Textos más largos | pág. 342

Mostrando 3411 a 3420 de 8.911 textos.


Buscador de títulos

340341342343344

La Venganza de Cisco Kid

O. Henry


Cuento


Cisco Kid había matado a seis hombres en pendencias más o menos honestas, había asesinado a dos mexicanos, y había dejado inútiles a otros muchos, a los cuales, modestamente, no se preocupó en contar. Por consiguiente, una mujer lo amaba.

Cisco Kid tenía veinticinco años y aparentaba veinte; y una compañía de seguros celosa de su dinero hubiera calculado la probable fecha de su muerte fijándola alrededor de los veintiséis años. Se movía en una zona situada entre el Frío y el Río Grande. Mataba por afición… porque estaba de mal humor… para evitar que lo detuvieran… para divertirse… Había escapado de la captura porque podía disparar ocho décimas de segundo antes que cualquier sheriff o ranger de servicio, y porque montaba un caballo ruano que conocía al dedillo todas las vueltas y revueltas de los caminos, incluso de los de cabras, desde San Antonio a Matamoras.

Tonia Pérez, la muchacha que amaba a Cisco Kid, era medio Carmen, medio Madona, y el resto —¡Oh, sí! Una mujer que es medio Carmen y medio Madona puede ser siempre algo más—, el resto era colibrí. Vivía en un jacal con techo de ramas cerca de un pequeño poblado mexicano en el Lone Wolf Crossing, del Frío. Con ella vivía un padre o abuelo, un descendiente de los aztecas, que tenía por lo menos mil años, pastoreaba un centenar de cabras y se pasaba la mayor parte del tiempo borracho, por culpa del mescal. Detrás del jacal se extendía un inmenso bosque. A través de su espinosa espesura, el ruano llevaba a Kid a visitar a su novia. Y en cierta ocasión, trepando como una lagartija hasta el tejado de ramas, Kid había oído a Tonia, con su rostro de Madona y su belleza de Carmen y su alma de colibrí, hablar con el sheriff, negando conocer a su hombre en su dulce mezcolanza de inglés y castellano.


Información texto

Protegido por copyright
13 págs. / 23 minutos / 98 visitas.

Publicado el 20 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Pequeño Gulliver

Louisa May Alcott


Cuento infantil


Casi en lo más alto del faro vivía el pequeño Davy, junto al viejo Dan, el farero. La mayoría de los muchachos de los alrededores, habría encontrado aquella vida muy solitaria, pero Davy contaba con tres buenos amigos, y se sentía tan feliz con ellos como largos eran sus días. Uno de los amigos de Davy era el gran quinqué de la lámpara del faro, que era encendido a la puesta de sol, y se mantenía ardiendo durante toda la noche, para guiar a los barcos hasta la bocana del puerto. Para Dan no era más que una lámpara; pero al chico le parecía ésta un ser vivo, y la amaba y cuidaba fielmente. Cada día ayudaba al viejo Dan a recortar la gran mecha, a pulir los reflectores de bronce, y a lavar el farol de cristal que protegía la llama. Y cada noche subía a verla encendida, e invariablemente se dormía con este pensamiento: «No importa cuán oscura o desapacible sea la noche, mi buen Resplandor guiará a los barcos que pasan, y arderá sin descanso hasta el alba».

El segundo amigo de Davy era Nep, el perro Terranova que, procedente de un naufragio, fue un buen día arrastrado hasta la orilla, sin que haya salido de la isla desde entonces. Nep era grande y robusto, pero tenía un corazón tan noble y fiel, que nadie podía mirar sus ojos castaños y no confiar en él. El animal seguía los pasos de Davy durante todo el día; dormía a sus pies toda la noche; y más de una vez había salvado la vida del chico, cuando éste cayó entre las rocas o quedó atrapado por la creciente del mar.


Información texto

Protegido por copyright
13 págs. / 23 minutos / 106 visitas.

Publicado el 23 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Inmortal

Francisco A. Baldarena


cuento


1 


EL VELORIO 


Aníbal Pérez tendría unos cinco o seis años, cuando le agarró un miedo terrible a la muerte. Todo se originó el día que su tío Manuel murió y al pobrecito de Aníbal le hicieron besar al muerto, frío como el mármol. Como su abuela, que lo criaba, no tuvo con quien dejarlo, se lo llevó al velorio con ella. Además del beso al muerto, que fue como darle un beso a la misma muerte, la parentela se pasó toda la noche entre accesos de llanto —de los lastimosos y de los histéricos—, quejidos moribundos y lúgubres lamentaciones. ¡Y todo alumbrado a trémula luz de velas! Con lo que Aníbal, todavía tuvo que vérselas con siniestras sombras fantasmales, moviéndose temblorosas sobre las paredes grises del living donde velaban al pariente. Y para terminar de completar el trauma, al otro día se lo llevaron al cementerio bajo una lluvia fina que, caprichosamente, se le había antojado caer justo esa mañana. El aterrado Aníbal, como una garrapata, no soltaba la falda de su abuela ni para ir al baño. Y la cosa no paró por ahí: de yapa, pesadillas aterradoras lo persiguieron durante casi un mes. 


2 


CATALEPSIA 



Leer / Descargar texto

Creative Commons
13 págs. / 23 minutos / 589 visitas.

Publicado el 8 de julio de 2021 por Francisco A. Baldarena .

La Intolerancia

José María de Pereda


Cuento


Al señor don Sinforoso Quintanilla

Bien saben los que a usted y a mí nos conocen, que de este pecado no tenemos, gracias a Dios, que arrepentirnos.

No van, pues, conmigo ni con usted los presentes Rasguños, aunque mi pluma los trace y a usted se los dedique; ni van tampoco con los que tengan, en el particular, la conciencia menos tranquila que la nuestra, porque los pecadores de este jaez ni se arrepienten ni se enmiendan; además de que a mí no me da el naipe para convertir infieles. Son, por tanto, las presentes líneas, un inofensivo desahogo entre usted y yo, en el seno de la intimidad y bajo la mayor reserva. Vamos, como quien dice, a echar un párrafo, en confianza, en este rinconcito del libro, como pudiéramos echarle dando un paseo por las soledades de Puerto-Chico a las altas horas de la noche. El asunto no es de transcendencia; pero sí de perenne actualidad, como ahora se dice, y se presta, como ningún otro, a la salsa de una murmuración lícita, sin ofensa para nadie, como las que a usted le gustan, y de cuya rayano pasa aunque le desuellen vivo.

Ya sabe usted, por lo que nos cuentan los que de allá vienen, lo que se llama en la Isla de Cuba un ¡ataja! Un quidam toma de una tienda un pañuelo... o una oblea; le sorprende el tendero, huye el delincuente, sale aquél tras éste, plántase en la acera, y grita ¡ataja!, y de la tienda inmediata, y de todas las demás, por cuyos frentes va pasando a escape el fugitivo, le salen al encuentro banquetas, palos, pesas, ladrillos y cuanto Dios o el arte formaron de más duro y contundente. El atajado así, según su estrella, muere, unas veces en el acto, y otras al día siguiente, o sale con vida del apuro; pero, por bien que le vaya en él, no se libra de una tunda que le balda.


Leer / Descargar texto

Dominio público
13 págs. / 23 minutos / 49 visitas.

Publicado el 18 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

La Matanza de los Zánganos

Armando Palacio Valdés


Cuento


I

Vivían mis primas en el fondo del valle: su casa estaba situada en una meseta de la colina, a trescientos pasos del camino. Por detrás se elevaba un gran bosque de castaños y robles: por delante descendía una hermosa huerta bien provista de frutales, y después una vasta pomarada cuya cerca de piedra servía de linde al camino.

¡Pobres chicas! La Providencia les había dotado de un rostro nada halagüeño y de una madre menos halagüeña aun. Era terrible aquella doña Teresa, fuerte como un gañán y áspera hasta cuando acariciaba, como la lengua de una vaca. Y, sin embargo, ¿qué hubiera sido de ellas si aquella madre no fuese tan hombruna y enérgica? Su difunto padre, uno de los propietarios más ricos de la comarca, les había dejado casi por completo arruinadas. Primero jugando y derrochando en la capital, después, en los últimos años de su vida, degradándose hasta pasar las noches en las tabernas, vendió cuanto tenía, menos la posesión donde habitaban y que tenía por nombre la Rebollada.


Leer / Descargar texto

Dominio público
13 págs. / 23 minutos / 72 visitas.

Publicado el 26 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Chascuda

Baldomero Lillo


Cuento


La historia tal como nos la narró el hacendado es más o menos así: Hacía ya dos años que era juez de distrito en X, empezó nuestro amigo, cuando las hazañas de La Chascuda me obligaron a tomar cartas en el asunto para investigar lo que hubiese de verdad en los fabulosos cuentos que relataban los campesinos acerca del misterioso fantasma que traía aterrorizados a los caminantes que tenían precisión de pasar por la Angostura de la Patagua.

El primer mes pasaron de doce los viajeros que tuvieron que habérselas con él, y este número fue en aumento en el segundo y tercer mes hasta que, por fin, no hubo alma viviente que se atreviese a cruzar sin buena compañía por el sitio de la temerosa aparición. Este estaba situado en la medianía de la carretera que va desde mi hacienda, Los Maitenes, hasta el pueblo de X.

Llamábasele la Angostura de la Patagua porque ahí el camino atravesaba una profunda zanja, cavada por las aguas lluvias al borde mismo de una hondísima quebrada en cuya ladera arraigaba una patagua gigantesca. Las ramas superiores cruzaban por encima de la carretera y cubrían el extremo inferior del foso. Aquel lugar, verdaderamente siniestro y solitario, era el que había elegido La Chascuda para sus apariciones nocturnas. Todos los que la habían visto estaban acordes en la descripción del fantasma y en los relatos que hacían de los detalles del encuentro. Referían que, al llegar a la zanja, un poco antes de pasar por debajo de las ramas de la patagua, el caballo deteníase de improviso, daba bufidos y trataba de encabritarse y que, cuando obligado por el látigo y la espuela descendía al foso, súbitamente se descolgaba del árbol, y caía sobre la grupa del animal, un monstruo espantable cuya vista producía en los jinetes tal terror, que la mayoría se desmayaba con el susto.


Leer / Descargar texto

Dominio público
13 págs. / 23 minutos / 854 visitas.

Publicado el 26 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Jardinero

Rudyard Kipling


Cuento


Una tumba se me dio,
una guardia hasta el Día del Juicio;
y Dios miró desde el cielo
y la losa me quitó.

Un día en todos los años,
una hora de ese día,
su Ángel vio mis lágrimas,
¡y la losa se llevó!

En el pueblo todos sabían que Helen Turrell cumplía sus obligaciones con todo el mundo, y con nadie de forma más perfecta que con el pobre hijo de su único hermano. Todos los del pueblo sabían, también, que George Turrell había dado muchos disgustos a su familia desde su adolescencia, y a nadie le sorprendió enterarse de que, tras recibir múltiples oportunidades y desperdiciarlas todas, George, inspector de la policía de la India, se había enredado con la hija de un suboficial retirado y había muerto al caerse de un caballo unas semanas antes de que naciera su hijo. Por fortuna, los padres de George ya habían muerto, y aunque Helen, que tenía treinta y cinco años y poseía medios propios, se podía haber lavado las manos de todo aquel lamentable asunto, se comportó noblemente y aceptó la responsabilidad de hacerse cargo, pese a que ella misma, en aquella época, estaba delicada de los pulmones, por lo que había tenido que irse a pasar una temporada al sur de Francia. Pagó el viaje del niño y una niñera desde Bombay, los fue a buscar a Marsella, cuidó al niño cuando tuvo un ataque de disentería infantil por culpa de un descuido de la niñera, a la cual tuvo que despedir y, por último, delgada y cansada, pero triunfante, se llevó al niño a fines de otoño, plenamente restablecido a su casa de Hampshire.


Información texto

Protegido por copyright
13 págs. / 23 minutos / 161 visitas.

Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Tonel de Cerveza

José Fernández Bremón


Cuento


A mis queridos amigos
D Luis Diaz Cobeña y D. Lucio Viñas y Deza.


Aunque la embriaguez ha producido héroes, revoluciones, leyendas fantásticas y sistemas filosóficos, por más que en su historia figuren nombres tan respetables como los de Noé y Lot, tan ilustres como los de Alejandro y Cárlos XII, y tan populares como los de Ilofman, Edgardo Poe, y muchos otros que no cito; á pesar de que algunos pueblos hayan solido tratar los asuntos más graves entre trago y trago, y de que áun se acostumbre á rociar con vinos generosos las declaraciones políticas de mayor trascendencia, acto oficial conocido con el nombre de brindis, ello es que al abuso de la bebida se debieron la muerte desastrosa de Holoférnes, la pérdida de Babilonia en tiempo de Baltasar, la catástrofe de Agripina, y casi toda la historia del imperio romano, en que tanta parte hubieron de tener los viñedos de Chipre y de Lésbos.

No he podido comprobar si es cierto ó no que cada vino ó bebida espirituosa tiene propiedades que producen efectos determinados y constantes; es decir, si la borrachera del champagne es siempre epigramática y elegante; si la de cerveza es melancólica y pesada; la del Málaga pendenciera, y por último, si un fabricante de Birmingham, despues de beber algunas botellas de manzanilla, experimenta, como los gitanos, la necesidad de entonar una caña á la flamenca.


Leer / Descargar texto

Dominio público
13 págs. / 23 minutos / 46 visitas.

Publicado el 29 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

El Hombre de la Multitud

Edgar Allan Poe


Cuento


«Esa desgracia de no poder estar solo»

— La Bruyere


Se ha dicho con justo motivo do cierto libro aleman — Est læsst sich nicht lesen, — «no se deja leer.» Esto significa que hay secretos que no permiten su revelacion. Hay hombres que mueren en el silencio de la noche, estremeciéndose entre las manos de espectros que los torturan con solo mantener fija sobre ellos su implacable mirada; hombres que mueren con la desesperacion en el alma y un hierro candente en la larinje, á causa del horror de los misterios que no consienten que se les descubra. Algunas veces la conciencia humana soporta un peso de tal enormidad que solo encuentra alivio en el descanso de la tumba. Así es como la esencia del crimen queda incógnita con harta frecuencia.

Hace poco tiempo que hácia el declive de una tarde de otoño estaba yo sentado delante de la acristalada ventana de un café de Lóndres, Habia estado enfermo algunos meses, y entrado en convalecencia, sentia con el recobro de la salud esa especie de bienestar, antitesis de las nieblas del hastio; esperimentando esas felices disposiciones, en que el espiritu exaltado sobrepuja su potencia ordinaria tan prodigiosamente como la razon vigorosa y sencilla de Leibnitz se eleva sobre la vaga é indecisa retórica de Gorgias. Respirar libremente era para mi un goce indefinible, y de muchos asuntos verdaderamente penosos sacaba mi fantasía sobrescitada extraños manantiales de positivos placeres. Todos los objetos me inspiraban una especie de interés reflexivo, pero fecundo en atractivas curiosidades. Con un cigarro en la boca y un periódico en la mano, habíame entretenido largamente despues de la comida; mirando luego los anuncios, observando despues los grupos de la concurrencia que ocupaba el café, y fijándome en la gente que pasaba, y que parecian sombras á través de los cristales, empañados por el ambiente exterior.


Leer / Descargar texto

Dominio público
13 págs. / 23 minutos / 487 visitas.

Publicado el 27 de septiembre de 2020 por Edu Robsy.

340341342343344