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Lo Mejor de Todo

Henry James


Cuento


I

Cuando después de la muerte de Ashton Doyne —sólo tres meses después— le hicieron a George Withermore eso que suele llamarse una proposición, con respecto a un «volumen», la comunicación le llegó directamente de sus editores, que habían sido también, y la verdad es que mucho más, los del propio Doyne; pero no le sorprendió saber, al celebrarse la entrevista que luego le propusieron, que habían recibido algunas presiones por parte de la viuda de su cliente en cuanto a la publicación de una Vida. Las relaciones de Doyne con su mujer, por lo que sabía Withermore, habían sido un capítulo muy especial, que de paso podría ser también un capítulo muy delicado para el biógrafo; pero, desde los primeros días de su desgracia, había podido apreciarse por parte de la viuda un sentimiento de lo que había perdido, y hasta de lo que había faltado, del que un observador un poco iniciado bien podía esperar que se derivara una actitud de reparación, un apoyo, incluso exagerado, en favor de un nombre distinguido. George Withermore tenía la impresión de estar iniciado; pero lo que no esperaba era oír que le había mencionado a él como la persona en cuyas manos depositaría con más confianza los materiales para el libro.


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16 págs. / 29 minutos / 181 visitas.

Publicado el 2 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Bee Bee

Louisa May Alcott


Cuento


Bee Primero

Aquellas dos niñitas harapientas, que trotaban colina abajo dejando atrás una nube de polvo, no parecían heroínas ni mucho menos. Tenían los pies descalzos, arañados y sucios; las manos rojas por las manchas de fresas, y sus caras pecosas brillaban de calor bajo sus sombreros. Pero Patty y Tilda se disponían a cumplir una buena acción, y absortas en su misión se dirigían presurosas a la estación, donde venderían fresas.

Sus lenguas se movían con tanta rapidez como sus pies, pues aquélla era una gran expedición y las dos estaban muy excitadas al respecto.

—¿No te parecen hermosas? —preguntó Tilda, mientras observaba orgullosa la carga de su hermana al detenerse a cambiar una pesada cesta de un brazo al otro.

—¡Absolutamente deliciosas! Sé que la gente las comprará si no tememos ofrecerlas —asintió Patty, mientras ella también se detenía para acomodar las dos docenas de cestitas de abedul, llenas de grosellas rojas, que llevaba bien arregladas en una bandeja adornada con cornejos escarlatas, siemprevivas blancas y hojas verdes.

—Yo no temeré… Iré sin detenerme y gritaré bien fuerte, ya verás. Tengo que conseguir nuestros libros y botas para el próximo invierno, así que no dejes de pensar qué lindos serán y sigue adelante —dijo la intrépida Tilda, que encabezaba la expedición.

—Date prisa… Quiero tener tiempo para regar los ramilletes, así estarán frescos cuando llegue el tren. Espero que en él vengan muchos niños, que siempre quieren comer, según dice mamá.

—¡Qué malvada fue Elviry Morris al ir a vender al hotel más barato que nosotras, y arruinar así nuestra venta! Sin duda deseará haber pensado en esto cuando le contemos lo que hicimos aquí.


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16 págs. / 29 minutos / 208 visitas.

Publicado el 21 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

La Niña Enamorada

José María de Acosta


Cuento


I

En el patio sevillano, alicatado con azulejos de reflejos metálicos y de pavimento de mármol, todo era zambra y bullicio.

El piano modulaba unas alegres sevillanas, y a sus sones una linda pareja de mocitas lucía su garbo y gentileza con los elegantes y airosos movimientos del clásico baile andaluz.

Muchachas y muchachos pasaban por los corros las bandejas llenas de dulces y pastas, las bateas que sostenían las copas de oloroso jerez, de ambarina manzanilla o los vasos de fresca sangría.

Repiqueteaban las castañuelas, brotaban espontáneas las coplas sentimentales, restallaban los encendidos piropos, y por doquier corría, corría sin tasa, bajo diversas coloraciones, el zumo de las uvas.

Todo era zambra y bullicio en el patio sevillano.

Y, sin embargo, don Miguel Centeno, dueño de la casa y en honor del cual se celebraba la fiesta por ser el día de su santo onomástico, contemplaba melancólicamente el ir y venir de las bellas jóvenes, la algarabía de los chiquillos, el sereno hablar de las graves matronas.

El, tan jaranero y locuaz, con tan justa fama de tenorio, miraba, por primera vez en su vida, con ojos empañados por la tristeza, la alegría de una fiesta. Nunca le sucedió cosa parecida. Siempre fue el más alocado, el más dicharachero, el más bailarín, el más bebedor, el más enamorado, y hoy...

Nunca hasta entonces se le ocurrió reflexionar en que tocaba ya los linderos de la vejez, en que sus cincuenta años, aunque bien conservados, comenzaban a poner nieve en su corazón. ¡Qué insólita tristeza le había acometido inesperadamente! ¿Sería que la primera cana había asomado en su espíritu?


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Dominio público
16 págs. / 29 minutos / 72 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2021 por Edu Robsy.

YO CREÍA QUE ERA ÉL

A. J. BOZINSKY


ficción rara, terror psicológico


1


Recuerdo que estaba en el living leyendo el periódico, esperándolo mientras mi esposa preparaba el almuerzo. Cuando llegó del liceo, le mostré a mi hijo unas revistas amarillentas que aún conservaba. Eran de entre 1960 y 1980, y estábamos casi en el 2000.

—Esto era lo que yo leía a tu edad —el papel estaba áspero, polvoriento, con olor a estar olvidado en una caja de cartón durante años.

Dejó sus útiles, se asomó entre las reliquias con el entrecejo fruncido, y siguió su camino.

—¿Qué? ¿No te interesa?

—Cultura de masas. No es gran cosa. En todas las épocas ha existido. Pan y circo. O, pan et circenses o algo así.

Tuve que insistir varias veces, hasta que aceptó llevárselas al dormitorio, y prometió darles un vistazo cuando terminara con sus tareas. Mi hijo era un buen estudiante, amaba la literatura y la filosofía, aunque a veces era un poco pedante. Pero todos hemos sido jóvenes, y nos hemos creído sabios.

Me olvidé del asunto. A las dos semanas, volvió con la caja de revistas y un voluminoso libro en la mano.

—Hay algo que tienen en común tus revistas de canje y “Las mil y una noches” —dijo sopesando el libro.

—¿En serio?

—Nunca voy a poder terminarlos.

No le había gustado nada de lo visto. Las de ciencia ficción, le parecieron especulaciones absurdas que se desmoronaban ante la evidencia de la actualidad; las bélicas, eran de un patriotismo exagerado, lleno de personajes insensatos; los superhéroes, no cabían en un universo donde no reinara la más indecorosa falta de lógica; las fotonovelas románticas, aparte de que todo era acartonado, podían servir para entender la moralina de una época; la mención especial, era para “Killing”.

—¿De veras leías esto, papá? Si se pueden heredar los traumas, estoy en grave peligro.

—Bueno. Era un poco diabólico. Pero la atmósfera…

—Sí, sí, claro. Y un litro de vino tinto.


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16 págs. / 29 minutos / 49 visitas.

Publicado el 3 de febrero de 2026 por Álvaro Bozinsky.

No Me Cavéis una Tumba

Robert E. Howard


Cuento


El estruendo de mi anticuado aldabón, reverberando tétricamente por toda la casa, me despertó de un sueño inquieto y plagado de pesadillas. Miré por la ventana. Bajo la última luz de la luna, el rostro blanquecino de mi amigo John Conrad me miraba.

—¿Puedo subir, Kirowan? —su voz era temblorosa y tensa.

—¡Por supuesto!

Salté de la cama y me puse un batín mientras le oía entrar por la puerta principal y subir las escaleras.

Un momento después lo tenía delante de mí, y bajo la luz que había encendido vi que sus manos temblaban y noté la palidez antinatural de su cara.

—El viejo John Grimlan ha muerto hace una hora —dijo bruscamente.

—¿Sí? No tenía idea de que estuviera enfermo.

—Ha sido un ataque repentino y virulento de naturaleza singular, una especie de acceso en cierto modo parecido a la epilepsia. Los últimos años había sufrido este tipo de crisis, ¿sabes?

Asentí. Algo sabía del viejo ermitaño que había vivido en la gran casa oscura en lo alto de la colina; de hecho, había sido testigo de uno de sus extraños ataques, y me horrorizaron las convulsiones, los aullidos y los gimoteos del desdichado, que se retorcía sobre el suelo como una serpiente herida, mascullando terribles maldiciones y negras blasfemias hasta que su voz se quebró en un chillido sin palabras que regó sus labios de espuma. Al ver esto, comprendí por qué la gente de épocas antiguas consideraba a semejantes víctimas como hombres poseídos por demonios.


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16 págs. / 29 minutos / 205 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Ión o de la Poesía

Platón


Filosofía, tratado


Sócrates: ¡Júpiter te salve Ion!. ¿De dónde vienes hoy? ¿De tu casa de Efeso?

Ion: Nada de eso, Sócrates; vengo de Epidauro y de los juegos de Esculapio.

Sócrates: ¿Los de Epidauro han instituido en honor de su Dios un combate de rapsodistas?

Ion: Así es, y de todas las demás partes de la música.

Sócrates: Y bien, ¿has diputado el premio? ¿cómo has salido?

Ion: He conseguido el primer premio, Sócrates.

Sócrates: Me alegro y animo, porque es preciso tratar de salir vencedor también en las fiestas Panateneas.

Ion: Así lo espero, si Dios quiere.

Sócrates: Muchas veces, mi querido Ion, os he tenido envidia a los que sois rapsodistas, a causa de vuestra profesión. Es, en efecto, materia de envidia la ventaja que ofrece el veros aparecer siempre ricamente vestidos en los más espléndidos saraos, y al mismo tiempo el veros precisados a hacer un estudio continuo de una multitud de excelentes poetas, principalmente de Homero, el más grande y más divino de todos, y no sólo aprender los versos, sino también penetrar su sentido. Porque jamás será buen rapsodista el que no tenga conocimiento de las palabras del poeta, puesto que para los que le escuchan, es el intérprete del pensamiento de aquél; función que le es imposible desempeñar, si no sabe lo que el poeta ha querido decir. Y, todo esto es muy de envidiar.

Ion: Dices verdad, Sócrates. Es la parte de mi arte que me ha costado más trabajo, pero me lisonjeo de explicar a Homero mejor que nadie. Ni Metrodoro de Lampsaco, ni Stesimbroto de Taso, ni Glaucón, ni ninguno de cuantos han existido hasta ahora, está en posición de decir sobre Homero tanto, ni cosas tan bellas, como yo.

Sócrates: Me encantas, Ion, tanto más, cuanto que no podrás rehusarme el demostrar tu ciencia.


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Dominio público
16 págs. / 29 minutos / 2.015 visitas.

Publicado el 3 de junio de 2016 por Edu Robsy.

La Raza Perdida

Robert E. Howard


Cuento


Cororuc examinó lo que le rodeaba y apresuró el paso. No era un cobarde, pero el lugar no le gustaba. Altos árboles se alzaban a su alrededor, sus ramas taciturnas bloqueando la luz del sol. El oscuro sendero entraba y salía entre ellos, a veces rodeando el borde de un precipicio, donde Cororuc podía contemplar las copas de los arboles más abajo. Ocasionalmente, a través de un claro en el bosque, podía ver a lo lejos las formidables montañas que dejaban presentir las cordilleras mucho más lejanas, al oeste, que constituían las montañas de Cornualles.

En esas montañas se suponía que acechaba el jefe de los bandidos, Buruc el Cruel, para caer sobre las víctimas que pudieran pasar por ese camino. Cororuc aferró su lanza y avivó la zancada. Su premura no se debía sólo a la amenaza de los forajidos, sino también al hecho de que deseaba hallarse de nuevo en su tierra nativa. Había estado en una misión secreta entre los salvajes tribeños de Cornish; y aunque había tenido cierto éxito, estaba impaciente por encontrarse fuera de su poco hospitalario país. Había sido un viaje largo y agotador, y aún tenía que atravesar toda Inglaterra. Lanzó una mirada de aversión a los alrededores. Sentía nostalgia de los agradables bosques a los que estaba acostumbrado, con sus ciervos huidizos y sus pájaros gorjeantes. Anhelaba el alto acantilado blanco, donde el mar azul chapaleaba animadamente. El bosque que estaba cruzando parecía deshabitado. No había pájaros ni animales; y tampoco había visto señal alguna de viviendas humanas.

Sus camaradas permanecían aún en la salvaje corte del rey de Cornish, disfrutando de su tosca hospitalidad, sin ninguna prisa por marcharse. Pero Cororuc no estaba contento. Por eso les había dejado seguir su capricho y se había marchado solo.


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16 págs. / 29 minutos / 110 visitas.

Publicado el 16 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Los Buenos Muchachos

José María de Pereda


Cuento


I

Lector, cualquiera que tú seas, con tal que procedas de uno de esos que llamamos centros civilizados, me atrevo a asegurar que estás cansado de codearte con los personajes de mi cuento.

Así y todo, pudiera suceder que no bastase el rótulo antecedente para que desde luego sepas de qué gente se trata; pues aunque ciertas cosas son en el fondo idénticas en todas partes, varían en el nombre y en algunos accidentes exteriores, según las exigencias de la localidad en que existen.

Teniendo esto en cuenta, voy a presentarte esos chicos definidos por sí mismos.

—«Yo soy un hombre muy tolerante; dejo a todo el mundo vivir a su gusto; respeto los de cada uno; no tengo pretensiones de ninguna clase; me amoldo a todos los caracteres; hago al prójimo el bien que puedo, y me consagro al desempeño de mis obligaciones».

Esta definición ya es algo; pero como quiera que la inmodestia es un detalle bastante común en la humanidad, pudiera aquélla, por demasiado genérica, no precisar bien el asunto a que me dirijo.

Declaro, aun a riesgo de perder la fama de buen muchacho, si es que, por desgracia, la tengo entre algunos de los que me leen, que soy un tanto aprensivo y malicioso en cuanto se trata de gentes que alardean de virtuosas.

Esta suspicacia que, de escarmentado, a más de montañés, poseo, es la causa de que los llamados por ahí «buenos muchachos» hayan sido repetidas veces, para mí, objeto de un detenido estudio. Por consiguiente, me encuentro en aptitud de ser, en datos y definiciones, tan pródigo como sea necesario hasta que aparezca con todos sus pelos y señales lo que tratamos de definir.


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16 págs. / 29 minutos / 81 visitas.

Publicado el 18 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

CHUPACORRIENTES

A. J. BOZINSKY


ficción extraña, autor independiente


CHUPACORRIENTES

 

 

 

 

 

 

A. J. BOZINSKY

 

 

 

Traducción al inglés a cargo de

Isabel Montesanto

(https://dulceye.neocities.org)

 

 

 

 

Obra bajo licencia Creative Commons.  BY. NC. ND.

 

 

 

 


 

CHUPACORRIENTES

 

En las casas antiguas, los contadores de corriente eléctrica estaban instalados dentro del hogar. Esto daba lugar a que ocurrieran diversos tipos de irregularidades, que más tarde se evitaron recurriendo a la instalación exterior. Si se observa bien, este caso resultará feliz, debido a tan singular detalle… Aunque debiera corregirme, porque en realidad se trata de un triste feliz final.

Edberto escuchaba su radio transistorizada, ubicada sobre la mesa de trabajo que había pertenecido a su abuelo, quien en vida fuera de profesión sastre y de vocación poca para el trabajo, heredada con plenitud por Edberto, junto a un par de tijeras de excelente metal, géneros e hilos de muy buena calidad, libros de caja con manchas de hongo, una docena de revistas de sexología, herramientas de madera cuyo uso desconocía, varias antiguallas, y la radio que, en ese instante y sin su funda de cuero, transmitía en amplitud modulada información de primer momento.

Ora la voz gangosa de una asmática, ora la voz medio atiplada y medio falsete de un mequetrefe, alertaban sobre las enigmáticas muertes por electrocución, que hacía dos semanas se incrementaban, dejando sin respuestas a la policía y a los técnicos de la compañía eléctrica.

—Raro —dijo Edberto—. Pero más raro son los niños con cola.


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Publicado el 28 de marzo de 2025 por Álvaro Bozinsky.

La Educación de la Mujer

Concepción Arenal


Ensayo


Capítulo 1. Relaciones y diferencias entre la educación de la mujer y la del hombre

Nos fijaremos bien en la diferencia que hay entre educación e instrucción. Un hombre puede ser muy instruido y estar muy mal educado, y estar muy bien educado y no ser muy instruido.

Esto nos indica que si la educación no debe prescindir de la inteligencia, no se dirige exclusivamente a ella, sino a todas las facultades que constituyen el hombre moral y social; a los impulsos perturbadores para contenerlos, a los armónicos para fortificarlos, a la conciencia para el cumplimiento del deber, a la dignidad para reclamar el derecho, a la bondad para que no se apure contra los desventurados. La educación procura formar el carácter, hacer del sujeto una persona con cualidades esenciales generales, de que no podrá prescindir nunca y necesitará siempre si ha de ser como debe. Al educador del joven no le importa saber si el educando será un día militar o magistrado, ingeniero o albañil; su misión es formar un hombre recto, firme y benévolo, y que lo sea constantemente en la posición social que le depare la suerte o él se conquiste; cualquiera que sea, su firmeza, su rectitud y su benevolencia son indispensables, si ha de conducirse bien, al frente de un regimiento o presidiendo un tribunal. Los accidentes, las exterioridades, las apariencias, podrán variar; pero las condiciones esenciales que la educación perfecciona son las mismas, cualquiera que sea la posición social del que las tiene.


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16 págs. / 29 minutos / 1.168 visitas.

Publicado el 15 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

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