No tenía otra cosa que hacer y entré en la tienda de uno de esos comerciantes de curiosidades llamados comerciantes de bric-à-brac en el argot parisino, cosa perfectamente ininteligible en el resto de Francia.
Sin duda habéis echado un vistazo, a través de los cristales, en
alguna de esas tiendas tan numerosas desde que está de moda comprar
muebles antiguos, pues el más insignificante agente de cambio y bolsa se
cree obligado a tener una habitación de estilo medieval.
Son algo así como una mezcla del taller del chatarrero, el almacén
del tapicero, el laboratorio del alquimista y el estudio del pintor; en
esos misteriosos antros donde los postigos filtran una prudente media
luz lo más notoriamente antiguo es el polvo; allí las telarañas son más
auténticas que los encajes, y el viejo peral más joven que la caoba
llegada ayer de América.
La tienda del vendedor de baratillo era un verdadero Cafarnaúm;
todos los siglos y todos los países parecían haberse dado cita allí; una
lámpara etrusca de barro rojo descansaba sobre un armario de Boule de
madera de ébano severamente listada de filamentos de cobre; un canapé de
la época de Luis XV estiraba lánguidamente sus patas de ciervo bajo una
sólida mesa del reinado de Luis XIII, de pesadas espirales de madera de
roble, con relieves de follaje y quimeras entremezclados.
Una armadura damasquinada de Milán hacía resplandecer en un rincón
el vientre encintado de su coraza; amorcillos y ninfas de porcelana,
figuras de China, cornetas de celedón y cerámica, tazas de Sajorna y de
Sévres abarrotaban las estanterías y los rincones.
En las repisas denticuladas de los aparadores, brillaban inmensos
platos de Japón, de dibujos rojos y azules, sombreados con trazos de
oro, al lado de esmaltes de Bernard Palissy, que representaban culebras,
ranas y lagartos en relieve.
Información texto 'El Pie de la Momia'