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Belzu

Juana Manuela Gorriti


Cuento


I

Al escribir estas líneas, que bosquejan a grandes rasgos la figura del hombre ilustre cuyo nombre las encabeza, he creído cumplir un deber. Mientras las traza mi humilde mano, dos plumas magistrales se ocupan del mismo objeto, y desarrollarán de un modo brillante los detalles de aquella esplendorosa existencia. Pero la vida humana, y notablemente la de que nos ocupamos tiene dos faces: una de luz, otra de sombra. Una iluminada por los rayos de la dicha, de la fortuna, de la gloria; la otra perdida en la oscuridad de la pobreza, en las tinieblas de los días de dolor y de prueba. Los dos ilustrados biógrafos, fueron testigos y parte integrante de la primera: yo, compañera inseparable de la segunda.

Por tanto, y esperando que este modesto relato sirva en algo al complemento de aquellos importantes trabajos, lo he seguido, y le doy cima.

Manuel Isidoro Belzu nació en la Paz el 4 de abril de 1811. Fueron sus padres don Gaspar Belzu y doña, Manuela Umeres. Recibió su educación primaria en las aulas que los Padres franciscanos tenían en el convento de este orden. Su grande inteligencia le habría hecho distinguir con brillo en la carrera de las letras, si desde muy temprano el joven Belzu no hubiese manifestado un carácter inquieto, aventurero y caballeresco, que se avenía mal en los bancos escolares, y pedía instintivamente una espada y un corcel.

En efecto, apenas a la edad de 13 años, se escapó un día del aula, fue a reunirse al ejército independiente pocos días antes de la batalla de Zepite, y con el fusil al hombro, combatió como soldado en aquella gloriosa jornada. Después, envuelto en el desastre que la siguió, disperso, a pie, y ocultándose de pueblo en pueblo, fue reconocido y arrestado por un oficial amigo de su familia, que lo trajo a la Paz y lo entregó a su madre.


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25 págs. / 44 minutos / 130 visitas.

Publicado el 3 de enero de 2021 por Edu Robsy.

Educación holista, educando la inteligencia espiritual

Fundación Ramón Gallegos


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“La inteligencia espiritual es la luz de la transformación.”

Ramón Gallegos

 

Conceptualización de Inteligencia Espiritual

La inteligencia es un concepto que ha evolucionado y expandido en el transcurso de la historia. A dicho concepto se le han atribuido diversas y variadas definiciones, elaborándose teorías, métodos de avalúo y prácticas pedagógicas en torno a ellas. Este ensayo pretende hacer un recorrido sinóptico en el sendero histórico de la inteligencia, deteniéndonos calmadamente a reposar en el dulce oasis de la inteligencia espiritual y la educación holista.

Uno de los mayores exponentes a nivel global de ambos conceptos es el Dr. Ramón Gallegos, fundador de la Fundación Internacional para la Educación Holista, en Guadalajara, quien nos enseña que el corazón de la inteligencia no se puede separar del amor. Según Gallegos, la verdadera inteligencia es la conciencia de honrar la vida en todas sus manifestaciones. Dicha inteligencia ha sido denominada Inteligencia Espiritual. El Dr. Gallegos nos instruye que la inteligencia espiritual es la inteligencia superior de los seres humanos, es la facultad con la que enfrentamos exitosamente los problemas de significado y sentido de nuestra vida. Además la define como la capacidad de resolver los retos de la vida sin crear sufrimiento en los demás ni en uno mismo, reconociendo y valorando la vida misma.


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25 págs. / 44 minutos / 61 visitas.

Publicado el 16 de mayo de 2018 por Fundación Ramón Gallegos.

El Emperador Púrpura

Robert Chambers


Cuento


Un souvenir heureux est peut-être, sur terre,
Plus vrai que le bonheur.

A. DE MUSSET

I

El Emperador Púrpura me observó en silencio. Volví a echar la caña, lanzando casi dos metros de sedal impermeable y, tras el siseo del hilo surcando el aire sobre el estanque, vi mis tres moscas posarse en el agua como vilanos a la deriva. El Emperador Púrpura lanzó una mirada desdeñosa.

—Lo ve —dijo—, tengo razón. No hay ni una sola trucha en Bretaña que salte a por un cebo de mosca.

—Pues en Norteamérica sí lo hacen —repliqué.

—¡Caramba! ¡Por Norteamérica! —apostilló el Emperador Púrpura.

—Y las truchas pican con cebos de mosca en Inglaterra —insistí secamente.

—¿Es que cree que me importa lo que haga la gente en Inglaterra? —exclamó el Emperador Púrpura.

—A usted no le importa nada excepto usted mismo y sus asquerosas orugas —dije, más enfadado de lo que había estado hasta ese momento.

El Emperador Púrpura resopló. Sus anchos, imberbes y curtidos rasgos revelaban una expresión obstinada que siempre lograba sacarme de mis casillas. Quizás la forma en que llevaba el sombrero intensificaba esta irritación, con aquella ala blanda apoyada sobre ambas orejas, y las dos finas cintas de terciopelo que colgaban de la hebilla de plata delantera agitándose y bailoteando hasta con la más insignificante brisa. Sus astutos ojos y su puntiaguda nariz no tenían nada que ver con el resto de su obeso y enrojecido rostro. Cuando me miró a los ojos, dejó escapar una risotada.

—Sé más sobre insectos que ningún hombre de Morbihan… o Finistère, de hecho —afirmó.

—El Almirante Rojo sabe tanto como usted —repliqué.

—No es cierto —contestó el Emperador Púrpura enojado.


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25 págs. / 44 minutos / 258 visitas.

Publicado el 3 de enero de 2017 por Edu Robsy.

En la Diestra de Dios Padre

Tomás Carrasquilla


Cuento


Este dizque era un hombre que se llamaba Peralta. Vivía en un pajarate muy grande y muy viejo, en el propio camino real y afuerita de un pueblo donde vivía el Rey. No era casao y vivía con una hermana soltera, algo viejona y muy aburrida.

No había en el pueblo quién no conociera a Peralta por sus muchas caridades: él lavaba los llaguientos; él asistía a los enfermos; él enterraba a los muertos; se quitaba el pan de la boca y los trapitos del cuerpo para dárselos a los pobres; y por eso era que estaba en la pura inopia; y a la hermana se la llevaba el diablo con todos los limosneros y leprosos que Peralta mantenía en la casa. "¿Qué te ganás, hombre de Dios —le decía la hermana—, con trabajar como un macho, si todo lo que conseguís lo botás jartando y vistiendo a tanto perezoso y holgazán? Casáte, hombre; casáte pa que tengás hijos a quién mantener". "Cálle la boca, hermanita, y no diga disparates. Yo no necesito de hijos, ni de mujer ni de nadie, porque tengo mi prójimo a quién servir. Mi familia son los prójimos". "¡Tus prójimos! ¡Será por tanto que te lo agradecen; será por tanto que ti han dao! ¡Ai te veo siempre más hilachento y más infeliz que los limosneros que socorrés! Bien podías comprarte una muda y comprármela a yo, que harto la necesitamos; o tan siquiera traer comida alguna vez pa que llenáramos, ya que pasamos tantos hambres. Pero vos no te afanás por lo tuyo: tenés sangre de gusano".


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Dominio público
25 págs. / 44 minutos / 7.137 visitas.

Publicado el 19 de junio de 2018 por Edu Robsy.

El Entierro de Roger Malvin

Nathaniel Hawthorne


Cuento


LA EXPEDICIÓN proyectada el año 1725 en defensa de las fronteras, y que terminó en la renombrada “batalla de Lóvell,” es uno de los pocos incidentes de la guerra india susceptibles de la luz fantástica del romance. Dejando a la sombra judiciaria ciertas circunstancias, la imaginación encuentra mucho que admirar en el heroísmo de una pequeña banda que presentó batalla a enemigo dos veces superior, en el corazón de su propio país. La valentía desplegada por ambas partes estuvo de acuerdo con las ideas civilizadas sobre el valor; y aun la caballería andante no se avergonzaría de registrar en sus anales las hazañas individuales de uno o dos de aquellos combatientes. La batalla a que nos referimos, aunque fatal para los beligerantes, no tuvo consecuencias funestas para la nación, porque derrocó el poderío de una tribu y condujo a la paz que subsistió durante varios años consecutivos. La historia y la tradición son minuciosas en sus crónicas sobre este asunto; y el capitán de una partida de exploradores en la frontera adquiría renombre militar tan positivo como el del jefe que condujera millares de hombres a la victoria. A pesar de la substitución de nombres ficticios por los verdaderos, será fácil reconocer algunos de los incidentes que se refieren en las páginas siguientes, como el mismo relato escuchado de labios de los ancianos sobre la suerte de los pocos combatientes que sobrevivieron en la retirada de la “batalla de Lóvell.”

 


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25 págs. / 44 minutos / 367 visitas.

Publicado el 26 de abril de 2016 por Edu Robsy.

El Dedo Pulgar del Ingeniero

Arthur Conan Doyle


Cuento


Entre todos los problemas que se sometieron al criterio de mi amigo Sherlock Holmes durante los años que duró nuestra asociación, sólo hubo dos que llegaran a su conocimiento por mediación mía, el del pulgar del señor Hatherley y el de la locura del coronel Warburton. Es posible que este último ofreciera más campo para un observador agudo y original, pero el otro tuvo un principio tan extraño y unos detalles tan dramáticos que quizás merezca más ser publicado, aunque ofreciera a mi amigo menos oportunidades para aplicar los métodos de razonamiento deductivo con los que obtenía tan espectaculares resultados. La historia, según tengo entendido, se ha contado más de una vez en los periódicos, pero, como sucede siempre con estas narraciones, su efecto es mucho menos intenso cuando se exponen en bloque, en media columna de letra impresa, que cuando los hechos evolucionan poco a poco ante tus propios ojos y el misterio se va aclarando progresivamente, a medida que cada nuevo descubrimiento permite avanzar un paso hacia la verdad completa. En su momento, las circunstancias del caso me impresionaron profundamente, y el efecto apenas ha disminuido a pesar de los dos años transcurridos.

Los hechos que me dispongo a resumir ocurrieron en el verano del 89, poco después de mi matrimonio. Yo había vuelto a ejercer la medicina y había abandonado por fin a Sherlock Holmes en sus habitaciones de Baker Street, aunque le visitaba con frecuencia y a veces hasta lograba convencerle de que renunciase a sus costumbres bohemias hasta el punto de venir a visitarnos. Mi clientela aumentaba constantemente y, dado que no vivía muy lejos de la estación de Paddington, tenía algunos pacientes entre los ferroviarios. Uno de éstos, al que había curado de una larga y dolorosa enfermedad, no se cansaba de alabar mis virtudes, y tenía como norma enviarme a todo sufriente sobre el que tuviera la más mínima influencia.


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Publicado el 26 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

El Gran Rostro de Piedra

Nathaniel Hawthorne


Cuento


Una tarde, a la caída del sol, una madre y su hijo pequeño se hallaban sentados a la puerta de su cabaña, hablando del Gran Rostro de Piedra. No tenían más que levantar la vista y allá se le podía ver perfectamente, aunque a algunas millas de distancia, con el sol iluminando todas sus facciones.

¿Y qué era el Gran Rostro de Piedra?

Protegido por una familia de elevadas montañas se encontraba un valle tan espacioso que acogía a miles y miles de habitantes. Algunas de estas buenas gentes vivían en cabañas de troncos en medio del sombrío bosque, en las faldas empinadas y difíciles de las colinas. Otros tenían sus hogares en cómodas granjas y cultivaban la rica tierra de las suaves ondulaciones o de las superficies llanas del valle. Y otros, por fin, se congregaban en populosas aldeas donde algún riachuelo salvaje de la serranía, precipitándose desde su nacimiento en la región alta de la montaña, había sido atrapado y domesticado por la habilidad del hombre y obligado a mover la maquinaria de las fábricas de algodón. Los habitantes de este valle, en pocas palabras, eran numerosos y contaban con abundantes formas de vida. Pero todos, adultos y niños, tenían una cierta familiaridad con el Gran Rostro de Piedra, aunque algunos poseían el don de distinguir este gran fenómeno natural de forma más perfecta que muchos de sus vecinos.


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Publicado el 19 de mayo de 2017 por Edu Robsy.

El Pueblo de la Oscuridad

Robert E. Howard


Cuento


Fui a la Cueva de Dagón para matar a Richard Brent. Bajé por las oscuras avenidas que formaban los árboles enormes, y mi humor reflejaba la primitiva lobreguez del escenario. La llegada a la Cueva de Dagón siempre es oscura, pues las inmensas ramas y las frondosas hojas eclipsan el sol, y lo sombrío de mi propia alma hacía que las sombras pareciesen aún más ominosas y tétricas de lo normal.

No muy lejos, oí el lento batir de las olas contra los altos acantilados, pero el mar mismo quedaba fuera de la vista, oculto por el espeso bosque de robles. La oscuridad y la penumbra de mi entorno atenazaron mi alma ensombrecida mientras pasaba bajo las antiguas ramas, salía a un estrecho claro y veía la boca de la antigua cueva delante de mí. Me detuve, examinando el exterior de la cueva y el oscuro límite de los robles silenciosos.

¡El hombre al que odiaba no había llegado antes que yo! Estaba a tiempo de cumplir con mis macabras intenciones. Durante un instante me faltó decisión, y después, en una oleada me invadió la fragancia de Eleanor Bland, la visión de una ondulada cabellera dorada y unos profundos ojos azules, cambiantes y místicos como el mar. Apreté las manos hasta que los nudillos se me pusieron blancos, e instintivamente toqué el curvo y achatado revólver cuyo bulto pesaba en el bolsillo de mi abrigo.

De no ser por Richard Brent, estaba convencido de que ya me habría ganado a aquella mujer, a la cual deseaba tanto que había convertido mis horas de vigilia en un tormento y mi sueño en una agonía. ¿A quién amaba? Ella no quería decirlo; no creía que ni siquiera lo supiese. Si uno de nosotros desaparecía, pensé, ella se volvería hacia el otro. Y yo estaba dispuesto a hacerle más fácil la decisión… para ella y para mí mismo. Por casualidad había oído a mi rubio rival inglés comentar que pensaba venir a la solitaria Cueva de Dagón en una ociosa excursión… solo.


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Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Humillación de los Northmore

Henry James


Cuento


I

Cuando murió lord Northmore, las alusiones públicas al suceso adoptaron, en su mayor parte, una forma un tanto plúmbea y de compromiso. Había desaparecido una gran figura política. Se había apagado una luminaria de nuestro tiempo en mitad de su carrera. Se había anticipado el fin de una gran utilidad, que en buena parte quedaba, de todos modos, insignemente ejercida. La nota de grandeza, en toda la línea, sonaba, en suma, con fuerza propia, y la del fallecido evidentemente se prestaba muy bien a figuras y florituras, la poesía de la prensa diaria. Los periódicos y sus compradores cumplieron con lo que el caso pedía: lo compusieron con pulcritud y magnificencia, aunque quizá con mano un poco violentamente expeditiva, sobre el coche fúnebre, acompañaron debidamente al vehículo por la avenida y luego, viendo que de repente el tema se había agotado, pasaron a lo siguiente de la lista. Su señoría había sido una de esas personas de las que —ahí estaba la cosa— no hay casi nada que contar aparte de la flamante monotonía de su éxito. Ese éxito había sido su profesión, sus medios lo mismo que su fin; de modo que su carrera no admitía otra descripción y no exigía, ni de hecho toleraba, otro análisis. De la política, de la literatura, de la tierra, de unos modales zafios y muchos errores, de una mujer flaca y tonta, dos hijos manirrotos y cuatro hijas sosas, de todo había sacado el máximo provecho, como podría haberlo sacado prácticamente de lo que fuera. Algo había habido en lo más profundo de su ser que lo conseguía, y su viejo amigo Warren Hope, la persona que le conoció primero, y es probable que en conjunto mejor, no alcanzó nunca, en todo aquel tiempo, a averiguar por curiosidad qué.


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Publicado el 5 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Sobre la Paz del Alma

Plutarco


Tratado, filosofía


Plutarco a Pacio, salud...

1

Demasiado tarde recibí tu carta en la que me solicitabas te escribiera algo sobre la paz y sobre los pasajes del Timeo que requieren una explicación más cuidadosa.

Al mismo tiempo casi, nuestro amigo Eros se vio obligado a navegar en seguida rumbo a Roma, después de haber recibido del ilustrísimo Fundano una carta que, tal cual él es, le urgía a marchar. Yo como ni tenía tiempo, como hubiera preferido, para detenerme en lo que querías, ni podía soportar que vieras tú llegar a este hombre de parte nuestra con las manos completamente vacías, hice una colección de aquellos apuntes sobre la paz del alma que tenía a mano preparados para mí mismo, pensando que tú buscabas este discurso no para una audición que persigue un hermoso estilo sino para usarlo como ayuda.

También te felicito porque, aun teniendo la amistad de cónsules y una fama no inferior a ninguno de los oradores del foro, no te sucede lo que a Mérope en la tragedia, ni como a aquél la multitud con sus aplausos te arrebató, fuera de tus afecciones naturales, sino que has oído con frecuencia y recuerdas que un calzado elegante no libra de la gota, ni un anillo precioso de un uñero ni una diadema del dolor de cabeza.

Pues para la ausencia de penas en el alma y una vida sin turbaciones ¿de dónde viene el provecho del dinero, de la fama o del poder en palacio, si no se está satisfecho con lo que se tiene y la falta de lo que no se tiene siempre nos acompaña?

¿Qué otra cosa más hay de ayuda que una razón acostumbrada cuidadosamente a retener con rapidez la parte pasional e irracional del alma cuando muchas veces intenta salir de sí, y no mirar con indiferencia sus escapadas y arrebatos por causa de lo que le falta?


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Publicado el 9 de julio de 2024 por Edu Robsy.

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