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Los Zorritos

Rudyard Kipling


Cuento


Un zorro salió de su madriguera en las orillas del gran río Gihon, que fluye por Etiopía. Vio a un hombre blanco cabalgando entre los agostados campos de mijo y, para que el hombre pudiera cumplir su destino, el zorro aulló.

El jinete se detuvo entre los campesinos y se volvió, apoyándose en el estribo.

—¿Qué es eso? —preguntó.

—Eso —respondió el jefe de la aldea— es un zorro, su excelencia nuestro gobernador.

—¿No es un chacal?

—Nada de chacal. Es Abu Hussein, el Padre de la Astucia.

—Soy el mudir de esta provincia —dijo el hombre blanco alzando un poco la voz.

—Cierto —exclamaron los campesinos—. Ya, Saart el Mudir («su excelencia nuestro gobernador»).

El gran río Gihon, acostumbrado a los caprichos de los reyes, fluía entre sus riberas de más de un kilómetro de ancho en dirección al mar, mientras el gobernador alababa a Dios con un grito inquisitivo y sonoro jamás oído por el río.

Cuando el gobernador hubo retirado el dedo índice de detrás de la oreja derecha, los aldeanos le hablaron de sus cosechas de centeno, de mijo, de cebollas y otros cultivos similares. El gobernador estaba de pie sobre los estribos. Veía al norte una franja de sembrados verdes de varios metros de ancho, tendida como una alfombra entre el río y la línea rojiza del desierto. Esta franja se extendía por espacio de noventa kilómetros ante sus ojos y otros tantos a sus espaldas.


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24 págs. / 43 minutos / 79 visitas.

Publicado el 5 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Las Hijas del Coronel Difunto

Katherine Mansfield


Cuento


I

La semana siguiente fue una de las más atareadas de su vida. Incluso cuando se acostaban, lo único que permanecía tendido y descansaba eran sus cuerpos; porque sus mentes continuaban pensando, buscando soluciones, hablando de las cosas, interrogándose, decidiendo, intentando recordar dónde…

Constantia permanecía yerta como una estatua, con las manos estiradas junto al cuerpo, los pies apenas cruzados y la sábana hasta la barbilla. Miraba al techo.

—¿Crees que a papá le molestaría si diésemos su sombrero de copa al portero?

—¿Al portero? —saltó Josephine—. ¿Y por qué tenemos que dárselo al portero? ¡A veces tienes cada idea…!

—Porque seguramente —replicó lentamente Constantia— debe tener que ir bastante a menudo a entierros. Y en…, en el cementerio vi que llevaba un sombrero hongo. —Hizo una pausa—. Entonces se me ocurrió que estaría muy agradecido si pudiese tener un sombrero de copa. Además tendríamos que hacerle algún regalo. Siempre se portó muy bien con papá.

—¡Por favor! —sollozó Josephine, incorporándose en la almohada y mirando hacia Constantia a través de la oscuridad—. ¡Piensa en la cabeza que tenía papá!

E, inesperadamente, durante un horrendo segundo, estuvo a punto de echarse a reír. Aunque, por supuesto, no tenía las menores ganas de reír. Debió haber sido la costumbre. En otros tiempos, cuando se pasaban la noche despiertas charlando, sus camas no cesaban de crujir bajo sus risas. Y ahora, al imaginarse la cabeza del portero tragada, como por ensalmo, por el sombrero de copa de su padre, como una vela apagada de un soplido… Las ganas de reír aumentaban, le subían por el pecho; apretó con fuerza las manos; luchó por vencerla; frunció severamente el ceño en la oscuridad y se dijo con voz terriblemente adusta: «Recuerda».

—Podemos decidirlo mañana —añadió, dirigiéndose a su hermana.


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24 págs. / 43 minutos / 312 visitas.

Publicado el 8 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Andrómeda

Benjamín Jarnés


Cuento


A Antonio Espina

I

Una hora tardó Julio en aplicar a las enmarañadas vibraciones, de que estaba elaborado el silencio de la noche, su sencillo método de clasificación. Las dividió, primero, en dos grandes grupos: agradables y desagradables, como las comedias de Bernard Shaw. Después, hizo de ellas tres porciones, por razón de su origen: terrestres, acuáticas y aéreas —ya que nunca logró percibir la música estelar—. Luego, hizo pasar aquel silencio, bien desmenuzado, por una tirana criba. Era urgente depurar la noche, tan turbia, corregir aquella indisciplina de masas vibratorias, romper aquella espesa malla de resonancias. El ruido y el sonido dialogaban en lamentable camaradería. Era inexplicable que la noche pudiese ejecutar entonces su himno ritual al Creador. Quizá se divertía en templar los instrumentos, se solazaba en algún intermedio del Te Deum universal.

Julio comenzó a eliminar ecos falsos. Tres hileras de cañas, clavadas a lo largo de una acequia, producían, al rozarse, un voluptuoso cuchicheo de amantes verlainianos. Dos ramas secas repetían, al chocar, un crujido de huesos, ya ensayado en el capítulo XXXVII de Ezequiel. La acequia desarrollaba su tema tradicional, dejándose punzar por las saetillas verdes de las ramas, hasta sumirse en una larga alberca, donde al otoño comenzaría su curso anual de equilibrismo nocturno una fila de grullas.

Cribados los ruidos aprendidos en la literatura, quedaban otros, originales, de más difícil clasificación. Un cuarteto de mastines se había lanzado a ganar, frenéticamente, el primer premio en un concurso de ladridos.


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Dominio público
24 págs. / 43 minutos / 14 visitas.

Publicado el 29 de agosto de 2026 por Edu Robsy.

El Hallazgo

Baldomero Lillo


Cuento


Cuando Miguel Ramos, carpintero del taller de reparaciones, abrió la puerta del cuarto y salió al corredor del vasto galpón, su ancha y rubicunda faz se iluminó con una sonrisa de júbilo. La tarde se presentaba espléndida para la pesca. Una ligera neblina cubría todo el amplio espacio que abarcaban sus ojos. Por el sur, a la orilla del mar, en una elevación del terreno, las construcciones de la mina destacaban a la distancia sus negras siluetas, y por el norte, siguiendo la línea de la costa, se distinguía vagamente a través de la bruma la faja gris del litoral.

Más bien bajo que alto, de recia musculatura, el carpintero era un hombre de cuarenta años, de bronceado rostro y cabellos y barba de un negro brillante. Obrero sobrio y diligente, distinguíanlo con su afecto los jefes y camaradas. Pero lo que daba a su personalidad un marcado relieve era su inalterable buen humor. Siempre dispuesto a bromear, ninguna contrariedad lograba impresionarle y el chiste más ingenuo lo hacia desternillarse de risa.

En los días de descanso sus entrenamientos favoritos fueron siempre la caza y la pesca, por las cuales era apasionadísimo. Hijo de pescadores, no se había separado jamás de las vecindades del mar, que ejercía sobre él una atracción invencible. Los domingos, en esas mañanas neblinosas del otoño y del invierno, cogía su escopeta de dos cañones y seguido de su perro Buscalá íbase a tirar a los zorzales y a las tencas en los matorrales y bosquecillos que, en todo el largo de la costa, oponían su verde y débil barrera a la marcha invasora e incesante de las dunas.


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24 págs. / 43 minutos / 231 visitas.

Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Un Certamen de Insectos

Rosario de Acuña


Cuento


Páginas de la naturaleza

Cartillas de instrucción y recreo para los niños

Cuatro palabras del editor

Una de las más perentorias necesidades de la instrucción elemental de la niñez es la de los libros que en escasas páginas condensen, con la mayor precisión y exactitud científicas, los conocimientos naturalistas, sin que para enseñarlos se tenga que acudir a ninguna de las ficciones que dividen el imperio de la razón, antes bien, explicándolas con un método positivo, que manifieste tal y conforme es, a la nunca bastante amada naturaleza. He aquí mi propósito al empezar esta colección de pequeños libros: satisfacer tan perentoria necesidad, llevando al cerebro de los niños ideas ciertas de lo que es el universo que le rodea, del cual forma parte íntegra, y del que debe tener un exacto conocimiento, si ha de contribuir a la armonía del conjunto, procurando ajustar sus pensamientos, palabras y acciones a las leyes de la naturaleza que más contribuyan a la perfección de todos y cada uno de los seres.

A la inagotable bondad de la noble pensadora doña Rosario de Acuña debo el inaugurar esta serie de cartillas con uno de los trabajos más delicados en intencionales de tan conocida escritora. En forma de cuento sencillo y racional, pues en la trama solo expresa la realidad de las leyes naturales, en esta cartilla incluye una extractada clarificación de los insectos más útiles al hombre, no solo por el rendimiento beneficioso que le producen, sino porque enaltecen su imaginación llevándola a ideales perfectos con el ejemplo de sus maravillosas costumbres.

Creyendo hacer un gran favor a las escuelas, ofrézcalas este trabajo, al cual han de seguir otros de la misma índole, escritos por celebridades del mundo de las ciencias y de las artes.


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Dominio público
24 págs. / 43 minutos / 137 visitas.

Publicado el 29 de agosto de 2019 por Edu Robsy.

La Meningitis y su Sombra

Horacio Quiroga


Cuento


No vuelvo de mi sorpresa. ¿Qué diablos quieren decir la carta de Funes, y luego la charla del médico? Confieso no entender una palabra de todo esto.

He aquí las cosas. Hace cuatro horas, a las 7 de la mañana, recibo una tarjeta de Funes, que dice así:

_Estimado amigo:

Si no tiene inconveniente, le ruego que pase esta noche por casa. Si tengo tiempo iré a verlo antes. Muy suyo

Luis María Funes_.

Aquí ha comenzado mi sorpresa. No se invita a nadie, que yo sepa, a las siete de la mañana para una presunta conversación en la noche, sin un motivo serio. ¿Qué me puede querer Funes? Mi amistad con él es bastante vaga, y en cuanto a su casa, he estado allí una sola vez. Por cierto que tiene dos hermanas bastante monas.

Así, pues, he quedado intrigado. Esto en cuanto a Funes. Y he aquí que una hora después, en el momento en que salía de casa, llega el doctor Ayestarain, otro sujeto de quien he sido condiscípulo en el colegio nacional, y con quien tengo en suma la misma relación a lo lejos que con Funes.

Y el hombre me habla de a, b y c, para concluir:

—Veamos, Durán: Vd. comprende de sobra que no he venido a verlo a esta hora para hablarle de pavadas; ¿no es cierto?

—Me parece que sí—no pude menos que responderle.

—Es claro. Así, pues, me va a permitir una pregunta, una sola. Todo lo que tenga de indiscreta, se lo explicaré en seguida. ¿Me permite?

—Todo lo que quiera—le respondí francamente, aunque poniéndome al mismo tiempo en guardia.

Ayestarain me miró entonces sonriendo, como se sonríen los hombres entre ellos, y me hizo esta pregunta disparatada:

—¿Qué clase de inclinación siente Vd. hacia María Elvira Funes?


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Dominio público
24 págs. / 43 minutos / 592 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2016 por Edu Robsy.

La Leva

José María de Pereda


Cuento


I

Enfrente de la habitación en que escribo estas líneas hay un casucho de miserable aspecto. Este casucho tiene tres pisos. El primero se adivina por tres angostísimas ventanas abiertas á la calle. Nunca he podido conocer los seres que viven en él. El segundo tiene un desmantelado balcón que se extiende por todo el ancho de la fachada. El tercero le componen dos buhardillones independientes entre sí. En el de mi derecha vive, digo mal, vivía hace pocos días, un matrimonio, joven aún, con algunos hijos de corta edad. El marido era bizco, de escasa talla, cetrino, de ruda y alborotada cabellera; gastaba ordinariamente una elástica verde remendada y unos pantalones pardos, rígidos, indomables ya por los remiendos y la mugre. Llamábanle de mote el Tuerto. La mujer no es bizca como su marido, ni morena; pero tiene los cabellos tan cerdosos como él, y una rubicundez en la cara, entre bermellón y chocolate, que no hay quien la resista. Gasta saya de bayeta anaranjada, jubón de estameña parda y pañuelo blanco á la cabeza. Los chiquillos no tienen fisonomía propia, pues como no se lavan, según es el tizne con que primero se ensucian, así es la cara conque yo los veo. En cuanto á traje, tampoco se le conozco determinado, pues en verano andan en cueros vivos, ó se disputan una desgarrada camisa que á cada hora cambia de poseedor. En invierno se las arreglan, de un modo análogo, con las ropas de desperdicio del padre, con un refajo de la madre, ó con la manta de la cama.

El Tuerto era pescador, su mujer es sardinera, y los niños … viven de milagro.


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Dominio público
24 págs. / 43 minutos / 154 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Las Siembras y las Cosechas

Antonio de Trueba


Cuento


I

Pepe y Pepa, su mujer, duermen como bienaventurados.

La luz del alba comienza á sonreir en la ventana, que Pepe dejó anoche entreabierta para que la luz pudiera asomarse á decirle:

—¡Levántate, dormilón!

Y los pájaros comienzan á cantar en los árboles del huerto:


Pío, pío—¡que ya viene el día!
Pío, pío—¡que le guarde Dios!
Pío, pío—¡qué gusto, qué gusto
ver las flores y el cielo y el sol!


Señores pájaros, hoy verán ustedes el cielo y el sol, pero lo que es las flores... perdonen ustedes por Dios, que estamos en Noviembre.

Pepe y Pepa se levantan de puntillas para no despertar á sus hijos, que duermen en la alcoba inmediata, y mientras Pepe prepara el almuerzo á sus mulas, Pepa prepara el almuerzo á su marido.

A gloria con sal molida huelo el platito de huevos y torreznos que Pepe encuentra en la mesa á orilla del flamígero y por tanto alegre y caliente hogar.

—¡Estimando, pichona!—quiere decir á la cocinera.

Pero por no despertar á los niños, calla y obra, es decir, da á su mujer un par de besos como un par de soles, se sienta á la mesa, y á lo que estamos, tuerta.

Relinchan las mulas en la cuadra, como quien dice: «Ya hemos sacado la tripa de mal año».

Y entonces Pepe las unce; les planta sobre el yugo el arado, se echa al hombro un costal de trigo, arrea otro beso á su mujer, que le contesta con un «¡Anda, gitano!», y con las mulas delante y el pensamiento detrás, sale de la aldea en tanto que el sol despunta por los oteros de Oriente.

Allá va Pepe, allá va Pepe, caminito de la vega, cantando su amor y sus esperanzas.

La mañana está muy fresca, que los cierzos de Noviembre dicen desde la cumbre del Guadarrama:

—Siembra, siembra, que nosotros soplaremos para que el trigo caiga á la tierra limpio de polvo y paja.


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Dominio público
24 págs. / 43 minutos / 65 visitas.

Publicado el 23 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

Los Persas

Esquilo


Teatro, Tragedia, Tragedia griega


Personajes del drama

Coro de ancianos persas
Atosa, la Reina Madre
Un mensajero
La sombra de Darío, padre de Jerjes
Jerjes, rey de Persia

Los persas

La acción se desarrolla en Susa. En escena una gradería porticada y la tumba de DARÍO.

(Van entrando lentamente en la orquéstra los ancianos que forman el CORO).


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24 págs. / 43 minutos / 1.143 visitas.

Publicado el 4 de marzo de 2018 por Edu Robsy.

¡Al Tigre! ¡Al Tigre!

Rudyard Kipling


Cuento


—¿Qué tal de caza, fiero cazador?
—Largo fue el ojeo; el frío, atroz.
—¿Dónde la pieza que fuiste a cobrar?
—En el bosque, hermano, creo que estará.
—¿Dónde tu orgullo, tu pujanza?
—De ambos la herida trajo mudanza.
—¿Por qué corriendo vienes a mí?
—¡Ah, hermano! A casa voy, a morir.


Retrocedamos ahora hasta la época del primer cuento. Cuando, después de la lucha sostenida por Mowgli con la manada en el Consejo de la Peña, abandonó él la caverna de los lobos, se dirigió a las tierras de labor donde vivían los campesinos; mas no quiso permanecer allí porque se encontraba demasiado cerca de la selva y porque sabía que había dejado un enemigo acérrimo, por lo menos, en el consejo. Por tanto, siguió una mala vereda que conducía hasta el valle, y continuó al trote largo por ella durante unas cinco leguas, y así llegó a un país que le era desconocido.

En ese lugar se abría el valle y se convertía en una gran llanura, salpicada aquí y allá de rocas y cortada de trecho en trecho por barrancos. En un extremo se divisaba una aldea; en el otro, la selva descendía repentinamente hasta los pastizales, y se detenía de golpe, cual si la hubieran cortado con una azada. En la llanura pacían búfalos y ganado; cuando los muchachos que los cuidaban vieron a Mowgli, empezaron a gritar y huyeron en tanto que se ponían a ladrar los perros vagabundos que siempre merodean en torno de las aldeas indias.

Mowgli se sentía hambriento, y por tanto siguió adelante; al llegar a la entrada del pueblo, vio que estaba corrido hacia un lado el gran arbusto espinoso que siempre se coloca frente a ella al oscurecer para interceptar el paso.


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24 págs. / 43 minutos / 470 visitas.

Publicado el 25 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

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