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Kirilka

Máximo Gorki


Cuento


… Cuando el carruaje salió rodando del bosque al lindero, Isái se levantó ligeramente sobre el pescante, estiró el cuello, miró a lo lejos y dijo:

—¡Diablos, parece que se mueve!

—¿Y bien?

—Y a derecho… como si avanzara…

—¡Arrea rápido!

—¡A-ay tú, mer-rmeladota!

El animal, pequeñito y rechoncho, con orejas de asno y pelo de perro maltés, en respuesta al golpe de látigo que recibió en la grupa saltó a un lado del camino, se paró y moviendo las patas en el sitio, comenzó a balancear la cabeza ofendido.

—¡A-arre, ya te enseñaré yo! —gritó Isái, tirando de las riendas.

El salmista Isái Miakínnikov era un hombre deforme, de cuarenta años de edad. En la mejilla izquierda y bajo la barbilla le crecía barba roja, pero en la derecha le había crecido un enorme tumor que le cerraba el ojo y le caía como un saco arrugado sobre el hombro. Borracho impenitente, filósofo pasable y burlón, me llevaba a ver a su hermano, amigo mío, maestro de pueblo, que se estaba muriendo a causa de la tisis. En cinco horas no habíamos avanzado ni veinte verstas, porque el camino era malo y porque el estrambótico animal que nos llevaba tenía mal carácter. Isái lo llamaba shishiga, moledor, mortero, y otros nombres raros, dándose la circunstancia de que todos ellos le iban igual a este caballo, subrayando con exactitud uno u otro rasgo de su apariencia y carácter. También entre la gente se encuentran con frecuencia seres así de complicados a los que va bien cualquier nombre menos el de persona.


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Publicado el 11 de abril de 2018 por Edu Robsy.

El Molino del Galgo

Eduardo Acevedo Díaz


Cuento


Muchos lo recordarán. Era un molino de viento; gran cilindro de material terminado no por un casquete precisamente, sino por un cono aplanado de madera, semejante en su forma y color a las casquillas ásperas y tostadas de criar abejas reinas, estilo de colmeneros, y que a su vez tenía por remate, coronamiento y veleta, un galgo de hierro con sus pies en el vacío y la cola encorvada, todo pintado de negro y los ojos blancos. A juzgar por el símbolo, debe suponerse que el establecimiento no era mediocre, y sí muy superior a todo molinete o molinejo que en los contornos presumiese de muy activo y acelerado en materia de molienda. No poco de verdad había al respecto. La molinería era escasa y la industria se resentía forzosamente de esta deficiencia. Se estaba al tiempo, y a la calidad y cantidad de la materia prima. De los molinos molondros podía llamarse este el rey, aunque como los demás de su categoría dependiese siempre de los caprichos del viento. Harineros eran todos; que arroceros o de chocolates, o de aceites o de papel, nunca han sido conocidos, lo que da una idea del estado floreciente de la industria molinera entre nosotros. Y pues que el del Galgo era de viento, tenía desde luego, en lugar de rodeznos, unas aspas enormes, bien afirmadas y fijas en la extremidad exterior del eje de una de las ruedas del artificio, al aire libre, para que la moviesen las ráfagas fuertes e hicieran funcionar todo el mecanismo.

Ocupaba el punto céntrico de un dilatado terreno llano que circundaban sensibles lomas a todos los rumbos. Los contornos eran agrestes y tristes. Allá en el fondo, a la parte del levante, se divisaba el mar como una línea azul y a veces algunas blancas velas parecidas a gaviotas vagabundas; a un flanco, en pintoresca zona, las quintas de Basáñez y de los horneros llenas de verdes boscajes y árboles frutales; y al norte la plaza de toros, con su aspecto de Spoliarium rebajado.


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Publicado el 8 de agosto de 2024 por Edu Robsy.

El Pájaro en la Nieve

Armando Palacio Valdés


Cuento


Era ciego de nacimiento. Le habían enseñado lo único que los ciegos suelen aprender, la música; y fue en este arte muy aventajado. Su madre murió pocos años después de darle la vida; su padre, músico mayor de un regimiento, hacía un año solamente. Tenía un hermano en América que no daba cuenta de sí; sin embargo, sabía por referencias que estaba casado, que tenía dos niños muy hermosos y ocupaba buena posición. El padre indignado, mientras vivió, de la ingratitud del hijo, no quería oír su nombre; pero el ciego le guardaba todavía mucho cariño; no podía menos de recordar que aquel hermano, mayor que él, había sido su sostén en la niñez, el defensor de su debilidad contra los ataques de los demás chicos, y que siempre le hablaba con dulzura. La voz de Santiago, al entrar por la mañana en su cuarto diciendo: «¡Hola, Juanito! arriba, hombre, no duermas tanto,» sonaba en los oídos del ciego más grata y armoniosa que las teclas del piano y las cuerdas del violín. ¿Cómo se había trasformado en malo aquel corazón tan bueno? Juan no podía persuadirse de ello, y le buscaba un millón de disculpas: unas veces achacaba la falta al correo; otras se le figuraba que su hermano no quería escribir hasta que pudiera mandar mucho dinero; otras pensaba que iba a darles una sorpresa el mejor día presentándose cargado de millones en el modesto entresuelo que habitaban: pero ninguna de estas imaginaciones se atrevía a comunicar a su padre: únicamente cuando éste, exasperado, lanzaba algún amargo apóstrofe contra el hijo ausente, se atrevía a decirle: «No se desespere V., padre; Santiago es bueno; me da el corazón que ha de escribir uno de estos días.»


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Publicado el 21 de septiembre de 2017 por Edu Robsy.

El Maestrín

José Zahonero


Cuento


I

El sol, el hermoso y espléndido sol, iluminaba con brillo y magnificencia; era aquella la más bella mañana de Mayo. La luz prestaba visos de raso á los espesos campos de trigo, altos ya y verdes aún, vigorizaba los indecisos colores de la tierra, teñía de bronce oscuro y férreo morado los montes, hacía saltar vivo centelleo de las fuentecillas y riachuelos y en ondas y cintas de fuego, chispas y deslumbradores reflejos, caían sus rayos sobre las tersas aguas de la bahía.

Margarita miraba con alborozo infantil aquella bailadora superficie, aquel mar claro y terso sobre el cual resaltaban inmóviles los buques, de modo que hubiera podido decirse que, en vez de anclas, habían echado cimientos, convirtiéndose en casas ó que aprovechaban aquella dulce paz para reposar de sus viajes y de sus combates con las tempestades; veíanse los cascos oscuros, las arboladuras rectas, sin que por unos ó por otras se indicasen la menor ondulación ni el menor vaivén. Cuando por acaso viraban, hacíanlo tan imperceptiblemente como cambia de postura quien duerme sueño tranquilo y profundo. El viento, muy suave, volvía sus proas.

Como los pajarillos, van de un vuelo de esta á la otra rama, pero sin salir á cortar largo espacio bajo aquel sol ardiente, iban los botes y lanchas de uno á otro navio.

Margarita tenía echada la cortina blanca de listones azules sobre su balcón, y en él cosía mirando y remirando por debajo de la cortina al puerto y al muelle.

En este, un bullicioso desconcierto de voces de niños alegraba el alma. Eran los que producían aquel bullicio, pilluelos de la playa, diablos del mar de los que se revuelcan y saltan por la arena, rebuscan sus conchas y caracolillos; pescan mariscos en las ásperas rocas, se zambullen al fondo como buzos y nadan como peces.


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Publicado el 17 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

Juicio por Asesinato

Charles Dickens


Cuento


He observado siempre el predominio de una falta de valor, incluso entre personas de cultura e inteligencia superiores, para hablar de las experiencias psicológicas propias cuando éstas han sido de un tipo extraño. Casi todos los hombres tienen miedo de que las historias de este tipo que puedan contar no encuentren paralelo o respuesta en la vida interior de quien les oye, y, por tanto, sospechen o se rían de ellos. Un viajero sincero que hubiera visto un animal extraordinario parecido a una serpiente marina no tendría miedo alguno a mencionarlo; pero si ese mismo viajero hubiera tenido algún presentimiento singular, un impulso, un pensamiento caprichoso, una (supuesta) visión, un sueño o cualquier otra impresión mental notable, se lo pensaría mucho antes de mencionarlo. Atribuyo en gran parte a esa reticencia la oscuridad en la que se encuentran implicados estos temas. No comunicamos habitualmente nuestra experiencia de estas cosas subjetivas lo mismo que lo hacemos con nuestras experiencias de la creación objetiva. Como consecuencia, la experiencia general a este respecto parece algo excepcional, y realmente es así por cuanto es lamentablemente imperfecta.


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Publicado el 16 de junio de 2016 por Edu Robsy.

La Doble y Única Mujer

Pablo Palacio


Cuento


(Ha sido preciso que me adapte a una serie de expresiones difíciles que sólo puedo emplear yo, en mi caso particular. Son necesarias para explicar mis actitudes intelectuales y mis conformaciones naturales, que se presentan de manera extraordinaria, excepcionalmente, al revés de lo que sucede en la mayoría de los «animales que ríen»).

Mi espalda, mi atrás, es, si nadie se opone, mi pecho de ella. Mi vientre está contrapuesto a mi vientre de ella. Tengo dos cabezas, cuatro brazos, cuatro senos, cuatro piernas, y me han dicho que mis columnas vertebrales, dos hasta la altura de los omóplatos, se unen allí para seguir —robustecida— hasta la región coxígea.

Yo-primera soy menor que yo-segunda.

(Aquí me permito, insistiendo en la aclaración hecha previamente, pedir perdón por todas las incorrecciones que cometeré. Incorrecciones que elevo a la consideración de los gramáticos con el objeto de que se sirvan modificar, para los posibles casos en que pueda repetirse el fenómeno, la muletilla de los pronombres personales, la conjugación de los verbos, los adjetivos posesivos y demostrativos, etc., todo en su parte pertinente. Creo que no está demás, asimismo, hacer extensiva esta petición a los moralistas, en el sentido de que se molesten alargando un poquito su moral y que me cubran y que me perdonen por el cúmulo de inconveniencias atadas naturalmente a ciertos procedimientos que traen consigo las posiciones características que ocupo entre los seres únicos).


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Publicado el 29 de febrero de 2024 por Edu Robsy.

El Albino

Gustav Meyrink


Cuento


I

—Aún sesenta minutos… hasta la medianoche —dijo Ariost y se sacó la delgada pipa holandesa de la boca—. El de allí —y señaló un retrato oscuro en la pared, de color marrón por el humo, cuyos rasgos apenas eran reconocibles— fue Gran Maestre hace cien años menos sesenta minutos.

—¿Y cuándo se disolvió nuestra Orden? Quiero decir, ¿cuándo degeneramos en compañeros de taberna, como lo somos ahora? —preguntó una voz oculta por el denso humo de tabaco que llenaba la antigua sala.

Ariost acarició su larga barba blanca, llevó luego la mano, dubitativo, a la golilla y, por último, a su sotana de seda.

—Debió suceder en los últimos decenios… tal vez… ocurrió poco a poco.

—Has tocado una herida que tiene en el corazón, Fortunato —susurró Baal Schem, el Archicensor de la Orden con los atavíos de los rabinos medievales, y se acercó a la mesa desde la oscuridad de un nicho de ventana—. ¡Habla de otra cosa! —y en voz alta continuó:

»¿Cómo se llamaba este Gran Maestre en la vida profana?

—Conde Ferdinand Paradies —respondió rápidamente alguien situado junto a Ariost, introduciéndose, comprensivo, en la conversación—, sí, eran nombres ilustres los de aquellos años, y antes también. Los condes Spork, Norbert Wrbna, Wenzel Kaiserstein, el poeta Ferdinand van der Roxas. Todos ellos celebraban el «Ghonsla», el rito de la logia de los «hermanos asiáticos», en el viejo jardín de Angelus, donde ahora está la ciudad. Inspirados por el espíritu de Petrarca y de Cola Rienzos, que también eran nuestros hermanos.

—Así es. En el jardín de Angelus. Llamado así por Angelus de Florencia, el médico personal del emperador Carlos IV, que dio asilo a Rienzo hasta que lo entregaron al Papa —intervino excitado Ismael Gneiting.


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Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Quico el Sapo

Emilio Bobadilla


Cuento


I

El gran entretenimiento de aquel pueblecillo de pescadores, perdido entre montañas abruptas, bajo un cielo de añil, era Quico el Sapo. En las noches de invierno los marineros se divertían emborrachándole. Entre ellos, uno, á quien apodaban el Oso, por lo velludo y fornido, llevaba en ocasiones la broma hasta darle vino con orines, que Quico apuraba tan campante. Una vez á medios pelos, le toreaban á su antojo.

—Vamos, Quico, cuéntanos lo que te pasó con la Perfleuta la otra noche.

Quico, limpiándose la boca con el dorso de la mano y sonriendo picarescamente con sus ojos saltones de sapo, que nadaban en lágrimas pitarrosas, empezaba tartamudeando, como solía, su relato. Los marineros se agrupaban en torno suyo, en pie algunos, otros á la turca ó encaramados sobre el mostrador de la taberna, refocilándose de antemano con las picardihuelas del borrachín.

—La Perfleuta me dijo:—«Quico, sién... siéntate en mis... mis pi... pi... piernas.»—Y tú ¿qué hiciste?—Pus... pus me... me senté.—¿Y luego?—Pus... pus la... la besé.—¿Dónde?—En la... la bo... boca.—¡Ah, granuja!—Y soltaban el trapo á reír, entre exclamaciones y votos.

La Perfleuta, como la llamaban, era una ventera de más de sesenta años; desdentada, con una tripa de preñada crónica. Generalmente se la veía sentada á la puerta, zurciendo medias de lana ó echando de comer á un cerdo rubio, su compañero fiel que, con las orejas gachas y el hocico embarrado, la seguía por todas partes gruñendo.

La venta estaba fuera del pueblo, lindando con la carretera. Se componía de un mostrador y un armario en cuyos anaqueles había vasijas de barro, abarcas, grandes trozos de cecina, rollos de bramante, zuecos y frascos medio vacíos.


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Publicado el 14 de septiembre de 2021 por Edu Robsy.

Dentro de un Siglo

Pedro Muñoz Seca


Teatro, comedia


Acto único

Una lujosa tienda de calzados. Puerta de entrada en el primer término del lateral izquierda. Escaparate en el resto de este lateral. En el foro, anaquelería, rematada por el letrero siguiente:


¡¡EUREKA!!
ZAPATERÍA COMUNISTA
CASA FUNDADA EN 1901
Y REFORMADA EN EL AÑO 2021


En el lateral derecha, dos puertas que simulan conducir a restantes departamentos de la tienda. Entre estas dos puertas, un mostrador. Divanes, butacas, sillas, etc., etc., completan la decoración. Es de día. La acción en Madrid dentro de un siglo.

(Al levantarse el telón, el duque de Albaida, criado de la zapatería, limpia el polvo con un plumero, al mismo tiempo que canta un trozo de «Manón». El duque frisa en los cincuenta años; viste blusa y calza alpargatas; pero en sus ademanes, en su cabeza archipeinada, en su monóculo, etc., etc., revela que es grande de España.)

Duque.—Bien; esto ya es un ascua. Ahora barreré ahí dentro.

Marcelino (entra en escena por la primera puerta, de la derecha. Es un tío ordinariote, de bigote muy ancho y muy negro, algo de tufos y un rizo muy chulón sobre la frente. Viste de levita y lleva todas las joyas que puede y le caben).—Hola, duque.

Duque.—A sus órdenes, señor don Marcelino.

Marcelino.—¿No han venido aún los oficiales? (Mira su reloj de bolsillo y los dos relojes de pulsera, porque usa uno en cada mano.)

Duque.—No, señor. Como asistieron anoche al baile que hubo en la Embajada rusa, se habrán pasado bailando hasta el alba...


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Publicado el 2 de abril de 2021 por Edu Robsy.

Uno de los Desaparecidos

Ambrose Bierce


Cuento


Jerome Searing, soldado raso del ejército del general Sherman, que entonces combatía al enemigo en Kermesaw Mountain, Georgia, dio la espalda al pequeño grupo de oficiales con los que había estado conversando en voz baja, atravesó una estrecha franja de trincheras y desapareció en el bosque. Ninguno de los hombres alineados tras las trincheras le dijo una palabra, y apenas él les dirigió un movimiento de cabeza al pasar, pero todos los que lo vieron comprendieron que a aquel valiente acababan de confiarle una misión peligrosa. Jerome Searing, aunque era soldado raso, no servía en las filas; por razones de servicio estaba destacado en el cuartel general de la división, y en las listas figuraba como asistente. «Asistente» es una palabra que comprende multitud de obligaciones. Un asistente puede ser un mensajero, un oficinista, el criado de un oficial... cualquier cosa. Puede realizar servicios que no están previstos en las instrucciones y reglamentaciones militares. Su naturaleza puede depender de las aptitudes del asistente, del favor de otros o de la mera casualidad. El soldado Searing, un incomparable tirador, joven, fuerte, inteligente e insensible al miedo, era explorador. Al general que comandaba su división no le satisfacía obedecer ciegamente las órdenes, sin saber qué era lo que había frente a sus tropas, incluso cuando éstas no se hallaban destacadas en servicio y sólo formaban una fracción del ejército en línea; ni le agradaba recibir la información por sus vis—á—vis a través de los canales acostumbrados, Quería saber más de lo que le informaban los mandos del ejército y los choques entre los destacamentos y los tiradores. Para ello estaba Jerome Searing, con su audacia extraordinaria, su conocimiento del bosque, sus observadores ojos y su veracidad en el relato.


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14 págs. / 25 minutos / 79 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2016 por Edu Robsy.

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