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Frente por Frente

Javier de Viana


Cuento


I

Por hábito de muchos años, Ventura Melgarejo era siempre el primero levantado en su casa. Todas las mañanas, indefectiblemente, “ponía los huesos de punta” rato antes de que asomara el sol en el oriente.

En chancletas y en mangas de camisa, fuese verano o fuese invierno, salía al patio, dirigiéndose al barril del agua para efectuar una somera ablución: luego al galponcito, donde sin llamar a nadie, sin incomodar a nadie, hacía fuego, ponía la “pava” junto a las brasas, ensartaba en el asador el churrasco y se sentaba en su banquito de ceibo, pulido por el uso, preparando el cimarrón.

Picaba el tabaco en cuerda: liaba en chala un grueso cigarrillo; y “pitando” y cimarroneando, esperaba que estuviese a punto el churrasco del desayuno.

Terminado éste, iba a inspeccionar en la caballeriza sus parejeros, que nunca bajaban de dos, y a racionarlos. Después visitaba las jaulas de los gallos de riña. observándolos uno por uno, con la mayor prolijidad.

Cuando, ya con el sol afuera, se levantaban los peones, y sus hijos, él había terminado la labor matutina; y mientras los recién venidos tomaban sus mates y comían sus churrascos, Ventura, orgulloso de su superioridad de patrón y de gaucho, testificada por su madrugón, ensillaba uno de los parejeros y con el otro de tiro salía al campo, a pasearlos lenta, concienzudamente.

Al regreso, él mismo los acomodaba en la caballeriza, él mismo les servía la ración de maíz y alfalfa, y, dando prueba de un celo excepcional, —mientras los parejeros comían, iba él a ocuparse de los gallos. En las cosas serias, no admitía la intervención de nadie, no tenía confianza en nadie.

Hecho eso, podía almorzar a gusto, dormir tranquilamente su siesta y ensillar después para ir a la pulpería a distraerse jugando unas partiditas de truco.


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10 págs. / 18 minutos / 36 visitas.

Publicado el 31 de agosto de 2025 por Edu Robsy.

El Refugio

Manuel Chaves Nogales


Cuento


Como los chicos corrían más llegaron antes al refugio. Aquello de esconderse de los aviones no pasaba de ser para ellos un juego divertido. El padre y le madre tanto ajetreo. Aquello era insoportable. ¿Cuántas veces el día tenían que abandonar sus quehaceres para ir a meterse en los sótanos del caserón designado como refugio para los vecinos de aquel viejo rincón de Bilbao? Le vida se les hacía imposible. Los aviones bombardeaban la villa de hora en hora y en ocasiones los cuatro toques de sirena que anunciaban el cese del peligro eran seguidos de una nueva señal de alarma porque otra escuadrilla venía a relevar a la que en aquellos momentos se alejaba después de derramar su carga mortífera sobre las viviendas hacinadas de los barrios populosos en cuyas entrañas se apiñaba estremecida una abigarrada muchedumbre que no obstante las rigurosas órdenes dictadas para que se guardase silencio en los refugios promovía una algarabía formidable, un espantoso guirigay en el que se destacaban los llantos desgarrados de los nidos, las voces broncas de los padres agrupando a su prole y los gritos histéricos de las mujeres que clamaban a todos los santos de la corte celestial contra aquel castigo que les llovía del cielo.


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Dominio público
10 págs. / 18 minutos / 145 visitas.

Publicado el 9 de septiembre de 2025 por Edu Robsy.

La Estrella Sobre el Bosque

Stefan Zweig


Cuento


Un día, cuando el diligente y apuesto camarero François se inclinó sobre el hombro de la bella condesa polaca Ostrovska, sucedió algo extraño. Sólo duró un segundo y no fue un estremecimiento o un sobresalto, un temblor o una emoción. Y, sin embargo, fue uno de esos segundos que abarcan miles de horas y de días llenos de júbilo y tormento, como el vigor vehemente de los grandes y fragorosos robles con todas sus ramas que se mecen y sus copas que se inclinan está contenido en un solo granito de semilla. En ese segundo no sucedió nada visible. François, el dúctil camarero del gran hotel de la Riviera se inclinó aún más, para presentar con mayor comodidad la fuente al cuchillo indeciso de la condesa. Pero su rostro descansó ese momento a pocos centímetros de las ondas dulcemente rizadas y perfumadas de su cabeza, y, cuando instintivamente alzó la mirada devota, sus ojos turbados vieron la suave y luminosa línea blanca con la que su cuello surgía de esa marea oscura y se perdía en el vestido rojo oscuro abullonado. Una llamarada color púrpura lo invadió. Y el cuchillo vibró suavemente en la fuente, presa de un imperceptible temblor. Aunque en ese segundo François intuyó las graves consecuencias de este repentino hechizo, dominó hábilmente su agitación y siguió sirviendo con el entusiasmo reservado y un poco galante de un garçon de buen gusto. Alargó la fuente con movimiento medido al acompañante habitual de la condesa, un aristócrata maduro dotado de una imperturbable elegancia, que relataba cosas indiferentes con entonación refinadamente acentuada y en un francés cristalino. Luego se apartó de la mesa sin alterar su mirada y su gesto.


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10 págs. / 18 minutos / 400 visitas.

Publicado el 12 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

La Mesa, el Asno y la Vara Maravillosa

Hermanos Grimm


Cuento infantil


Había una vez un sastre que tenía tres hijos y una cabra. Como la cabra daba leche para toda la familia, era necesario procurarla buen pasto, y llevarla al campo todos los días. Los hijos se hallaban obligados a esto y lo hacían por turno. Un día la llevó el mayor al cementerio, donde había yerba muy crecida, que comió con extraordinaria alegría dando muchos saltos. Cuando volvían a casa al anochecer, la preguntó el mancebo.

—¿Has comido, cabra?

A lo que le contestó.

Estoy atascada,
Saciada.
¡Bah!, ¡ba!

—Vamos a casa, dijo el joven y cogiéndola por la cuerda la llevó al establo, donde la ató.

—Ha comido la cabra todo lo que quería, dijo el sastre viejo.

—Sí, contestó el hijo, está atascada y saciada.

Mas queriendo el padre asegurarse por sí mismo, fue al establo y se puso a acariciar a su querido animal, diciéndole.

—¿Cabrita, has comido bien?

La cabra le contestó.

¿Cómo había de comer,
si no he hecho más que correr
sin hallar una hoja que pacer?
¡Beh!, ¡be!

—¡Qué viejo!, dijo el sastre, y saliendo del establo, regañó a su hijo.

—Embustero, no me has dicho, que la cabra estaba harta y ha vuelto en ayunas.

—Cogió encolerizado la vara de medir, y le echó de la casa dándole de palos.

Al día siguiente tocaba la vez al hijo segundo, quien buscó a lo largo del cercado del jardín un lugar bien provisto de yerba y la cabra cortó hasta el último tallo. —Por la noche cuando se trataba de volver la preguntó.

—¿Has comido, cabra?

A lo que contestó.

Estoy atascada,
Saciada.
¡Bah!, ¡ba!

—Vamos a casa dijo el joven y la llevó al establo, donde la ató.

—¿Ha comido la cabra todo lo que necesitaba?, dijo el sastre.

—¡Oh!, sí, contestó el hijo, está atascada y saciada.


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10 págs. / 18 minutos / 138 visitas.

Publicado el 23 de agosto de 2016 por Edu Robsy.

La Petición

Jules Renard


Cuento


En el gran patio de la Gouille, la señora Repin lanzaba a sus aves puñados de grano. Éstos volaban regularmente de la cesta, siguiendo el ritmo del gesto, y se dispersaban granizando sobre el duro suelo. La fina música de un manojo de llaves, que se entrechocaban, ascendía de uno de los bolsillos del mandil. Haciendo con los labios “¡Cht, Cht!” e incluso dando grandes zapatazos, la señora Repin alejaba a las voraces pavas. Sus crestas azuleaban de cólera y los semicírculos de sus colas se abría de inmediato como una especie de detonación y brusco desenvolvimiento de un abanico que se abre entre los dedos de una dama nerviosa. El señor Repin apareció por el camino con paso acelerado. El lanzamiento de grano se detuvo, las llaves se callaron y las inquietas gallinas se revolvieron un instante por el apresuramiento desacostumbrado del señor Repin.

—¿Qué ocurre? —preguntó la granjera.

El señor Repin respondió:

—¡Gaillardon quiere una!

—¿Una gallina?

—Hazte la graciosa: una de nuestras hijas. Viene a almorzar el domingo.

Tan pronto como las señoritas conocieron la noticia, Marie, la más joven, besó a su hermana mayor de forma turbulenta: «¡Me alegro mucho, Henriette, me alegro mucho!». Estaba feliz, en primer lugar por la felicidad de su primogénita, y también un poco por ella, pues el señor Repin había dicho siempre, casi canturreando: «Cuando hay dos hijas casaderas, la mayor va delante, la menor sigue detrás». Pero, Henriette no avanzaba muy rápido y Marie pensaba que si no se ponía por delante, tal vez no llegara nunca a casarse.


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10 págs. / 18 minutos / 54 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

Las Bellas

Antón Chéjov


Cuento


I

Recuerdo cómo, siendo colegial del quinto o sexto año, viajaba yo desde el pueblo de Bolshoi Krepkoi, de la región del Don, a Kostov, acompañando a mi abuelo. Era un día de agosto, caluroso y penosamente aburrido. A causa del calor y del viento, seco y cálido, que nos llenaba la cara de nubes de polvo, los ojos se nos pegaban y la boca se volvía reseca, uno no tenía ganas de mirar ni hablar ni pensar, y cuando el semidormido cochero, el ucranio Karpo, amenazando al caballo me rozaba la gorra con su látigo, yo no emitía ningún sonido en señal de protesta y sólo, despertándome de la modorra, escudriñaba la lejanía: ¿no se veía alguna aldea a través de la polvadera? Para dar de comer a los caballos nos detuvimos en Bjchi—Salaj, un gran poblado armenio, en casa de un rico aldeano, conocido de mi abuelo. En mi vida había visto nada más caricaturesco que aquel armenio. Imagínese una cabecita rapada, de cejas espesas y sobresalientes, nariz de ave, largos y canosos bigotes y ancha boca desde la cual apunta una larga pipa de cerezo; esa cabecita está pegada torpemente a un torso flaco y encorvado, vestido con un traje fantástico: una corta chaqueta roja y amplios bombachos de color celeste claro; esta figura caminaba separando mucho los pies y arrastrando los zapatos, hablaba sin sacar la pipa de la boca y se comportaba con dignidad puramente armenia: no sonreía, abría desmesuradamente los ojos y trataba de prestar la menor atención posible a sus huéspedes.


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10 págs. / 18 minutos / 129 visitas.

Publicado el 7 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Torso

Leopoldo Alas "Clarín"


Cuento


El duque de Candelario tenía media provincia por suya; y no iba muy descaminado, porque a sus cotos redondos no se les veía el fin, y ejércitos de labradores le pagaban renta. Mucho había heredado de sus ilustres ascendientes; pero él también había adquirido no poco, y nadie podía decir que de mala manera y sin servir a la patria: era en su vejez, que casi se podía llamar florida por lo bien que en cosas que habían de dar fruto la empleaba, y por la lozana alegría de su humor y la constancia de sus fuerzas y alientos, era, digo, un agricultor de grandes vuelos, inteligente, activo, desinteresado con el pobre; pero atento a la legítima ganancia; y así se enriquecía más y más, ayudaba a los que le rodeaban a ganar la vida, y a quien le sacaba el jugo era a la tierra.

Si de este modo servía ahora a la patria, antes le había dado algo que valía más; su sangre y el continuo peligro de la vida; había sido bravo militar, llegando a general, y en todos los grados de su carrera había tenido ocasión de probar el valor en verdaderas hazañas. Aún más que por todo esto, le estimaban en su tierra por lo llano, alegre y franco del carácter. No se diga que despreciaba sus pergaminos, pero tenía la democracia del trato, como rasgo capital, en la sangre; y por algo le llamaban el duque de los abrazos. En los membrudos remos, como él decía, que no desdeñaban las armas del trabajo del campo, estrechaba con sincera hermandad a los humildes aldeanos, que adoraban en él y le acompañaban en su vida sana, activa, de cazador y labrador y buen camarada en honestas francachelas.

Vivía casi siempre en el campo, en un gran palacio, con aspecto de castillo feudal, donde el más aristocrático señorío se mostraba por todas partes.

El amo inspiraba confianza en cuanto se le veía; su regia mansión, situada en medio de sus dominios, rodeada de bosques, imponía frío respeto.


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10 págs. / 18 minutos / 82 visitas.

Publicado el 23 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Última Ondina

José Antonio Román


Cuento


¡Esfumina, de tez de alabastro y de finos ea bellos rubios, trajeada con vaporosos tules, iba una vez recorriendo el vasto mar en su rauda carretela de nácar y corales. Tenía por cochero á un primoroso pececillo con librea de plata y azul, quien sujetando las riendas con a boca dirigía diestramente la soberbia cuadriga de gallardos delfines, que saltaban veloces sobre las ondas, pulverizando las aguas con sus batientes colas.

Hacia el lejano oriente, decorando el fondo azul claro del cielo, percibíase un prematuro matiz rosa que indicaba el orto del día, y era tan delicada y suave esa coloración, que evocaba el recuerdo de las acuarelas de Watteau. En torno del carruaje de Espumilla, entre los rápidos hervores de espumas que levantaban las ruedas, asomaban sus chatas cabezas algunos lobos y con sus pupilas llenas de extraño asombro miraban alejarse el esplendente carro, mientras los primeros resplandores del alba ponían en sus negros hocicos placas de luz.

La ondina, reclinada sobre almohadones, se sintió estremecida por una ráfaga de fresca brisa y al instante requirió su abrigo de pieles de oso polar. Una vez arrebujada en él, se puso á admirar las magnificencias de la madre Naturaleza. Acaso piense alguno que las ondinas, acostumbradas á esos paseos por los mares, no deberían experimentar esos pasmos de admiración; pero la cosa es fácil de explicar si se atiende á que Espumina era de muy regia estirpe y las de esta clase nunca abandonan su residencia submarina. En la corte de Oceánida XII, reina en ese entonces de las ondinas, desempeñaba Espumina el distinguido cargo de dama de honor, dedicada al servicio inmediato de su soberana.


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10 págs. / 18 minutos / 42 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

A Buen Juez, Mejor Testigo

José Zorrilla


Poesía


I

Entre pardos nubarrones
pasando la blanca luna,
con resplandor fugitivo,
la baja tierra no alumbra.
La brisa con frescas alas
juguetona no murmura,
y las veletas no giran
entre la cruz y la cúpula.
Tal vez un pálido rayo
la opaca atmósfera cruza,
y unas en otras las sombras
confundidas se dibujan.
Las almenas de las torres
un momento se columbran,
como lanzas de soldados
apostados en la altura.
Reverberan los cristales
la trémula llama turbia,
y un instante entre las rocas
riela la fuente oculta.
Los álamos de la vega
parecen en la espesura
de fantasmas apiñados
medrosa y gigante turba;
y alguna vez desprendida
gotea pesada lluvia,
que no despierta a quien duerme,
ni a quien medita importuna.
Yace Toledo en el sueño
entre las sombras confusas.
y el Tajo a sus pies pasando
con pardas ondas lo arrulla.
El monótono murmullo
sonar perdido se escucha,
cual si por las hondas calles
hirviera del mar la espuma.
¡Qué dulce es dormir en calma
cuando a lo lejos susurran
los álamos que se mecen,
las aguas que se derrumban!
Se sueñan bellos fantasmas
que el sueño del triste endulzan,
y en tanto que sueña el triste,
no le aqueja su amargura.
Tan en calma y tan sombría
como la noche que enluta
la esquina en que desemboca
una callejuela oculta,
se ve de un hombre que aguarda
la vigilante figura,
y tan a la sombra vela
que entre las sombras se ofusca.
Frente por frente a sus ojos
un balcón a poca altura
deja escapar por los vidrios
la luz que dentro le alumbra;
mas ni en el claro aposento,
ni en la callejuela oscura,
el silencio de la noche
rumor sospechoso turba.


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Publicado el 21 de febrero de 2021 por Edu Robsy.

Historia de una Cruz

Antonio de Trueba


Cuento


I

Una tarde de Agosto, justamente un mes después que los sambernabeses se merendaron la cabra negra, estaba agonizando un anciano de San Bernabé, y el señor Cura le prodigaba sus consuelos.

Allá sobre las cumbres de Ordunte se ponía obscuro el cielo, brillaba el relámpago, y rugía sordamente el trueno.

Era la una de la tardo, y los labradores dormían la siesta en sus casas, esperando á que en la torre de la iglesia sonaran las dos para volver á sus heredades.

La tempestad se iba acercando, como que se cernía ya sobre los campos de Nava, Jijano y el Benón; pero nadie se curaba de ella en San Bernabé, acostumbrado como estaba el vecindario á que el señor Cura diese buena cuenta de ella con sus conjuros

Sin embargo, un grito de terror y asombro resonó en todas las casas al estallar un rayo que derribó la encina mayor del campo, precisamente aquella á cuya sombra había sido merendada la cabra negra, y al sentir el ruido de una nube de piedra como nueces, que rompía las tejas y los cristales de las casas y destrozaba el ramaje de los árboles.

En el momento en que la terrible tempestad se alejaba de San Bernabé, el señor Cura salió de casa del moribundo, entró en la iglesia y tocó á muerto ¡El anciano á quien auxiliaba, acababa de expirar!

Los vecinos salían de sus casas, y dirigiendo la vista á la vega desde las cercanías de la iglesia, prorrumpían en lágrimas y gritos de desolación; era porque el terrible pedrisco había asolado completamente los campos de San Bernabé. Todo, maizales, viñedos, patatas, colmenares, todo, todo había sido destruído.

Muy pronto los lloros y lamentaciones se trocaron en gritos de indignación y amargas reconvenciones, dirigidas al señor Cura porque no había conjurado la tempestad.


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10 págs. / 18 minutos / 54 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

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