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El Mortal Inmortal

Mary Shelley


Cuento


16 de julio de 1833. Éste es un aniversario memorable para mí. ¡En esta fecha celebro mi cumpleaños trescientos veintitrés!

¿El Judío Errante? Por supuesto que no. Sobre su cabeza han pasado más de dieciocho siglos. En comparación con él, yo soy un Inmortal muy joven.

Entonces, ¿soy un inmortal? Es una pregunta que me he formulado día y noche durante trescientos tres años, y aún no soy capaz de contestarla. Hoy mismo detecté una cana entre mi pelo castaño… sin duda significa decadencia. No obstante, puede que haya permanecido oculta durante trescientos años, ya que algunas personas han encanecido por completo antes de cumplir los veinte años.

Contaré mi historia y el lector juzgará por mí. Contaré mi historia, y así procuraré pasar algunas horas de una larga eternidad, tan agotadora para mí. ¡Para siempre! ¿Puede ser? ¡Vivir para siempre! He oído hablar de encantamientos en los que las víctimas fueron arrojadas a un profundo sueño, para despertar después de cien años tan jóvenes como siempre; he oído hablar de los Siete Durmientes, sin ser agotador ser inmortal así: pero, ¡oh!, la carga del tiempo interminable, el paso tedioso de las horas. ¡Qué feliz era el legendario Nourjahad! Vuelvo a mi tarea.


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17 págs. / 30 minutos / 489 visitas.

Publicado el 26 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

Hombre Sin Retorno

Arturo Robsy


Poesía


Principio

¿Quién no ha oído hablar de la poesía que promete? Más allá de lo que cada uno de los versos que siguen dice, más allá de las palabras que los componen, alienta una promesa general de renovación y éxito.

El presente libro es una corta antología de la obra del poeta del que nos preguntamos si es falangista porque es poeta o si es poeta porque primero fue falangista. Quiso el hombre salir del paso con diez romances nacidos en la noche mágica del último 18 de Julio, pero al fin este libro ha sido lo que tienes en las manos: una breve antología de urgencia de una obra amplia.

Hombre sin retorno plantea, desde su título, las tres angustias básicas del pensamiento de su autor: la de la Patria, en la que cree profundamente; la del Tiempo, en el que confía, y la de la Esperanza.

Es la suya una postura poética que, afortunadamente, excluye las dudas negras. El poeta cree en sólidas ideas y las explica a golpes de ilusión y hasta de ira. Se alista definitivamente en el futuro y quiere hacer de su palabra espuela, voz amiga que consuele y llamada que convoque a empresas vitales más amplias.

Con este primer libro de poemas, Hombre sin retorno, Editorial Ímpetu se suma también al ya extenso movimiento poético falangista y patriótico, llamado a ser la conciencia más limpia de las ambiciones de un pueblo que no se decide a olvidar ni a abandonar sus sueños. Arturo Robsy no necesita otra presentación: es de sobra conocido en la Menorca vital en la que ejerce de ilusionada conciencia.

El lector le encontrará en la mejor vena del romance, popular y sentidísimo, acusándonos a todos:


Nuestra vergüenza secreta
gritará durante siglos
en el corazón del tiempo.
Ojalá nos mates flechas
antes que soportar yugos,
y en el cielo los luceros,
y los hijos en el mundo,
tachen nuestro nombre negro.


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Licencia limitada
17 págs. / 30 minutos / 34 visitas.

Publicado el 8 de noviembre de 2025 por Edu Robsy.

En el Polo Norte

Arturo Reyes


Cuento


I

No empiecen á tiritar nuestros lectores, que no nos proponemos conducirlos á tan glaciales latitudes; que para llegar al Polo de nuestra narración no se hace preciso ir más allá de los límites del barrio de Capuchinos, que antes de traspasarlos nos tropezaremos y nos detendremos, si es que en esto no tienen inconveniente alguno los que nos leen, en el ventorrillo que el señor Currito Cárdenas hubo de bautizar, al establecerse en él, con el título conque encabezamos esta verídica historia.

El día en que aconsejados por la curiosidad pasamos los umbrales del citado ventorrillo, que se eleva dando vista á la población, á los montes y al cementerio, ya el señor Currito habíase ido, á causa de un segundo acosón hemipléjico, al último indicado lugar, y Paco Cárdenas, su sobrino, era el que oficiaba de experto timonel en aquel barco, para el cual parecía que no había hecho la Divina Providencia más que mares en bonanza.

Y bien merecía su propietario que Dios lo mirase con ojos de misericordia, pues con sobra de razón pregonaban cuantos le conocían, su ingénita bondad, y su honradez sin tacha y su varonil entereza, que sólo sacaba á relucir cuando, ahito de razón, tenía que probarle á alguno de los muchos mozos de ácana que frecuentaban su mo de vivir que cuando eran llegadas las ocasiones, sabía él también jugarse á cara ó cruz la integridad de la gallarda persona.


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Dominio público
17 págs. / 30 minutos / 58 visitas.

Publicado el 24 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

El Libro de Estampas del Padrino

Hans Christian Andersen


Cuento infantil


El padrino sabía contar historias, muchas y muy largas. Y sabía también recortar estampas y dibujar figuras. Cuando se acercaban las Navidades cogía un cuaderno de hojas blancas y limpias, y en ellas pegaba ilustraciones, recortadas de libros y periódicos; si no bastaban para su propósito, las dibujaba con su propia mano. De niño yo fui obsequiado con muchos de aquellos libros de estampas, pero el más hermoso de todos fue uno acerca del «Año memorable en que el gas sustituyó en Copenhague a los viejos faroles de aceite de pescado», título que figuraba en primera página.

—Hay que guardar muy bien este libro —me dijeron mis padres—; sólo lo sacaremos en ocasiones solemnes —. El padre había anotado en la tapa:

Si rompes el libro, no será un gran delito.

Peor habrá obrado más de un amiguito.

Lo mejor era cuando el padrino, sacando el cuaderno, leía en alta voz los versos y demás cosas escritas en él, y luego se ponía a contar. ¡Entonces sí que la historia se volvía una verdadera historia!

En la primera página había una estampa recortada del «Correo Volante», donde aparecía Copenhague con la Torre Redonda y la iglesia de Nuestra Señora. A la izquierda había pegado un dibujo que representaba una vieja linterna, con el letrero «Aceite», y a la derecha estaba un candelabro, con la palabra «Gas».


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17 págs. / 29 minutos / 114 visitas.

Publicado el 26 de junio de 2016 por Edu Robsy.

COTUFAS EN EL GOLFO

Santiago Fernandez Puche


Poesía


 

 

COTUFAS EN EL GOLFO

Mayo, 2005

 

Santiago Fernández Puche

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SALUTACIÓN

 

La puerta entreabierta, cerrada la ventana

Para no ver el mundo o es que por la oscura

Habitación de todas las soledades con vana

Intención de huir se consume la locura

Para el gusano verde que come mi manzana.

 

Fue para mí el amor un barco azul marino

Allí donde las olas hacen crestas y espumas;

Ya encallado asoma su pueril quilla. Divino

Resto de los ojos de buey y de sus brumas

Es esta estancia entreabierta donde me inclino

Para besar el frío en esos pies helados

De la melancolía. Dime tú, que conoces

Al hombre como todos estos hombres calados

Que se asoman por un caudal de calladas voces

De esas humanidades y toda suerte de pesados

Instrumentos de odio, ¿acaso tú me conoces?

Lejos de los simples oficios del escribano,

Usando el instante del día para ganar

El pan de todos los versos sin precio, ¿tu mano,

Asidero mortal del que salió a buscar

La conciencia, es acaso asidero humano?

 

De puertas cerradas y amores perdidos, suelo

Pintar las hojas inmaculadas y escribir

Paredes que oscurecen de invisible duelo.

Apréstate, pues, a borrar la letra y vivir

Si acaso levantásemos un suntuoso vuelo.

 


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Dominio público
17 págs. / 29 minutos / 104 visitas.

Publicado el 27 de febrero de 2023 por Santiago Fernández Puche.

Las Posadas

José Tomás de Cuéllar


Novela corta


I

En la casa de un corredor de número hay en el patio ochenta tercios robalo, de camarón y bacalao, capaces de asfixiar con sus emanaciones al corredor y á su familia.

Entra un agente de negocios, tapándose las narices, y cuando ha llegado á la asistencia exclama:

—¡Cáspita! ó vendes el pescado, ó no hay posadas, compadre.

—¡Aquí está el compadre! grita un muchacho.

—¡Compadre de mi alma! entra diciendo la mujer del corredor; ¿ya le pegó á usted el constipado?

—No, comadre, el camarón del patio.

—Ya se lo dije d ese.

Ese era su marido; lo avisamos, para que cuando el corredor diga esa, se entienda también que habla de su mujer.

El amor conyugal toma algunas veces la forma de pronombre: lo cual no es clásico, pero es cierto.

—¿Qué hay de posadas, compadre? dice por fin el agente de negocios.

—¡Qué posadas! si no pagan más que á cuatro y medio.

—¿Y qué?

—Que pierdo el dinero.

—Tengo marchante.

—¿Sí? ¿A cómo?

—A seis.

—No, compadre....

—Por vida de usted.

—¿A plazo?

—Estoy trabajando porque aflojen.

—¡Ah! no es casa fuerte.

—Son los gachupines de ahora un año.

—¿Por fin, pagaron?

—Sí.

—En fin, usted sabe.

—Aseguraré la venta.

—Bueno.

—Negocio concluído.

—¿Hay posadas? entra preguntando una polla, que acababa de pintarse de blanco de una manera feroz.

—¿Cuánto me das por la noticia? le preguntó á la polla el agente de negocios.

—Una danza.

—¿Nada más?

—Y un schotish.

—Bueno: pues hay posadas.

La polla se puso de un salto en la pieza contigua, y recorrió en seguida toda la casa, propagando la placentera noticia.

—¿Conque la armamos, nó, compadre?


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Dominio público
17 págs. / 29 minutos / 168 visitas.

Publicado el 21 de septiembre de 2021 por Edu Robsy.

El Perverso Capitán Walshawe de Wauling

Joseph Sheridan Le Fanu


Cuento


I. Peg O’Neill paga las deudas del Capitán

A mi tío, el señor Watson de Haddlestone, le sucedió algo muy extraño; y para que pueda usted entenderlo tendré que empezar por el principio.

En el año 1822, el señor James Walshawe, más conocido como Capitán Walshawe, murió a la edad de ochenta y un años. El Capitán fue en sus primeros tiempos, y lo siguió siendo mientras se lo permitieron la salud y las fuerzas, uno de esos tunantes activos y enredones; pasaba sus días, y sus noches, sembrando promiscuidad y disolución, que por lo visto poseía en cantidad inagotable. La cosecha de ese cultivo iba entremezclada, y en abundancia, con espinos, ortigas y cardos, que picaban desagradablemente a los esposos, y que a él no le enriquecían.

El Capitán Walshawe era muy conocido en la vecindad de Wauling, donde en general solían evitarle. Le daban el nombre de «capitán» por cortesía, pues nunca había alcanzado ese grado en el ejército. Abandonó la milicia en el año 1766, cuando tenía veinticinco años de edad; en el período inmediatamente anterior sus deudas se habían vuelto tan importunas que fue inducido a librarse de ellas escapando y casándose con una heredera.

Aunque ésta no resultó ser tan rica como él había imaginado, demostró ser una muy cómoda inversión para lo que quedaba de sus confundidas inclinaciones; y vivió y disfrutó muchísimo a su antiguo estilo, con las rentas de ella, metiéndose en interminables riñas y escándalos; y en bastantes deudas y problemas financieros.

Cuando se casó estaba viviendo en Irlanda, en Clonmel, y allí, en un pensionado de un convento de monjas residía la señorita O’Neill, o, tal como se la conocía en la comarca, Peg O’Neill: la heredera de la que he hablado.


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17 págs. / 29 minutos / 102 visitas.

Publicado el 26 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

La Aparición Sobre el Cuadrilátero

Robert E. Howard


Cuento


Los lectores de esta revista se acordarán sin duda de Ace Jessel, el gran boxeador negro del que fui mánager hace algunos años. Era un gigante de ébano de un metro noventa y dos centímetros de altura y ciento quince kilos de peso. Se movía con la cómoda ligereza de un gigantesco leopardo y sus músculos de acero ondulaban bajo su brillante piel. Sorprendentemente rápido para un boxeador de su tamaño, tenía una pegada terrible y cada uno de sus enormes puños contenía la potencia de un martillo pilón.

En aquella época yo estaba convencido de que era tan bueno como cualquier otro hombre que pudiera subir a un cuadrilátero... salvo por un defecto capital. Carecía de instinto asesino. Tenía un enorme coraje, como demostró en numerosas ocasiones... pero se contentaba con boxear, las más de las veces, batiendo a sus enemigos por los puntos y lanzando los golpes exactos para no perder el combate.

De vez en cuando, los espectadores le insultaban, pero sus sarcasmos no hacían más que ampliar su jovial sonrisa. Sin embargo, sus combates seguían atrayendo a un público enorme porque, las raras veces que se encontraba en dificultades y se veía obligado a atacar, o cuando se enfrentaba a un peligroso adversario al que tenía forzosamente que dejar K. O. para conseguir la victoria, los espectadores asistían a un verdadero combate que les entusiasmaba de principio a fin. Incluso en aquellas ocasiones, su costumbre era apartarse de su adversario tambaleándose, dejando que el boxeador atontado por los golpes tuviera tiempo para recuperarse y volver al ataque... mientras la multitud aullaba enfurecida y yo me tiraba de los pelos.


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17 págs. / 29 minutos / 64 visitas.

Publicado el 22 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El vicio dominante

Morgan Robertson


Cuento


El misterio del barco ataúd: un barco mercante de aparejo cuadrado que fue hallado con las brazas sueltas, las perchas oscilando sin control y rodando perezosamente en la resaca del mar; un barco recién pintado, pero sin la menor señal de vida a bordo.




Era en los tiempos de la vieja marina de madera, cuando sólo unos pocos de los barcos mayores, fragatas y bergantines-goleta llevaban potencia auxiliar de vapor. Mi barco, un bergantín-goleta artillado, no la tenía. Dependíamos enteramente del viento, de modo que nuestro viaje hacia Sídney fue largo y tedioso, con la inevitable consecuencia de deserciones entre la tripulación. Al disponernos a zarpar rumbo a Shanghái, y hallando dificultades para completar el número reglamentario de hombres, el capitán negoció con las autoridades locales, con el resultado de que unos veinticuatro hombres —todos marineros—, presos por diversos delitos, se enrolaron en la Marina estadounidense como alternativa a cumplir sus condenas, y fueron entregados a bordo. Tras unos días de instrucción encontraron sus puestos, y nos hicimos a la mar.


Eran una partida dura; y, aunque sabíamos que no había entrado licor con ellos, al cabo de pocos días, de dos en dos, o tres o cuatro a la vez, se les hallaba ebrios y se les confinaba en el calabozo. Incluso allí continuaba la borrachera, y se dispuso una estricta guardia para impedir que se les pasasen fluidos desmoralizadores; pero, antes de que el grupo inicial se hubiese despejado, su número había aumentado a doce; y para entonces nos encontrábamos ya cerca del grupo de las Loyalty, donde, a través de un mar bastante calmo, avistamos un mercante de aparejo cuadrado, con las brazas sueltas, las vergas oscilando sin control y rodando perezosamente en la resaca. Al acercarnos, observamos con los anteojos que no había señal de vida a bordo; incluso el timón estaba abandonado.



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17 págs. / 29 minutos / 37 visitas.

Publicado el 17 de enero de 2026 por Fernando Guzmán.

El Rubí Mandarín

Robert E. Howard


Cuento


Nunca olvidaré la noche en la que luché contra Butch Corrigan en el Peaceful Haven, la sala de boxeo de los muelles de Hong Kong. Butch parecía más un gorila que un ser humano, y se comportaba como tal. Fue una noche dura para un marino, incluso para Dennis Dorgan, el campeón del Python. En el tercer asalto me lanzó tal directo a la mandíbula que caí de cara, hundiendo la nariz totalmente en la lona; intentaba desclavarla cuando me salvó la campana. En el cuarto asalto, me echó la cabeza hacia atrás, tan lejos que pude contarme las pecas de la espalda. En el quinto, me tiró por encima de las cuerdas y uno de sus compañeros me rompió una botella en el cráneo mientras intentaba volver al ring. Fue lo del botellazo lo que me puso de mal humor; Butch estaba muy cerca de mí y hundí en su vientre peludo el puño izquierdo hasta el codo para, acto seguido, golpear como si lo hiciera con un mazo su oreja derecha mientras el pobre hombre intentaba incorporarse. Ya estaba medio noqueado a fuerza de machacarle su mandíbula de acero y aquel último golpe, que prácticamente arrancó desde mi talón derecho, le desmoralizó tanto que se fue al suelo y se olvidó de levantarse. Sus acólitos debieron llevársele, con los pies por delante, y arrojarlo a un abrevadero de caballos para que volviera a la vida.


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Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

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