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El Gancho de Derecha

Robert E. Howard


Cuento


Había una nota de deseo sanguinario en los aullidos de la multitud. La jauría exigía muerte.

Dos hombres se enfrentaban sobre el cuadrilátero manchado de sangre. Uno, el más alto, se tambaleaba, agitando locamente los brazos para protegerse. El otro, un combatiente más bajo y rechoncho, hostigaba a su adversario y mantenía la presión, boxeando prudentemente. Su izquierda volaba una y otra vez y alcanzaba el rostro del hombre del mayor tamaño. El hombre dominado lanzó un golpe corto que se perdió. El otro esquivó y de nuevo le largo un izquierdazo. El hombre más alto bajó la guardia de manera instintiva; en el mismo momento, el más pequeño le aplastó un derechazo en la cara con una fuerza aterradora. El hombre más alto se fue a la lona.

Todos los espectadores se levantaron como un solo hombre lanzando aclamaciones; el golpe había sido muy alto, pero con una potencia increíble, como todo el mundo se percató.

—¡Harmer! ¡Harmer!

Los aullidos ascendían hacia las brillantes luces del ring.

Sin embargo, el hombre de la lona se levantaba lentamente, con una mesura en los movimientos que traicionaba un cerebro abotargado. Estuvo en pie en el mismo momento en que el árbitro abría la boca para decir:

—¡Nueve!

Harmer llegó impetuosamente dispuesto a rematar la faena. Le hizo una finta a su adversario con un buen corto de izquierda y soltó la derecha... en el mismo instante, su dañado y tambaleante adversario lanzó la izquierda salvajemente y más o menos al azar. No había ninguna precisión en aquel golpe —no era más que un gesto fútil—, pero no obstante aterrizó de lleno en la mandíbula de Harmer, y el hombre rechoncho cayó como si le hubieran golpeado con un martillo de fragua.


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17 págs. / 31 minutos / 45 visitas.

Publicado el 22 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Sueño

Mary Shelley


Cuento


La época en la que aconteció esta pequeña leyenda que se va ahora a narrar, fue el comienzo del reinado de Enrique IV de Francia, cuyo ascenso e ilícita apropiación, mientras los demás traían la paz al reino cuyo cetro él había empuñado, fueron inadecuados para cicatrizar las profundas heridas mutuamente infligidas por los bandos enemigos. Existían entre los que ahora parecían tan unidos, enemistades privadas y el recuerdo de daños mortales; y, a menudo, las manos que se habían apretado en aparente saludo amistoso, cuando soltaban su apretón, asían la empuñadura de su daga, haciendo más caso a sus pasiones que a las palabras de cortesía que acababan de salir de sus labios. Muchos de los más fieros católicos se retiraron a sus distantes provincias; y, mientras ocultaban en soledad su enconado descontento, anhelaban no menos ansiosamente el día en que pudieran mostrarlo abiertamente.


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17 págs. / 31 minutos / 1.229 visitas.

Publicado el 18 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Desierto

Horacio Quiroga


Cuento


La canoa se deslizaba costeando el bosque, o lo que podía parecer bosque en aquella oscuridad. Más por instinto que por indicio alguno Subercasaux sentía su proximidad, pues las tinieblas eran un solo bloque infranqueable, que comenzaban en las manos del remero y subían hasta el cenit. El hombre conocía bastante bien su río, para no ignorar dónde se hallaba; pero en tal noche y bajo amenaza de lluvia, era muy distinto atracar entre tacuaras punzantes o pajonales podridos, que en su propio puertito. Y Subercasaux no iba solo en la canoa.

La atmósfera estaba cargada a un grado asfixiante. En lado alguno a que se volviera el rostro, se hallaba un poco de aire que respirar. Y en ese momento, claras y distintas, sonaban en la canoa algunas gotas.

Subercasaux alzó los ojos, buscando en vano en el cielo una conmoción luminosa o la fisura de un relámpago. Como en toda la tarde, no se oía tampoco ahora un solo trueno.

Lluvia para toda la noche —pensó. Y volviéndose a sus acompañantes, que se mantenían mudos en popa:

—Pónganse las capas —dijo brevemente—. Y sujétense bien.

En efecto, la canoa avanzaba ahora doblando las ramas, y dos o tres veces el remo de babor se había deslizado sobre un gajo sumergido. Pero aun a trueque de romper un remo, Subercasaux no perdía contacto con la fronda, pues de apartarse cinco metros de la costa podía cruzar y recruzar toda la noche delante de su puerto, sin lograr verlo.

Bordeando literalmente el bosque a flor de agua, el remero avanzó un rato aún. Las gotas caían ahora más densas, pero también con mayor intermitencia. Cesaban bruscamente, como si hubieran caído no se sabe de dónde. Y recomenzaban otra vez, grandes, aisladas y calientes, para cortarse de nuevo en la misma oscuridad y la misma depresión de atmósfera.

—Sujétense bien —repitió Subercasaux a sus dos acompañantes—. Ya hemos llegado.


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Dominio público
17 págs. / 31 minutos / 294 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.

La Luna Negra

Robert E. Howard


Cuento


I

—Y tal es la leyenda del Espíritu del Zorro Blanco, mi honorable amigo —entonó el viejo Wang Yun mientras cruzaba sus esqueléticas manos bajo su túnica de seda bordada—, y así la contaban los Hijos de Han. Ahora, debo dar de comer a mi viejo compañero.

Steve Harrison, corpulento y sombrío, incongruente ante las porcelanas y la delicada fragilidad de los jades de oriente apilados en la pequeña tienda, apoyó la recia mandíbula en su puño, que asemejaba un martillo. Observó a su anfitrión con una fascinación personal, mientras que el viejo Chino se dirigía arrastrando los pies hacia una jaula de bambú. La embarrotada caja se encontraba sobre el seno de un enorme Buda verde, apoyado contra la pared, en medio de innumerables jarrones Ming y de alfombras del Turkestán oriental. Wang Yun entrecerró sus ojos rasgados y entonó un extraño canturreo, mientras sacaba una botella de leche y un pequeño platillo de jade de algún nicho indeterminado. Involuntariamente, Harrison se estremeció.

—He contemplado los animales de compañía más bizarros que uno pueda imaginar en algunos rincones de River Street —declaró el detective—. Chow-chows, gatos persas, gallos de pelea, pavos reales blancos y bebés cocodrilos… ¡pero que me cuelguen si alguna vez vi a un hombre cuya mascota fuera una cobra real!

—Pan Chau es muy viejo y muy sabio —sonrió Wang Yun—. Recibió el nombre de un gran guerrero que habría destruido el imperio romano, de haber llegado a vivir un año más. Hice que le extrajeran los colmillos a mi viejo amigo, para evitar que pueda hacerme daño alguno, dada su ceguera y su avanzada edad.

—Es usted un hombre muy extraño, Wang Yun —gruñó Harrison.


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17 págs. / 31 minutos / 67 visitas.

Publicado el 17 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Platofilia

Joan Carlos Vinent


cartas de amor platónico


Platofilia :  Eso Llamado Amor  en  Plural Gracias,  Fernando  Pessoa, in memoriam nihil  memento  mori:  Eros  y  Filos
 A Julia  Ester  Ramos  Andrade Para  una  preciosa  salmantina  afincada  en  Plasencia 9-IV-1998 J  úpite  R  no  lo  sabía, U  rsul    A  lo  desconocía, L aquede  M lo anhelaba, I  car  O  lo  ignoraba, A  rgo  S  aguardaba, E lectr  A  callaba. S  atá  N maldecía, T empesta  D  ignorada. H  écto  R,  ¿yo? E smerald  A,  ¿dónde  estás? R osalin  DE  te  apodas. GRACIAS.  No  te  preocupes,  Julia,  esto  va  a  ser  lo último  que  recibas  de  mí.  No  te  voy  a  molestar  más.  Ya tuve  la  respuesta  a  la  pregunta  que  no  recibí  de  forma escrita  o  hablada.  No  me  lo  merecía  ¿quién  soy  yo  para exigir  a  nadie  nada  y  menos  una  respuesta  después  de entregarte  una  carta  que  nunca  debió  llegar  a  tus manos?   Esta  ha  sido  la  mejor  forma  de  alejarte definitivamente  de  mí.  Ya  no  puedo  esperar  amistad siquiera  por  tu  parte.  No  me  atrevo  a  mirarte  a  los ojos,  se  me  cae  la  cara  de  vergüenza.  Lo  siento...No  hay palabras  que  puedan  expresar  mi  metedura  de  pata.


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17 págs. / 31 minutos / 97 visitas.

Publicado el 17 de octubre de 2019 por Juan Carlos Vinent Mercadal.

Compañeros

Máximo Gorki


Cuento


I

El ardiente sol de julio brillaba sobre Smólkina, derramando sobre sus viejas isbas un copioso torrente de rayos cegadores. Donde más relumbraba era en la isba del alcalde, recientemente retechada con tablones nuevos, suavemente cepillados, amarillos y aromáticos. Era domingo, y casi todo el mundo estaba en la calle, donde crecían en abundancia las hierbas entre montones esparcidos de residuos resecos. Una multitud de aldeanos se había congregado ante la isba del alcalde: algunos estaban sentados en el banco de tierra de la puerta, otros directamente en el suelo, otros aguardaban de pie. En medio del grupo, unos cuantos chiquillos no paraban de alborotar y echar carreras, ganándose de vez en cuando las broncas y pescozones de los adultos.

Un hombre alto, con unos bigotazos que apuntaban hacia el suelo, constituía el centro de la multitud. A juzgar por su rostro atezado, recubierto de una cerrada barba gris y un entramado de profundas arrugas, y por los mechones canosos que asomaban bajo el sucio sombrero de paja, debía rondar los cincuenta años. Mientras miraba al suelo, se podía apreciar cómo le temblaban las aletas de su enorme nariz. Al levantar la cabeza para echar un vistazo a las ventanas de la isba del alcalde, se le vieron los ojos: grandes, tristes, profundamente hundidos en sus órbitas, con las pupilas negras sumidas en la sombra que arrojaban unas cejas pobladas. Vestía una raída sotana marrón de novicio que apenas le cubría las rodillas, ceñida con una cuerda. Llevaba un morral echado a la espalda, en la mano derecha sujetaba un largo bastón rematado por una contera de hierro y ocultaba la izquierda entre la ropa. Quienes le rodeaban le miraban suspicaces, burlones, desdeñosos o, en fin, abiertamente satisfechos de haber conseguido dar caza al lobo antes de que éste hubiera llegado a esquilmar sus rebaños.


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17 págs. / 31 minutos / 153 visitas.

Publicado el 10 de abril de 2018 por Edu Robsy.

Perico

Juan José Morosoli


Cuentos, colección


Arenero

¡Estas arenas del Santa Lucía sí que son arenas!... ¿Y las aguas? Andan siempre entre las piedras. No conocen el barro...

Además dan de beber a una ciudad. Perico deseaba irse un día aguas abajo y conocer bien el río. Lo que se dice bien. Porque un río debe tener cosas para ver que no se acaban nunca. Lo piensa ahora que está paleando arena, llenando la carreta para ir al pueblo.

En el cauce lento se levanta una suave niebla. Los bueyes alientan un vaho que asciende en la amanecida. El fueguito carrero calienta la pava ennegrecida. Vuelan rectos hacia el cielo los aguateros, y las tijeretas, cortando con golpes de cola las últimas estrellas.

—Hay arena más fina en el mar —le dije un día.

¿El mar? El no lo había visto. Pero conocía a un hombre que viajó por él. Nunca le había hablado de las arenas del mar.

Le llevé un puñado un día.

La miró y dijo simplemente:

—Esto no es arena. Es polvo. No ensucia las manos pero no es arena. Arena es esto!

Levantó del río un puñado, la extendió en la palma de la mano:

—Se puede poner en la boca. Es dulce y fresca.

Paleaba y paleaba Perico. La mañana comenzaba a levantar árboles contra el sol que estaba creciendo tras el bosque.

El mar sería lindo. Pero no tenía árboles. Los barcos no eran sino carretas. No necesitaban caminos para viajar. Y terminaba:

—Mi padre, que era carrero, iba así por los campos. Las estrellas lo guiaban. El será arenero toda la vida. Le gusta mucho el río, las arenas, los árboles. Cuando a uno le gusta una cosa y puede serlo no precisa más...

—Todo es lindo. La mañana y la tarde... ¿Y el mediodía? Guardar bajo las arenas una sandía, y luego partirla, y comerla y beberla mientras arden las cigarras en el talar crespo y gris.

—¿Y la noche? Hay un rato que el río no canta. Oye.


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Dominio público
17 págs. / 31 minutos / 527 visitas.

Publicado el 22 de febrero de 2025 por Edu Robsy.

Intersigno

Villiers de L'Isle Adam


Cuento


Al señor abate Victor de Villiers de l’Isle—Adam

Attende, homo, quid fuisti ante ortum et quod eris usque ad occasum. Profecto fuit quod non eras. Postea, de vili materia factus, in otero matris de sanguine menstruali nutritus, tunica tua fuit pellis secundma. Deinde, in vilissimo panno involutus, progressus es ad nos, sic indutus et ornatus! Et non memor es quae sit origo tua. Nihil est aliud humo quam sperma foetidum, saccus stercorum, eibus vermium. Scientia, sapientia, ratio, sine Deo sicut nubes transeunt. Post hominem vermis; post vermem foctor et horror. Sic, in non hominem, vertitur omnis homo. Cur camem tuam adornas et impinguas quam, post paucos dies, vermes devoraturi sunt in sepulchro, animam, vero, tuam non adornas, quae Deo et Angelis ejus praesentenda est in coelis!1

—San Bernardo (Meditaciones, t. II).
Bollandistas (Preparación para el Juicio Final)

Una tarde de otoño en la que, junto a personas con opinión, tomábamos el té alrededor de un buen fuego, en casa de uno de nuestros amigos, el barón Xavier de la V… (pálido joven a quien las largas fatigas militares soportadas en África, siendo joven aún, le habían vuelto de una debilidad de carácter y de un salvajismo de costumbres poco común), la conversación recayó sobre un tema de lo más sombrío: se trataba de la naturaleza de esas coincidencias extraordinarias, asombrosas, misteriosas, que suceden en la existencia de algunas personas.

—He aquí una historia —nos dijo— que no acompañaré con ningún comentario. Es verídica. Quizás les parezca impresionante.

Encendimos unos cigarrillos y escuchamos el siguiente relato:


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17 págs. / 31 minutos / 110 visitas.

Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

Costumbres Húngaras

José María Blanco White


Cuento


Historia verdadera de un militar retirado, con una descripción de un viajito, río arriba en el Támesis

Los campos, en tanto que el calor de la juventud está dispuesto como el del vino nuevo a subirse a la cabeza, disponen a la alegría bulliciosa; pero, en la mitad del camino de la vida, la belleza campestre produce un placer que, en su apariencia exterior, pudiera equivocarse con la melancolía. ¡Oh, amigos de mi juventud, donde quiera que os haya echado la tormenta horrible que ha sumergido la España, si estos renglones llegaren a vuestras manos y os trajeren a la memoria los días que, a orillas del Guadalquivir y Manzanares, ahogábamos en el placer de la amistad y del campo la amarga sensación interna de la esclavitud española, sabed que, al cabo de tantos años, en el reposo de la edad que se inclina a la vejez y de la adusta experiencia que ha cortado las guías a las alas de la esperanza, vuestro amigo no puede pasar un día de verano en las márgenes deliciosas del Támesis sin que la imagen de los compañeros de su juventud le humedezca los ojos! ¿Por qué no están aquí?, digo entre mí. ¿Por qué, como yo, no rompieron, en tiempo, los grillos políticos con que el falso nombre de patria remacha las prisiones de los que nacen donde no se permite a los hombres tener voluntad ni opinión propia? Una esperanza generosa ha doblado sus prisiones. Quisieron hacer bien a un pueblo a quien el veneno de la superstición ha reducido al delirio y yacen a merced del despotismo y la ignorancia. ¿Hay acaso remedio para males como los de España? ¿Hay cura para el fanatismo arraigado por siglos?


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Dominio público
17 págs. / 31 minutos / 188 visitas.

Publicado el 6 de mayo de 2019 por Edu Robsy.

Bajo el Sauce

Hans Christian Andersen


Cuento infantil


La comarca de Kjöge es ácida y pelada; la ciudad está a orillas del mar, y esto es siempre una ventaja, pero es innegable que podría ser más hermosa de lo que es en realidad; todo alrededor son campos lisos, y el bosque queda a mucha distancia. Sin embargo, cuando nos encontramos a gusto en un lugar, siempre descubrimos algo de bello en él, y más tarde lo echaremos de menos, aunque nos hallemos en el sitio más hermoso del mundo. Y forzoso es admitir que en verano tienen su belleza los arrabales de Kjöge, con sus pobres jardincitos extendidos hasta el arroyo que allí se vierte en el mar; y así lo creían en particular Knud y Juana, hijos de dos familias vecinas, que jugaban juntos y se reunían atravesando a rastras los groselleros. En uno de los jardines crecía un saúco, en el otro un viejo sauce, y debajo de éste gustaban de jugar sobre todo los niños; y se les permitía hacerlo, a pesar de que el árbol estaba muy cerca del río, y los chiquillos corrían peligro de caer en él. Pero el ojo de Dios vela sobre los pequeñuelos —de no ser así, ¡mal irían las cosas!—. Por otra parte, los dos eran muy prudentes; el niño tenía tanto miedo al agua, que en verano no había modo de llevarlo a la playa, donde tan a gusto chapoteaban los otros rapaces de su edad; eso lo hacía objeto de la burla general, y él tenía que aguantarla.

Un día la hijita del vecino, Juana, soñó que navegaba en un bote de vela en la Bahía de Kjöge, y que Knud se dirigía hacia ella vadeando, hasta que el agua le llegó al cuello y después lo cubrió por entero. Desde el momento en que Knud se enteró de aquel sueño, ya no soportó que lo tachasen de miedoso, aduciendo como prueba al sueño de Juana. Éste era su orgullo, mas no por eso se acercaba al mar.


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17 págs. / 31 minutos / 407 visitas.

Publicado el 26 de junio de 2016 por Edu Robsy.

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