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Cantos

Giacomo Leopardi


Poesía, antología


Dos palabras

Con la mayor desconfianza y temiendo haber cometido más de una profanación sacrílega, presento á los escasos aficionados inteligentes de nuestro país, en un pequeño volumen, la traducción en verso castellano de diez cantos de Leopardi, cuya mayor parte he ido publicando en diversos periódicos.

La literatura castellana no es rica en traducciones de los grandes poetas extranjeros, pues la natural indolencia de nuestra raza repugna emprender una tarea tan ardua y escabrosa como generalmente mal apreciada. Créese por lo común que el traductor es un simple copista de bellezas agenas, y este error lamentable, oscureciendo injustamente los méritos del traductor, arredra y desanima á los que, con aptitudes para serlo, quizá recogieran en esa senda lauros que en vano pretenden alcanzar con producciones originales. De ahí que sea tan común el tropezar con traducciones en prosa de poetas extranjeros, verdaderas traiciones y calumnias del original, pues no cabe fidelidad alguna en traducir en prosa lo que ha sido pensado y escrito en verso. Rota por tan extraña manera la unión íntima del pensamiento y la forma que hay en toda verdadera obra de arte, deja ésta de ser una figura viva para convertirse en esqueleto. Pero, ¡qué hacer! la tarea queda así infinitamente facilitada, y luego la pereza, esa madre maldecida de tantas ideas frívolas y perniciosas, se encarga de hacer creer á los inocentes que las traducciones en prosa son más fieles, que conservan mejor el pensamiento, etc., etc.

Si todo el secreto del traductor estuviera en verter exactamente los pensamientos del original, su obra sería una obra muerta, y por lo tanto, esencialmente infiel. Pero la poesía no estriba precisamente en los pensamientos en sí, sino en la fuerza y calor con que están sentidos y pensados, y en la belleza artística con que exteriormente se les manifiesta.


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Dominio público
18 págs. / 32 minutos / 49 visitas.

Publicado el 31 de mayo de 2026 por Edu Robsy.

El Ceibal

Javier de Viana


Cuento


I

El verano encendía el campo con sus reverberaciones de fuego; brillaban las lomas con su tapiz de doradas flechillas, y en el verde luciente de los bajíos, cien flores diversas, de cien gramíneas distintas, bordaban un manto multicolor y aromatizaban el aire que ascendía hacia el toldo ardiente de irisadas nubes.

En un recodo de un pequeño arroyo, sobre un cerrillo de poca altura, se ven unos ranchos de adobe y techo de paja brava, con muchos árboles que lo circundan, dándoles sombra y encantador aspecto.

El patio vasto, de tierra, muy limpio, no tiene más adornos que un gran ombú en el medio, unos tiestos con margaritas y romeros en las lindes, y un alambrado, muy prolijo, que lo cerca, dejando tres aberturas sin puertas, de donde parten tres senderos: uno que va al corral de las ovejas, otro que conduce al campo de pastoreo, y el tercero, más ancho y muy trillado, que lleva, en línea recta, hacia la vera del arroyo, distante un centenar de metros.

El arroyo es todo un portento. No es hondo, ni ruge; porque en muchas leguas en contorno no hay elevación más grande que la protuberancia donde asientan los ranchos que mencionamos. La linfa se acuesta y corre sin rumor, fresca como los camelotes que bordan sus riberas, y pura como el océano azul del firmamento.

No hay en las márgenes enhiestas palmas representando el orgullo forestal, ni secos coronillas simbolizando la fuerza, ni ramosos guayabos y vivarós corpulentos, ostentación de opulencia. En cambio, en muchos trechos, vense hundir sobre el haz del agua, con melancólica pereza, las largas, finas y flexibles ramas de los sauces, ó extenderse, como culebras que se bañan, los pardos sarandíes.


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Dominio público
18 págs. / 32 minutos / 55 visitas.

Publicado el 3 de agosto de 2023 por Edu Robsy.

Pelusa

Luis Coloma


Cuento infantil


Dedicatoria

A Pilarita Azlor Aragón y Guillamas y a Isabelita Silvia y Azlor Aragón

En las largas y solitarias horas de esta mi última enfermedad me imaginaba algunos días que veníais las dos, como tantas otras veces, y apoyadas en mis rodillas me pedíais que os contara un cuento; y para realizar en parte esta dulce ilusión os escribí entonces esta historia de Pelusa.

Creo que esto será lo último que escriba; y no porque piense colgar mi pluma como el bueno de Cervantes, sino porque la enfermedad me la arrebató ya de las manos, y la muerte se encargará pronto de tirarla a la basura, que es el lugar más adecuado.

Espero, sin embargo, que cuando las dos seáis unas viejecitas muy monas y leáis este cuento a vuestros nietos diréis al terminarlo: ¡Pobre P. Coloma!… ¡Qué tonto era!… ¡Pero cuánto nos quería!.. Y rezaréis después un padrenuestro por mi alma.

Madrid, 2 Noviembre 1912.

Pelusa

Pues, señor, que era vez y vez de una vieja, más vieja que el modo de llover, más fea que pegarle a su padre y más mala que el pecado mortal, que se llamaba la vieja Paví. Pues vamos a que esta vieja Paví tenía consigo una niña de cinco a seis años, blanca y rubia como el angelito que juega a los pies de la Virgen con un manojito de flores.


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Dominio público
18 págs. / 32 minutos / 220 visitas.

Publicado el 11 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

La Hija del Mashorquero

Juana Manuela Gorriti


Cuento


I

Roque Alma-negra era el terror de Buenos Aires. Verdugo por excelencia entre una asociación de verdugos llamada Mashorca y consagrado en cuerpo y alma al tremendo fundador de aquella terrible hermandad, contaba las horas por el numero de sus crímenes, y su brazo perpetuamente armado del puñal, jamás se bajaba sino para herir. Su huella era un reguero de sangre, y había huido de él hacía tanto tiempo la piedad, que su corazón no conservaba de ésta ningún recuerdo y los gemidos del huérfano, de la esposa y de la madre, lo encontraban tan insensible, como la fría hoja de acero que hundía en el pecho de sus víctimas. Cada semejanza con la humanidad había desaparecido de la fisonomía de aquel hombre y su lenguaje, expresión fiel del nombre que sus delitos le habían dado, era una mezcla de ferocidad y de blasfemia que hacía palidecer de espanto a todos aquellos que tenían la desgracia de acercársele.

Sin embargo, entre aquel horrible vocabulario de crueldades y de impiedad, como una flor nacida en el cieno, había una palabra de bendición que Roque pronunciaba siempre.

Clemencia, decía aquel hombre de sangre, cuando fatigado por los crímenes de la noche entraba a su casa al amanecer. Y a este nombre, que sonaba como un sarcasmo en los labios del asesino, una voz tan dulce y melodiosa que parecía venir de los celestes coros, respondía con ternura: ¡Padre! Y una figura de ángel, una joven de dieciséis años, con grandes ojos azules y ceñidas de una aureola de rizos blondos salía al encuentro del mashorquero y lo abrazaba con dolorosa efusión. Era su hija.

Roque la amaba como el tigre ama sus cachorros, con un amor feroz. Por ella hubiera llevado el hiero y el fuego a los extremos del mundo; por ella hubiera vertido su propia sangre; pero no le habría sacrificado ni una sola gota de su venganza, ni uno solo de sus instintos homicidas.


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Dominio público
18 págs. / 32 minutos / 728 visitas.

Publicado el 2 de enero de 2021 por Edu Robsy.

La Pipa de Kif

Ramón María del Valle-Inclán


Poesía


La pipa de Kif

Mis sentidos tornan a ser infantiles,
Tiene el mundo una gracia matinal,
Mis sentidos como gayos tamboriles
Cantan en la entraña del azul cristal

Con rítmicos saltos plenos de alegría,
Cabalga en el humo de mi pipa Puk,
Su risa en la entraña del azul del día
Mueve el ritmo órfico amado de Gluk.

Alumbran mi copta conciencia, hipostática
Las míticas luces de un indo avatar,
Que muda mi vieja sonrisa socrática
En la risa joven del Numen Solar.

Divino penacho de la frente triste,
En mi pipa el humo da su grito azul,
Mi sangre gozosa claridad asiste
Si quemo la Verde Yerba de Estambul.

Voluta, de humo, vágula cimera,
Tú eres en mi frente la última ilusión
De aquella celeste azul Primavera
Que movió la rosa de mi corazón.

Niña Primavera, dueña de los linos
Celestes. Princesa Corazón de Abril,
Peregrina siempre sobre mis caminos
Mundanos. Tú eres mi «spirto gentil».

¡Y jamás le nieguen tus cabellos de oro,
Jarcias a mi barca, toda de cristal:
La barca fragante que guarda un tesoro
De aromas y gemas y un cuento oriental!

El ritmo del orbe en un ritmo asumo,
Cuando por ti quemo la Pipa de Kif,
Y llegas mecida en la onda del humo
Azul, que te evoca como un «leit-motif».

Tu luz es la esencia del canto que invoca
La Aurora vestida de rosado tul,
El divino canto que no tiene boca
Y el amor provoca con su voz azul.

¡Encendida rosa! ¡Encendido toro!
¡Encendidos números que rimó Platón!
¡Encendidas normas por donde va el coro
Del mundo: Está el mundo en mi corazón!

Si tú me abandonas, gracia del hachic,
Me embozo en la capa y apago la luz.
Ya puede tentarme la Reina del Chic.
No dejo la capa y le hago la †.


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18 págs. / 32 minutos / 676 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Dentellada del Oso Negro

Robert E. Howard


Cuento


La noche caía sobre el río como una sombría amenaza, preñada de condenación. Me agazapé tras los arbustos y me estremecí en silencio. En algún lugar, en el interior de la gran casa oscura que había frente a mí, un gong sonó débilmente… una vez. Aquel gong había sonado hasta ocho veces desde me ocultara allí, al caer la noche. Había ido contando las notas, de un modo mecánico. Observé sombrío la gran masa oscura de la mansión. Se trataba de la Casa del misterio… la morada del misterioso Yotai Yun, el príncipe mercader chino… y qué siniestros negocios se cocían entre aquellos muros, era algo que ningún hombre blanco sabía. Bill Lannon se lo había preguntado —antaño había pertenecido al Servicio Secreto Británico, y, al resultarle fácil volver a sus antiguos hábitos, había realizado investigaciones por su cuenta—. Me había hablado vagamente acerca de los turbios sucesos que tenían lugar tras las paredes de la casa de Yotai Yun… nos había confiado sus descubrimientos a Eric Brand y a mí, hablándonos de misteriosos movimientos, planes insidiosos, y de un terrible Monje Encapuchado perteneciente a algún oscuro culto, que prometía un imperio amarillo…

Eric Brand, un aventurero delgado y de ojos vivarachos, se había reído de Lannon, pero yo no. Sabía que mi amigo era como un sabueso que se hallara tras la pista de algo siniestro y misterioso. Una noche, mientras los tres nos sentábamos en el salón del European Club, trasegando unos whiskys con soda, nos anunció que pretendía deslizarse, esa misma noche, en el interior de la casa de Yotai Yun, para descubrir de una vez por todas qué se cocía allí dentro. Encontraron su cadáver a la mañana siguiente, flotando en las aguas sucias y amarillentas del río Yangtze… con una daga delgada clavada hasta el fondo entre sus omóplatos.


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18 págs. / 32 minutos / 55 visitas.

Publicado el 4 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

Rizo, la Ninfa del Mar

Louisa May Alcott


Cuento infantil


Muy hondo bajo la inquieta superficie del mar azul, vivía Rizo, una pequeña y feliz ninfa de las aguas. Se pasaba el día bailando despreocupadamente bajo las interminables arcadas de coral, confeccionando guirnaldas de irisadas flores marinas, o meciéndose a merced de las grandes y rizadas olas que brillan bajo el sol. Pero por encima de estas diversiones, ella amaba tenderse entre las caracolas multicolores en la orilla del mar, a escuchar la delicada y murmurante música que el oleaje les enseñara mucho tiempo atrás; y así, durante horas y horas, la pequeña ninfa contemplaba el océano y el cielo, mientras canturreaba alegremente para sí.

Mas cuando la tempestad se desataba, se apresuraba a desaparecer bajo la tumultuosa marejada, donde todo es tranquilidad y silencio; y junto a sus hermanas ninfas aguardaba a que remitiese el temporal, escuchando entristecida entretanto, los gritos y lamentos de aquellos a quienes los embates del mar embravecido destrozaban y arrojaban al agua; aquellos que pronto llegarían, abismándose pálidos y fríos, al acogedor reino de las ninfas marinas. Derramaban entonces lágrimas de compasión sobre las formas inertes, y las depositaban en silenciosas tumbas, donde algas de muchos colores prosperaban, y las joyas brillaban semienterradas en la arena.

Esta era la única aflicción que ensombrecía la vida de Rizo, que a menudo pensaba en quienes que se dolían de la pérdida de sus seres queridos —descansando para entonces en lo profundo de oscuras y silenciosas grutas de coral—, y de mil amores habría devuelto a la vida a cuentos yacían a su alrededor. Pero el gran océano es mucho más poderoso que todas las ninfas de corazón tierno que habitan en su seno; así pues, sólo podía llorar por ellos y dejarlos dormir eternamente, allí donde no había olas crueles que pudieran seguir dañándolos.


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18 págs. / 32 minutos / 81 visitas.

Publicado el 23 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Un Viaje Indiscreto

Katherine Mansfield


Cuento


1

Se parecía a santa Ana. Sí, con aquel manto negro sobre la cabeza, los mechones grises colgándole y el quinqué humeante en la mano, mi portera parecía la imagen de santa Ana. Cosa realmente hermosísima, pensé sonriéndole. Pero ella dijo con severidad:

—Son las seis en punto. Sólo tiene el tiempo justo. Hay un tazón de leche sobre la mesa escritorio.

Salí de mi pijama para zambullirme en un lebrillo de agua fría como lo hace toda dama británica en las novelas francesas. La portera abrió las contraventanas persuadida de que iría a parar a la celda de una cárcel o moriría a punta de bayoneta, y, al hacerlo, penetró una fría claridad. En el río pitaba un vaporcillo; un carro tirado por dos caballos pasó a todo galope; los rápidos remolinos de las aguas; los altos árboles negros de la otra orilla, agrupados como negros conversando. «Siniestro, sin duda», pensé, mientras me abotonaba mi secular impermeable Burberry. (Aquel Burberry tenía mucha importancia. No era mío. Me lo había prestado una amiga. Mis ojos se encandilaron al verlo colgado en su diminuto y obscuro vestíbulo. Era lo que yo necesitaba. El disfraz perfecto y apropiado; un viejo Burberry. Con un Burberry usado se ha hecho frente a más de un león. Damas envueltas en Burberrys usados han sido salvadas de botes que hacían agua en mares agitados como montañas. Un Burberry usado se me antojaba el santo y seña de todo viajero que se respetara y fuera sin disputa tenido por tal. Y, así diciendo, dejé en su lugar mi abrigo púrpura con piel de foca auténtica en el cuello y las bocamangas.)

—No conseguirá llegar allí —decía mí portera al ver que me subía el cuello—. No, nunca.


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18 págs. / 32 minutos / 61 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

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