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La Señora Campesina

Aleksandr Pushkin


Cuento


En una de nuestras alejadas provincias se encontraba la finca de Iván Petróvich Bérestov. En su juventud había servido en la Guardia, se había retirado a principios de 1797 y desde entonces, instalado en su aldea, no había vuelto a salir de ella. Se casó con la hija de un noble pobre, la cual murió de parto cuando él estaba visitando sus campos. Los cuidados de la administración de la finca le consolaron pronto. Construyó una casa según sus propios planos, instaló una fábrica de paños, triplicó las rentas y se consideró el hombre más inteligente de todas la comarca, en lo que no le contradecían los vecinos, que acudían de visita con sus familiares y sus perros. Los días de labor usaba un chaquetón de felpa, y en las fiestas de guardar se ponía una levita del paño que él fabricaba. El mismo llevaba la cuenta de los gastos y no leía otra cosa que la Gaceta del Senado. Era generalmente estimado, aunque se le consideraba orgulloso. Con el único que no hacía buenas migas era con Grigori Ivánovich Múromski, su vecino más próximo. Múromski era un auténtico señor ruso. Después de dilapidar en Moscú la mayor parte de su hacienda, y habiendo enviudado por aquel entonces, se retiró a la última aldea que le quedaba, aunque seguía haciendo de las suyas, pero ya en otro sentido. Había mandado plantar un jardín a la manera inglesa que se llevaba el resto de las rentas. Sus mozos de cuadra vestían como jockeys ingleses. Su hija tenía una señora de compañía inglesa. Cultivaba los campos con arreglo a un método inglés.

Pero el trigo ruso no crece a la manera extranjera.


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21 págs. / 38 minutos / 219 visitas.

Publicado el 20 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

El Jardín Engañoso

María de Zayas y Sotomayor


Cuento


No ha muchos años que en la hermosísima y noble ciudad de Zaragoza, divino milagro de la naturaleza y glorioso trofeo del Reino de Aragón, vivía un caballero noble y rico, y él por sus partes merecedor de tener por mujer una gallarda dama, igual en todo a sus virtudes y nobleza, que este es el más rico don que se puede alcanzar. Diole el cielo por fruto de su matrimonio dos hermosísimos soles, que tal nombre se puede dar a dos bellas hijas: la mayor llamada Constanza, y la menor Teodosia; tan iguales en belleza, discreción y donaire, que no desdecía nada la una de la otra. Eran estas dos bellísimas damas tan acabadas y perfectas, que eran llamadas, por renombre de riqueza y hermosura, las dos niñas de los ojos de su patria.

Llegando, pues, a los años de discreción, cuando en las doncellas campea la belleza y donaire, se aficionó de la hermosa Constanza don Jorge, caballero asimismo natural de la misma ciudad de Zaragoza, mozo, galán y rico, único heredero en la casa de sus padres, que aunque había otro hermano, cuyo nombre era Federico, como don Jorge era el mayorazgo, le podemos llamar así.

Amaba Federico a Teodosia, si bien con tanto recato de su hermano, que jamás entendió de él esta voluntad, temiendo que como hermano mayor no le estorbase estos deseos, así por esto como por no llevarse muy bien los dos.

No miraba Constanza mal a don Jorge, porque agradecida a su voluntad le pagaba en tenérsela honestamente, pareciéndole, que habiendo sus padres de darle esposo, ninguno en el mundo la merecía como don Jorge. Y fiada en esto estimaba y favorecía sus deseos, teniendo por seguro el creer que apenas se la pediría a su padre, cuando tendría alegre y dichoso fin este amor, si bien le alentaba tan honesta y recatadamente, que dejaba lugar a su padre para que en caso de que no fuese su gusto el dársele por dueño, ella pudiese, sin ofensa de su honor dejarse de esta pretensión.


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21 págs. / 38 minutos / 406 visitas.

Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

El Modo de Descasarse

Antonio de Trueba


Cuento


I

Si yo escribiera esto cuento sólo para gentes de esta región de altas y agrestes montañas y hondos y amenos valles, que se dilata entre el Océano y el Ebro, no necesitaría dar pelos y señales del sacristán de Gruezúrraga, porque ¿quién no conoce, del Ebro acá, siquiera los principales rasgos de su fisonomía moral, que dibuja para regocijo de todos los presentes, uno de los más decidores y cuenteros en las veladas de invierno en torno del hogar, donde chillan las manzanas atormentadas por el fuego y hace gor-gor la caldera de castañas suspendida del llar, y en la pela ó deshoja del maíz, donde está reunida y medio sepultada entre calzas ú hojas la gente más reidora del barriecillo, y en la layada, donde forman en fila, alternando con los hombres, las muchachas más vigorosas y reidoras, y en la-salla ó escarda del trigo y del maíz, donde los cuentos alternan con los cantares?

Pero contando esto cuento para gentes de allende el gran río por excelencia histórico, y aun para gentes de allende el mar Atlántico, necesario es que dé pelos y señales del sacristán, y aun del Cura, y aun de la feligresía de Gunzúrraga.

Démoslas, antes de todo, de la feligresía; que para pintar un cuadro, lo primero es preparar el lienzo donde se ya á pintar.

Guezúrraga es una feligresía de cincuenta vecinos, escondida en el valle más solitario de la región cantábrica. Los que moran en ella tienen laderas casi, verticales por muros de su vivienda, una vega de mil pasos de longitud y quinientos de latitud por pavimento, y el cielo, que se ve allá arriba, allá arriba, por techo.


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21 págs. / 38 minutos / 47 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Una Tertulia de Antaño

Ramón María del Valle-Inclán


Cuento


I

—He visto a Xavier Bradomín y me prometió venir esta noche.

—¿De dónde ha salido ese viejo Don Juan? ¿Qué hace ahora?

—Creo que conspira.

Sentadas en un gran sofá de caoba, vasto como un lecho, sostenían esta conversación dos antiguas damas de la reina destronada, aquella reina de los tristes destinos. Hablaban en un tono que era a la vez ligero y confidencial.

—¿Dónde te hallaste a Xavier Bradomín?

—Al salir de misa en las Góngoras. Me anunció, con gran misterio, su visita.

—¡Intentará convertirte al partido del Pretendiente!

La otra dama tosió burlona:

—Ya estoy muy vieja y muy fea para ponerme la boina.

La Duquesa de Ordax no mentía. Era una vieja menuda, inquieta y muy morena, con los ojos hundidos y llenos de fuego. Tenía la cara arrugada, las cejas con retoque, y llevaba un peinado de rizos aplastados sobre la frente, lo que acababa de darle cierto parecido con los retratos de la reina María Luisa. Hablaba con un desgarro vivo y popular.

—En otro tiempo, no digo que no me hubiera calado mi boina roja. ¡Y poco guapa que estaría!

La Marquesa de Galián la escuchaba sonriendo bajo el velo de su sombrero, que le dejaba el rostro en un misterio albo y estelar.

—Bradomín te convencerá. Tiene don apostólico. ¡Así al menos me explico yo sus conquistas!

La Duquesa interrumpió:

—Si vieras cómo está ahora de viejo y de triste. Ha tenido bien mala suerte. ¡Perder un brazo el mismo día que llegó a la guerra!

Y seguía riéndose, casi inconsciente de sus palabras. La Marquesa de Galián murmuró lentamente:

—Mala suerte, sí… Pero aún habrá sentido más hacerse viejo…


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Dominio público
21 págs. / 38 minutos / 227 visitas.

Publicado el 30 de abril de 2017 por Edu Robsy.

La Piedra Negra

Robert E. Howard


Cuento


Dicen que cosas horribles de Antaño todavía acechan
En los rincones oscuros y olvidados del mundo.
Y algunas noches las Puertas se abren para liberar
Seres enjaulados en el Infierno.

Justin Geoffrey
 

La primera vez que leí algo al respecto fue en el extraño libro de Von Junzt, el excéntrico alemán que vivió de forma tan peculiar y murió de manera tan atroz y misteriosa. Tuve la fortuna de acceder a sus Cultos Sin Nombre en la edición original, el llamado Libro Negro, publicado en Dusseldorf en 1839 poco antes de que el autor fuera víctima de un implacable Final. Los coleccionistas de literatura rara estaban familiarizados con los Cultos Sin Nombre principalmente a través de la traducción barata y defectuosa que fue pirateada en Londres por Bridewall en 1845, y por la edición cuidadosamente expurgada que publicó Golden Goblin Press en Nueva York en 1909. Pero el volumen con el que me tropecé era una de las copias alemanas sin expurgar, con pesadas tapas de cuero y oxidados pasadores de hierro. Dudo que hoy queden más de media docena de volúmenes en todo el mundo, pues la cantidad que se publicó no fue muy grande, y cuando corrieron los rumores sobre la forma en que se produjo el fallecimiento del autor, muchos poseedores del libro quemaron sus ejemplares, aterrorizados.


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21 págs. / 38 minutos / 393 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Cíclope

Eurípides


Teatro, Drama satírico


Argumento

El famoso Odiseo, rey de Ítaca, no voluntariamente, sino arrastrado por vientos contrarios, arriba a la costa de Sicilia, en donde habitaba Polifemo, el Cíclope, consagrado en absoluto, a pesar de su origen divino, a satisfacer sus apetitos bestiales. Como gigante, necesitaba una cantidad de alimento proporcionada a su estatura, y aunque constituían su más suculenta comida ordinaria los animales domésticos, regalábase también, cuando la ocasión se presentaba, con la carne de los desventurados náufragos o extraviados que aportaban a sus dominios. Los esclavos que a la sazón le servían para atender a su ganadería y a su labranza eran Sileno y los sátiros hijos de este, que habían caído en sus manos cuando buscaban a Dioniso, su señor, en poder de unos piratas tirrenios enviados por Hera, su enemiga.

Odiseo pide a Sileno víveres y agua, estando ausente el Cíclope, y pagándole su precio; y cuando el viejo exayo del hijo de Sémele se dispone a complacerlo, por el vino del comprador y con la piadosa intención de guardarse el precio de la venta, aparece el Cíclope, que desbarata tan seductores proyectos, desoye las súplicas y exhortaciones de Odiseo, y lo destina a ser asado o cocido con sus compañeros. Y, en efecto, mata y se come a dos de ellos, accediendo solo por pura benevolencia y cortesía ciclópea, agradecido al deleite que ha recibido de su prisionero escanciándole el licor de Dioniso, a reservarlo para el último de su antropófago banquete. No queda, pues, otro recurso al héroe de Homero que matar a Polifemo, y así lo hace, embriagándolo primero e introduciendo después en su único ojo frontal un enorme tizón puntiagudo ardiendo.


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21 págs. / 38 minutos / 759 visitas.

Publicado el 15 de marzo de 2018 por Edu Robsy.

Discurso Cívico

Juan Díaz Covarrubias


Discurso


Pronunciado en la ciudad de Tlalpan la noche del 15 de septiembre de 1857


Si pudo
mi corazón, sin compasión, sin ira
tus lágrimas oír, ¡ah!, que negado
eternamente a la virtud me vea,
y bárbaro y malvado,
cual los que así te destrozaron sea.

Quintana
 

¿De qué manera corresponder al llamamiento de la patria? ¿Cómo hacerme digno de la confianza que hoy el pueblo deposita en mí? Yo quisiera al presentarme en este sitio, donde el sentimiento popular me coloca, traer algo más que mis esperanzas de mexicano y mis creencias de joven. Yo quisiera ser uno de esos hombres de genio, cuyas palabras, semejantes a los rayos de luna que se cuelgan sobre la extensión de un cementerio, iluminando blandamente la oscuridad del mismo sepulcro, derrama las luces del consuelo, de la esperanza y de la fe en el corazón de los pueblos. Pero yo en esta noche, aniversario glorioso, sólo podré recordar al pueblo mi hermano los pasados días de nuestras victorias, juntos levantaremos una plegaria, plegaria tierna como del alma, a la memoria de nuestros muertos héroes, ya que juntos guardamos en el rincón más recóndito de ella las reminiscencias de días de triunfos, perdidos en la noche de los tiempos. Porque ¿en qué corazón de patriota, no encuentran un eco los nombres de esos héroes? Porque ¿qué mexicano no vive con la vida de sus recuerdos?


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21 págs. / 37 minutos / 147 visitas.

Publicado el 18 de junio de 2019 por Edu Robsy.

Había una Vez

Leónidas Andréiev


Cuento


I

Un rico comerciante que no tenía familia, Lorenzo Petrovich Koscheverov, llegó a Moscú para consultar con los médicos. En vista de que su enfermedad presentaba cierto interés científico se le admitió en la clínica universitaria. Dejó su maleta y su pelliza abajo, en el vestíbulo. Arriba, donde estaba la sala de enfermos, le recogieron su traje negro y su ropa interior, dándole en cambio una larga blusa gris, ropa interior limpia, que llevaba el sello «Sala número 8», y unas pantuflas. La camisa era demasiado pequeña y la asistenta fué a buscar otra.

—¡Es que sois tan grandes!—dijo al salir del cuarto de baño, donde los enfermos cambiaban de ropa.

Lorenzo Petrovich, medio desnudo, esperó con paciencia su regreso. Bajando su gran cabeza calva examinó su alto pecho minuciosamente, colgante como el de una vieja, y su vientre un poco inflado, que caía hasta las rodillas. Todos los sábados tomaba un baño y examinaba su cuerpo; pero ahora le parecía muy otro, débil y enfermizo a pesar de su vigor aparente. Desde el momento que le quitaron su ropa llegó a creer que no se pertenecía ya y estaba dispuesto a hacer todo lo que se le dijera.

La asistenta volvió con otra camisa, y aunque Lorenzo Petrovich tenía aún bastantes fuerzas para aplastar a la buena mujer con solo un dedo, permitió dócilmente que lo vistiera, y pasó torpemente la cabeza por la camisa. Con la misma obediente torpeza esperó a que le anudara las cintas de la camisa alrededor del cuello y la siguió a la sala. Andaba muy suavemente con sus pies de oso, como andan los niños cuando las personas mayores los conducen a donde no saben, quizá a castigarlos. La nueva camisa era también estrecha y le molestaba, pero no tenía valor para decírselo a la asistenta, no obstante que en su casa de Saratov docenas de hombres temblaban ante su mirada.


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Dominio público
21 págs. / 37 minutos / 267 visitas.

Publicado el 25 de diciembre de 2016 por Edu Robsy.

Toros y Ejercicios de la Jineta

Serafín Estébanez Calderón


Cuento


E lo tal fecho, el señor conde é la señora infanta, é Urraca Flores, con Sancho Destrada, é demás, viajaron á la morada de Sancho Destrada, onde yazía el tálamo, é las tablas para yantar; detollidas las tablas, montaron en sus rozinos, é viajaron el coso onde se había de festejar, con justas é torneos é lidiar los toros.

E Gometiza Sancha, fija de Martín Muñoz, iba en çaga bien arreada, é acompañada de la mujer de Fortún Blázquer é de Sancha Destrada, é montaron en un tablado é los nobles montaron en otro é se lidiaron ocho toros.

(Cronicón de D. Pelayo, Obispo de Oviedo)


Y confess France and Ytaly vaunt very much of their splendid games (as they call them), and the english upon more just grounds extol the costliness of their prizes and the stateliness of their Coursing-Horses: but in my umble opinion, what Y'm a describing may claim right to the preheminence.

(Description of the Plaza de Madrid and the Bull-Baiting by James Salgado. London, 1683.)


Confieso que la Francia y la Italia se vanaglorian de sus esplendidos juegos (que así los llaman), y que los ingleses, con mayor razón y títulos más justos, se precian de sus luchas pugilísticas y carreras de caballos; pero, en mi humilde opinión, los espectáculos que ahora voy a describir (las corridas de toros) tienen derecho a ser preferidos a todos los demás.»

(Descripción de la Plaza de Madrid y de las corridas de toros, por Santiago Salgado. Londres, 1683)


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21 págs. / 37 minutos / 56 visitas.

Publicado el 20 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

La Destrucción de un Molino

Kostis Palamas


Cuento


Capítulo 1

Muy cerca de la ciudad y unida á ella por una corta escollera de piedra del muelle, se extendía árida y desnuda una isleta, cuya superficie apenas abrazaba unas quinientas áreas sobre el poco profundo mar que lamía los piés de dicha ciudad. Ninguna defensa la guardaba de las embestidas de las olas, ni ninguna sombra de los rayos solares. Sobre su pegajoso suelo en el cual brillaban, como láminas de plata, granos de compacta sal y en el que la verba era tan escasa como abundantes las espinas, los pescadores cantando alegremente arreglaban sus barquichuelos y los niños jugaban con algazara ruidosa. En medio de la isleta se alzaba un antiguo molino de viento destrozado. Las hendiduras y ruinas cubrían su redonda periferie; las piedras se derrumbaban de su cima, formando alrededor de su base improvisados asientos y escalones. Donde antes estuvieron la puerta y las ventanas, abríanse anchurosos boquerones irregulares, y en vez de las aspas que el soplo del viento movía con rapidez se adelantaba horizontalmente un largo madero, como informe hueso de un esqueleto. El molino á trechos amarillento, á trechos negro, llevaba encima las huellas de los ataques de dos enemigos invencibles, el tiempo y el fuego.


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21 págs. / 37 minutos / 92 visitas.

Publicado el 2 de enero de 2017 por Edu Robsy.

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