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El Gorila del Destino

Robert E. Howard


Cuento


Al entrar en mi vestuario, unos instantes antes del combate que me enfrentaría con «One-Round» Egan, lo primero que vi fue un trozo de papel colocado encima de la mesa con ayuda de un cuchillo. Pensando que sería alguien que me quería gastar una broma, tomé el papel y lo leí. No tenía gracia. La nota decía sencillamente: «Túmbate en el primer round; si no lo haces, tu nombre se verá revolcado por el barro». No había firma, pero reconocí el estilo. Desde hacía algún tiempo, una banda de camorristas de poca monta se encargaba del puerto, reuniendo dinero día a día siguiendo métodos muy poco ortodoxos. Se creían muy listos, pero yo les tenía filados. Eran serpientes, más que lobos; sin embargo, estaban dispuestos a todo para conseguir algunos sucios dólares.

Mis cuidadores todavía no habían llegado; estaba solo. Rompí la nota y arrojé los trozos a un rincón, junto con los comentarios apropiados. Aunque mis ayudantes no llegaban, no dije ni pío. Cuando subí al ring, estaba loco de rabia y, cuando recorrí con la vista la primera fila de asientos, me fijé en un grupo que, por la idea que tenía en mente, era el responsable de la nota que encontré en el vestuario. Aquel grupo estaba formado por Waspy Shaw, Bully Klisson, Ned Brock y Tony Spagalli... apostantes menores y auténticos canallas. Me sonrieron como si estuvieran al corriente de algún secreto, y comprendí que no me había equivocado. Refrené mis ansias apasionadas y legítimas de deslizarme entre las cuerdas y saltar del ring para abrirles la cabeza.

Al oír la campana, en lugar de observar a Egan, mi adversario, no dejé de vigilar a Shaw con el rabillo del ojo: un individuo cuya cara parecía la hoja de un cuchillo, con la mirada fría y un traje llamativo.


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18 págs. / 32 minutos / 48 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Artículos de Deportes Y Venturas Dispersos

Horacio Quiroga


Artículo, Compilacion, Crónica


Para Los Ciclistas 

De Salto A Paysandú


El Viernes 27 de Noviembre pasado salimos en bicicleta con destino a Paysandú. A las 3.40 a. m. emprendemos el viaje. Marchamos a una semiluz peligrosa, pues se confunde mucho la vista. La madrugada está fría y ventosa: Nos preocupa algo la idea de pasar el Daymán; más por suerte encontramos un paisano oficioso que, entre charla y preguntas, nos pasó a remolque con su caballo. Al efecto, hémonos embarcado en un bote con nuestras máquinas. Tardamos diez minutos en pasar y seguimos viaje a las 4 y 40.

El trayecto a Piñeyrúa es tal vez de los mejores caminos que hemos hallado. Pocas ondulaciones y piso firme.


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18 págs. / 32 minutos / 13 visitas.

Publicado el 23 de julio de 2026 por Brian.

El Cura de Paracuellos

Antonio de Trueba


Cuento


I

Paracuellos, que es un lugar de tres al cuarto, situado en la orilla izquierda del Jarama, como dos leguas al Oriente de Madrid, tenia un señor cura que, mejorando lo presente, valía cualquier dinero.

Es cosa de contar de cuatro plumadas su vida, que la de los hombres que valen se ha de contar y no la de aquellos de quien se dice:


En el mundo hay muchos hombres
de historia tan miserable,
que se compendia diciendo
que nacen, pacen y yacen.
 

Su padre era un pobre jornalero que no sabía la Q, de lo cual estaba pesarosísimo, tanto que no se le caía de la boca la máxima de que el saber no ocupa lugar. Consecuente con esta máxima, puso el chico a la escuela, y el chico hizo en pocos meses tales progresos, que, según la espresión de su buen padre, leía ya como un papagayo.

Así las cosas, dio al pobre jornalero un dolor no sé en qué parte, y se murió rodeado de su mujer y sus hijos, repitiendo a estos, y muy particularmente al escolar, que era el mayor, su eterna canción de que el saber no ocupa lugar.

La madre de Pepillo, que así se llamaba nuestro héroe (como dicen los genealogistas, aunque su héroe no sea tal héroe ni tal calabaza), se vio negra para tapar tantas boquitas como le pedían pan a todas horas, y como le saliese proporción de acomodar a Pepillo con un amo que le mantuviese, vistiese y calzase (vamos al decir), no tuvo más remedio que aprovecharla, por más que le doliese quitar al chico de la escuela. El amor con quien la tía Trifona (que así se llamaba la viuda) acomodó a Pepillo, era el mayoral de una de las toradas que pastan en la ribera del Jarama, según sabemos por los poetas que tanto han molido, al respetable público con los toros jarameños, como si los toros fueran un gran elemento poético.


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Publicado el 26 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Laguna

Joseph Conrad


Cuento


El hombre blanco, apoyado con los dos brazos sobre el techo de popa, le comentó al timonel:

—Pasaremos la noche en el claro de Arsat. Es tarde.

El malayo gruñó sin más y permaneció con la mirada fija en el río. El hombre blanco apoyó la barbilla y contempló la estela. Al final de la recta avenida selvática dividida por el intenso resplandor del río, el sol brillaba diáfano y cegador cerniéndose sobre las aguas que destacaban discretamente como una franja de metal. La selva, sombría y tranquila, se alzaba silenciosa a ambos lados de la corriente. A los pies de aquellos árboles altos como torres crecían palmas de nipa con racimos de hojas enormes y pesadas que colgaban sobre los reflujos de oscuros remolinos en medio del fango de la ribera. En la inmovilidad de aquel aire, todo árbol, rama, hoja, hilo de enredadera y hasta pétalo de flor parecía sumergido como bajo un encantamiento en aquella ausencia total de movimiento. En aquel río no se movía absolutamente nada, con única excepción de los ocho remos que se elevaban con la sincronía de un relámpago y caían a la vez en un único chapoteo, mientras a derecha e izquierda del timonel se iba abriendo un luminoso semicírculo. Las aguas removidas por los remos se cubrían de una espuma confusa y murmurante. La canoa de aquel hombre blanco iba remontando las aguas en medio de aquel pequeño disturbio producido por ella misma como si estuviese cruzando el umbral de una tierra de la que hubiese desaparecido para siempre toda memoria del movimiento.


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18 págs. / 32 minutos / 255 visitas.

Publicado el 30 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

Lo que es Poesía

Antonio de Trueba


Cuento


I

Si yo fuera rey absoluto, y así como hay máquinas para medir el tiempo, las hubiera para medir el sentimiento, había de dar un real decreto que dijese:

«Pues señor, no se permite hacer Tersos al que no tenga tantos ó cuantos grados de sentimiento.»

Anoche me asomé al balcón á tomar el fresco y á contemplar el azul del cielo, ante cuya serenidad suelo decir á mi alma: «Aprende, aprende á estar serena», y oí el siguiente diágolo entre la criada del cuarto segundo y el criado del cuarto principal de la casa de enfrente:

—¿Qué hora es ya, Perico?

—Las doce.

—Ya pronto vendrán mis señores.

—Y los míos también.

—¿Te toca salir mañana, Bonifacia?

—No, pero voy á pedir licencia á la señora. Como son mis días...

—¡Y que tienes razón, chica! Que los tengas muy felices.

—Con dos cuartas de narices.

—Te voy á sacar unos versos.

—¡Sí, buena cabeza tienes tú para eso!

¡Tras, tras! á la puerta: los señores del cuarto principal, y se llevó Pateta la conversación de Perico y la Bonifacia.

Me alegró de que así sucediera, porque si no, cometo la imprudencia de gritar á la Maritornes de enfrente:

—Oiga usted, los versos no se sacan de la cabeza, que se sacan del corazón.

Quizá el vecino de al lado, que también tomaba el fresco en su balcón, y presumo de perito en la materia, hubiera terciado en la cuestión diciéndome:

—Perdone usted, señor mío, que los versos pueden sacarse lo mismo de la cabeza que del corazón. Lo que sólo se saca del corazón es la poesía.


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18 págs. / 32 minutos / 64 visitas.

Publicado el 23 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

31 de Marzo

Javier de Viana


Cuento


I

En la mañana del 31 de Marzo de 1886, la infantería revolucionaria hizo alto junto á un arroyuelo de caudal escaso y márgenes desarboladas. El ejército había pernoctado el 28 en Guaviyú, vivaqueando allí mismo el 29, y en la tarde había emprendido la marcha, rumbo al Nordeste, sobre un flanco de la cuchilla del Queguay, evitando los numerosos afluentes del río de este nombre. No fué posible conseguir más que un limitado número de caballos, y las infanterías debieron hacer la jornada á pie. ¡Dura jornada!

Dos días y dos noches anduvo la pesada caravana arrastrándose por terrenos incultos cubiertos de rosetas y por abandonadas carreteras en cuyo pavimento la llanta de los vehículos pesados y la pesuña de los vacunos trashumados habían dejado, en la tierra blanda, profundas huellas que los soles subsiguientes convirtieron en duros picachos.

Los soldados, en su mayor parte, iban descalzos; y aquellos pobres pies delicados de jóvenes montevideanos sufrían horriblemente al aplastar los terrones, ó sangraban, desgarrada la fina epidermis por las aguzadas puntas de las rosetas.

No se había comido, no se había dormido, no se habían hecho en el trayecto sino pequeños altos —cinco ó diez minutos de reposo en cada hora de marcha—; y aquellos músculos, demasiado débiles para soportar tanta fatiga, comenzaron á ceder como muelles gastados.

Durante el último día, las carretas que conducían municiones y pertrechos debieron alzar varios soldados que se habían desplomado, abatidos, rendidos por el cansancio, indiferentes á las amenazas, á los insultos y hasta á los golpes, como bestias transidas que caen y no van más allá, insensibles al acicate, rebeldes al castigo.


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18 págs. / 32 minutos / 389 visitas.

Publicado el 29 de noviembre de 2023 por Edu Robsy.

El Amor al Prójimo

Leónidas Andréiev


Teatro


Un lugar salvaje entre las montañas.

En un pequeño saliente de una alta roca, casi vertical, hay un hombre de pie, en una situación, al parecer, desesperada. No se comprende cómo ha podido llegar allí: el acceso al pequeño saliente parece imposible. Las escalas, las cuerdas y demás útiles de salvamento a que se ha recurrido han sido ineficaces.

El desgraciado lleva, a lo que se ve, mucho tiempo en tan crítica situación. Abajo, al pie de la roca, se ha reunido ya una abigarrada multitud; pregonan su mercancía algunos vendedores de refrescos, de tarjetas postales y de baratijas, y hasta se ha establecido un buffet, cuyo único mozo se ve y se desea para atender a la numerosa clientela; un individuo trata de vender un peine que asegura, faltando descaradamente a la verdad, que es de tortuga.

Afluyen sin cesar nuevos turistas, ingleses, alemanes, rusos, franceses, italianos, etc.

Casi todos llevan alpenstocks, gemelos, máquinas fotográficas. Se oye hablar en todas las lenguas.

Junto a la roca, en el sitio donde debe caer el desconocido, dos guardias ahuyentan a la chiquilleríay le cierran el paso, con un bramante, a la multitud.

Gran animación.


El primer guardia.—¡Largo, monicaco! Si te cayera encima, ¿qué dirían tus papás?

El chiquillo.—¿Es que caerá aquí?

El primer guardia.— Sí.

El chiquillo.—¿Y si cae más afuera?

El segundo guardia.—Tiene razón el chico: podía dar un salto, en su desesperación, y caer al otro lado de la cuerda; lo que sería bastante molesto para el público, pues lo menos pesará ochenta kilos.

El primer guardia.—¡Largo, monicaca! ¡Atrás!... ¿Es su hija de usted, señora? Le ruego que no la deje acercarse. Ese joven caerá de un momento a otro.


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18 págs. / 32 minutos / 308 visitas.

Publicado el 22 de abril de 2020 por Edu Robsy.

Corilla

Gérard de Nerval


Teatro


Personajes

FABIO
MARCELLI
MAZETTO, mozo de teatro
CORILLA, prima donna

El bulevar de Santa Lucía, en Nápoles, cerca de la Ópera.

Corilla

Fabio, Mazetto

FABIO. Si me engañas, Mazetto, estás haciendo un triste oficio…

MAZETTO. El oficio no es mejor; pero le sirvo fielmente. Vendrá esta noche, le digo; ha recibido sus cartas y sus ramos.

FABIO. ¿Y la cadena de oro, y el broche de piedras finas?

MAZETTO. No debe usted dudar de que le hayan llegado también, y tal vez las reconocerá usted en su cuello y en su cintura; sólo que la forma de esas joyas es tan moderna, que no ha encontrado todavía ningún papel en el que pudiese llevarlas como parte de su traje.

FABIO. Pero ¿me ha visto tan siquiera? ¿Me ha notado en el lugar donde estoy sentado todas las noches para admirarla y aplaudirla, y puedo pensar que mis regalos no serán la única causa de su decisión?

MAZETTO. ¡Bah, señor!, lo que usted ha dado no es nada para una persona de esos vuelos; y en cuanto se conozcan ustedes mejor, le responderá con algún retrato rodeado de perlas que valdrá el doble. Lo mismo digo de los veinte ducados que me ha entregado usted ya, y de los otros veinte que me ha prometido en cuanto tenga usted la seguridad de su primera cita; no es más que dinero prestado, ya se lo he dicho, y le volverán un día con grandes intereses.

FABIO. Hombre, no espero nada de eso.

MAZETTO. No, señor, tiene usted que saber con qué gente trata, y que, lejos de arruinarse, está usted aquí en el verdadero camino de hacer fortuna; sírvase pues hacerme efectiva la suma convenida, porque me veo obligado a ir al teatro para cumplir mis funciones de cada noche.

FABIO. ¿Pero por qué no ha dado respuesta, y no ha señalado una cita?


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Publicado el 2 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Hombre Acecha

Miguel Hernández


Poesía


Dedico este libro a Pablo Neruda

Pablo: Te oigo, te recuerdo en esa tierra tuya, luchando con tu voz frente a los aluviones que arrebatan la vaca y la niña para proyectarlas en tu pecho. Oigo tus pasos hechos a cruzar la noche, que vuelven a sonar sobre las losas de Madrid, junto a Federico, a Vicente, a Delia, a mí mismo. Y recuerdo a nuestro alrededor aquellas madrugadas, cuando amanecíamos dentro del azul de un topacio de carne universal, en el umbral de la taberna confuso de llanto y escarcha, como viudos y heridos de la luna.

Pablo: Un rosal sombrío viene y se cierne sobre mí, sobre una cuna familiar que se desfonda poco a poco, hasta entreverse dentro de ella, además de un niño de sufrimiento, el fondo de la tierra. Ahora recuerdo y comprendo más tu combatida casa, y me pregunto: ¿qué tenía que ver con el consulado cuando era cónsul Pablo?

Tú preguntas por el corazón, y yo también. Mira cuántas bocas cenicientas de rencor, hambre, muerte, pálidas de no cantar, no reír: resecas de no entregarse al beso profundo. Pero mira el pueblo que sonríe con una florida tristeza, augurando el porvenir de la alegre sustancia. Él nos responderá. Y las tabernas, hoy tenebrosas como funerarias, irradiarán el resplandor más penetrante del vino y la poesía.

Canción primera

Se ha retirado el campo
al ver abalanzarse
crispadamente al hombre.
¡Qué abismo entre el olivo
y el hombre se descubre!
El animal que canta:
el animal que puede
llorar y echar raíces,
rememoró sus garras.
Garras que revestía
de suavidad y flores,
pero que, al fin, desnuda
en toda su crueldad.
Crepitan en mis manos.
Aparta de ellas, hijo.
Estoy dispuesto a hundirlas,
dispuesto a proyectarlas
sobre tu carne leve.
He regresado al tigre.
Aparta o te destrozo.
Hoy el amor es muerte,
y el hombre acecha al hombre.


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Publicado el 26 de marzo de 2022 por Edu Robsy.

Los Caballeros Templarios

Alejandro Dumas


Cuento


Capítulo I

Continuando por la calle de Rivoli en París, antes de llegar a los bulevares, se halla un enorme edificio situado en la esquina formada por la unión de esta calle con la de la Corderie. Se trata del palacio de los caballeros templarios, en el que habitaba el jefe o Gran Maestre de aquella célebre orden que, desde la cima de su riqueza y poderío, estaba destinado a legar a la historia inolvidables recuerdos para la posteridad, con el ejemplo que su precipitada ruina ofreció acerca de la inestabilidad de la grandeza humana.

La génesis de la milicia del Temple se fecha en la época en que Godofredo de Bouillon fue a plantar el estandarte de la cruz sobre los muros de Jerusalén. Sus nueve fundadores, al frente de los cuales figuraban Hugo de Payens y Geofredo de Saint—Omer, después de conquistar la Ciudad Santa, pronunciaron el solemne juramento de defenderla de los ataques de los turcos, y defender a los numerosos peregrinos que entrasen a visitarla. Aparte de los tres votos religiosos ante el patriarca de Jerusalén, incorporaron otro en virtud del cual se obligaron a combatir contra los infieles. La cruz de esta orden militar era de tela roja, como la de los cruzados franceses, y su estandarte, denominado Baucens o Baucan, estaba partido en negro y blanco.


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Publicado el 22 de junio de 2016 por Edu Robsy.

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