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Georgie Porgie

Rudyard Kipling


Cuento


Georgie Porgie, pastel y budín
besaba a las niñas, llorar las hacía.
Y cuando los muchachos a jugar salían
Georgie Porgie muy veloz huía.

Si cree usted que un hombre no tiene derecho a entrar en el salón a primera hora de la mañana, cuando la criada está ordenando las cosas y quitando el polvo, estará de acuerdo en que la gente civilizada que come en platos de porcelana y posee tarjeteros no tiene derecho a opinar sobre lo que está bien o mal en una región sin colonizar. Sólo cuando los hombres encargados de dicha misión han preparado esas tierras para su llegada, pueden aparecer con sus baúles, su sociedad, el Decálogo y toda la parafernalia que los acompaña. Allí donde no llega la Ley de la Reina, es irracional esperar que se acaten otras normas menos imperiosas. Los hombres que corren por delante de los carruajes de la Decencia y del Decoro, y que abren caminos en medio de la selva, no se pueden juzgar con el mismo patrón que las personas apacibles y hogareñas que integran las filas del tchin corriente y moliente.

No hace muchos meses, la Ley de la Reina se detuvo a escasas millas al norte de Thayetmyo, a orillas del Erawadi. No existía una Opinión Pública muy desarrollada en esos límites, pero sí lo bastante respetable para mantener el orden. Cuando el gobierno sugirió que la Ley de la Reina debía extenderse hasta Bharno y la frontera china, se dio la orden, y algunos hombres cuyo deseo era ir siempre por delante de la corriente de Respetabilidad avanzaron desordenadamente con las tropas. Eran esa clase de individuos incapaces de aprobar exámenes, y demasiado osados e independientes para convertirse en funcionarios de provincias. El gobierno supremo intervino tan pronto como pudo, con sus códigos y reglamentos, y puso a la nueva Birmania exactamente al mismo nivel que la India; pero hubo un breve período de tiempo en el que se necesitaron hombres fuertes que araran la tierra para sí.


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Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Doña María de las Nieves

José Fernández Bremón


Cuento


I

María de las Nieves, condesa de Rocanevada, era a principios de siglo una hermosa viuda de treinta años de edad: su perfil griego y su esbelta figura le daban la apariencia de una estatua: la mirada de sus ojos negros era fría; diríase que era una sombra venida de la región de las nieves perpetuas y que atravesaba nuestra zona bostezando. Moralmente, la condesa era la personificación de la honestidad y del recogimiento. Los más atrevidos galanes se contenían respetuosamente en su presencia, como se detienen los marinos ante los hielos del círculo polar. Su reputación de mujer juiciosa era proverbial: cuando, al venir al mundo, el médico examinó las encías de la niña, vio con sorpresa que tenía una muela. ¿Qué seductor se atreve a una mujer de quien se sabe que ha nacido con la muela del juicio?

Era una tarde de verano: la condesa había abierto el Kempis, que le servía de oráculo, para conformar su conducta a la primera máxima de aquel ascético libro que tropezase su vista, y sus ojos se habían fijado con asombro en una cartita perfumada y elegante, furtivamente introducida entre las hojas místicas del libro.

La mano aristocrática de la condesa agitó una campanilla de plata, y poco después se presentó en el gabinete, rígida y circunspecta, la camarera principal de la condesa de Rocanevada.

—Adelaida —le dijo la condesa sin alterarse—, queda usted separada de mi servicio. —Y María de las Nieves, con gesto glacial e inexorable, enseñaba a la camarera el libro abierto—. Ésta es la tercera carta perfumada que encuentro entre las páginas del Kempis: la primera pudo introducirse aquí con facilidad: recibí la segunda cuando ya usted se había encargado del cuidado y vigilancia de esta habitación: o usted no sirve para ello, o es usted cómplice de la persona que me escribe. En este caso puede usted decirle que esta carta, como las anteriores, ha sido rota sin leerse.


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Publicado el 11 de julio de 2024 por Edu Robsy.

El Fantasma y el Ensalmador

Joseph Sheridan Le Fanu


Cuento


Al revisar los papeles de mi respetado y apreciado amigo Francis Purcell, que hasta el día de su muerte y por espacio de casi cincuenta años desempeñó las arduas tareas propias de un párroco en el sur de Irlanda, encontré el documento que presento a continuación. Como éste había muchos, pues era coleccionista curioso y paciente de antiguas tradiciones locales, materia muy abundante en la región en la que habitaba. Recuerdo que recoger y clasificar estas leyendas constituía un pasatiempo para él; pero no tuve noticia de que su afición por lo maravilloso y lo fantástico llegara al extremo de incitarle a dejar constancia escrita de los resultados de sus investigaciones hasta que, bajo la forma de legado universal, su testamento puso en mis manos todos sus manuscritos. Para quienes piensen que el estudio de tales temas no concuerda con el carácter y la costumbres de un cura rural, es conveniente resaltar que existía una clase de sacerdotes, los de la vieja escuela, clase casi extinta en la actualidad, de costumbres más refinadas y de gustos más literarios que los de los discípulos de Maynooth.


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Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Los Ojos de los Reyes

Abraham Valdelomar


Cuento


Donde se ve cómo la mujer induce al Amor y cómo éste puede nublar la clara razón de los más esforzados Capitanes. Y que no se debe luchar contra el designio inexorable de los Dioses.


A mi excelente amigo el señor José S.
Patroni, con viva simpatía


El Castillo de Majta Sumaj, en Yucay, se elevaba sobre un montículo, a unos pasos del río. Ancha muralla de granito defendíalo, formando círculo alrededor de su base. Larga escalinata de piedra daba cómodo acceso al edificio, en cuyas puertas los soldados vigilaban, severos los rostros, y en las manos fuertes, mazas con agudas puntas de piedra y de cobre. En una habitación alta, por cuya estrecha y trapezoidal ventana veíase el valle feraz, había una docena de huallauizas, soldados sin graduación, cuyas armas consistían en flechas de dardos emponzoñados. Fuera de los muros el valle extendíase, verde y oleoso, hasta ascender en las faldas de los cerros morados. Por las tardes, cuando el sol empezaba a declinar, mucho antes de que comenzaran las plegarias del pueblo, gustaba a Sumaj Majta contemplar el campo desde la elevada terraza de su palacio. Placíale ver ondeando la brisa, las enormes hojas frágiles y rumorosas de sus maizales pródigos, mientras las aves cantaban. Y entonces llamaba al arabeju familiar y se hacía recitar leyendas de los primeros Emperadores.


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Publicado el 7 de mayo de 2020 por Edu Robsy.

Una Pasión

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Siempre que nos reuníamos en Madrid ó en Galicia mi amigo Federico Bruck y yo, echábamos un párrafo ó varios párrafos sobre su ciencia predilecta, la geología; pues aunque Bruck es hombre de bastantes conocimientos y en alto grado posee esto que hoy llaman cultura general, inclínase á hablar de lo que mejor conoce y más ama, por instinto tan natural como el de las aguas al buscar su nivel.

De origen anglo-sajón, según revela el apellido, soltero, independiente y no pesándole los años, Bruck se consagró en cuerpo y alma al culto de la gran diosa Demeter, la Tierra madre. Esa ciencia erizada de dificultades, inaccesible á los profanos, le cautivó, gracias al feliz y sabio reparto que Dios hace de las aficiones y gustos, para que ningún altar se quede sin devotos y ningún santo sin su velita de cera.—Yo confieso ingenuamente el error en que caí. Al pronto, juzgando con arreglo á mis sentimientos propios, pensé que lo que interesaba á Bruck eran los ejemplares de mineralogía, los pedruscos bonitos; pero ví con sorpresa que mi colección, distribuída en las primorosas casillas del estante como joyas en sus estuches, no despertaba en él sino la curiosidad que produciría en cualquier aficionado á ciencias naturales, mientras las piedras de construcción, el vulgarísimo granito esparcido en la calle, fijaba sus miradas y le sumía en reflexiones profundas.


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Publicado el 15 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

En la Cripta

H.P. Lovecraft


Cuento


Dedicado a C.W. Smith, que sugirió la idea central

Nada más absurdo, a mi juicio, que esa tópica asociación entre lo hogareño y lo saludable que parece impregnar la sicología de la multitud. Mencione usted un bucólico paraje yanqui, un grueso y chapucero enterrador de pueblo y un descuidado contratiempo con una tumba, y ningún lector esperará otra cosa que un relato cómico, divertido pero grotesco. Dios sabe, empero, que la prosaica historia que la muerte de George Birch me permite contar tiene, en sí misma, ciertos elementos que hacen que la más oscura de las comedias resulte luminosa. Birch quedó impedido y cambió de negocio en 1881, aunque nunca comentaba el asunto si es que podía evitarlo. Tampoco lo hacía su viejo médico, el doctor Davis, que murió hace años. Se acepta generalmente que su dolencia y daños fueron resultado de un desafortunado resbalón por el que Birch quedó encerrado durante nueve horas en el mortuorio cementerio de Peck Valley, logrando salir sólo mediante toscos y destructivos métodos. Pero mientras que esto es una verdad de la que nadie duda, había otros y más negros aspectos sobre los que el hombre solía murmurar en sus delirios de borracho, cerca de su final. Se confió a mí porque yo era médico, y porque probablemente sentía la necesidad de hablar con alguien después de la muerte de Davis. Era soltero y carecía completamente de parientes.


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Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Caballero Doble

Théophile Gautier


Cuento


¿Quién pone a la rubia Edwige tan triste? ¿Qué hace ahí sentada, con la barbilla en la mano y el codo en la rodilla, más apenada que la desesperación, más pálida que la estatua de alabastro que llora sobre una tumba?

De uno de sus ojos brota una gruesa lágrima que se desliza por su delicada mejilla, una sola, pero que no se seca jamás; como esa gota de agua que rezuma de las bóvedas rocosas y que a la larga desgasta el granito, esa única lágrima, al caer sin cesar de sus ojos a su corazón, lo ha horadado y traspasado completamente.

Edwige, rubia Edwige, ¿ya no crees en Jesucristo el dulce Salvador? ¿Acaso dudas de la indulgencia de la Santísima Virgen María? ¿Por qué llevas sin parar al costado tus manitas diáfanas, delgadas y delicadas como las de los elfos y las willis? Vas a ser madre; era tu mayor deseo: tu noble esposo, el conde Lodbrog, ha prometido un altar de plata maciza y un copón de oro fino a la iglesia de san Euthbert si le das un hijo varón.

¡Ay! ¡Ay! La pobre Edwige tiene el corazón atravesado por las siete espadas del dolor; un terrible secreto pesa sobre su alma. Hace varios meses, un extranjero llegó al castillo; hacía un tiempo espantoso aquella noche: las torres temblaban en toda su estructura, las veletas chirriaban, el fuego trepaba por la chimenea, y el viento golpeaba los cristales como alguien inoportuno que quiere entrar.

El extranjero era bello como un ángel, pero como un ángel caído; sonreía dulcemente y miraba dulcemente, y sin embargo su mirada y su sonrisa hacían temblar de miedo e inspiraban el espanto que se experimenta al asomarse a un abismo. Un encanto perverso, una languidez pérfida como la del tigre que acecha su presa, acompañaban todos sus movimientos; fascinaba como la serpiente fascina al pájaro.


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Publicado el 20 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

En la Corte del Dragón

Robert Chambers


Cuento


Oh, Tú que en tu corazón te quemas por los que se queman
En el infierno, cuyos fuegos alientas a tu vez;
¿Cuánto cundirá el grito "Tened piedad de ellos, Dios"?
¡Vaya! ¿Quién eres tú para enseñar y Él para aprender?

En la iglesia de St. Barnabé las vísperas habían terminado; el clérigo abandonó el altar; los pequeños niños del coro atravesaron el presbiterio y ocuparon su sitio en el banco. Un suizo de rico uniforme avanzó por el pasillo del sur haciendo resonar su bastón cada cuatro pasos sobre el suelo de piedras; tras él venía ese elocuente predicador y buen hombre que es Monseigneur C.

Mi asiento se encontraba cerca de la baranda del presbiterio. Me volví hacia el extremo oeste de la iglesia. Los demás entre el altar y el pálpito se volvieron también. Hubo algún arrastrar de pies y crujir de telas mientras la congregación se acomodó nuevamente; el predicador subió al pálpito y el órgano se acalló.

Siempre me había parecido sumamente interesante la música del órgano en St. Barnabé. Erudita y científica, era demasiado para mis escasos conocimientos, pero expresaba una vívida inteligencia, si bien fría. Además, poseía la francesa cualidad del gusto. El gusto reinaba supremo, autocontrolado, digno y reticente.


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Publicado el 3 de enero de 2017 por Edu Robsy.

El Miserere

Gustavo Adolfo Bécquer


Cuento


Hace algunos meses que visitando la célebre abadía de Fitero y ocupándome en revolver algunos volúmenes en su abandonada biblioteca, descubrí en uno de sus rincones dos o tres cuadernos de música bastante antiguos, cubiertos de polvo y hasta comenzados a roer por los ratones.

Era un Miserere.

Yo no sé la música; pero le tengo tanta afición, que, aun sin entenderla, suelo coger a veces la partitura de una ópera, y me paso las horas muertas hojeando sus páginas, mirando los grupos de notas más o menos apiñadas, las rayas, los semicírculos, los triángulos y las especies de etcéteras, que llaman llaves, y todo esto sin comprender una jota ni sacar maldito el provecho.

Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y lo primero que me llamó la atención fue que, aunque en la última página había esta palabra latina, tan vulgar en todas las obras, finis, la verdad era que el Miserere no estaba terminado, porque la música no alcanzaba sino hasta el décimo versículo.

Esto fue sin duda lo que me llamó la atención primeramente; pero luego que me fijé un poco en las hojas de música, me chocó más aún el observar que en vez de esas palabras italianas que ponen en todas, como maestoso, allegro, ritardando, piú vivo, a piacere, había unos renglones escritos con letra muy menuda y en alemán, de los cuales algunos servían para advertir cosas tan difíciles de hacer como esto: Crujen... crujen los huesos, y de sus médulas han de parecer que salen los alaridos; o esta otra: La cuerda aúlla sin discordar, el metal atruena sin ensordecer; por eso suena todo, y no se confunde nada, y todo es la Humanidad que solloza y gime; o la más original de todas, sin duda, recomendaba al pie del último versículo: Las notas son huesos cubiertos de carne; lumbre inextinguible, los cielos y su armonía... ¡fuerza!... fuerza y dulzura.


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Publicado el 7 de julio de 2016 por Edu Robsy.

La Trampa

Baldomero Lillo


Cuento


Una mañana de junio, un tanto fría y brumosa, Luis Rivera, el arrendatario de “El Laurel”, y su amigo el teniente de ingenieros Antonio del Solar tomaban desayuno y conversaban alegremente en es amplio y vetusto comedor de las viejas casas del fundo. Jóvenes de veinticinco a veintiséis años, el militar y el hacendado se conocían desde los tiempos del colegio, lo que había afirmado y hecho inalterable su amistad. Del Solar, cuyo regimiento estaba de guarnición en el vecino pueblo de N., hacía frecuentes excursiones a la hacienda, pues era apasionado por la caza. La tarde anterior, con gran contento de Rivera, a quien su visita distraía en su forzada soledad, había llegado decidido a pasar dos días en el fundo dedicado a su deporte favorito.

De pronto y cuando la charla de los dos amigos era más animada, resonó en el patio el rápido galope de un caballo, y un momento después un estrepitoso ruido de espuelas se aproximó a la puerta del comedor, apareciendo en el umbral la figura de Joaquín, el viejo mayordomo, con el grueso poncho pendiente de los hombros y las enormes polainas de cuero que le cubrían las piernas hasta más arriba de las rodillas. Sombrero en mano, avanzó algunos pasos y se detuvo con ademán respetuoso delante de los jóvenes. El hacendado dejó sobre el platillo la taza de café humeante y preguntó, en tono afable, a su servidor:

—¿Qué hay, Joaquín; tiene algo que decirme?

Con voz que tembló ligeramente, contestó el anciano:

—Si, señor, y es una mala noticia la que tengo que darle. Anoche descueraron en el potrero de Los Sauces a otro animal.

El rostro de Rivera enrojeció visiblemente, y el viejo, viendo que nada decía, agregó:

—A la vaca overa, la Manchada, le tocó, su merced.

El mozo golpeó con el puño en la mesa y se puso de pie violentamente, en tanto exclamaba lleno de cólera:


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Publicado el 10 de septiembre de 2023 por Edu Robsy.

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