Era una noche de enero, calurosa y sin estrellas. El cielo estaba
cargado de sofocantes vapores, y ni la más tenue ráfaga de brisa venía a
refrescar la atmósfera, abrasada por el sol de un largo día.
En las sombras revueltas del camino que conduce de la Magdalena a la
portada de Juan Simón, corría un jinete montado en un brioso caballo
negro.
El noble corcel parecía comprender la impaciencia de su dueño, y
devoraba el espacio en fogoso galope. Sin embargo, a estar dotado de
reflexión, habríale asombrado el encontrarse corriendo a esa hora, él,
habituado a reposar hasta el mediar de la noche en una fresca pesebrera,
cercada de rosales, tapizada de sabrosa yerba, y acariciado por una
blanca manita, en cuya palma comía bizcochos exquisitos.
¿Por qué aquella noche le había faltado todo eso? ¿Por qué había
cólera en el movimiento de la brida que lo conducía? Y lo que era peor
aun, ¿por qué inusitados golpes de acicate, venían de vez en cuando a
lastimar sus lucientes ijares?
Todo esto habría podido explicar la expresión pintada en el semblante
del nocturno caballero, su frente, ora cubierta de mortal palidez, ora
encendida con el rubor de la indignación; su sonrisa, que él habría
querido tornar irónica y que era solo dolorosa.
El valiente potro, siempre, aguijoneado por la inmerecida espuela,
cruzó como una exhalación las calles de Lima, flanqueó la plazoleta del
teatro, espléndidamente iluminada para una función de beneficio, y entró
en una de las más bellas casas de Valladolid.
Al echar pie a tierra, su amo, que lo cuidaba con el anhelo cariñoso
de un árabe, apartose de él con despego abandonándolo en manos de un
criado, sin darle siquiera una mirada; y taciturno, sombrío, atravesó el
patio y se dirigió al principal.
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