después, las palabras de los médicos habían hecho efecto y con una tímida avidez se rendía a la sensación de la vida recuperada. «¡Caramba! Es cierto que me encuentro mejor», murmuró, y regresó a su escritorio mientras recordaba que no había desayunado. ¡Hacía meses que no se fijaba en algo así! Tiró del cordón que quedaba a la altura del hombro y, con sonrisa casi de disculpa, dijo a su criado que… bueno, sí… los médicos le habían recomendado comer más. Tal vez le vendría bien acompañar el café con uno o dos huevos… Sí, y beicon. Aguardó irritado e impaciente a que llegase la bandeja.


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27 págs. / 48 minutos / 124 visitas.

Publicado el 26 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

Diario de la Desaparición

Gerardo P. Nieves


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Diario

 

 

 

de la

 

 

 

Desaparición

 

 

 

 

 

Gerardo Pastorino Nieves

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Deriva post-coito

 

 

 

 


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27 págs. / 48 minutos / 136 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2018 por Ludivan.

Correteos Primaverales

Rudyard Kipling


Cuento


¡El hombre retorna al hombre!
Corred la voz por la selva;
se marcha el que era nuestro hermano.
Escucha, pues, ahora, y juzga,
pueblo de la selva.
Responde: ¿quién detenerlo puede,
o quién tras él irá?

¡El hombre retorna al hombre!
Está llorando en la selva:
el que era nuestro hermano, llora su dolor.
¡El hombre retorna al hombre!
(¡Oh, y cuánto se le amaba en la selva!)
Allí seguirle, imposible es ya.


Dos años después de la gran lucha contra los perros rojizos y de la muerte de Akela, Mowgli andaba por los diecisiete años. Parecía mayor, pues el rudo ejercicio, los buenos alimentos y los baños siempre que el calor o el polvo lo molestaban, habían hecho que sus fuerzas y su desarrollo fueran superiores a su edad. Podía balancearse de un modo continuo durante media hora sosteniéndose de una rama con una sola mano, cuando quería curiosear entre los árboles. Podía detener a un gamo en su carrera y tirarlo por tierra asiéndolo de la cabeza. Podía incluso voltear hasta a los enormes y feroces jabalíes azulados que viven en los pantanos del norte. El pueblo de la selva, que antes lo temía por su ingenio, lo temía ahora por su fuerza, y cuando procedía él a sus correrías silenciosas, el mero rumor de que se acercaba hacía que se despejaran todos los senderos del bosque. Sin embargo, su mirada siempre era bondadosa. Inclusive cuando luchaba, sus ojos nunca llameaban como los de Bagheera. Tan sólo se habían vuelto más atentos y mostraban mayor excitación, y era esto una de las cosas que la misma Bagheera nunca llegó a entender.

Preguntóle a Mowgli acerca de ello, y el muchacho se rió y dijo:

—Cuando yerro un golpe, me incomodo. Cuando tengo que estar dos días sin comer, me esfuerzo. ¿No se nota entonces en mis ojos el mal humor?

—Tu boca puede tener hambre —respondió Bagheera—, pero tus ojos no lo demuestran.


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27 págs. / 48 minutos / 322 visitas.

Publicado el 25 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

La Madrastra

Antonio de Trueba


Cuento


I

— ¡Toma! ¡Toma! ¡Toma! ¡Que he de acabar contigo!

— ¡Ay, ay, ay, yo mío! ¡Perdón, mamá, yo teré bueno!

— ¿Qué tienes, amor mío? Tus dulces ojos se llenan de lágrimas, y tus mejillas de azucena y rosa toman el tinto carmesí de los claveles.

— ¡Cómo no sentir el rostro encendido de indignación y los ojos arrasados en lágrimas al ver tratar tan cruelmente a ese inocente niño!

— Tienes razón, purísimo numen de mis cuentos.

— Esa mujer tiene entrañas de fiera y no de madre.

— ¡Madre! No profanemos este santo nombre, suponiendo que esa mujer le lleva. La que así maltrata a un ángel de Dios, no puede ser madre: las que lo son, pueden maltratar a sus hijos de palabras, pero de obra no los maltratan jamás. Oye, amor mío, oye.

— Mis hermanos y yo nos llegábamos muchas veces a mi padre haciendo pucheritos.

— ¿Qué es eso? — nos preguntaba mi padre.

— ¡Gem!, ¡Gem! ¡Que madre nos ha pegado! — le contestábamos.

¡Pobrecitos! — nos decía mi padre sonriendo— ¿A ver, a ver cuantos huesos os ha roto?

Mi madre, que lo oía desde allá dentro, exclamaba:

— ¡Los he de matar! ¡Los he de matar!

— Sí, sí — decía mi padre por lo bajo— , latigazo de madre, que ni hueso quebranta ni saca sangre.

Estos recuerdos me hacen pensar muchas veces en las madres matonas, que son todas las que tienen hijos.

¡Ah, sí! Las madres matan... la mejor gallina del gallinero para hacer un buen caldo a sus hijos en cuanto a éstos duele un poco la cabeza.

¡Pobres madres! ¡Santas madres, que para el mal no tenéis más que lengua, y para el bien tenéis manos, y alma, y corazón, y vida, y aun esto os parece poco!

Verás hasta dónde llega la maldad de las madres.

— ¡Pícaro, bribón, que tú me has de quitar la vida!

— Déjele usted vecina, que ya sabemos lo que son niños.


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Dominio público
27 págs. / 48 minutos / 139 visitas.

Publicado el 26 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

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